Sigo pensando en Cuba, y en mis recuerdos sigo en Madrid. Vivo cerca de la Moncloa y paso a diario por el Arco del Triunfo. El monumento tiene unos 49 metros de altura y está situado en la entrada de la Ciudad Universitaria de Madrid, muy cerca de la plaza de la Moncloa y ahí sigue hoy. Su construcción comenzó en 1950 y se terminó en 1956. Los arquitectos fueron Modesto López Otero y Pascual Bravo Sanfeliú, que lo diseñaron siguiendo el modelo de los arcos triunfales romanos.
El monumento fue concebido como un signo de propaganda política. En sus fachadas aparecen varias inscripciones en latín que celebran la victoria del ejército franquista y presentan esa victoria como una defensa de la civilización cristiana. En una de las inscripciones se lee: “A los ejércitos victoriosos que aquí defendieron la unidad de España.” Y “Fundada por la generosidad del rey, restaurada por el caudillo de los españoles, la sede de los estudios matritenses florece en la presencia de Dios”. Y ahí está todavía y pocos piensan ya en su significado.
Bueno, pero diréis que me estoy apartando mucho de Cuba y de su revolución, pero no, porque este arco, entonces casi recién construido, forma el fondo de una fotografía icónica del Che Guevara. Y es que, en enero de 1959, las fuerzas revolucionarias populares, compuestas de peludos y barbudos, que muy bien podían haber sido beatniks, encabezadas por los igualmente peludos Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, chicos de buena familia, que como si fuesen modernas variantes de Robin Hood, derribaron el régimen corrupto de Fulgencio Batista, para asombro, estupefacción y deleite, según quien lo viese.
Ernesto “Che” Guevara, médico argentino de espíritu revolucionario, fue inmediatamente designado como embajador itinerante de la revolución, y como tal inicio uno de sus periplos en busca de apoyos internacionales para su joven republica revolucionaria seis meses después, rumbo al Cairo. Lo hasta cierto punto insólito es que el gobierno español le permitiese hacer escala en Madrid y pasar 20 horas, el 15 de junio de 1959, con completa libertad de movimientos, que el Che aprovecho para visitar Madrid con su uniforme de campaña, acompañado por el periodista Antonio D. Olano y del fotógrafo César Lucas[1].
Tiempos cruciales ese año final de los 50. Todavía no había muchos refugiados cubanos en Madrid. El Che había comenzado un periplo oficial de once semanas por Siria, India, Birmania, Japón, Indonesia, Ceilán, Pakistán, Yugoslavia, Sudán y Marruecos. El primer destino era El Cairo, con escala técnica en el Madrid de 1959. La capital de la dictadura de Francisco Franco, caudillo por la gracia de Dios, quien el 2 de abril había inaugurado la tumba de José Antonio Primo de Rivera en el Valle de los Caídos. El 31 de julio iba a nacer el grupo terrorista ETA y, a final de año, el presidente norteamericano Eisenhower llegaría en visita relámpago para, a la postre, avalar la continuidad franquista.
Sorprende la permisibilidad y solicitud del gobierno franquista con el Che, si lo comparamos con el revuelo que originó el Delcygate o Caso Ábalos, la polémica visita de la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez a Madrid, en 2020, donde se habría pactado, según rumores, una transferencia irregular de lingotes de oro y que, además, dejó en evidencia al presidente español Pedro Sánchez, ya que la vicepresidenta venezolana estaba vetada por la Unión Europea desde 2017, por la brutalidad del régimen bolivariano. Rodríguez viajaba de Caracas a Estambul y en su parada madrileña se encontró con José Luis Ábalos, ministro de Transportes y hombre de confianza, por aquellos entonces, de Sánchez.
Sorprende, por tanto, la facilidad con que el comandante argentino/cubano pudo moverse por Madrid, además con un trato bastante Vip. Pero, la razón por la que se le permitió la escala en Madrid es interesante porque muestra bien cómo funcionaba la diplomacia en plena Guerra Fría. Cuando Ernesto Che Guevara pasó por Madrid en junio de 1959, la Revolución cubana acababa de triunfar apenas unos meses antes. En ese momento Cuba todavía no se había alineado claramente con la Unión Soviética, esto es muy importante recordarlo. Para muchos gobiernos del mundo, incluido el de Franco, la naturaleza política del nuevo régimen cubano no estaba del todo definida. De hecho, España fue uno de los pocos países occidentales que no rompió relaciones con el gobierno de Fidel Castro durante los primeros años.
En 1959 el gobierno de Fidel Castro todavía no había proclamado el carácter socialista de la revolución, lo que no ocurriría hasta 1961. En ese momento el nuevo poder en La Habana se presentaba más bien como un movimiento nacionalista y antidictatorial que había derribado a Fulgencio Batista. Por tanto, diplomáticamente España seguía manteniendo relaciones normales con Cuba.
No he encontrado evidencia de que hubiese muchos emigrantes cubanos en Madrid, aunque tras la caída de Fulgencio Batista en enero de 1959, muchos cubanos comenzaron a marcharse, sobre todo hacia Miami, principalmente empresarios y propietarios de tierras, médicos, ingenieros, abogados, militares y funcionarios del antiguo régimen y opositores políticos al nuevo gobierno. Sabemos que los cubanos que se establecieron en España en esos años eran sobre todo familias con vínculos históricos o familiares con España y miembros de antiguas élites económicas o profesionales. Muchos tenían además nacionalidad española o derecho a obtenerla, porque una parte importante de la población cubana descendía de emigrantes españoles.
Cuando yo cantaba “Cuando salí de Cuba” en la Plaza de Santa Ana ya había miles de exiliados cubanos en Madrid, porque en 1965 comenzó la gran salida cuando el gobierno cubano permitió emigrar a quienes quisieran marcharse. Desde el puerto de Camarioca y desde Varadero salieron barcos y vuelos regulares hacia Miami y más de 250.000 cubanos salieron de la isla de esta manera. Era una forma de Castro de poner en aprietos a Estados Unidos y en octubre de 1965 anunció públicamente que los cubanos en el exilio podían ir a recoger a sus familiares en barcos privados. En pocas semanas comenzaron a llegar centenares de embarcaciones desde Miami, creando una situación caótica y peligrosa en el mar. Recuerdo la película Scarface protagonizada por Al Pacino, dirigida por Brian De Palma y escrita por Oliver Stone, estrenada en 1983, que cuenta la historia de Tony Montana, un inmigrante cubano que llega a Miami durante el éxodo del Mariel y asciende en el mundo del narcotráfico.
El éxodo del Mariel fue otro episodio migratorio masivo que tuvo lugar entre abril y octubre de 1980, cuando cerca de 125000 personas abandonaron Cuba hacia Estados Unidos, principalmente hacia Miami, en el contexto de una grave crisis económica y social en la isla.
Se llamó así porque los emigrantes partieron desde el puerto de Mariel, al oeste de La Habana. Entre los que salieron había una mezcla heterogénea: desde opositores políticos y disidentes hasta personas con antecedentes penales, lo que generó tensiones y controversias en la sociedad estadounidense. Muchos de ellos eran jóvenes que buscaban nuevas oportunidades y libertad frente al régimen de Fidel Castro. El éxodo tuvo un gran impacto en la comunidad cubana en Miami, transformando la demografía, la cultura y la política local.
Volvamos a 1968. Yo, en el teatro, rodeado de gente con claras simpatías de izquierdas, como corresponde a la farándula, pero también de los que tenían experiencias vividas en países totalitarios como Cuba, que, nos podían alertar de lo que sucede tras una revolución popular. Yo no lo sabía entonces, pero hoy puedo comprender como la evolución del régimen cubano hacia un totalitarismo asfixiante se debió a la interacción de varios factores históricos, políticos y sociales desde la revolución de 1959.
Tras la victoria sobre Batista, Fidel Castro y su movimiento contaban con un fuerte apoyo popular basado en promesas de justicia social, redistribución de la riqueza y soberanía nacional. Para consolidar el poder y proteger la revolución, se establecieron mecanismos centralizados de control político y social. Desde el principio, el liderazgo de Castro combinó un liderazgo carismático con la eliminación de competidores políticos, incluido el Che, disolviendo partidos opositores, controlando la prensa y subordinando la economía al Estado, típico de regímenes totalitarios, con un solo líder y un partido único que monopoliza la autoridad.
La ideología marxista-leninista se convirtió en herramienta para justificar la centralización y la vigilancia social, y todo disenso se interpretaba y se sigue interpretando como una amenaza a la revolución, y para evitarlo se establece un sistema de policía política y represión con vigilancia constante, censura y encarcelamientos arbitrarios. La confrontación con Estados Unidos y el embargo económico han ido reforzando la lógica de cerco externo, que el régimen utiliza para justificar la represión interna; cualquier crítica puede presentarse como colaboración con el enemigo, consolidando un clima de paranoia y dependencia del aparato de seguridad. La nacionalización de la propiedad privada y el control estatal sobre la producción y el trabajo limitan la autonomía de los ciudadanos, y crean dependencia absoluta del Estado. La falta de pluralismo económico y social se convirte en una característica típica de los regímenes totalitarios.
La propaganda constante y la exaltación del líder como salvador de la nación ayudan a mantener un ambiente donde el conformismo es la única opción segura; la represión se combina con incentivos para quienes se alinean con el régimen, creando una sociedad vigilada y controlada desde todos los frentes. En conjunto, estos factores explican cómo una revolución que prometía libertad y justicia social terminó consolidando un régimen autoritario totalitario, donde la centralización del poder, la vigilancia constante y la represión sistemática fueron y son herramientas necesarias para la supervivencia del proyecto político.
Yo no he estado en Cuba, pero he estado varias veces en la Alemania del Este en los 80 y, aunque allí no existía esa pobreza severa que hoy se ve en Cuba, se respiraba la misma falta de libertad, la misma opresión y el mismo colaboracionismo servil de los privilegiados. El roce con los exiliados cubanos y mis experiencias en Alemania del Este, han formado mi espíritu liberal. Estoy vacunado contra el marxismo. Pero, en 1968, la imagen gallarda del Che, atraía a muchos jóvenes, era como un espejismo de libertad en un mundo muy gris. Cuando yo cantaba en la Plaza de Santana, el Che ya había muerto, asesinado en Bolivia. El Arco del Triunfo de la Moncloa sigue en su sitio.
[1] https://carabanchel.net/en-junio-de-1959-el-che-guevara-estuvo-en-carabanchel/?utm_source=chatgpt.com

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