Anoche, envió mi amigo de la Sociedad Científica de Mérida Luís Morales un artículo/entrevista con un descendiente del famoso Gerónimo, cuyo nombre original era Goyaalé, “el que bosteza” en su lengua original, que fue uno de los líderes más célebres del pueblo apache bedonkohe, una de las ramas de los apaches chiricahuas. Gerónimo nació alrededor de 1829 en lo que hoy es Arizona, cuando aún era territorio mexicano, y murió en 1909 como prisionero del ejército de los Estados Unidos en Fort Sill, Oklahoma. Yo le dije a Luís que escribiría alguna respuesta y es lo que me pongo a hacer ahora. Es una respuesta larga, así que la escribo en mi blog, para quien la quiera leer. Escribo mientras lavo la colada, así que voy a ver si puedo “matar dos moscas de un golpe” como se dice en Suecia.

Creo que para empezar es relevante explicar un poco quién fue y que represento este Gerónimo, para comprender lo que su descendiente nos comunica en la entrevista. La vida de este líder indio encarna una de las últimas resistencias indígenas frente a la expansión de los Estados Unidos hacia el oeste. Tras ver morir a su madre, esposa e hijos en una matanza perpetrada por soldados mexicanos en 1858, Gerónimo dedicó su vida a la guerra contra los invasores, primero contra México y luego contra el ejército estadounidense, que pretendía arrinconar a los pueblos nativos en reservas.

Durante décadas, Gerónimo fue considerado por los estadounidenses como un enemigo temible y casi legendario, un símbolo del “salvaje indomable”. Pero con el tiempo, su figura se transformó en algo más profundo: el símbolo de la resistencia indígena, del orgullo de los pueblos originarios que se negaron a desaparecer. Finalmente, en 1886, se rindió al general Nelson Miles, tras una persecución implacable. Pasó el resto de su vida prisionero de guerra, aunque fue tratado con cierto respeto como una figura casi mítica. En sus últimos años se convirtió en una atracción pública, invitado a ferias y exposiciones, incluso al desfile inaugural del presidente Roosevelt en 1905, donde montó a caballo, ya anciano, con su mirada digna intacta. Gerónimo murió de neumonía en 1909, pero su nombre quedó grabado en la historia de América como un sinónimo de resistencia frente a la injusticia.

Curiosamente, su descendiente Alfonso Borrego, entrevistado por la Regiónhttps://www.laregion.es/foro-la-region/alfonso-borrego-espana-no-debe_1_20251008-4008619.html, reivindica no la enemistad con los españoles, sino lo contrario, que fueron los españoles quienes convivieron con los pueblos nativos y les dieron herramientas, caballos, armas, instituciones, lengua, con las que pudieron sobrevivir frente al avance anglosajón.

Y esta entrevista me recuerda que, desde hace siglos, sobre España pesa una sombra, una especie de condena moral escrita al norte de los Pirineos y repetida después en América con la misma ligereza con que se repiten los prejuicios. Esa sombra se llama leyenda negra, y nació al calor de la Reforma protestante y las guerras imperiales del siglo XVI. En ella confluyeron intereses religiosos, comerciales y geopolíticos, porque había que oponer al poder español una imagen degradada de su acción en el mundo.

El origen es conocido. Cuando Lutero desafía a Roma, España se convierte en la espada de la ortodoxia católica. Inglaterra, Holanda y, en menor medida, Francia, países que aspiraban a la hegemonía comercial y marítima, descubren pronto que el modo más eficaz de debilitar a su rival no era sólo en el campo de batalla, sino en el de la opinión. Así nacen las descripciones de españoles crueles, fanáticos, avaros, enemigos del progreso. Fray Bartolomé de las Casas, con sus denuncias sinceras pero descontextualizadas, fue instrumentalizado por los adversarios del imperio hispánico como si representara toda su conducta. Pero la verdad histórica, como siempre, es más compleja.

España no fue más violenta que otras potencias coloniales, y en muchos aspectos fue más humana. Mientras los ingleses y los holandeses adoptaron una política de separación racial y exterminio, basta recordar el destino de los pueblos originarios en Norteamérica, o el caso de los boers en Sudáfrica, la monarquía hispánica optó por la asimilación. No por altruismo, sino por un principio político y teológico: todos los hombres, aun los “infieles”, tenían alma y podían recibir la fe.

De ahí nacen los matrimonios mixtos, las universidades en México o Lima, los colegios de indios nobles en el Cuzco, las leyes de Indias, únicas en su tiempo por limitar, al menos sobre el papel, los abusos contra los naturales. Mientras en Massachusetts se exterminaba a los pieles rojas, en el virreinato del Perú se discutía si un indígena podía ser ordenado sacerdote. El contraste es brutal. En el siglo XIX, cuando Estados Unidos proclamaba la “Doctrino Manifiesto” y empujaba a los pueblos indígenas hacia reservas, los mestizos americanos, herederos del sistema español, eran ya mayoría en países donde la mezcla no fue excepción sino norma.

Es importante explicar El Destino Manifiesto para entender la diferencia entre la conquista española y la anglosajona y lo intentaré aquí, aunque sea en cortas líneas. El Destino Manifiesto (Manifest Destiny), fue una doctrina ideológica y política nacida en los Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Su núcleo era la creencia casi religiosa de que los estadounidenses estaban predestinados por la Providencia a expandirse por todo el continente norteamericano, llevando consigo su modelo político, su fe protestante y su “civilización”. La expresión fue utilizada por primera vez en 1845 por el periodista John L. O’Sullivan, quien escribió que el destino manifiesto de los Estados Unidos era “extenderse por todo el continente que la Providencia nos ha asignado”. Aquella frase, aparentemente inocente, se convirtió en justificación ideológica para la expansión territorial, las guerras de conquista y el desplazamiento de pueblos enteros. Bajo su bandera se emprendieron acciones como:

La guerra contra México (1846–1848), en la que EE.UU. arrebató la mitad del territorio mexicano (Texas, California, Nuevo México, Arizona…). La política de expulsión y exterminio de pueblos indígenas, que incluyó marchas forzadas como el tristemente célebre Camino de las Lágrimas (Trail of Tears). Y, más adelante, la expansión hacia el Pacífico, la colonización de Hawái y la intervención en territorios de ultramar como Filipinas, Puerto Rico y Cuba.

El Destino Manifiesto no fue solo una política, se puede afirmar que fue una teología secular del poder. Presentaba la conquista como algo moralmente legítimo, incluso sagrado, porque era la “voluntad de Dios”, ¿no nos recuerda eso al lema de los cruzados? Se fue poco a poco construyendo una narrativa que mezclaba fe, capitalismo y supremacía racial, donde el éxito era prueba de virtud, y la derrota de otros pueblos, prueba de su inferioridad.

Frente a esa ideología, el modelo español en América, con todos sus errores y violencias, resulta de una naturaleza asimiladora, no exterminadora. Los españoles fundaban ciudades, universidades y hospitales, enseñaban su lengua, su religión y su derecho, y reconocían, al menos teóricamente, la humanidad de los pueblos indígenas. Los anglosajones, en cambio, se movían por una lógica distinta, la de la frontera y la sustitución, no la de la convivencia.

El Destino Manifiesto fue, en definitiva, la traducción política del mito puritano de la “tierra prometida”, un credo de expansión que justificó la violencia con una sonrisa moral. Y su sombra, aún hoy, recorre la historia de América.

Por eso, cuando hoy ciertos líderes latinoamericanos, pienso en el señor Maduro, o en algunos políticos mexicanos, reclaman que España pida perdón por la conquista, lo hacen desde una distorsión histórica. Esa exigencia es populismo en estado puro: se utiliza la historia como arma ideológica, se alimenta el resentimiento para disimular fracasos presentes. España, como toda potencia imperial, tuvo sus abusos y su violencia. Pero su legado no es sólo sangre, es también lengua, derecho, arquitectura, religión, y sobre todo una idea de humanidad compartida que sobrevivió a los siglos. Decirlo no es nacionalismo, sino justicia histórica.

La verdadera deuda no es la de España con América, sino la de quienes, en Europa y en América, siguen alimentando la leyenda negra para dividir a los pueblos que, pese a todo, comparten una raíz común. Mientras escampa el furor de los discursos, es necesario recordar que la historia no es un campo de batalla para quienes prefieren el insulto al argumento. Alfonso Borrego advierte en su artículo que la “leyenda negra” no es un mero relato anticuado, sino una herramienta persistente usada con fines políticos. Se trata de devaluar la herencia española y erigir otros mitos fundadores.

España, al extender su dominio colonial, no actuó con la pureza de un ideal utópico, pero tampoco con la eficiencia brutal de otros conquistadores que vinieron después: los ingleses, los holandeses, los franceses. Mientras aquellos establecieron fronteras desde afuera, muchas veces segregadoras, España a menudo integró, por imposición, sí, pero también con mezclas culturales, matrimonios y sin detrimento total de las poblaciones locales.

En el fondo, todo contacto entre pueblos ha nacido de una pulsión de ganancia. La historia no se ha escrito con palabras de hermandad, sino con las cifras del intercambio desigual. El que ha buscado mercados ha intentado ganar a costa del otro, en una especie de juego de suma cero donde el triunfo de uno implicaba, inevitablemente, la pérdida de otro. Europa, toda Europa, tanto los imperios coloniales como las naciones sin colonias, ha crecido sobre el andamiaje invisible de un comercio injusto. Se infravaloraron los productos coloniales y se sobrevaloraron los europeos, y sobre ese desnivel se levantó nuestra prosperidad. Nos hemos beneficiado del trabajo de otros, libre o esclavo, directo o forzado por las leyes del mercado. Lo llamamos progreso, pero fue, en buena medida, un progreso sostenido en la espalda ajena.

Que se exija perdón no por la conquista, sino por “haber partido”, como dice Borrego, tiene su audacia simbólica: sugiere que España abandonó su empresa civilizadora antes de completarla, o al menos antes de que su visión de convivencia tomara forma. Pero ese argumento no basta si no confrontamos los mitos que han sobrevivido a siglos de política cultural. Se dice que los españoles fueron genocidas sistemáticos, cuando en muchas regiones amerindias nadie borró por completo las lenguas, las costumbres, las creencias.

Se retrata a las nuevas repúblicas americanas como víctimas eternas, cuando sus élites locales, criollas, tomaron el poder y reinterpretaron la historia desde su propio interés político. Yo suelo decirles a los criollos suramericanos, cuando hablan de lo “barbaros españoles”, que están hablando de sus antepasados, porque los míos se quedaron en España, que yo sepa.

Se señala a España mientras se invisibiliza el legado colonial de otras potencias, el comercio de esclavos anglo-holandés, la imposición cultural francesa en África, la violencia en India o Malasia. Pensemos también que los portugueses, aun siendo también conquistadores y tomando parte muy activa en el comercio de esclavos, se van “de rositas”, y se puede entender en parte, porqué cuando la leyenda negra se extendió por el mundo, a mediados del siglo XVII, los portugueses acababan de alejarse de la corona española.

El sistema educativo estadounidense, como Borrego señala, ha adoptado esta versión estigmatizante de la Conquista. Mientras tanto, líderes latinoamericanos usan ese relato como arma populista, exigir disculpas, demonizar el pasado, refundar o inventar identidades sobre la queja. Eso no es historia, sino estrategia política.

Hay que decirlo con claridad, la historia no merece ser juzgada con ojos modernos y anacrónicos, sino leída con atención a sus matices. Los españoles no fueron mártires, ni santos; pero tampoco el Mal Absoluto. Fueron actores complejos, contradictorios. El mérito no está en negar los errores, sino en reivindicar la capacidad de una cultura que supo conversar con lo diverso mucho más de lo que generalmente se admite.

Por eso, cuando hoy ciertos líderes latinoamericanos, pienso en el señor Maduro, o en algunos políticos mexicanos, reclaman que España pida perdón por la conquista, lo hacen desde una distorsión histórica. Esa exigencia es populismo en estado puro: se utiliza la historia como arma ideológica, se alimenta el resentimiento para disimular fracasos presentes.

El sistema educativo estadounidense, como Borrego señala, ha adoptado también esta versión estigmatizante de la Conquista. Mientras tanto, líderes latinoamericanos usan ese relato como arma populista: exigir disculpas, demonizar el pasado, refundar o incluso inventar identidades sobre la queja. No es historia, sino estrategia política.

No pidamos un perdón ilusorio; reclamemos reconocimiento justo. Que no nos rediman de la historia. Que nos juzguen con honestidad y se nos permita mostrar lo que fuimos, con luces y sombras, sin ser eclipsados por las versiones que vinieron después y que prefieren silenciar lo que conviene. La historia la escriben los vencedores, pero también, y esto es más grave, los que dominan el relato. La leyenda negra fue, en ese sentido, una de las armas más eficaces de la guerra cultural emprendida por Inglaterra y Holanda contra el imperio español. Fue un ataque no contra sus ejércitos, sino contra su alma. Desde los panfletos de Guillermo de Orange hasta las películas de Hollywood, el conquistador español fue retratado como un fanático, un verdugo, un ladrón de almas. Y lo sorprendente es que, con el tiempo, España llegó a creerlo.