Me encuentro de pronto con la agenda limpia, lo que había planificado esta tachado. Mi pobre agenda, que estaba llena de actividades relacionadas con mi partido, está ahora llena de tachaduras e interrogaciones. Ahora solo queda lo relativo a mi cargo político en el consejo de educación de Lund, hasta nuevas órdenes. Tengo por tanto tiempo de sobra para pensar, leer y escribir y, como no faltan acontecimientos en el mundo, elijo uno en que no haya profundizado anteriormente. He escrito sobre Ucrania, Gaza, Irán y ahora, una noticia en un periódico actualiza la situación de Cuba.

Cuba, para mí, era una isla en el Caribe, de la que yo no sabía mucho hasta que un día coincidí con Luis Aguilé en los estudios de la Cadena Ser en Madrid, sitos, si mal no recuerdo, en el número 32 de La Gran Vía. Yo estaba allí ese día invitado a una actuación en directo, dentro de la programación de Los 40 principales, un programa que se emitía desde allí, como otros numerosos programas y grabaciones musicales, dramáticas y de entretenimiento que marcaron la historia de la radiodifusión en España. He de decir que yo había actuado dos veces en aquellos estudios y me sentía allí como un poco “en casa”.

Fue en 1967, lo recuerdo muy bien, porque ese fue un año importante para mi por muchas razones. Recuerdo la actuación de Luis Aguilé, en directo, vistiendo un traje azul muy claro, camisa blanca y una corbata de muchos colores. Un hombre alto con un flequillo largo que le cubría las cejas. Su voz era potente y la canción que cantaba muy pegadiza.

“Nunca podré morirme, mi corazón no lo tengo aquí

Allí me está esperando, me está aguardando

Que vuelva allí.

Cuando salí de Cuba dejé mi vida dejé mi amor

Cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón”

El ritmo, el tono y el texto provocaron en mí un escalofrío, y me quedé con la copla, tanto, que, al finalizar la actuación y tras saludarlo y hablar unas palabras con él, recogí su disco y me fui a casa canturreando, a escucharlo. Lo aprendí tan bien, que con mi nueva guitarra me fui a la Plaza de Santa Ana, me senté en un banco y me puse a cantar “Cuando salí de Cuba” y, al rato, se me hizo un corrillo alrededor: salía gente de La Cervecería Alemana para escucharme y, al finalizar, recibí un fuerte aplauso, y una mujer me abrazó con lágrimas en los ojos.

Fue esa tarde, la primera vez que tuve una experiencia relativa al exilio. También fue la primera vez que conocí a gente cubana y escuché sus relatos. Desde ese momento, me interesé por la isla y, también hay que decirlo, por la política en general. Cubanos había muchos en Madrid en 1967 y todos tenían mucho que contar de la experiencia revolucionaria.

La vida es una cadena de sucesos y experiencias impredecibles, esto lo digo por mí, otros pueden haber planificado la suya desde la infancia a la jubilación, pero a mí personalmente, me ha formado el azar. Pues, bien, estando yo tocando y cantando a viva voz, rodeado de cubanos y otros viandantes, un señor, que estaba leyendo el ABC se me acercó al finalizar y me dijo: “Por qué no vas a esta audición en el teatro de la Zarzuela”, mostrándome un anuncio en el que se buscaban niños y jóvenes cantores para una producción musical. Ese teatro está a un paso de la plaza y yo me fui, ni corto ni perezoso, a ver de que iba eso.

Se trataba de la obra The Sound of Music, conocida en español como Sonrisas y lágrimas, la primera producción musical en Madrid, en un momento en que los grandes musicales anglosajones empezaban a adaptarse al público español. El espectáculo llegó a España pocos años después del enorme éxito internacional del musical en Broadway y del estreno de la célebre película The Sound of Music (1965), protagonizada por Julie Andrews y Christopher Plummer.

Al llegar al teatro había una cola larguísima que ocupaba toda la calle de Jovellanos. Yo pensé que sería perder el tiempo, había ido por un impulso y empezaba a cansarme, pero, nos sé por qué, pero decidí quedarme, porque era un sábado y no tenía nada mejor que hacer. Al fin, tras muchas horas de hacer cola junto a jóvenes de mi edad y niños pequeños perifollados, como sus respectivas madres.

Al fin, me dejaron entrar y al rato pasé a un cuarto donde había un piano y un grupo de personas que se presentaron como Pablo Cabrera, el director de la producción, Manuel Moreno Buendía, el director musical y Camille Carrión, una mujer encantadora que tenía asignado el papel de María. Me explicaron que estaban buscando a un chico con buena presencia (¡?), buena voz y que pudiese aprender una complicada coreografía en poco tiempo. Yo, que seguramente estaba todo ruborizado y azaroso, interpreté mi “Cuando salí de Cuba” y parece que a los portorriqueños Cabrera y Camille, les encantó, se les veía en la cara. Moreno Buendía me puso en la mano una partitura y comenzó a tocar los acordes del  “Do-Re-Mi” y yo, que no había escuchado esta canción, canté como pude prima vista.

Quedaba lo más difícil, porque yo no había bailado nunca en formación, con pasos precisos a ritmo y con brío: “uno, dos, tres, uno, dos, tres, cuatro, uno, dos, tres”. Tuve que bailar sincronizado con una chica algo mayor que yo, de unos veinte años, calculaba yo, que me parecía recordar de algo y que más tarde se vería que era de la noche de Eurovisión cuando Massiel se llevó el primer premio en Londres con su La la la. Esta chica, María Jesús Aguirre, de una familia de tenores y sopranos, era la alta de las tres jóvenes del coro de Massiel.

Terminé mi audición sudando por el esfuerzo y los nervios. Me despidieron con una sonrisa y algunas palmadas en la espalda y me dijeron que, tenían unos cuantos más que ver, para mi papel, y que me comunicarían el resultado próximamente. Yo me fui pensando que me habían dicho “Don’t call us, we’ll call you”, la respuesta sarcástica para rechazar a alguien sin cerrarle completamente la puerta, “No nos molestes, ya te llamaremos.” Pero no me importaba porque yo no había contado con este papel, ni ningún papel, porque el teatro estaba muy lejos de mi imaginación, de lo que yo quería hacer. Aunque, habiendo pasado la prueba, me quedaba esa rara sensación de querer saber lo que vendría detrás. Y, para mi gran sorpresa, a principios de la semana siguiente, sería posiblemente el lunes, me llaman y me dicen: “si quieres el papel, eres Federico, ¡bienvenido, Friedrich!”

Y, ahora, ¿qué iba yo a decir en casa? También para mi sorpresa, se lo tomaron a bien, cuando supieron que iba a trabajar con el famoso Alfredo Mayo, que hacía de mi padre, el barón von Trapp, y Josefina de la Torre, Lola Lemos y Venancio Muro, entre otros muy conocidos del mundo del teatro, el cine y la televisión. Así pasé de la noche a la mañana, de cantar “Cuando salí de Cuba” a participar en la primera producción musical a gran escala en España, un fenómeno que años más tarde llenaría los teatros de la Gran Vía, convirtiendo esa avenida en un Broadway o West End español.

Tenía ante mi meses de repeticiones, partituras, entrenamiento, junto con los otros “hermanos”, todos ellos grandes personalidades, que al fin, funcionábamos seguramente mejor que si hubiésemos sido hermanos de verdad, bueno, en realidad, de los siete que ramos, tres eran hermanos auténticos: María Jesús Aguirre, Lisel, mi “hermana mayor, Santiago Aguirre, que hacía de Kurt, y María Nieves Aguirre que hacía de Luisa, creo recordar. Los cuatro restantes éramos, yo y las pequeñas Margarita Arguedas, Margarita Oralla y Esther Mercedes Dóbano. La producción original de Sonrisas y lágrimas en Madrid de 1968 se estrenó en el Teatro de la Zarzuela el 15 de febrero de 1968 y se mantuvo en cartel aproximadamente seis meses.

En esta obra de dos actos, los cambios de vestuario eran muchos, cinco en concreto para los niños. Estos cambios eran rápidos, coordinados con bastidores, asistentes de vestuario y escalerillas del Teatro de la Zarzuela. Cada niño teníamos que cambiarnos la ropa en menos de un minuto. Eso era imposible, hacerlo solos, en la oscuridad entre bastidores, y por tanto teníamos ayudantes. Mi ayudante, que también ayudaba a Santiago, era un cubano de nombre Raúl.

Teníamos dos funciones y pasábamos bastante tiempo en el camerino. Santiago y yo compartíamos un pequeño camerino que siempre estaba lleno de gente divertida. Muchas de las monjas del coro eran jóvenes estudiantes y se venían con nosotros. Raúl, que siempre permanecía como en el fondo, comenzó a responder a nuestras preguntas, y nosotros, por sus relatos, nos fuimos acercando a la realidad cubana. El me pedía siempre que cantase esa canción que tan bien se me daba y que, en realidad, fue la que me llevó al teatro.

 Puedo decir que los relatos de Raúl y de algunos de sus amigos, que fuimos conociendo casualmente, me vacunaron contra el comunismo. En España teníamos una actitud un poco, diríamos polivalente hacia Fidel Castro, el Che Guevara y su revolución. Con eso de que Fidel era gallego, parece que hasta se le veía como una especie de ídolo, que le plantaba cara a los Estados Unidos, y eso siempre nos ha gustado. El Che, tenía una especie de halo de mito desde su muerte en octubre de 1967 en Bolivia.  Pero, conociendo las experiencias de nuestros amigos cubanos, no veíamos esa revolución como algo apetecible, para los que, como nosotros, anhelábamos la libertad.

Hoy iba a hablar de Cuba y he terminado hablando de mi y mi encuentro con la realidad cubana, que sucedió al mismo tiempo que yo empecé a probar mis alas en un mundo que desconocía. Seguiré el relato mañana, centrándome en Cuba y su historia desde el 1968 hasta hoy.