Dentro de unas horas, a la una en punto, hora local, se abrirá una puerta y el secretario de la Academia Sueca, dará a conocer quién se llevará el millón de euros con el que está dotado el premio Nobel de literatura. Se oirán voces de alegría entre los que esperan la noticia, periodistas, traductores, editores, todos y cada uno con su preferido. Alguno de ellos habrá acertado, la mayoría no y se oirán suspiros y lamentos, entre los decepcionados. Buena la armó, el bueno de Alfred Nobel, inventándose un premio que galardonase al “mejor” de ese año según los criterios que dejó expuestos en su testamento, redactado en París el 27 de noviembre de 1895.
Alfred Nobel estableció que su fortuna debía destinarse a crear una serie de premios anuales que recompensaran los mayores beneficios que la humanidad hubiera recibido en cinco campos: Física, Química, Medicina, Literatura y Paz.
Sobre el Premio Nobel de Literatura, escribió literalmente: “Una parte (…) se otorgará a la persona que, en el campo de la literatura, haya producido la obra más destacada en la dirección ideal.” Esa breve frase —“en la dirección ideal” (i idealisk riktning), es la que dio lugar a más de un siglo de debate. ¿Qué significaba “idealisk riktning”?
El término “idealisk” en sueco, a finales del siglo XIX, no significaba exactamente “idealista” en el sentido filosófico alemán, ni tampoco “utópico”. Se refería más bien a una orientación elevada del espíritu, una literatura que apuntara a lo moral, lo noble o lo universal.
Sin embargo, la Academia Sueca, que debía interpretar esa frase, la entendió de forma muy conservadora, casi moralista, durante las primeras décadas. De ahí que eligieran a autores considerados “puros” o “ejemplares” como Sully Prudhomme o Rudolf Eucken, evitando a escritores polémicos o socialmente radicales como Tolstói, Ibsen o Zola.
La concesión del primer Premio Nobel de Literatura a Sully Prudhomme en 1901 fue recibida con una mezcla de cortesía oficial, sorpresa y decepción generalizada, tanto dentro como fuera de Suecia. La Academia Sueca aún estaba buscando su identidad como institución literaria con proyección mundial. La decisión de premiar a Prudhomme, un poeta correcto, educado, pero sin una gran resonancia internacional, fue vista por muchos como demasiado prudente, casi burocrática. El escritor Carl David af Wirsén, entonces secretario permanente de la Academia y figura clave en la decisión, defendía una literatura de tono moral y estético elevado, sin radicalismos, lo que explica la elección.
Otros intelectuales suecos reaccionaron con cierto malestar. En los círculos literarios de Estocolmo y Uppsala se comentaba que el Nobel había nacido con un “tono gris de profesor”, demasiado académico. Muchos pensaban que el espíritu de Alfred Nobel, que había expresado su deseo de premiar a quienes beneficiaran a la humanidad, se habría sentido más reflejado en León Tolstói, cuya obra moral y humanista había conmovido a millones. Tolstói fue propuesto ese año, y también Henrik Ibsen, Émile Zola y Bjørnstjerne Bjørnson, quien sí lo recibiría en 1903. La negativa a dárselo a Tolstói fue vista como un símbolo del conservadurismo literario sueco.
En el extranjero, sobre todo en Francia, la noticia fue recibida con orgullo nacional, pero sin entusiasmo. Prudhomme era respetado, sí, pero ya un poeta en declive, muy lejos del impacto cultural de Victor Hugo o del prestigio de los simbolistas.
Desde su origen, el Premio Nobel de Literatura ha sido una ceremonia de equilibrios imposibles. Entre el genio y el compromiso moral, entre la audacia del creador y la prudencia del jurado, el galardón ha oscilado como una brújula que a veces señala el norte del talento y otras el de la conveniencia. Y sin embargo, en esa tensión, entre lo merecido y lo misterioso, se esconde la historia viva de la literatura moderna.
El premio se volvería espejo de las contradicciones del siglo XX. Knut Hamsun, fue premiado en 1920 por una prosa que desnudaba la conciencia moderna, acabó saludando a Hitler en su ancianidad. Un talento inmenso habitando un error moral abismal. La Academia, retrospectivamente, no supo cómo sostener la contradicción.
George Bernard Shaw, recibió el Nobel en 1925, y lo aceptó como reconocimiento, pero rechazó el dinero. Para Shaw, la literatura era un acto de conciencia y crítica social, no un negocio; un gesto irónico que ya mostraba cómo los autores podían mantener su independencia frente a la institución.
Cuando Winston Churchill recibió el premio en 1953, muchos creyeron ver una ironía del destino: el político reemplazando al poeta. Se le premió por su “dominio de la descripción histórica y elocuencia brillante”, pero el gesto olía a geopolítica. Era la Guerra Fría, y la literatura servía también como arma. Esa geopolítica rezuma en muchos otros premios, que se han dado tras condiciones políticas, como la recuperación de la democracia en España, cuando, Vicente Aleixandre, poeta español de la Generación del 27, recibió el premio Nobel de Literatura en 1977. Sin embargo, en ese momento, su obra era prácticamente desconocida fuera de círculos literarios especializados, incluso en España. La concesión del Nobel a Aleixandre fue una sorpresa tanto para el público como para el propio poeta, quien expresó su asombro y emoción al recibir la noticia, pero era sin duda un espaldarazo a la recuperada democracia en España
Otros premios fueron auténticos dramas, como Boris Pasternak, en 1958, no pudo aceptar el Nobel porque el Kremlin se lo prohibió. Aun así, su Doctor Zhivago se leyó como un susurro de libertad que atravesó el hielo soviético. Hubo otro escritor ruso, además de Pasternak, que no pudo recoger el Premio Nobel de Literatura: Aleksandr Solzhenitsyn, galardonado en 1970. Solzhenitsyn recibió el Nobel “por la fuerza ética con que ha seguido las tradiciones indispensables de la literatura rusa”, según el acta de la Academia Sueca. Sin embargo, el gobierno soviético le prohibió viajar a Estocolmo. Sabía que, si salía del país, no se le permitiría volver. Temiendo represalias contra sus allegados y sus manuscritos, entre ellos El archipiélago Gulag, que circulaba en secreto, Solzhenitsyn decidió no asistir a la ceremonia. Años después, en 1974, fue expulsado de la URSS y entonces pudo finalmente recibir la medalla, en una discreta ceremonia en Estocolmo en 1974.
A veces, el desconcierto vino de otro modo. En 1997, el Nobel se otorgó a Dario Fo, un bufón, un actor, un hombre de teatro popular. “La literatura ha bajado a la plaza”, escribieron algunos críticos, temerosos de que la seriedad del canon se derrumbara bajo una carcajada.
En 2016, cuando la Academia eligió a Bob Dylan, el desconcierto fue global. ¿Un músico, un poeta de la canción, heredero de los trovadores del siglo XX? Algunos lo vieron como un sacrilegio; otros, como una reconciliación entre la palabra y la voz. Dylan, fiel a sí mismo, tardó semanas en responder y no vino a recoger el premio, y mandó en su lugar a Patti Smith para que cantase la canción de Dylan “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” durante la ceremonia, y la cantante ¡se olvidó la letra!
Y luego están los premios que duelen, los que dividen, como Peter Handke, en 2019, cuya defensa de la Serbia de Milosevic manchó de política una elección literaria. O Elfriede Jelinek, en 2004, con su lenguaje cortante, incómodo, que desnudaba el machismo y la hipocresía de Austria. Ella no fue a recoger el premio: “No soporto la exposición”, dijo. Tal vez ese rechazo era también parte de su obra.
Hay, por último, un caso singular: Jean-Paul Sartre, que en 1964 rechazó el Nobel por principio. “No se debe aceptar un premio que convierte al escritor en institución”, escribió. Fue el único en hacerlo con plena conciencia filosófica: sabía que el gesto sería leído como una página más de su pensamiento.
Así, de Prudhomme a Dylan, de Pasternak a Handke, el Nobel ha premiado tanto el genio como el equívoco. Y quizá en ello resida su misterio: no hay premio más humano que aquel que se equivoca con brillantez. Hoy, jueves 9 de octubre de 2025, la Academia Sueca anunciará al ganador o ganadora del Premio Nobel de Literatura. Aunque el nombre del laureado aún es desconocido, varios autores se perfilan como favoritos, según las casas de apuestas y la crítica literaria.
Entre los principales candidatos se encuentran la escritora china Can Xue, reconocida por su estilo experimental y surrealista; el novelista húngaro László Krasznahorkai, conocido por su prosa densa y filosófica; la poeta canadiense Anne Carson, que fusiona mitología y poesía contemporánea; y la autora mexicana Cristina Rivera Garza, destacada por su narrativa que aborda temas de identidad y violencia.
Una escritora interesante y seguramente merecedora del premio sería a mi parecer Jamaica Kincaid, nacida en 1949 en Antigua, que escribe con un tono poético y a menudo autobiográfico sobre el colonialismo, la identidad y la maternidad. También ha escrito un hermoso libro sobre su jardín, y eso me gusta a mí. Y, claro, Margaret Atwood, la autora de El cuento de la criada, la novela detrás del éxito televisivo The Handmaid’s Tale. Nacida en Canadá en 1939, que es conocida por sus novelas críticas con la sociedad, centradas en el poder y el género, a menudo con un matiz de ciencia ficción. A la una lo sabremos.
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