Cuando yo era chico, leía todos los libros de aventuras que me llegaban a las manos, y eran muchos. Soñaba yo con adentrarme en África o navegar por los mares buscando tierras desconocidas hasta entonces. Descubrir algo nuevo, una tierra virgen, una tierra de nadie, Terra Nullius, que solo esperaba el ser descubierta por un muchacho audaz como yo. En la escuela, miraba atentamente los mapas escolares con la terquedad con que otros miran álbumes familiares. Yo me preguntaba dónde estaban aún los huecos: dónde se escondían las partes en blanco del mundo. Luego supe que todo estaba ya cartografiado, que no quedaban tierras vírgenes ni mares sin nombre, pero en mi mapa lucía en el norte una gran porción en blanco que abría mi curiosidad, Groenlandia, el país verde en lengua danesa, supe más tarde.

Parece que esa gran mancha blanca cerca del Polo Norte atrae la atención de todos los medios estos días, simplemente porque parece ser uno de los focos de interés del presidente de Estados Unidos. Quizás Trump también se sentía atraído por ese desierto blanco en su niñez y hoy, con el respaldo de la poderosa nación que dirige, quiere aprovechar para cumplir ese sueño. Cada cual tiene sus ilusiones.

Cuando estuve en Estocolmo hace un par de años, pude ver una muy interesante exposición sobre Groenlandia en Nordiska museet titulada “The Arctic – While the Ice Is Melting” (El Ártico- mientras el hielo se derrte). Parece que a Groenlandia la descubrieron ya aquellos cazadores de focas, pescadores y recolectores a los que denominamos cultura Saqqaq, hace la friolera de 4 500 años atrás. De ellos quedan vestigios como herramientas de piedra y hueso muy afinadas. Su origen genético, según estudios recientes apunta, parece ser, a poblaciones siberianas.

Los más emblemáticos de la prehistoria ártica, parecen haber sido los pertenecientes a la cultura Dorset, que eran verdaderos especialistas del hielo, muy dependientes de la caza de la foca. Introdujeron lámparas de grasa sofisticadas, máscaras rituales y ciertos objetos de culto. De ellos se encuentran rastros desde 800 a. C. hasta 1300 d. C. Parece que se extinguieron antes de la llegada vikinga o coexistieron muy poco con ellos. Pensemos que Groenlandia tiene una extensión tan grande que no es necesario vivir cerca del vecino. En una superficie de 2 166 086 km² hay sitio para todos, casi.

Los penúltimos pobladores de esa inmensa isla fueron los que denominamos como cultura Thule, que son los antepasados directos de los inuit modernos. Procedían, parece, del estrecho de Bering y trajeron un salto tecnológico con sus kayak, umiak (kayaks grandes para transporte), trineos de perro, arpones complejos, armas de proyectiles etc. Los Thule se expandieron rápidamente por toda Groenlandia, a juzgar por los yacimientos, y desplazaron o absorbieron a los Dorset. Su llegada coincide en el tiempo con la presencia nórdica en el sur.

El noruego Erik el Rojo, fue desterrado de Islandia por homicidio. Las sagas nórdicas relatan que Erik mató a varios hombres en disputas sangrientas, una conducta que en una sociedad de honor podía ser motivada tanto por ofensas como por rivalidades patrimoniales y familiares. Aunque la ley islandesa permitía cierto grado de venganza privada, Erik se pasó con mucho. Como resultado, fue declarado fuera de la ley y, en torno al año 982 o 983, se le ordenó el exilio de Islandia. La ley nórdica de la época condenaba a quienes cometían crímenes graves al destierro temporal (tres años) o a la pena de muerte si no se marchaban. Junto con su familia y sus esclavos, se estableció en el sur de Groenlandia.

Allí se establecieron y tras explorar la isla, Erik el Rojo volvió a Islandia y quiso convencer a más gente para colonizar aquel territorio todavía desconocido. La Saga de Erik el Rojo dice literalmente que el nombre de Groenlandia se lo dio Erik como una forma de marketing:

“La llamó Groenlandia (Grœnland), pues pensó que la gente iría allí más gustosamente si tenía un nombre atractivo.”

“Tierra Verde” sonaba mucho más prometedor que “gran isla lejana, fría y llena de hielo”. A algunos convenció y sus descendientes permanecieron hasta que desaparecieron o fueron expulsados en algún momento durante el siglo XV, cuando el clima se volvió más frío. No se estableció una nueva colonia nórdica en Groenlandia hasta 300 años más tarde.

Desde Groenlandia, su hijo Leif Erikson c. 970–c. 1020, parece ser que realizó una expedición a América del Norte, llegando a lo que hoy se llama Terranova (Canadá) alrededor del año 1000, estableciendo un asentamiento llamado Vinland (Tierra del Vino), quizás otra muestra de marketing medieval.

Merece la pena, creo yo, que miremos un poco la importancia que Groenlandia puede tener para Dinamarca, porque hay un contexto histórico relevante. Durante la Edad Moderna, Dinamarca controlaba territorios en el sur de Suecia actual, especialmente Skåne, Halland y Blekinge. Tras la Guerra de los Treinta Años y los conflictos con Suecia, estos territorios fueron cedidos formalmente a Suecia en 1658 con el Tratado de Roskilde, aunque Dinamarca trató de recuperarlos en varias ocasiones, la última en 1712, pero sin lograrlo. Estas pérdidas ocasionaron un trauma nacional importante, un golpe estratégico y simbólico para Dinamarca: se redujo su influencia en el Báltico y quedó relegada a un papel más periférico en Europa continental.

Al perder territorios europeos y parte de su influencia en el continente, Dinamarca comenzó a concentrarse más en sus posesiones ultramarinas: Islandia, las Islas Feroe y Groenlandia pertenecientes a la corona danesa, que las había heredado de la corona noruega.  

La colonización danesa de Groenlandia (1721) se debe, según mi entender,  enmarcar en esa estrategia danesa de reforzar la presencia territorial fuera de Europa, diversificar recursos y mantener un papel relevante a pesar de la pérdida en Europa continental. En otras palabras, Groenlandia se vuelve más importante cuando Dinamarca ya no puede depender de territorios como Skåne para su poder regional.

Mientras que Skåne y otros territorios perdidos eran valiosos por su agricultura, comercio y posición militar, Groenlandia ofrecía recursos naturales y control del Atlántico Norte, aunque de forma mucho más distante y menos inmediata. En 1721, Dinamarca-Noruega envió a Hans Egede, un misionero luterano noruego, para “reencontrar” a los antiguos colonos nórdicos y cristianizar a los inuit. Egede estableció una colonia permanente, marcando el inicio del control efectivo danés. Dinamarca justificó su interés por razones religiosas, económicas y estratégicas: evangelización, pesca y comercio de pieles. La colonia danesa se convirtió en un símbolo de persistencia y alcance internacional, compensando parcialmente la pérdida europea.

Cuando Noruega se separó de Dinamarca en 1814 tras el Tratado de Kiel, Groenlandia permaneció bajo control danés exclusivo, aunque, a punto estuvo de pasar a manos de Suecia, de la misma manera que Noruega lo hizo. Desde entonces, Groenlandia se convirtió en un territorio colonial danés, con administración, leyes y comercio bajo Copenhague.

Al conseguir Noruega su independencia en 1905, se comenzaron a elevar exigencias noruegas a la titularidad de Groenlandia, exigencias que fueron denegadas por El Tribunal Internacional de La Haya en 1931. Ya durante la segunda guerra mundial y bajo la ocupación alemana de Dinamarca , el embajador danés ante Estados Unidos Henrik Kauffman, firmó por su cuenta un acuerdo con Estados Unidos sobre el derecho a establecer bases militares para la defensa de Groenlandia. Tras la derrota alemana, el acuerdo de Kauffmann fue ratificado y posteriormente reemplazado por un tratado de defensa danés-estadounidense. Estados Unidos se reserva el derecho de almacenar armas nucleares en Groenlandia; Dinamarca aceptó indirectamente el almacenamiento seis años después.

En 1953, durante el mandato del sueco Dag Hammarskjöld como secretario general de las Naciones Unidas, Groenlandia pasó a pertenecer a Dinamarca como una parte integral de la corona y al año siguiente se considera no como colonia sino como un territorio propio con cierto autogobierno. Como parte de la corona danesa, Groenlandia ingresó en la Unión Europea, entonces Comunidad Económica Europea, en 1973, pero, tras adquirir cierta autonomía en 1979, decidió salir en salir de ella en 1985 principalmente por razones económicas y de control de sus recursos naturales, entre otros, la pesca. La industria pesquera es vital para Groenlandia y la CEE imponía cuotas y regulaciones que Groenlandia consideraba perjudiciales para sus pescadores locales. Gran parte de sus ingresos dependían de la pesca de la gamba y otros productos marinos, y querían mantener control total sobre sus zonas de pesca.

La adhesión a la CEE, al formar parte de Dinamarca, limitaba además la capacidad de Groenlandia para tomar decisiones sobre sus propios recursos y políticas económicas. La salida fue una manera de reafirmar su autonomía. Si bien Groenlandia recibía ciertos beneficios económicos de la CEE, la población priorizó el control sobre los recursos locales y la toma de decisiones internas sobre cualquier ganancia financiera externa.

Ahora que Trump quiere “comprar” Groenlandia nos encontramos ante un conflicto que puede extenderse a muchas más regiones en todo el mundo. ¿A quien pertenece el territorio? ¿Quién decide los límites y las fronteras? ¿Bajo qué ley viven los ciudadanos de una región? Las respuestas son muy complicadas. Lo más lógico sería decir que los pobladores originarios de una región serían los que tuvieran el derecho a la autodeterminación. Parece algo sencillo, pero no lo es. Baste con conocer la contienda eterna entre los escandinavos y los sámi en Laponia (Sapmi), o la situación de los aborígenes en Australia etc.

En realidad, Dinamarca ganaría, desde el punto de vista estrictamente presupuestario. Pero el valor estratégico militar de Dinamarca se devaluaría en ese caso mucho más que los aproximadamente 900 millones de euros que Groenlandia le cuesta anualmente a las arcas del Estado danés, porque Groenlandia es y ha sido la contribución más importante de Dinamarca a la OTAN. Sin ella, Dinamarca se reduciría a un país pequeño en el norte de Europa, con limitada importancia militar y política y eso es algo que duele en la conciencia nacional.

Y es que en este mundo ya no hay regiones que se puedan denominar Terra Nullius, y en realidad, nunca las ha habido, al menos en aquellos lugares donde la vida humana es remotamente posible. Los grandes descubrimientos fueron relatos de aquellos que por primera vez llegaban a unas tierras para ellos desconocidas, pero ya habitadas. En aquellos tiempos se practicaba la ley del más fuerte sin ningún rubor, y, desgraciadamente, parece que esa actitud se está demostrando aquí y allá en nuestro mundo que creíamos tan moderno.

En cuanto al contencioso sobre la soberanía de Groenlandia, las aspiraciones de Trump también han sido las de Noruega. En 1931, Noruega declaró la ocupación de partes del sudeste de Groenlandia, afirmando que esas tierras no estaban bajo soberanía danesa y se podían considerar Terra Nullius, es decir “tierra sin dueño”. Dinamarca presentó una demanda ante la Corte Permanente de Justicia Internacional solicitando que se declarara que dicha proclamación noruega era contraria a la situación jurídica existente y, por tanto, ilegal e inválida.

La Corte emitió su sentencia el 5 de abril de 1933[1], y decidió lo siguiente: La ocupación noruega proclamada el 10 de julio de 1931 y cualquier medida tomada por Noruega al respecto constituyen una violación de la situación jurídica existente. Por ello, esas acciones son ilegales e inválidas y no alteran la soberanía de Dinamarca sobre Groenlandia. El Tribunal rechazó las alegaciones noruegas contrarias y confirmó la soberanía danesa sobre toda Groenlandia, incluyendo el territorio oriental reclamado por Noruega. La sentencia confirmó que una proclamación unilateral de ocupación no basta para crear un derecho territorial si no hay título legal respaldado por actos efectivos de autoridad. La decisión se basó en hechos históricos de ocupación, administración, concesiones, exploraciones y en la interpretación de tratados previos y contribuyó a consolidar el principio de soberanía territorial pacífica y continuada como base del derecho territorial moderno, que ahora parece que alguien quiere violar.


[1] https://web.archive.org/web/20110511135249/http://www.icj-cij.org/pcij/serie_AB/AB_53/01_Groenland_Oriental_Arret.pdf