El domingo, nosotros los liberales nos enfrentaremos a una elección decisiva, ante dos caminos estratégicos claramente definidos, ambos con sus posibilidades y sus riesgos. Una elección existencialista clásica sobre la que Søren Kierkegaard, Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre y Albert Camus habrían disfrutado reflexionando. Creo que los cuatro probablemente coincidirían en una cosa: lo decisivo no es solo si los liberales superamos la barrera del 4 % en las elecciones de septiembre, sino en qué se convierte el partido en el intento de lograrlo.
¿Entre qué tenemos que elegir? El primer camino es mantener a Simona Mohamsson como líder y abrirse a una cooperación en la que Sverigedemokraterna tenga un papel más directo en un futuro gobierno. La ventaja de esta línea es, como ya he señalado en otra entrada, que el partido puede atraer a votantes que en cuestiones de fondo están cerca de los Sverigedemokraterna, pero que preferirían una etiqueta más respetable o liberal. Al mismo tiempo, se envía una señal clara de capacidad de gobierno y relevancia política, algo que puede pesar mucho para los votantes que priorizan la influencia por encima de la pureza ideológica. La estrategia también puede percibirse como pragmática y realista en un panorama político donde las fronteras entre bloques ya se han desplazado.
El segundo camino sería destituir a la actual dirección y marcar claramente la distancia con los Sverigedemokraterna. Un cambio así podría recuperar la confianza de los votantes liberales más clásicos, para quienes el Estado de derecho, la apertura y la cooperación internacional son fundamentales. También le podría dar al partido un perfil ideológico más claro y facilitaría justificar su existencia. En el mejor de los casos, esto podría atraer de nuevo a votantes que se han ido a otros partidos, como el Centro, o que hoy dudan y optan por quedarse en casa el día de las elecciones.
Pero este camino no está exento de riesgos importantes, ya que un cambio de liderazgo tan cerca de unas elecciones puede dar una imagen de división e inestabilidad. Además, reduce la capacidad de influir en la formación de gobierno, lo que puede hacer que el partido sea percibido como menos relevante. La confianza lleva mucho tiempo construirla, y no es en absoluto seguro que una reorientación así llegue a tener efecto antes de que los votantes acudan a las urnas. Desde el punto de vista estratégico, se trata por tanto de una vía con un riesgo relativamente bajo a corto plazo en términos de contenido, pero con un alcance incierto. Más sostenible ideológicamente a largo plazo, pero quizá demasiado lenta para producir efectos en unas elecciones inminentes.
Y, ¿qué nos dirían los filósofos existencialistas? Kierkegaard nos diría seguramente que se trata de elegir lo verdadero y no lo cómodo, de no dejar que el miedo guíe la decisión, sino la convicción interior. Heidegger advertiría contra nuestra tendencia a disolvernos en el “uno”, en la opinión impersonal, y en su lugar nos instaría a ser nosotros mismos y actuar desde nuestra propia comprensión y convicción. Sartre recordaría que no hay excusas y que el partido, léase nosotros, somos responsables de lo que decidimos ser, y que cada decisión define nuestra esencia. Y Camus, por último, llamaría a la mesura y a la dignidad, a no perder gradualmente, en la búsqueda de la supervivencia, aquello que una vez dio al partido su razón de ser. Mi valoración global es, por tanto, que a corto plazo, de cara a las próximas elecciones, probablemente sea más importante que nos mantengamos firmes en una estrategia clara y coherente que la propia línea concreta que se elija. Incluso una orientación controvertida puede dar resultados si se comunica de forma unida y creíble. A más largo plazo, sin embargo, existe un riesgo evidente de que el partido, al adaptarse en exceso, pierda su núcleo ideológico y, con ello, su razón de ser. Por tanto, lo que puede salvar al partido en las elecciones puede, al mismo tiempo, socavar aquello que una vez le dio sentido. Toda elección encierra siempre una gran dosis de angustia.
Dicho todo esto, este soleado 18 de marzo, sigo profundizando en la historia reciente de Cuba, ya que parece que la atención de Trump se está volviendo al pequeño vecino, y eso puede resultar en cambios importantes para la isla y sus habitantes. El desarrollo de Cuba a partir de 1961, tras la ruptura con Estados Unidos y su alineamiento con la Unión Soviética, fue singular dentro de América Latina, pues combinó avances sociales notables con limitaciones económicas importantes. Bajo el liderazgo de Fidel Castro, el nuevo régimen impulsó una profunda transformación social que tuvo efectos rápidos y visibles.
En el ámbito educativo, la campaña de alfabetización de 1961 prácticamente eliminó el analfabetismo y sentó las bases de un sistema de enseñanza gratuito y universal, que con el tiempo alcanzó niveles elevados en comparación con otros países de la región. En salud, se creó un sistema público universal que mejoró significativamente indicadores como la mortalidad infantil y la esperanza de vida, hasta situarlos en niveles cercanos a los de países desarrollados. Asimismo, se redujeron de manera considerable las desigualdades sociales, se amplió el acceso a servicios básicos y aumentó la participación de la mujer en la vida laboral y educativa.
Sin embargo, en el terreno económico, el modelo adoptado presentó mayores dificultades. La economía fue organizada de manera centralizada, con la nacionalización de empresas y la planificación estatal de la producción, lo que redujo considerablemente el papel del mercado. Cuba pasó a depender fuertemente de la Unión Soviética, especialmente a través de un intercambio preferencial de azúcar por petróleo, maquinaria y otros bienes, lo que limitó la diversificación de su economía. Esta dependencia, junto con la baja productividad y las ineficiencias propias del sistema centralizado, generó problemas crónicos como la escasez de bienes de consumo y un nivel de vida material relativamente bajo.
Desde comienzos de la década de 1960, Cuba adoptó una estrategia internacionalista que buscaba apoyar movimientos de liberación africanos, tanto ideológicamente como con asistencia militar, técnica y logística. En 1963, Cuba intervino por primera vez de manera significativa en Argelia durante la llamada Guerra de las Arenas contra Marruecos, enviando tropas y apoyo militar. En Guinea-Bisáu y Cabo Verde, entonces en plena lucha por la independencia contra Portugal, Cuba proporcionó asesores, entrenamiento y apoyo logístico. Tras la independencia de Mozambique en 1975, el país recibió asesores militares cubanos y cooperación técnica. En el Congo, sobre todo en la crisis de los años 60, Cuba envió instructores y participó en misiones para apoyar movimientos revolucionarios, incluyendo la presencia del Che Guevara. Sin embargo, los casos más intensos fueron Angola, donde desde 1975 desplegó decenas de miles de soldados para apoyar al MPLA frente a fuerzas internas y sudafricanas, y Etiopía, donde respaldó al gobierno frente a Somalia en conflictos fronterizos.
El impacto de estas intervenciones en la posición internacional de Cuba fue significativo: el país logró proyectarse como un actor global desproporcionadamente influyente para su tamaño y consolidar su prestigio como defensor de los movimientos de liberación africanos frente al colonialismo y el apartheid. La victoria en Angola, en particular, se interpretó como un triunfo simbólico contra el régimen del apartheid en Sudáfrica y reforzó la reputación de Cuba en el Tercer Mundo.
No obstante, estos logros tuvieron costes importantes para la isla. En términos económicos, mantener tropas en África durante años representó un esfuerzo enorme para un país con recursos limitados. Aunque parte de los gastos fue cubierto por la Unión Soviética, la inversión en transporte, armamento y personal agravó la escasez interna de bienes de consumo y presionó la economía centralizada. Socialmente, las campañas africanas generaron orgullo nacional y un sentimiento de solidaridad internacionalista, pero también implicaron pérdidas humanas, separación de familias y un desgaste considerable para la sociedad cubana, que debía mantener la producción y los servicios básicos mientras enviaba decenas de miles de hombres y mujeres a conflictos lejanos.
En comparación con otros países latinoamericanos, Cuba se destacó por su singularidad: ningún otro país de la región proyectó poder militar de forma tan sostenida fuera de su continente. Su política africana, al tiempo que reforzaba su alineamiento con la Unión Soviética, también contribuyó indirectamente a cambios estratégicos en África, como la eventual independencia de Namibia y el debilitamiento de la posición de Sudáfrica, acercando el fin del apartheid.
El llamado “milagro deportivo de la pequeña Cuba” surgió a partir de la Revolución de 1959, cuando el gobierno de Fidel Castro decidió convertir el deporte en una política de Estado, integrando la educación física y el desarrollo atlético con la construcción de un proyecto social socialista. La isla, con apenas 11 millones de habitantes, logró en pocas décadas competir al más alto nivel internacional, destacándose en béisbol, boxeo, atletismo, voleibol y deportes de combate. Este fenómeno se apoyó en la creación del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER) en 1961, que organizó programas masivos de entrenamiento desde la infancia, garantizando acceso universal sin importar el origen social o económico. Se implementó un sistema de detección temprana de talentos y escuelas especiales de alto rendimiento, combinando deporte y estudios, con entrenadores especializados y programas intensivos, mientras el Estado proveía instalaciones, equipamiento, transporte y alimentación para que los atletas pudieran concentrarse exclusivamente en su preparación. El deporte se vinculó a la identidad nacional y al proyecto revolucionario, convirtiendo cada victoria internacional en un mensaje de soberanía y capacidad de la pequeña isla frente a potencias mucho mayores. Como ya sabéis corrí una vez en Cádiz con el gran Juantorena, un claro representante del milagro deportivo cubano.
Este milagro fue posible gracias a la centralización de recursos, al sistema educativo y social integrado, a la motivación política y social, a la asesoría técnica de la Unión Soviética en los primeros años y a una cultura de disciplina fomentada por la ideología revolucionaria, que promovía sacrificio, perseverancia y compromiso colectivo. Como resultado, Cuba se convirtió en potencia en boxeo, béisbol, atletismo, voleibol y lucha, superando con frecuencia a países con poblaciones y recursos mucho mayores. Entre 1960 y 2024, Cuba estuvo siempre presente en los Juegos Olímpicos,con la excepción de Los Ángeles en 1984, logrando muchas medallas en comparación con su población, y consolidando al deporte como símbolo del proyecto revolucionario, reforzando la idea de que una pequeña isla podía desafiar a grandes potencias. En resumen, el milagro deportivo cubano no fue casualidad ni producto del talento aislado, sino consecuencia de un diseño social integral que convirtió al deporte en motor de identidad, orgullo nacional y prestigio internacional.
Algo que la revolución no logró del todo fue revertir la cuestión racial. En Cuba durante el castrismo, la cuestión racial fue y sigue siendo un tema complejo y contradictorio. Tras la Revolución de 1959, el gobierno de Fidel Castro implementó políticas formales de igualdad que buscaban erradicar la discriminación racial: se estableció educación universal y gratuita, se promovió el acceso igualitario al empleo, la salud y la vivienda, y se impulsó la integración social, con un discurso oficial que proclamaba la construcción de una “sociedad de iguales” donde la raza no debía ser un factor de diferenciación. Estas medidas permitieron avances concretos, como la mejora del acceso a la educación y la salud para la población afrodescendiente y una mayor participación en la fuerza laboral y en ciertos espacios públicos.
Sin embargo, la desigualdad racial no desapareció. Las estructuras de segregación histórica, que habían concentrado a los negros en barrios marginales y en empleos peor remunerados, no se transformaron de inmediato. La élite política y militar permaneció mayoritariamente blanca, y los afrodescendientes continuaron subrepresentados en puestos de poder. Además, el racismo informal y los estereotipos culturales persistieron, y la narrativa oficial de una “sociedad sin razas” invisibilizó problemas reales de discriminación, dificultando su discusión pública. Durante las décadas de 1960 a 1980, cualquier crítica sobre racismo podía percibirse como un ataque al régimen, lo que limitó la formación de movimientos específicos por los derechos raciales, a diferencia de lo que ocurría en Estados Unidos o en África.
Estas condiciones también influyeron en la emigración de afrodescendientes, muchos de los cuales buscaron oportunidades fuera de la isla, lo que impactó en la composición racial de Cuba y en la percepción de desigualdad persistente. Comparada con otros países latinoamericanos, Cuba tuvo logros visibles en educación, salud y empleo, superando a muchas naciones en indicadores sociales, pero la falta de representación plena y la persistencia de actitudes raciales muestran que la igualdad formal no siempre se tradujo en igualdad real.
El punto de inflexión llegó con la desaparición de la Unión Soviética en 1991, que provocó una crisis profunda conocida como el “Período Especial”. La economía cubana sufrió una caída drástica, con escasez generalizada de alimentos, energía y transporte. Para sobrevivir, el gobierno introdujo algunas reformas limitadas, como la apertura al turismo internacional y cierta flexibilización económica, aunque sin abandonar el control estatal fundamental.
En comparación con otros países latinoamericanos, Cuba presentó una evolución distinta. Por un lado, logró mejores resultados en educación, salud y equidad social que la mayoría de sus vecinos, con menores niveles de desigualdad. Por otro, mostró un menor crecimiento económico, salarios más bajos y un acceso más limitado a bienes de consumo. Mientras países como Brasil, México o Chile siguieron modelos de mercado que generaron mayor riqueza, pero también fuertes desigualdades, Cuba optó por priorizar la igualdad y los servicios públicos, aunque a costa de la eficiencia económica y la prosperidad material.
Así llegamos a la crisis actual, compuesta de múltiples causas interrelacionadas que se han ido acumulando a lo largo de décadas y abarcan factores económicos, sociales, políticos e internacionales, entre los cuales el bloqueo de Estados Unidos ha tenido un papel central. Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, Cuba perdió gran parte de su comercio preferencial y los subsidios en petróleo y alimentos que recibía del bloque socialista, lo que provocó el llamado “Período Especial” y dejó secuelas duraderas en la economía. Esta dependencia histórica de pocos productos de exportación como azúcar, tabaco, níquel y servicios turísticos, junto con un modelo centralizado y rígido, generó mucha vulnerabilidad frente a fluctuaciones externas y limitó la productividad interna. A esto se sumó la inflación y la dualidad monetaria, que distorsionó precios y dificultó la vida cotidiana de la población, mientras la caída del turismo y la volatilidad de las remesas, importantísimas para Cuba, redujeron ingresos vitales para el país.
En el plano social, la escasez de alimentos y medicinas se convirtió en un problema crónico, y la emigración masiva de jóvenes y profesionales debilitó el capital humano y la capacidad productiva. Aunque el acceso a la educación y la salud siguió siendo universal, la población tuvo que recurrir con frecuencia al mercado negro y a la economía de subsistencia, reflejando las limitaciones estructurales del sistema. En el ámbito político, la rigidez del sistema y la centralización del poder dificultaron siempre la adaptación a los problemas internos y la respuesta a demandas ciudadanas, mientras que la represión y el control social generan frustración y protestas, como las manifestaciones masivas de julio de 2021.
El bloqueo económico de Estados Unidos, que ha incluido sanciones comerciales y financieras durante décadas, ha limitado la capacidad de Cuba para comerciar, invertir y obtener recursos críticos, afectando especialmente la importación de alimentos, medicinas y energía, y agravando la presión sobre una economía ya vulnerable. La falta de aliados fuertes tras la desaparición del apoyo soviético y la dependencia parcial de Venezuela no han sido suficientes para compensar estas restricciones, y la volatilidad del contexto global, con crisis económicas, pandemias y fluctuaciones en los precios internacionales, ha exacerbado la situación. Caído Maduro, la situación se ha agravado peligrosamente.
La crisis cubana refleja una causalidad acumulativa, por culpa de décadas de economía centralizada y poco diversificada, dependencia externa, falta de incentivos productivos, presión demográfica por emigración y envejecimiento de la población, escasez crónica de bienes básicos y restricciones políticas que limitan la capacidad de adaptación, todo ello agravado por el bloqueo estadounidense. Esta combinación de factores genera un círculo de dificultades que se refleja en la escasez de alimentos y medicinas, la caída del poder adquisitivo, las protestas sociales y la emigración masiva, dejando a la isla en una situación prolongada de vulnerabilidad y tensión social, económica y política.
El caso cubano no puede reducirse ni a un éxito ni a un fracaso absoluto, sino que representa un modelo alternativo dentro de América Latina: más equitativo en lo social, pero más restringido en lo económico. Sorprende que los Estados Unidos hayan permitido su existencia sin hacer ningún intento serio de derrocar el sistema. Hubo, eso sí, algún intento explícito de derrocar el régimen, como la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, y la guerra económica sostenida mediante el embargo, pero Washington nunca emprendió una campaña militar a gran escala que arriesgara una confrontación directa con la Unión Soviética.
Una posible explicación es que Cuba, por su tamaño y posición geográfica, funcionaba como un ejemplo cercano del “fracaso del comunismo” sin necesidad de un esfuerzo mayor. Desde la perspectiva estadounidense, mantener a Cuba bajo embargo y aislamiento económico mostraba al hemisferio y al mundo los problemas del modelo socialista: economía limitada, dependencia externa y restricciones a las libertades políticas, sin arriesgar una guerra directa en su propio patio trasero, especialmente durante la Guerra Fría. En este sentido, Cuba se convirtió en un “laboratorio viviente” para Estados Unidos[1]: suficientemente visible para demostrar los límites del comunismo, pero demasiado pequeña para constituir una amenaza estratégica directa que justificara un conflicto mayor.[2] Esta lógica también explica por qué el embargo ha persistido tanto tiempo: no solo como un instrumento de presión, sino como un símbolo político y propagandístico de los riesgos del socialismo, reforzando la narrativa interna estadounidense y en la región latinoamericana. Continuará.
[1] Jane Franklin: The Cuban Revolution and the United States: A Chronological History (1992) https://archive.org/details/cubanrevolutionu0000fran/page/n297/mode/2up
[2] Piero Grijeses: Conflicting Missions: Havana, Washington and Africa, 1959–1976 https://books.google.se/books?id=AnRDn06UB5cC&printsec=frontcover&hl=sv&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false
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