Mi amigo Víctor tiene la facultad de ponerme las neuronas a tope con sus artículos en El Periódico de Extremadura. Yo suelo contestar, comentando alguna cosa, en nuestro grupo de WhatsApp, pero hoy creo que mi respuesta va a ser un poco más larga de lo corriente y merece ser publicada en mi blog. Léase primero el artículo de Víctor.[1]
No comparto tu preocupación, Víctor. Simplemente acepto que todo cambia, y que estamos entrando en una realidad que, sin negar los riesgos, que existen y deben hablarse, trae consigo un abanico de posibilidades que supera con mucho las amenazas. Lo digo, además, con el respeto profundo que me inspiran tus artículos: siempre interesantes, profundos y rigurosamente documentados. Son textos de opinión, sí, pero de una opinión bien fundada, pensada desde la experiencia, la lectura y el compromiso con la educación pública. Justamente por eso vale la pena dialogar contigo. Cada generación ha sentido vértigo ante los nuevos inventos, Cómo bien sabes, Platón temía que la escritura debilitara la facultad de racionamiento y la memoria. En el siglo XIX se denunciaba que el ferrocarril “arruinaría el paisaje interior” de los viajeros. Más tarde, la radio, la televisión y luego internet fueron recibidas con recelo pedagógico. Siempre ha habido un miedo inicial, y siempre nos hemos adaptado, y, quieras que no, hemos ido evolucionando.
La educación ha sido siempre, de entrada, reacia a las innovaciones. Hace unas cuantas décadas, recuerdo bien, que hubo docentes que desconfiaban de la calculadora porque “mataría el pensamiento matemático”, y otros rechazaban el ordenador en el aula porque dispersaría la atención, lo que era cierto, pero que, con buena planificación, se podía contrarrestar. Ahora, el temor se concentra en la inteligencia artificial. Pero la historia, esa tozuda historia, nos muestra una y otra vez que la escuela no desaparece, en todo caso se transforma. Lo que queda obsoleto no es la educación, sino ciertas prácticas que ya no responden a cómo piensan y aprenden los jóvenes de cada época.
Dices, con razón, que algunos alumnos entregan trabajos impecables y luego no comprenden un texto sencillo. Pero eso no es un problema nuevo, desde que existe el “copia y pega” ha habido trabajos formidables escritos por nadie o por mamá y papá. La IA no inventa esa brecha, solo la hace más visible. Y quizá esa visibilidad es, paradójicamente, una oportunidad para reinventar la evaluación, con menos producto, más proceso, menos énfasis en medirlo todo y más en acompañar. Hacer menos preguntas que admiten respuesta instantánea y simples, y trabajar más con exploración compartida.
Tampoco creo que la IA vaya a sustituir la escuela pública. Históricamente, cada vez que se vaticinó la desaparición de la escuela, con la radio educativa, con la televisión educativa, con los cursos masivos online, ocurrió lo contrario: la escuela se volvió aún más necesaria como lugar de socialización, de encuentro, de límites, de descubrimiento del otro. Nada de eso puede ser replicado por Amazon, por Google ni por ninguna empresa, porque educar no es transmitir información, es acompañar a alguien en su crecimiento intelectual, emocional y moral. Esa tarea sigue siendo humana, y lo será por mucho tiempo.
Que las empresas intentarán ganar terreno, por supuesto, llevan décadas haciéndolo. Pero no son ellas quienes definen el sentido de la educación, a menos que renunciemos a hacerlo nosotros. La tarea que nos toca ahora no es resistir como quien atranca la puerta ante una tormenta, sino reconstruir el oficio, aprender a usar estas herramientas sin idolatrarlas ni temerlas, enseñar a distinguir entre comprensión y simulacro, entre pensamiento y automatismo.
Quizá no queramos, y eso lo entiendo, convertirnos en “clientes promotores” de ninguna tecnología. Pero tampoco podemos refugiarnos en la nostalgia del mundo previo a la IA, porque ese mundo ya no existe. Lo que sí existe es la posibilidad de integrar la IA con criterio, con ética, con creatividad, para que amplifique lo que hacemos bien y no neutralice lo que somos capaces de hacer los humanos cuando nos escuchamos y nos educamos mutuamente.
Nada será como antes. pero eso no es una tragedia, es el ritmo natural de la cultura, quizás una pizca más rápido de a lo que estamos acostumbrados. Lo que nos toca ahora es lo que han hecho todas las generaciones anteriores, y lo que algunos de nosotros ya hicimos anteriormente: reinventarnos, sin dramatismos, sin ingenuidades, con la seguridad de que, también esta vez, sabremos encontrar el equilibrio entre la prudencia y la esperanza.
A ti te preocupa la cuestión de las evaluaciones, y la IA no debería usarse para “poner notas”, sino para seguir el proceso del aprendizaje. Puede ser de un apoyo valioso porque está en condiciones de generar preguntas personalizadas y detectar patrones de error, proponiendo ejercicios adaptados. También puede mostrar al alumno su progreso en tiempo real.
De ninguna manera debe la IA ser una calculadora de ideas, sino un simulador de pensamiento. Bien planteado, el profesor puede usarla para enseñar a comparar respuestas humanas y artificiales, a identificar errores o sesgos en la IA y a mejorar la calidad de un texto generado. Puede ser una buena ayuda para evaluar fuentes, contrastar y exigir evidencias. Es decir, se puede enseñar pensamiento crítico con la IA, no contra la IA. Y, te voy a decir que, criticar la IA por lo que es, no ayuda en las materias.
La IA puede, contra lo que algunos piensan, lejos de matar la imaginación, funcionar como un taller creativo para cosas tan dispares como prototipos de proyectos, guiones teatrales, música, programación, arte digital, diseño de experimentos. No es que la IA lo haga todo por nosotros, pero aumenta nuestra creatividad al modificar, mejorar, cuestionar lo que la misma IA propone. Hoy ya es una realidad que la IA forma parte del mundo laboral, científico, artístico y cívico del presente.
Prohibirla en la escuela, que no creo que sea lo que tú propones, sería como prohibir la imprenta o el procesador de textos que estoy usando en este momento. La educación sobre la IA debe enseñar su uso ético, citación correcta, responsabilidad, privacidad, autoría y las limitaciones de los algoritmos.
El profesor, apoyado por la IA, puede dedicarse a lo que solamente él es capaz de hacer, es decir, a lo humano, porque la IA es útil para casi todo, menos para lo más importante que es dar confianza, transmitir entusiasmo y acompañar el crecimiento emocional. Solo el profe puede construir comunidad. Si la IA libera tiempo, el profesor puede usar ese tiempo para volver a hacer lo que ningún algoritmo puede hacer, que es educar personas de carne y hueso.
En cuanto a lo que es la pedagogía y sobre todo la didáctica, enseñar con la IA significa pasar de enseñar contenido a enseñar cómo analizar ese contenido. Pon, por ejemplo, que tú quieres explicar la filosofía de Platón. Es algo te tú conoces bien y que tu puedes comunicar a tus alumnos de diferentes maneras, la IA aumenta simplemente tu “caja de herramientas” para hacerlo.
Me viene de proto a la cabeza que yo, en la prehistoria, en el 2013, para ser más exacto, di una conferencia en Windsor a un grupo de profesores escandinavos, sobre el modelo SAMR (Substitution, Augmentation, Modification, Redefinition) formulado por el profesor norteamericano Ruben Puentedura, para describir distintos niveles de integración de las tecnologías digitales en el aula. Cada sigla indica un grado distinto de uso de la tecnología. Así, en Substitution (Sustitución), la tecnología reemplaza un recurso tradicional sin cambiar la función. Por ejemplo, usar un procesador de texto, como estoy haciendo yo en lugar de una libreta.
En el estadio de Augmentation (Aumento / Mejora), la tecnología sustituye, pero con mejoras funcionales, como puede ser más comodidad, accesibilidad, organización, etc. Por ejemplo, este documento digital que estoy escribiendo con hipervínculos, búsquedas, auto‑guardado.
Al subir hasta la Modification (Modificación), la tarea se rediseña gracias a la tecnología, con cambios profundos en la dinámica de enseñanza/aprendizaje. Por ejemplo: trabajo colaborativo en tiempo real, edición compartida, proyectos multimedia. Se puede decir que ahí estábamos nosotros hasta hace poco más de un año y que ahora, estas prácticas son mucho más posibles.
Considero que este modelo de implementación es interesante porque distingue y persigue la calidad, no solo la cantidad. Muchas implementaciones de tecnología escolar se quedan en “Substitution” o “Augmentation” como un simple traslado de libro a PDF, de papel a pantalla, lo que no cambia realmente la pedagogía. SAMR plantea un horizonte más ambicioso: transformar la experiencia educativa y ofrece una hoja de ruta gradual. No exige pasar al nivel más alto de un día para otro. Permite avanzar progresivamente: primero familiarización, luego mejora, luego rediseño y, si conviene, redefinición. Esto ayuda a integrar la digitalización de forma sostenible.
En niveles de “Modification” y “Redefinition”, la tecnología estimula formas de aprender y enseñar imposibles antes: colaboración en línea, creación multimedia, acceso universal, aprendizaje global, adaptatividad. Y lo que quizás es lo más importante: conserva lo humano y lo pedagógico. SAMR no prioriza la tecnología por sí misma: siempre opera a partir de una tarea educativa. Por eso mantiene el centro en la pedagogía, no en la automatización.
Este modelo no nos sirve si los docentes no saben usar la tecnología de forma pedagógica. Por eso otro marco muy relevante es TPACK, Technological Pedagogical Content Knowledge, que sostiene que la enseñanza eficaz con tecnología requiere dominar primero y lógicamente el propio contenido disciplinar (qué enseñar), segundo, la pedagogía (cómo enseñar), y por último la tecnología (qué herramientas usar y cómo).
Un estudio reciente muestra que con TPACK se fortalecen las competencias digitales de los maestros, lo que les permite integrar tecnología de forma inclusiva, pertinente e innovadora. Así, la digitalización educativa sólida combina el modelo SAMR (¿qué hacemos con la tecnología?) con la formación docente según TPACK (¿cómo lo hacemos?).
SAMR es en esencia descriptivo, no prescriptivo: no dice “esto es lo mejor”, sino “esto es lo que pasa según el uso”. Depende de la intención del docente. No garantiza aprendizaje profundo por sí solo, porque la tecnología no sustituye el acompañamiento humano, la reflexión, el diálogo, la crítica y requiere que los profesores desarrollen competencias digitales, pedagógicas y de contenido simultáneamente, una demanda compleja, pero que alguien como tú, Víctor, con tus valores de educador veterano, humanista, amante de la literatura y la empatía, este enfoque puede servir como brújula. Lo bueno es que a mí nadie me paga por defender la IA, eso te lo puedes creer.
Allí, en Windsor, había de todo, aunque era una conferencia sobre digitalización. Muchos eran escépticos y querían seguir “como siempre habían hecho”, otros estaban embobados con las nuevas tecnologías, algunos decían que “la mierda es mierda aunque se aplique vía satélite, y ahora, aquí estamos con la IA, que no podíamos ni soñarla, aunque Puentedura seguro se barruntaba algo por el estilo.
[1] https://www.elperiodicoextremadura.com/opinion/2025/12/03/ia-escuela-124363196.html
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