¿Quo vadis Suecia? Mezcla de pregunta y erotema que trataré de responder como si supiera la respuesta que, naturalmente desconozco, pues lo único que sabemos sobre nuestra ubicación es más o menos donde estamos en este momento. También podríamos contestar a quien nos preguntase de donde venimos, pues seguramente lo recordamos aún, pero a dónde vamos, no lo podríamos decir, porque en realidad no lo sabemos. Hay tantas cosas que pueden cambiar nuestros planes, hay tantas estructuras que impiden la libre elección de nuestro destino. ¿A dónde va Suecia? Es casi una pregunta capciosa. Para empezar, explicaré de dónde venimos, ¿de dónde viene la sociedad sueca de estos últimos cincuenta años?, ¿Cómo han surgido los movimientos populistas? Y finalmente, ¿de dónde han salido los votantes de Demócratas Suecos (Sverigedemokrater, SD)?
Remontémonos a la Suecia de 1972, un país exótico por muchas razones y una Arcadia soñada por los socialistas del sur de Europa. Aquí reinaba “el movimiento” (Rörelsen) compuesto de los sindicatos, el partido socialdemócrata, las organizaciones culturales, las cooperativas de consumidores, los seguros cooperativos y un largo etcétera en el que entraban los clubes deportivos y el Systembolaget, la tienda de venta de bebidas alcohólicas con derecho exclusivo de ventas al público. Desde la cuna hasta la tumba el sueco vivía en una burbuja socialdemócrata y pocos se atrevían a ponerlo en duda. El que buscaba trabajo en, pongamos por caso, una empresa metalúrgica como AGA aceros, tenía que apuntarse al sindicato en la misma empresa, en una oficina al lado de la del director. Solo así podía acceder al trabajo. El trabajador pagaba una cuota y parte de esa cuota iba directamente al partido socialdemócrata. Esto se denominaba la afiliación colectiva obligatoria y estuvo funcionando hasta que se prohibió en 1991. De repente, el número de miembros del partido socialdemócrata se vio reducido en un 78% y pasó de 1,2 millones a 260.000. Por el camino había llovido mucho. Era la Suecia del joven Olof Palme, primer ministro sueco entre 1969 y 1976. Palme era un paladín de la liberación de los pueblos y apoyaba siempre aquellas colonias que anhelaban la libertad, Angola y Mozambique, Vietnam. Movimientos populares que lograban el poder o que lo osaban contestar en Uruguay, Argentina, Guatemala, Nicaragua. Daba su incondicional respaldo a la Cuba de Castro. También apoyaba la socialdemocracia de Olof Palme los movimientos de liberación nacional tras el telón de acero; Hungría, acogiendo a miles de refugiados tras la fallida revolución de 1956, Checoslovaquia, tras la aplastada revolución de 1968, Polonia y su movimiento solidario. Desde una neutralidad aparente, con las espaldas a cubierto por las bombas atómicas de la OTAN.
El partido socialdemócrata había gobernado casi siempre en solitario desde la segunda guerra mundial y había sabido administrar la creciente riqueza del país proveniente de sus industrias siderúrgicas y madereras y de sus prodigiosas industrias internacionales, construidas a partir de patentes suecas en muy diversas actividades. Esta riqueza sirvió para procurarle a los suecos un nivel de vida superior al de la mayoría de países de occidente, manteniendo una libertad política y una vida cultural que se consideraba como modelo de una sociedad justa y moderna. Todo esto se basaba en un crecimiento económico muy alto, de hasta 6,8% los mejores años. La crisis del petróleo que comenzó en octubre de 1973 con la guerra entre Egipto e Israel significó el inicio de una bajada coyuntural que precipitó a una bajada de su crecimiento, año por año, desde el 4% el 1973 al 1,2% el 1976 con un pronóstico sumamente negativo que al año siguiente resultó en – 1,5%, algo que no había ocurrido desde 1945.
Las elecciones de 1976 se realizaron bajo la sombra de una recesión importante, que los partidos de la oposición aprovecharon para arrebatarle el poder a la socialdemocracia que ya no podía seguir su política de subir impuestos para financiar el estado providencia. Los tres partidos de derechas; Centro, Liberales (Folkpartiet) y Conservadores, tomaron las riendas rebajando el valor de la corona sueca un 10% para aumentar la competitividad de los productos suecos en el mercado internacional. Estos partidos no querían desmantelar el modelo sueco y optaron por pedir préstamos internacionales para financiarlos. La socialdemocracia recuperó el poder tras las elecciones de 1982. Pero el neoliberalismo había entrado ya en la sociedad sueca y ponía en cuestión la gestión omnipresente del estado y la presión impositora que ahogaba el emprendimiento y la moral de trabajo. Las nuevas ideas del neoliberalismo tenían como líder a Milton Friedman, quien quería “liberar al individuo” bajando los impuestos y reduciendo la interferencia del gobierno en la vida empresarial. La vida empresarial en Suecia se sintió atraída por las ideas y comenzó campañas para promover el capitalismo en Suecia. Incluso algunos líderes socialdemócratas fueron influenciados por el neoliberalismo y se volvieron más positivos hacia la reducción de impuestos y la privatización. Yo diría que políticos de derecha e izquierda sucumbieron al canto del neoliberalismo.
Al mismo tiempo, a partir de 1973 la inmigración, que hasta 1930 había sido irrelevante mientras la emigración fue muy alta, principalmente hacia América, comenzó a cambiar de carácter. De 1930 a 1972 la inmigración, exceptuando la inmigración de judíos y bálticos, había sido principalmente de mano de obra. Obreros especialistas de Italia, Grecia y Turquía principalmente venían a Suecia atraídos por las empresas que necesitaban mano de obra. Les traían en autobuses fletados por las empresas a viviendas ya preparadas para ellos. Venían solos o en familia y muchos de ellos se quedarían hasta la pensión, o se asentarían definitivamente en Suecia, donde sus familias pronto se encontraron envueltas en la cultura sueca y asimiladas o integradas. El rechazo xenófobo era muy raro. Pero algo pasó. Comenzando en el 1973, comenzaron a llegar a Suecia grupos de gente que llegaban aquí salvados de los golpes de estado en América del Sur, tras los golpes de estado militares en Uruguay y Chile y más tarde en Argentina. Estos inmigrantes también se integraron fácilmente, pues en general tenían un alto nivel cultural y profesional, además de una buena predisposición ante la sociedad sueca.
Nuevos problemas económicos, una deuda creciente y la consolidación de la Unión Europea como zona de libre comercio con fronteras exteriores obligaron a los suecos a solicitar la entrada en ella. Fue un gobierno socialdemócrata el que solicitó la entrada de Suecia en la entonces Comunidad Económica Europea en 1991 y un gobierno conservador el que concluyo las negociaciones 1993-1994, y tras un referéndum en 1994, en el que los que apoyaban la solicitud vencieron con el 52,2 %, pasó Suecia a pertenecer a la Comunidad Europea el 1 de enero de 1995. Entre los 46,9% que votaron en contra, encontraríamos a muchos de los que este domingo pasado votaron por los demócratas suecos, los verdes y el partido de la izquierda.
El conflicto cultural comienza con la inmigración musulmana, que, aparte de la inmigración de palestinos, comienza a hacerse notar a finales de los años 70, cuando muchos musulmanes iraquíes y kurdos comenzaron a llegar a Suecia como resultado tanto de la guerra entre Irán e Irak como de las políticas de Saddam Hussein. Esta inmigración se diferencia de las anteriores pues es altamente religiosa, muy heterogénea en cuanto a preparación y, por su gran número comienza a ser alojada en zonas urbanas que pronto se convertirían en guetos. En este contexto se forma en 1979 la primera organización abiertamente xenófoba, Mantener (salvar) Suecia Sueca (BSS) que fue una organización de campaña racista de extrema derecha y revolucionaria nacional formada con el Frente Nacional Británico como modelo. El objetivo de la organización era reducir la inmigración a un mínimo y la repatriación de inmigrantes que vivían en Suecia. En 1988 se forma el partido Sverigedemokraterna (demócratas suecos, Democratas de Suecia) por miembros de la antigua BSS, disuelta dos años antes. El nuevo partido seguirá empleando el eslogan “Mantener Suecia Sueca” hasta finales de 1990. El conflicto de los Balcanes de 1991 a 2001 significo una gran afluencia de solicitantes de asilo de todas las etnias que habitan los Balcanes, con predominación de los musulmanes de Bosnia- Herzegovina y Kosovo. Para hacer una larga historia corta, como decimos aquí en Suecia, el partido xenófobo fue ganado terreno poco a poco, distribuyendo su mensaje por las primeras plataformas sociales, con un aura de innovadores y atribuyéndose el rol como niño que descubre que el emperador va desnudo, como en el cuento de Andersen, hasta que finalmente, en las elecciones de 2010, consiguieron entrar en el parlamento con el 5,7% de los votos recibiendo 20 escaños, convirtiéndose así en la llave de la gobernabilidad. Desde entonces su poder ha ido en aumento en paralelo al aumento de la inmigración. La inmigración masiva de 2015, cuando en poco más de un mes entraron más de 160000 mayormente jóvenes afganos y sirios y un aumento de la criminalidad organizada, con tiroteos y muertes entre fracciones criminales, ha hecho que el partido xenófobo aumente su peso, pasando de los 5,7% de 2010 a 12,86% en 2014 y 17,53% en 2018. En estas últimas elecciones del pasado 11 de septiembre los demócratas suecos consiguieron el 20,6% de los votos. ¿De dónde vienen esos votos? Pues de la socialdemocracia y de la derecha (moderaterna) principalmente. Personas de ideología xenófoba han tenido cabida en esos dos partidos, que siempre han tenido un marcado tono nacionalista. La política de asilo durante los últimos años y la percepción de inseguridad ciudadana les ha llevado a los brazos de un partido que siempre ha expresado estar en contra de actual sistema. Esta vez tendrán que actuar y tomar decisiones y posiblemente corran el mismo camino que los partidos xenófobos de los otros países nórdicos, noruegos, daneses y finlandeses, que con una historia parecida, y tras participar en el gobierno de sus países, han perdido el halo de antisistema y han encogido brutalmente.
En cuanto a la situación presente, derivada de los resultados de las últimas elecciones, creo que es difícil de ni tan siquiera adivinar. La única alternativa posible para mi partido es que el SD permanezca fuera del gobierno, apoyando puntualmente las reformas en que este partido y los otros tres, moderados, cristianodemócratas y liberales (mi partido) estén de acuerdo. Nosotros no apoyaremos un gobierno en el que SE tenga algún puesto ministerial. Si lo hiciéramos, desapareceríamos como partido, ya que nuestra tradición antifascista y la conciencia de nuestros votantes no nos lo perdonaría.
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