Hoy tengo ganas de dejar de pensar, aunque sea por un momento, en todas las cosas terribles que están pasando a nuestro alrededor. No me gusta recrearme en los problemas, porque tampoco puedo ofrecer ninguna solución. Está bien saber lo que ocurre a nuestro alrededor, pero de nada vale si no podemos hacer nada por mejorarlo. Que sí, que ya sé que todos los contrapesos políticos que nos garantizaban una vida en paz, o al menos pretendían hacerlo, están quedando vaciados de contenido, como armaduras huecas en un museo. Una pena, pero, ¡qué le vamos a hacer! Lo importante es que, mientras algunos dedican su tiempo a fastidiar al prójimo, otros están haciendo un buen trabajo, mayormente en silencio.

Recuerdo perfectamente lo que hice la noche en que cambiamos milenio, esa fantástica noche de San silvestre de 1999. Había mucha emoción, ilusión y esperanza en ese nuevo milenio que bajo el influjo del cava se veía aún más emocionante. La verdad es que la realidad nos ha dado la razón a los optimistas que, como yo, esperábamos mucho del futuro. No han sido los políticos en general, los que han hecho posible todos los logros alcanzados por la humanidad en este cuarto de siglo, no ha sido la política, entendida como el conjunto de procesos mediante los cuales una sociedad decide cómo organizar el poder, distribuir los recursos y resolver sus conflictos, la que ha mejorado el mundo.

Aún, a pesar de la política, podemos constatar que, mirando una serie de parámetros controlables y mesurables, el mundo es un lugar mejor para vivir para miles de millones de personas. Sí, de personas humanas, porque mi relato solo abarca a esta especie entre todas las que pueblan nuestra querida y única Tierra.  Desde ese punto de vista estamos mejor. Hemos progresado en cuanto, por ejemplo, a esperanza de vida. Datos recientes muestran que la esperanza de vida promedio global ha aumentado significativamente desde el año 2000, pasando de alrededor de 66 a 73 años[1] y otro de los indicadores más sensibles del bienestar humano, la mortalidad infantil de menores de cinco años, se ha reducido en más del 50 %[2]. Estos datos reflejan avances reales en salud pública, mejoras en higiene, salud materno-infantil y programas de vacunación, nutrición y acceso a servicios sanitarios.

Hoy más del 90 % de la población mundial tiene acceso a electricidad, y millones de mujeres acceden por primera vez al sistema financiero. La alfabetización global también ha aumentado de forma espectacular en las últimas décadas, con muchas más personas que saben leer y escribir[3]. Y, aunque el progreso se ha desacelerado recientemente, en las últimas décadas más de mil millones de personas han podido salir de la pobreza extrema[4], es decir, de vivir con menos de unos pocos dólares al día.

Vivimos, por tanto, un momento paradójico de la historia. Por un lado, los seres humanos hemos alcanzado cotas materiales que habrían parecido utópicas hace un cuarto de siglo, y sin embargo, el mundo se siente más incierto, más tenso y más frágil de lo que muchos recordamos desde el final de la Guerra Fría. La globalización, la tecnología y la expansión del conocimiento han dado un salto impresionante que ha resultado en un aumento del bienestar difícil de negar. La pobreza extrema ha retrocedido a niveles mínimos históricos, millones de personas han dejado la pobreza en Asia, África y América,  la mortalidad infantil ha descendido, la esperanza de vida ha aumentado, la educación se ha universalizado como horizonte y la interconexión del planeta resultado en una densidad de cooperación económica nunca antes vista. El capitalismo global y la revolución tecnológica han dado forma a una maquinaria productiva capaz de reducir costes, acelerar la innovación y distribuir bienes y servicios a una escala que habría desconcertado al siglo XX.

Pero ese progreso no ha sido gratuito, como no lo es nada en este mundo. Todo lleva una factura. Todo esto se ha pagado con una deuda ambiental que ahora se presenta como factura política. El crecimiento económico ha descansado en la extracción masiva de minerales críticos, en la quema de combustibles fósiles, en la expansión agroindustrial y en un océano convertido en vertedero de plástico. El planeta es ahora más rico, pero también más caliente, más erosionado y más vulnerable. La biodiversidad retrocede con una velocidad que solo encuentra analogía en grandes extinciones geológicas, las emisiones de CO₂ se resisten a descender y la tecnología que prometía emancipación ambiental ahora aparece también como instrumento de vigilancia, control y dependencia.

A esta tensión entre bienestar material y degradación ecológica se suma otra, quizás más peligrosa a corto plazo: la ruptura del orden geopolítico nacido tras 1945. Durante casi siete décadas, Estados Unidos actuó como garante último del sistema internacional, combinando poder militar y financiero para sostener un equilibrio razonable. Europa regulaba, Estados Unidos protegía, China producía. Era un reparto de funciones implícito, imperfecto pero funcional. Ese marco se fracturó. Con el ascenso de China y la reaparición asertiva de Rusia, el sistema ha pasado de un mundo unipolar a un mundo multipolar y competitivo, todavía sin reglas nuevas. Es precisamente en estos interregnos donde la historia tiende a volverse peligrosa, cuando un imperio ya no puede dominar, pero aún puede destruir; cuando otro puede desafiar, pero todavía no puede reemplazar.

Estados Unidos insiste en definirse como garante de la libertad y la democracia, justificando su presencia global en nombre de la seguridad y la lucha contra amenazas difusas. Rusia reivindica su lugar como imperio de la tradición, apelando a la ortodoxia y a la memoria de la URSS para construir un relato identitario antioccidental. China despliega una diplomacia de infraestructuras, deuda y comercio que sustituye la conquista por la interconexión obligatoria. En la Unión Europea, intentamos ejercer poder a través de valores, normas e instituciones, tratando de convertir nuestra burocracia en instrumento geopolítico. Ahora ya no hablamos de imperios, hablamos de mercados.

Ese cambio semántico es revelador. Donde antes se hablaba de colonias, ahora se habla de mercados; donde antes se imponía vasallaje, ahora se firma cooperación; donde antes se ocupaban territorios, ahora se estabilizan zonas; donde antes se intervenía militarmente, ahora se protege humanitariamente, al menos así se hacía hasta que Rusia y Estados Unidos decidieron tomarse la “justicia” por su cuenta. América Latina ya no se “pacifica”, sino que se democratiza; África no se coloniza, sino que se integra en cadenas logísticas; Oriente Medio no se ocupa, sino que se estabiliza. El eufemismo no es un mero adorno lingüístico: cumple tres funciones fundamentales del poder contemporáneo, legitimar, invisibilizar y normalizar, de modo que el dominio parezca colaboración y la jerarquía horizontalidad.

El siglo XXI ha añadido una dimensión que los imperios anteriores solo pudieron vislumbrar: la conquista de la percepción. Si el siglo XIX controlaba territorios y el XX controlaba la producción, el XXI controla la percepción. Las plataformas sustituyen a los púlpitos, los algoritmos a los censores, los flujos de datos a los ejércitos. La propaganda se denomina comunicación estratégica, la censura moderación de contenido, la vigilancia seguridad digital, la manipulación gestión de crisis. Ya no se queman libros, se ahogan informaciones bajo un exceso de ellas. La abundancia de información dispersa, satura, confunde. Y la confusión, conviene subrayarlo, genera dependencia.

En este contexto podríamos caer en la tentación de buscar responsables. Sería demasiado cómodo atribuir la situación únicamente a los políticos, cuando buena parte de las fuerzas que transformaron el planeta en las últimas décadas fueron estructurales: demografía, tecnología, globalización, competencia. Los políticos tratan de gestionar esas fuerzas, no las originan. Pero, la irresponsabilidad institucional, el cortoplacismo electoral y la incapacidad de cooperación internacional han agravado los problemas ambientales y de seguridad.

Y así llegamos a un mundo donde somos más ricos, más conectados y más longevos, pero también más vulnerables, más polarizados y más expuestos al riesgo estratégico. Estados Unidos se enfrenta a su crisis interna más profunda desde la Guerra Civil y trata de proyectarla a la acción externa. Rusia intenta recomponer su esfera imperial a costa de su entorno, China calcula sin prisa y sin pausa, me recuerda el título de un libro que leí a principios de los 70 “The coming fury”, la furia que viene.  la Unión Europea tropieza con la distancia creciente entre su soft power y su poder militar; y la democracia liberal, que creíamos consolidada, vuelve a ser un régimen discutible, contestado y asediado por dentro y por fuera.

La gran paradoja de nuestra época podría formularse más o menos así: hemos progresado materialmente sin progresar políticamente al mismo ritmo. O dicho de otro modo: dominamos la energía, la información y el comercio, pero aún no hemos aprendido a gobernar sus consecuencias. El siglo XXI no será, como pensábamos, el siglo de la prosperidad, sino, si tenemos suerte, el de la administración del riesgo civilizatorio.

Pero, a pesar de este paisaje inquietante, no cierro estas líneas con pesimismo, porque sigo confiando en la juventud, la más formada, la más conectada y la más capaz de la historia, porque, si algo ha demostrado el género humano una y otra vez, es que el conocimiento siempre llega antes que la catástrofe, aunque a veces por escasos centímetros. La educación es la única herramienta que permite comprender el mundo y transformarlo. No hace falta creer en utopías para entender que un país, un continente o una civilización se sostienen únicamente cuando invierten en su gente.

Por eso debemos preparar a la juventud para el futuro usando todos los recursos a nuestra disposición, los tecnológicos, los culturales, los científicos y los humanos. Debemos internacionalizar la educación ahora más que nunca, romper los compartimentos nacionales y dejar de comportarnos como si los problemas fuesen domésticos cuando son planetarios. El cambio climático, las pandemias, la crisis de los recursos, la seguridad, la desinformación y hasta la convivencia democrática son desafíos globales, y sólo en clave global tienen solución.

Nos toca, pues, acercarnos más, no menos. Cooperar más, no competir a ciegas. Ver al otro no como amenaza, sino como interlocutor, socio y aliado en la empresa mínima de seguir existiendo. Tal vez, al final, las nuevas generaciones sabrán encontrar respuestas donde las nuestras apenas acertaron a formular preguntas. Y si esto es así, será porque decidimos confiar en ellas. Porque confiar en la juventud es la inversión más racional que una sociedad puede hacer.


[1] https://ourworldindata.org/?utm_source=chatgpt.com

[2] https://www.worldbank.org/en/news/press-release/2024/03/13/global-child-deaths-reach-historic-low-in-2022-un-report?utm_source=chatgpt.com

[3] https://ourworldindata.org/grapher/cross-country-literacy-rates?utm_source=chatgpt.com

[4] https://ourworldindata.org/poverty?utm_source=chatgpt.com