En mi pequeño jardín, voy juntando las primeras hojas secas que van cayendo entre los setos. El otoño está por llegar. Miro a mi alrededor y siento el sosiego necesario para aprovechar estos últimos momentos de la tarde para abrir mi libro y seguir leyendo. Estoy leyendo un libro escrito por el periodista judío-sueco Göran Rosenberg: “Det förlorade landet” (La tierra perdida), que es un ensayo autobiográfico y de historia de las ideas que explora la utopía, los sueños, las promesas, los desencantos y las complejidades del proyecto de Israel. Rosenberg parte de su propia vida como adolescente que vivió en Israel en los años 60, con la emoción, la fe en la utopía sionista, la idea de “La Tierra Prometida”, de “subir” (“alija”) a Israel, de formar parte de algo colectivo y nuevo. Luego va desgranando los ideales más antiguos que alimentaron esas esperanzas: los sueños bíblicos, las promesas mesiánicas, el sionismo clásico, la ideología nacionalista mezclada con la utopía socialista. También expone el dolor del desencanto. Habla de las casas destruidas, de los pueblos palestinos borrados, de lo que se prometió y lo que realmente se hizo. De cómo esas ilusiones de juventud se topan con la realidad del conflicto, del exilio, de la opresión, de la guerra. 

La guerra, siempre la guerra. ¿A dónde se fueron todos los sueños de paz? Miro a mi alrededor y el silencio que reina en mi entorno me hace estremecer, como si estuviese a punto de perder esta calma que disfruto. Me levanto para hacerme un café y, mientras la cafetera trabaja, yo busco en mi estantería unos viejos apuntes que hice antaño, sobre los conflictos armados y los movimientos de paz en una perspectiva de 500 años. Lo hice cunado mi hija mayor estudiaba derecho y había tropezado con Hugo Grocio y su “De iure belli ad pacis”, escrito en 1625 y considerado como uno de los pilares en los que reposa la legislación internacional que regula las relaciones de los estados y, por tanto, precursor de la fundación de las Naciones Unidas.  

Recuerdo que yo me encargue de buscar en los antecedentes de esta obra, lo que había antes, sobre legislación internacional, como ideas de cómo mantener la paz, propuestas para abolir la guerra y la destrucción que esta supone. Encontré La Escuela de Salamanca, formada por teólogos y juristas en la Universidad de Salamanca en el siglo XVI, un punto de referencia esencial en la historia del pensamiento occidental sobre la paz, el derecho y la convivencia entre pueblos. Entre sus figuras principales destacaron Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Francisco Suárez y Martín de Azpilcueta, quienes, bajo la inspiración del tomismo, reflexionaron sobre los problemas que traían los descubrimientos de América, la expansión de los imperios europeos y las guerras de religión. Nihil ex nihilo, y Grocio bebió en la escuela de Salamanca, así como también anticiparon discusiones modernas sobre los derechos humanos, la soberanía nacional y la necesidad de una comunidad internacional regulada por normas en lugar de la fuerza bruta. 

Vitoria fue uno de los primeros en formular una concepción del derecho internacional basada en la idea de que todos los pueblos forman parte de una comunidad universal. La paz, en este sentido, no era solo ausencia de guerra, sino el reconocimiento de que todas las naciones, incluidas las indígenas americanas, tenían derechos naturales inalienables a sus tierras, a su autogobierno y a ser tratadas como iguales. Vitoria fue contemporáneo de De las Casas, un año mayor para ser exactos, y en sus famosas Relecciones (De Indis, 1539; De iure belli, 1539) no nacen de la experiencia directa en América, como en Las Casas, pero sus argumentos resultaron decisivos porque daban fundamento filosófico y jurídico universal a lo que Las Casas defendía desde la moral cristiana y la compasión: el ius gentium (derecho de gentes)  la idea de que los indios eran personas libres, con derechos propios, y que la conquista no se justificaba por el simple hecho de ser “infieles”.  

Uno de los temas más tratados por los salmantinos fue la “guerra justa”, sosteniendo que la guerra solo podía justificarse en defensa propia o para proteger derechos humanos fundamentales, nunca para expandir la fe por la fuerza ni para enriquecerse. Este pensamiento abría la puerta a una noción de paz fundada en la justicia y en la limitación radical del recurso a la violencia. 

Después de todo eso, contrario a todo eso, el mundo entero vivió guerras horrendas, como si se hicieran oídos sordos a todos esos planteamientos de paz. Hay tantos ejemplos que pueden bastarnos dos, extremadamente crueles y devastadores: la guerra de los treinta años (1618-1648) y las guerras napoleónicas (1799-1815). Pero, parece ser, que al finalizar estas últimas, despertasen de nuevo las ideas de regular el ejercicio de la fuerza y formular reglas para la convivencia pacífica entre los pueblos. Es justamente en 1815, el mismo año del consejo de Viena, cuando se funda en Nueva York la primera Peace Society. Su fundador David Low Dodge, actuó poco después del final de la Guerra de 1812. Se convirtió en una organización activa, que celebraba reuniones semanales regulares y producía literatura que llegaba hasta Gibraltar y Malta, describiendo los horrores de la guerra y defendiendo el pacifismo sobre bases cristianas. En 1828, la sociedad se fusionó con otras de New Hampshire, Maine y Massachusetts para formar la American Peace Society.  

A David Low Dodge se le atribuye haber publicado los primeros panfletos en Estados Unidos que expresaban la inutilidad de la guerra: el primero The Mediator’s Kingdom not of this World, que se publicó en 1809; el segundo, War Inconsistent with the Religion of Jesus Christ, que fue terminado en 1812, dos años antes de la publicación del Solemn Review of the Custom of War de Noah Worcester, una obra que desde entonces ha eclipsado la contribución de Dodge, aunque fue él el pionero.  

A partir de 1815 se va extendiendo la idea de una paz universal.  Las ideas pacifistas ganaron importancia, especialmente en Gran Bretaña. En parte, se vincularon con ideologías religiosas, sobre todo las de cuáqueros y menonitas. Alrededor de 1830, se formaron sociedades de paz en diferentes países, y en 1843 se celebró un primer Congreso de la Paz en Londres, que apenas tuvo repercusión más allá de la zona anglosajona. Posteriormente tuvieron lugar otros congresos, como el Congreso Internacional de la Paz en Bruselas, uno de los primeros intentos de coordinar un movimiento transnacional, y el París 1849, que lograron trascender en mayor grado, pero no pudieron impedir la guerra de Crimea 1853-1856, el último de estos congresos, el de Edimburgo, en 1853. 

Durante el siglo XIX van surgiendo asociaciones en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, los países nórdicos, conectadas todas por el ideal de un arbitraje internacional que sustituyera a la guerra. Pero las guerras siguen, guerras coloniales, la hispano-estadounidense del 98 entre otras. En 1899 y 1907 se celebran las Conferencias de La Haya, impulsadas por zar Nicolás II, que dan origen a la Corte Permanente de Arbitraje, que se puede considerar como un triunfo parcial del pacifismo. Van surgiendo ideas de ciudadanía universal, ideas antiguas, pero actualizadas por el humanismo triunfante, el cosmopolitismo de Diógenes de Sinope, ciudadano del mundo, parecía más real que nunca, así como la paz perpetua que proponía Kant. 

Pero, desgraciadamente, y para los que vivieron el verano de 1914, inexplicablemente, estalló la primera guerra mundial y los pacifistas son acusados de traidores. El cosmopolitismo se esfuma, se derrite como la nieve al llegar la primavera y pronto es olvidado, casi por completo. El sueño de una paz universal lo mantienen las mujeres, como Jane Addams, fundadora en plena guerra de Women´s International League for Peace and Freedom, mientras los horrores de la guerra hacen aparecer la idea de una Sociedad de Naciones como cauce para una paz colectiva.  

Durante aquellos años de trincheras, gases y millones de muertos, muchos pensadores, políticos y movimientos pacifistas insistieron en que no bastaba con firmar tratados de paz: hacía falta una institución internacional permanente, que velara por evitar nuevos conflictos y promoviera la cooperación entre naciones. Ya durante la guerra, pensadores, diplomáticos y políticos comenzaron a hablar de la necesidad de un organismo internacional capaz de arbitrar disputas entre países sin recurrir a las armas. El presidente estadounidense Woodrow Wilson fue el gran impulsor de esta idea, que en su famoso discurso de los Catorce Puntos apenas finalizada la guerra propuso la creación de una asociación general de naciones para garantizar la seguridad colectiva, el desarme y la resolución pacífica de conflictos, aunque finalmente el congreso americano no ratificó la asociación de los Estados Unidos, lo que hizo que esta organización tan bien intencionada, careciera del peso necesario para evitar otra guerra, aún peor y más devastadora veinte años más tarde. 

La Sociedad de las Naciones nació oficialmente en 1919, con el Tratado de Versalles, como parte de la nueva arquitectura internacional. Su misión era preservar la paz mediante la seguridad colectiva, fomentar la cooperación y mejorar las condiciones de vida en todo el mundo. Sin embargo, la sociedad quedó marcada desde el inicio por varias debilidades: Estados Unidos nunca llegó a unirse (a pesar de ser la nación impulsora), lo que minó su legitimidad; además, carecía de fuerzas propias para hacer cumplir sus decisiones y dependía del compromiso de las potencias europeas, que muchas veces primaron sus intereses nacionales. Con todo, fue un ensayo histórico y el primer intento serio de construir un orden internacional basado en normas, instituciones y diálogo, antecedente directo de lo que después sería la Organización de las Naciones Unidas, la ONU en 1945. 

La ONU nació en 1945 con un mandato ambicioso: “salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. Sin embargo, desde sus orígenes fue una criatura atravesada por tensiones estructurales que han limitado, y en gran medida paralizan su capacidad real de garantizar la paz mundial. Los cinco miembros permanentes (EE. UU., Rusia, China, Francia y Reino Unido) tienen la facultad de bloquear cualquier resolución. Esto convierte a la ONU en rehén de los intereses geopolíticos de las grandes potencias. En la práctica, significa que cuando alguno de ellos es parte de un conflicto, o su aliado lo es, la ONU queda neutralizada. La Asamblea General, donde todos los Estados tienen voz y voto, solo puede emitir resoluciones de carácter no vinculante. El verdadero poder coercitivo está concentrado en el Consejo de Seguridad, un órgano oligárquico que refleja el mapa de poder de 1945, no el del siglo XXI.  

La dependencia económica es otra de las lacras del sistema. El presupuesto de la ONU depende en gran medida de las contribuciones de los países más ricos, especialmente EE. UU, y eso hace que la agenda y las prioridades estén condicionadas por quienes aportan más recursos, reduciendo la autonomía de la organización. 

Y, puestos a imponer su criterio, la ONU no tiene un ejército permanente. Sus cascos azules son contingentes aportados voluntariamente por los Estados miembros, muchas veces con limitaciones de reglas de enfrentamiento y sin capacidad de intervención rápida, lo que ha hecho que, en conflictos graves como en Rwanda en 1994, Bosnia 1995, Siria 2011 y ahora mismo en Gaza, la ONU ha llegado siempre tarde o sin fuerza suficiente. 

Hay una tensión permanente entre la soberanía de los estados y la capacidad de intervención de la ONU, ya que su Carta protege la soberanía de los estados miembros, lo que significa que muchas veces, aun ante violaciones masivas de derechos humanos, la ONU se encuentra jurídicamente atada a menos que el Consejo de Seguridad apruebe una intervención, lo que nos devuelve al problema del veto. 

Mientras escribo estas lineas, se sienta mi hijo a mi lado y me pregunta qué es lo que estoy haciendo. Yo le contesto que estoy intentando estructurar en mi blog la historia de los intentos de erradicar la violencia en las relaciones internacionales. Le resumo lo que llevo escrito y el me pregunta cómo se podría vitalizar la ONU para que llegase a ser ese arbitro universal que sus promotores pretendían. Pasamos a discutir sobre una solución universal de los conflictos del mundo y llegamos a la conclusión de que la única forma de acabar con las guerras y los conflictos sería el conceder a todos los habitantes del mundo una ciudadanía universal, con los mismos derechos y deberes, simplemente por ser humanos.  

Mi hijo, que estudia el último año de bachiller de ciencias y está muy interesado en la política internacional, me dice que una solución así sería justa pero imposible, porque todos los intereses creados que existen y viven de la asimetría entre pobres y ricos no lo permitirían. Lo vemos en el Trumpismo “Make America Great Again” lo dice todo. Para los ultranacionalistas de todos los países, y aquí entran todos: Vox, Los Demócratas Suecos, Fides etc., apoyados por intereses poderosos, están interesados en perpetuar los conflictos. Tiene razón. Yo intento aferrarme a la idea de que la paz es posible y que la guerra es algo que se puede parar con buena voluntad, miro a mi alrededor y, desgraciadamente, veo que ya no hay nadie que defienda la paz. Las organizaciones para la paz, tan activas durante la guerra fría, parecen adormecidas. Quizás han envejecido como lo hemos hecho nosotros.  

Aunque el silencio, o la casi invisibilidad, de los movimientos de paz en nuestro tiempo tiene varias explicaciones, que se entrelazan, como el cambio de contexto histórico, que hizo que muchos pensaran tras la guerra fría que la amenaza de un conflicto nuclear había disminuido. Los movimientos pacifistas que habían nacido contra Vietnam o la carrera armamentista fueron perdiendo fuerza al desaparecer ese horizonte inmediato de catástrofe global. Hemos tenido también una fragmentación de causas en lugar de un gran movimiento por la paz unificado, hoy hay múltiples causas parciales: derechos humanos, ecología, feminismo, justicia global, migración, cambio climático. Todas, de una u otra forma, incluyen la paz en su núcleo, pero dispersan la voz en mil direcciones. Además, estamos bajo el peso de la realpolitik. Las guerras actuales, Ucrania, Gaza, Yemen o Sudán, se presentan en los medios bajo una lógica de inevitabilidad: defensa propia, lucha contra el terrorismo, “choques de civilizaciones”. La paz aparece como ingenua, y quienes la reclaman son a menudo marginados como utópicos o desinformados. Y, no olvidemos que, los medios de comunicación y redes sociales dan más visibilidad al discurso belicista, con imágenes de destrucción, narrativas de héroes y villanos. Los movimientos de paz carecen de la espectacularidad que demanda la lógica mediática, y en las redes la indignación se multiplica más fácilmente que la propuesta constructiva. Lo vemos hasta en la SCM. También cuenta, creo yo que, en tiempos de guerra, hablar de paz puede interpretarse como apoyo al agresor. Eso genera autocensura y un silencio forzado. Eso lo vivo yo a diario en mi propio partido. 

Why civil resistance works : the strategic logic of nonviolent conflict : Chenoweth, Erica, 1980- : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive

Franciscus de Victoria — Relectiones: De Indis & De Jure Belli

De Jure Belli ac Pacis “On the Law of War and Peace” (1625) | Constitution Center