La primavera se va abriendo camino como puede, entre el estruendo de bombas explosivas y bombas mediáticas, que todas hacen daño, cada una a su manera. En el mundo arde Irán, Líbano, Gaza, Afganistán y una larga lista de hogueras infernales. Aquí, en mi tranquila Suecia, en el pacifico y pintoresco Lund, también explotan bombas, en este caso político-mediáticas. La noticia es que, los que deciden la política de nuestro partido, que no son sus afiliados, sino un grupo directivo que ni siquiera es toda su junta directiva, han decidido cambiar la política por la que fueron elegidos por la asamblea en noviembre. De la noche a la mañana han decidido borrar la línea roja que hacía que nuestro partido apoyase un gobierno moderado, formado por M-el partido moderado, KD-los demócratas cristianos y nosotros, L- los liberales, apoyados desde fuera por Sverigedemokraterna, los Demócratas de Suecia, un partido con un pasado neonazi, ahora bien peinados y trajeados, cuya meta principal es devolver al país a un pasado idílico, imaginado, en el que no había tanto extranjero ni tanto gay ni tantas mujeres faltonas.
Hata ahí podíamos llegar, decíamos nosotros y teníamos una especie de cordón sanitario, que agradecía el apoyo de los SD y sus votos necesarios para realizar nuestra política, pero les mantenía fuera del gobierno. De pronto, ante los malos pronósticos de voto para nuestro partido en las próximas elecciones, nuestra lideresa, Simona Mohamsson, hija de palestino y libanesa, decide, durante una conferencia de prensa, el viernes pasado, a las cuatro de la tarde, cortar el cordón y dejar pasar a SD al gobierno, si es que juntos los cuatro partidos, logramos juntar los votos necesarios para formar gobierno a partir de las elecciones de septiembre. De esa manera, cree nuestra lideresa y otra media docena de líderes del partido, que conseguiremos subir la intención de voto a nuestro partido y, a lo mejor, quedarnos otros cuatro años en el parlamento. Los nuevos votos los sacaríamos de aquellos que se sienten liberales pero que comparten muchas de las ideas de SD, sobre todo en materia de inmigración.
Yo entiendo cómo han pensado, pero no comparto ni la idea ni la estrategia. Es sabido que para muchos votantes existe una diferencia entre aquello con lo que realmente simpatizan en el fondo y la imagen que quieren proyectar ante los demás. Decir abiertamente que se vota a los Sverigedemokraterna todavía puede percibirse como socialmente problemático en ciertos entornos, mientras que un partido como los Liberalerna goza de otra legitimidad histórica y cultural.
Si ahora señalamos claramente que estamos dispuestos a permitir la entrada de los Sverigedemokraterna a un gobierno de derechas, para algunos votantes esto puede abrir una especie de vía indirecta. Podrían entonces apoyar políticas que, en la práctica, se acercan a las de SD, pero hacerlo bajo una etiqueta que les resulte menos estigmatizante. No se trata necesariamente de cinismo, sino más bien de una forma de equilibrio psicológico: se quiere tanto implementar cierta política como mantener una autoimagen o identidad social con la que se esté cómodo.
Cuando la frontera previamente clara entre los partidos se difumina, también cambia el panorama político. Lo que antes parecía impensable se vuelve gradualmente más normal, y los movimientos de votantes entre partidos pueden ocurrir sin que se perciban como un paso dramático. En esa situación, nuestro partido liberal puede funcionar como una especie de puente, o quizá más bien como un filtro, a través del cual ciertos votantes pueden acercarse a políticas con las que de otro modo no habrían querido asociarse directamente.
Al mismo tiempo, este desarrollo contiene un movimiento opuesto. Justamente lo que hace al partido atractivo para algunos puede hacerlo ajeno a otros. Los votantes que ven el liberalismo como un fundamento de valores claros, con énfasis en el estado de derecho, la apertura y la cooperación internacional, pueden percibir este acercamiento como un alejamiento de algo más fundamental que la mera táctica.
El riesgo de nuestra nueva política, según lo veo yo, es que en la práctica se lleve a cabo aquello de lo que los Sverigedemokraterna han hablado durante mucho tiempo en términos de sustitución de pueblos: ciertos grupos de votantes y miembros son gradualmente reemplazados por otros. Algunos entran, mientras otros se van. Al final, los Liberales podemos quedarnos con nuestro logotipo, pero con un contenido completamente distinto: otros miembros, otros votantes, quizás también un alma diferente. Lo que se gana en los columpios se pierde en los carruseles, como se suele decir aquí.
Pero, esto de nuestros últimos esténtores, es una cosa que solo nos incumbe a los cuatro gatos que quedamos en el partido liberal sueco, así que, en la entrada de hoy sigo con el tema de Cuba. Hoy he leído que, por si faltaba algo, se ha sentido un potente terremoto en la isla, ¡pobre gente! Para comprender lo que ocurre en Cuba, hay que mirar atrás en su historia. A veces es importante fijarse en como los líderes que han formado la sociedad, han llegado a sus convicciones, mas que historia es psicología a nivel de individuo.
No se puede negar que la figura de Fidel Castro ha sido y sigue siendo central para la historia contemporánea de Cuba. Por eso, la entrada de hoy contiene una carta enviada por un muchacho de doce años inteligente, ágil y fuerte, desde un colegio de niños privilegiados de Santiago de Cuba. Este chico sufría mucho con los desprecios que le hacían los otros chicos, por venir del campo, se puede decir que sufría acoso escolar o, como ahora se dice, con un anglicismo: bullying. No es que este muchacho se aguantase con el desprecio y el hostigamiento de los compañeros, porque el repartía guantazos y palos a mansalva, pero lo pasaba un poco mal, queriendo, como el quería destacar y ser respetado. Se volcaba en sus estudios y seguía las noticias de un mundo en guerra.
El 6 de noviembre de 1940, se decide este muchacho, que ya sabéis todos que no era otro que Fidel Alejandro Castro Ruz, a sus catorce años, a escribir una carta al presidente de los Estados Unidos expresando su interés por los asuntos internacionales y su apoyo a la defensa de la democracia frente al fascismo.
La carta empieza con una pequeña mentirijilla, no sabemos por qué, ya que Fidel tenía 14 años cuando la escribió, pero en la misiva se presenta como doceañero, aunque algo habría pensado, porque este chico no daba puntada sin hilo. Sabemos que Roosevelt le contestó y esa carta la tuvo Fidel como un trofeo, que en parte hizo que su estatus entre los colegiales subiese unas pulgadas. Aquí la famosa carta:


La carta está llena de faltas de ortografía pero Fidel se hace comprender.
“Señor Roosevelt,
Presidente de los Estados Unidos
Mi buen amigo Roosevelt:
No sé mucho inglés, pero sé lo suficiente para escribirle. Me gusta escuchar la radio y estoy muy contento porque oí en ella que usted será presidente por un nuevo período.
Tengo doce años(sic). Soy un muchacho, pero pienso mucho, aunque no creo que esté escribiendo al Presidente de los Estados Unidos.
Si le parece bien, envíeme un billete de diez dólares americano verde en la carta, porque nunca he visto uno y me gustaría tener uno.
Mi dirección es:
Sr. Fidel Castro
Colegio de Dolores
Santiago de Cuba
Oriente, Cuba
No sé mucho inglés, pero sé mucho español y supongo que usted no sabe mucho español, pero sabe mucho inglés porque es americano y yo no soy americano.
Muchas gracias.
Adiós. Su amigo,
Fidel Castro
P.D.: Si quiere hierro para hacer barcos, le enseñaré las minas más grandes de hierro del país. Están en Mayarí, Oriente, Cuba. Fidel Castro’s childhood plea to President Roosevelt – Pieces of History
Fidel era un autentico admirador de los Estados Unidos, al menos hasta que le vino la respuesta de Rossevelt, agradeciendo la carta, pero sin el ansiado billete de diez dólares que le había pedido. Castro se enfadó mucho porque el presidente no le había enviado el billete de diez dólares y había rechazado su oferta de mostrarle las minas de hierro de Mayarí. Un compañero de colegio, Luis Aguilar, escribe en sus memorias que Fidel le dijo que “los americanos eran unos idiotas”. Nunca más volvería a referirse a un presidente de Estados Unidos como su “amigo”. Aun así, después de protagonizar la revolución, Fidel se fue directamente a Estados Unidos a pedir ayuda económica y respaldo al poderoso vecino, hablando fluidamente un inglés ya perfeccionado.
La visita no fue como Fidel esperaba, Eisenhower no tuvo la cortesía de recibir personalmente a Castro; ese día prefirió jugar al golf y dejó al vicepresidente Nixon a cargo. Castro no pidió apoyo y Nixon, que tampoco se lo ofreció. Cualesquiera que fueran las posibilidades de una coexistencia amistosa entre la Cuba revolucionaria y el Coloso del Norte quedaron destruidas ese día. Castro sintió que lo trataban como a un niño. Salió de la reunión visiblemente enfadado, quejándose: “este hombre se ha pasado todo el tiempo regañándome.” Parece que estoy viendo a Trump regañando a Zelenski, me lo imagino.
Quizás fue la contestación de su bienintencionada carta la que sementó la antipatía que Fidel llegó a sentir por Estados Unidos, aunque sería una exageración afirmar que este intercambio epistolar fue el origen del inquebrantable antiamericanismo de Castro, pero ciertamente la experiencia no aumentó la admiración que él pudiera haber sentido por el poderoso vecino. En 1959, Castro quizá recordó lo que había ocurrido 19 años antes. Él que le dijo a su Ministro de Finanzas, Rufo López-Fresquet: “No quiero que este viaje sea como el de otros líderes latinoamericanos que siempre vienen a Estados Unidos a pedir dinero.”
En 1960, Castro nacionalizó propiedades de compañías estadounidenses sin compensación adecuada, lo que provocó que el presidente Dwight D. Eisenhower y su gobierno congelaran relaciones comerciales y financieras con Cuba, iniciando un proceso de aislamiento y en enero de 1961, Washington rompió relaciones diplomáticas con Cuba. Poco después, el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, reforzó la percepción de Castro de que Estados Unidos era un enemigo directo.
Ante el aislamiento estadounidense, Castro buscó apoyo político, militar y económico en la Unión Soviética. En 1960, firmó acuerdos comerciales y militares con Moscú, consolidando un vínculo que llegaría a su punto crítico durante la Crisis de los Misiles en 1962, la crisis más seria de la Guerra Fría. Aquí lo dejo por hoy. Seguiré mañana con la historia reciente de Cuba, a ver si conseguimos comprender lo que ocurre en esta isla paradisiaca, cuyos habitantes, viven una cruel paradoja. Lo intentaré de explicar mañana.
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