Todos nos estamos muriendo, hay que reconocerlo. Es una verdad evidente e incómoda, una certeza que acompaña cada instante de nuestra existencia. Sin embargo, aceptarla no debe debilitarnos ni ensombrecer nuestro ánimo, porque quizá sea precisamente esa conciencia la que nos permite situarnos con mayor claridad ante la vida. La conciencia de la muerte impulsa a actuar de acuerdo con la virtud, el bien y la razón, porque cada momento es valioso. Marco Aurelio escribía en sus Meditaciones[1] que cada día es un regalo limitado y que debemos usarlo bien, sin procrastinar.
Porque si lo pensamos bien, todos los que ahora estamos vivos somos, en cierto modo, unos privilegiados. Hemos recibido ese regalo extraordinario que es la vida, sin haberlo pedido y sin saber exactamente por qué. Entre la inmensidad del tiempo y del espacio, entre los innumerables seres que fueron y los que vendrán, nos ha tocado a nosotros estar aquí, ahora, conscientes de nuestra existencia, aunque sea por un breve intervalo.
Esa brevedad no debería ser motivo de desesperanza. La vida no pierde valor por ser finita, al contrario, lo gana. Cada día, cada gesto, cada encuentro adquiere un peso distinto cuando se contempla bajo esa luz. No estamos aquí para siempre, y precisamente por eso estamos de verdad. Reconocer que avanzamos hacia el mismo destino no tiene por qué hundir nuestra moral, sino elevarla. Nos invita a vivir con mayor conciencia, con más atención, con una cierta gratitud serena. No como quien posee algo seguro y eterno, sino como quien cuida algo valioso y frágil. Al fin y al cabo, la eternidad sería bastante aburrida, ¿verdad?
Luego aparece otra cuestión, más concreta, más cotidiana: el cuerpo, ese estuche del alma que habitamos sin haberlo elegido, es nuestro compañero durante toda esa vida. Ahí tenemos los humanos una paradoja inquietante. Sabemos, o intuimos, qué nos conviene hacer en cada momento, y sin embargo nos inclinamos una y otra vez hacia lo fácil, lo sedentario, lo inmediato.
Hay algo casi perverso en esa tendencia. Como si la propia condición humana llevara inscrita una trampa: aquello que nos resulta más placentero en el corto plazo es a menudo lo que nos debilita en el largo. El descanso excesivo, la inercia, la gratificación instantánea… todo ello parece ofrecérsenos con una facilidad sospechosa.
Y sin embargo, cuidar ese “estuche” no debería ser un asunto menor. Es, en cierto modo, la forma concreta en que honramos ese regalo del que antes hablábamos. No se trata de disciplina por severidad, sino por respeto. No de negar el placer, sino de no dejarnos gobernar por él. Tal vez la verdadera libertad consista en eso: en reconocer la trampa sin caer necesariamente en ella, en elegir a veces lo difícil no por obligación, sino porque sabemos que en ello se juega algo más profundo que el simple bienestar momentáneo.
Yo lo pongo en la práctica a mi manera: corriendo. Intentando, cada día, correr un poco más rápido, un poco más lejos. ¿Es una forma de obstinación? Tal vez. ¿Una forma de resistencia? Sin duda. Pero no creo que haya nada de locura en ello. Más bien al contrario: hay una voluntad de no entregarse del todo a esa inercia que nos empuja hacia lo fácil.
En ese esfuerzo repetido, en ese diálogo silencioso con el propio cuerpo, hay algo que se ordena. Como si, por un momento, el cuerpo y la voluntad dejaran de estar en conflicto y encontraran un cierto acuerdo.
Claro que, para empezar a correr, hay que romper el velo de la inercia. Hay que decidirse a sufrir un poco, a traspasar fronteras corporales que parecen infranqueables. Eso cuesta, y no se puede alcanzar sin dolor. El dolor es la moneda con la que se pagan todos los progresos: como el dolor del adiós, necesario para encontrar nuevos horizontes; como el dolor al nacer, tanto de la madre como de la nueva vida.
En ese sufrimiento consciente, en esa pequeña pero decidida resistencia, se revela algo profundo: que avanzar, crecer, transformarse, siempre exige un precio. Y que ese precio, aunque incómodo, es también lo que nos permite saborear la plenitud de estar vivos.
No añoraríamos la luz del sol si no tuviéramos noche, no disfrutaríamos del calor del verano si no hubiésemos sentido el frío del invierno, no disfrutaríamos de los alimentos si estuviésemos hartos de comer. La oposición, la ausencia, el contraste, son las condiciones mismas de todo disfrute. Es en la sombra donde se aprende a valorar la claridad, en la privación donde se descubre la intensidad del gozo, en la carencia donde se entiende la riqueza.
Bueno, pues tras mi hazaña de la media maratón en junio del año pasado, he tenido unos meses de descanso activo. He caminado mucho, como de costumbre, pero no he corrido nada hasta febrero. Ya en enero sentía ese gusanillo que me incita a correr, pero no encontraba el día de empezar. Me inventaba mil disculpas para alargar el momento de entrenar. Yo sé que cuesta, y yo soy humano; por tanto, amo la inercia, el descanso, la buena lectura acompañada de un café, en el sillón favorito, ya sabéis.
Y, en esto que una joven me pidió que la hiciera un programa de entrenamiento para el maratón, y esto consiguió que al fin me decidiese a rasgar el velo de la inercia y me calcé las zapatillas de correr. Y, en eso estoy. Corro un día sí y otro no, empezando con 1800 metros y aumentando la distancia con 200 metros cada día que corro. Ahora he llegado a los cinco kilómetros y la velocidad por kilómetro ha ido aumentando de 7´,05´´ a 5´,52´´ por kilómetro. No es ni una distancia impresionante, ni una velocidad vertiginosa, pero para mí es un gran triunfo.
Si queréis saber lo que se siente, os lo explicaré en algunas palabras. Al volver a calzarme las zapatillas con 74 años y con meses de desentrenamiento, me enfrenté a algo muy elemental y a la vez muy intenso. Los músculos se quejan con cada paso, el corazón se acelera con más fuerza de la que uno espera, la respiración se vuelve intensa, jadeante y casi incómoda, y el cansancio llega antes de lo que la memoria de uno recordaba. Hay un extrañamiento con uno mismo: el cuerpo parece ajeno, extraño y a la vez familiar, un vehículo que ha dormido y ahora despierta con su propio lenguaje de advertencias. Y, sin embargo, cada zancada trae consigo un regusto de libertad, una sensación de estar despierto, de estar vivo, de recuperar la agencia sobre la propia carne. Es un encuentro con la fragilidad y con la resistencia, con la inercia que aún intenta arrastrarte y la voluntad que insiste en no ceder. Cada metro recorrido es un pequeño triunfo sobre la comodidad, un recordatorio de que todavía es posible moverse, avanzar, y sentir la vida en la intensidad que solo la conciencia de la edad y del tiempo puede otorgar. Ya os iré contando.
[1] https://archive.org/details/marco-aurelio-meditaciones/page/n1/mode/2up
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