Todo va muy rápido, siempre lo hace, pero parece que, en estos primeros días de 2026, la escena política mundial se mueve a gran velocidad. Me imagino que trabajo tendrán en las agencias de información, intentando abarcar todo lo que ocurre. Desde mi cocina me propongo hoy dejar a un lado Groenlandia, Venezuela, Estados Unidos, Sudán, Taiwán y un largo etc., para dirigir la mirada hacia un país lejano, pero muy presente en mi vida por la gran cantidad de amigos y alumnos que he tenido, que me han interesado por el presente y el pasado de este foco cultural tan diferente.

Por si os interesa, me gustaría dar un pequeño repaso a la historia de Irán, el corazón de la antigua Persia, partiendo del fin de la primera guerra mundial, dejando atrás la historia antigua no por no ser interesante, que lo es y mucho, pero por falta de tiempo, conocimiento y espacio.

Al terminar la Primera Guerra Mundial, el mapa de Oriente Medio cambió drásticamente: el Imperio otomano se desintegró, Francia y Gran Bretaña se repartieron gran parte de la región y el petróleo emergió como recurso estratégico de primer orden. Irán, aunque no fue convertido en colonia formal, quedó rodeado de territorios bajo control europeo: Irak, Palestina, Transjordania y el Golfo bajo dominio británico y Siria y Líbano bajo dominio francés. Esta configuración situó a Irán en un corredor geopolítico entre el Oriente Medio árabe administrado por las potencias europeas, el Cáucaso soviético y la India británica. Geográficamente, era demasiado importante como para permitirle actuar con plena independencia.

En aquel periodo, Irán era un país formalmente soberano pero de facto semicolonial, porque la Anglo-Iranian Oil Company, controlada por Gran Bretaña, extraía y exportaba el petróleo iraní en condiciones extraordinariamente favorables para Londres. Mientras el petróleo iraní iluminaba las fábricas, los hogares y la marina de guerra británicos, Irán permanecía atrasado, con una economía dependiente, débiles estructuras estatales y un creciente resentimiento popular hacia la injerencia extranjera.

La debilidad del Estado iraní quedó en evidencia durante la década de 1920. Tras la Revolución Constitucional de 1906 y la inestabilidad posterior a la guerra mundial, el país vivía bajo un sistema teóricamente parlamentario pero incapaz de imponer autoridad sobre los señores provinciales, las tribus armadas y las potencias extranjeras que intervenían cuando lo consideraban oportuno. Fue en este contexto cuando surgió la figura de Reza Khan, un oficial de origen humilde que ascendió rápidamente en la brigada cosaca y que, con el apoyo tácito británico, dio un golpe de Estado en 1921. En 1925 depuso a la dinastía Qajar y se coronó como Reza Shah Pahlavi, con el objetivo declarado de modernizar y centralizar el país siguiendo el modelo de Mustafa Kemal Atatürk en Turquía.

La etapa del primer Pahlavi estuvo marcada por un programa de modernización autoritaria  que implicaba la construcción de infraestructura, una relativa secularización, la reorganización del ejército, la creación de un aparato burocrático moderno y el control sobre las tribus y periferias. La capital se occidentalizó, la administración se profesionalizó y el Estado recuperó la capacidad de imponer su voluntad sobre el territorio. Pero esta modernización tenía límites ya que la economía continuaba siendo dependiente del petróleo, que estaba en manos británicas a través de la Anglo-Iranian Oil Company. Mientras Westminster financiaba parte de su Estado social con el crudo iraní, Irán recibía una fracción mínima de los beneficios y seguía en la periferia industrial global, lo que alimentaba un nacionalismo cada vez más consciente de la desigualdad estructural.

La Segunda Guerra Mundial alteró el equilibrio de fuerzas. Reza Shah intentó mantener una política de neutralidad, pero Londres y Moscú sospechaban de su simpatía hacia Alemania, que era vista como una alternativa a la hegemonía británica. Esto merece una explicación que intentaré repasar pues creo que es importante tener en cuenta para comprender la situación en la que se encontraba Irán en la época de entreguerras,

Durante los años 30, bajo el gobierno de Reza Shah Pahlaví, Irán intensificó sus vínculos con Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial en un contexto internacional muy complejo. La relación se sustentó principalmente en intereses económicos y estratégicos, no en una adopción completa de la ideología racial nazi, pero no pasó desapercibida por algunos sectores. Alemania se convirtió en un importante socio comercial de Irán pues  casi la mitad de las importaciones iraníes en 1940-41 procedían de Alemania y una gran parte de las exportaciones iraníes se dirigían allí, atrayendo además ingenieros, técnicos y comerciantes alemanes al país, lo que preocupaba tanto a los británicos como a los soviéticos, que eventualmente invadieron Irán en 1941 para asegurar las rutas de suministro hacia la Unión Soviética y eliminar la influencia germana.

El discurso racial europeo también influyó en ciertos sectores iraníes. En la Alemania nazi se impulsó la idea de una supuesta herencia “aria” común entre los europeos y los persas, el término “Irán” significa “tierra de los arios”, y en 1936 el gabinete nazi emitió un decreto que, de hecho, eximía a los iraníes no judíos de las restricciones de las Leyes de Núremberg por considerarlos “arios puros”, lo que les otorgaba un trato diferente ante la legislación racial nazi[1].

Estos temas circulaban también en publicaciones e iniciativas propagandísticas financiadas por grupos cercanos al nazismo en Irán. Por ejemplo, una editorial pronazi publicó el semanario Iran-e Bastan en los años 30, que exaltaba la antigüedad persa, mezclaba mitos raciales y alababa aspectos del nacionalismo alemán, e incluso fomentaba discursos de superioridad étnica y antijudaísmo orientados a la élite iraní de la época.

Un caso ilustrativo de esa influencia fue Davud Monshizadeh, un iraní que se trasladó a Alemania en 1937, se integró en las SS (las temidas Schutzstaffel del régimen nazi) y produjo propaganda en alemán y en persa. Tras la guerra regresó a Irán y fundó en 1951 el partido SUMKA (Partido Nacional Socialista Obrero Iraní), claramente inspirado en el nazismo, con un programa que incluía ataques contra judíos y comunistas y exaltaba un racismo pseudoario.

En 1941, los ejércitos británico y soviético invadieron Irán con el objetivo de asegurar la ruta logística hacia la URSS, el llamado “Corredor Persa”, y garantizar el flujo de petróleo. Reza Shah fue obligado a abdicar en favor de su hijo, Mohammad Reza Pahlavi, mucho más joven y fácilmente manejable desde el punto de vista político. Con la ocupación aliada, Irán se convirtió en un puente estratégico de la guerra y en un laboratorio sociopolítico donde convergieron fuerzas modernizadoras, nacionalistas y revolucionarias.

Esta asimetría alimentó la emergencia de un nacionalismo soberanista moderno que encontró su figura más emblemática en Mohammad Mossadeq, un aristócrata reformista, educado en Occidente, que entendió que la cuestión petrolera era la clave para la dignidad nacional. Mossadeq llegó al poder en 1951 con un programa claro, cuyo propósito era nacionalizar el petróleo y renegociar las relaciones con Occidente.

La nacionalización desencadenó un conflicto internacional inmediato y Gran Bretaña, apoyada en última instancia por Estados Unidos, impuso un bloqueo económico y diplomático destinado a asfixiar al gobierno iraní y revertir la medida. Mossadeq logró ganar la disputa jurídica en La Haya y colocó a Irán en la vanguardia de los movimientos poscoloniales que reclamaban el control de sus propios recursos, anticipando procesos similares en Egipto, Argelia, Indonesia o México. Pero Irán no era una república insurgente en periferia africana o asiática, para su desgracia, sino un país petrolero en el corazón del tablero geoestratégico de la guerra fría, y eso lo hacía intolerablemente autónomo para Londres y Washington.

En 1953, Estados Unidos y Gran Bretaña ejecutaron la Operación Ajax, que fue el primer golpe de estado encubierto de la CIA contra un gobierno democráticamente elegido. Mossadeq fue derrocado, la monarquía fue restaurada y el sha Mohammad Reza Pahlavi pasó a depender directamente del apoyo estadounidense. Desde ese momento, el régimen del sha emprendió un programa acelerado de modernización autoritaria con reformas agrarias, alfabetización, industrialización, occidentalización de las élites urbanas, expansión del ejército y un aparato represivo en manos de la temida policía política SAVAK. La modernización produjo progreso material, pero también una sociedad esquizofrénica, por un lado, una élite cosmopolita y tecnocrática, por otro, amplios sectores tradicionalistas, religiosos y rurales que veían el proceso como una ruptura violenta del tejido social.

El petróleo, en plena era del crecimiento industrial de posguerra, transformó al régimen del sha en un aliado indispensable para Estados Unidos, tanto frente a la Unión Soviética como en el equilibrio interno del mundo árabe. Irán se convirtió en el “gendarme del Golfo” y en laboratorio de modernización no democrática. Pero la legitimidad del régimen se erosionó. El Parlamento quedó subordinado a la Corte, los partidos fueron domesticados, la represión se hizo estructural y la brecha entre modernidad material y participación política se volvió insostenible. Allí ingresó un actor que Occidente no supo o no quiso leer: el clero chií.

El islam chií tenía una tradición intelectual distinta del islam suní dominante en el mundo árabe. Su concepción de la autoridad religiosa, su red de instituciones sociales, mezquitas, escuelas, fundaciones, beneficencias, y su capacidad de articulación doctrinal le permitieron convertirse en un refugio moral frente a la corrupción del régimen y frente a la percepción de humillación y dependencia exterior. El exilio del ayatolá Ruhollah Jomeiní a partir de 1964 le permitió construir un discurso revolucionario capaz de unir a comerciantes de los bazares, estudiantes tradicionalistas, ulemas, clases medias frustradas y masas populares rurales. El elemento decisivo fue que Jomeiní supo convertir un malestar político esencialmente nacionalista en una gramática religiosa comprensible para millones.

En realidad, fueron tres grupos los que se volvieron contra el Sha: el clero chií, que veía la modernización como occidentalización corrosiva; la izquierda marxista y nacionalista, que interpretaba el régimen como títere del imperialismo; y las clases medias formadas que deseaban participación política y libertades. Jomeini, desde el exilio, consiguió algo estratégicamente decisivo, convertir el islam chií en el lenguaje común de la oposición, capaz de unificar a sectores muy distintos. La religión actuó como infraestructura social de resistencia, mezquitas, funerales, redes de caridad y mercados, sirvieron como nodos de movilización.

En 1978 comenzaron las protestas masivas a las que el régimen respondió con violencia. Los funerales, según la tradición chií, se convertían en nuevas manifestaciones, generando una dinámica de mártires y expansión de la protesta. Cuando las huelgas paralizaron la industria petrolera, el Estado perdió capacidad económica y legitimidad y en enero de 1979 el Sha abandonó el país. En febrero del mismo año regresó Jomeini desde París y la monarquía colapsó. En pocos meses se instauró la República Islámica, una teocracia constitucional hasta entonces inédita. Jomeini neutralizó a los otros sectores revolucionarios, liberales, comunistas, nacionalistas, que, en la dinámica clásica de las revoluciones, habían sido aliados tácticos pero no estratégicos.

La dimensión internacional fue decisiva. Para Estados Unidos, la caída del Sha fue una catástrofe estratégica porque perdía a su principal aliado en el Golfo, en un momento en que Nicaragua se había vuelto contra Somoza y Afganistán se encontraba desestabilizado. La Revolución Islámica amenazaba con exportarse al mundo árabe, especialmente entre las minorías chiíes. Arabia Saudí, Kuwait y las monarquías del Golfo reaccionaron con pánico político, y en 1980 Saddam Hussein invadió Irán con apoyo tácito de Estados Unidos, Francia y los Estados del Golfo, dando inicio a una guerra brutal que duró ocho años y consolidó el régimen islámico como Estado militarizado y antioccidental.

Fue durante esa guerra cuando muchas familias, especialmente de la clase media y de sectores más cosmopolitas o urbanos, buscaban proteger a sus hijos varones de ser enviados al frente, ante el alto riesgo de morir o ser mutilados. Así que una estrategia frecuente era enviarlos al extranjero para continuar estudios o trabajo, aprovechando las conexiones familiares o educativas que existían en Europa y Norteamérica. Suecia, con su política de apertura a refugiados y su tradición de asilo político, se convirtió en un destino muy habitual.

El resultado fue que durante los años 80 y principios de los 90, Suecia recibió una ola importante de jóvenes iraníes, muchos de ellos estudiantes o hijos de familias que ya estaban parcialmente exiliadas o perseguidas. Estos jóvenes, al llegar, encontraron un país estable, seguro y con educación de alta calidad, y muchos permanecieron aquí de forma definitiva. Este flujo no solo incluía personas que huían de la guerra, sino también de la represión política interna, persecución por motivos de clase, afiliación política, religión o incluso por ser parte de minorías étnicas o religiosas dentro de Irán.

El impacto en Suecia ha sido notable ya que estos jóvenes y sus familias contribuyeron a crear una comunidad iraní muy culta y profesional, con académicos, médicos, ingenieros, investigadores, artistas y escritores, y también generaron redes de apoyo cultural, social y político. Muchos de ellos mantienen vínculos con la política y la sociedad iraní, a veces promoviendo reformas, derechos humanos o críticas al régimen de Teherán desde el exilio.

El crecimiento de la comunidad ha sido notable: entre 1976 y 1990 la población iraní en Suecia pasó de apenas unos miles a decenas de miles, y continuó aumentando en las décadas siguientes. Para 2012 ya se contabilizaban alrededor de 65 000 personas nacidas en Irán y varias decenas de miles más con uno o dos padres iraníes, y para finales de la década de 2010 la comunidad superaba ampliamente los 110 000 residentes de origen iraní en el país, convirtiéndose en una de las diásporas más importantes de Suecia.

Muchos iraníes se establecieron en las principales ciudades, Estocolmo, Gotemburgo, Malmö y Uppsala; se graduaron en universidades suecas o continuaron carreras profesionales, y han contribuido a la vida cultural, académica y política del país. La segunda generación, nacida y educada en Suecia, ha logrado una representación destacada en la política, los negocios y las artes, con varios casos de personas de origen iraní elegidas para puestos públicos e incluso al Parlamento sueco. Yo cuento con muchos amigos y colegas iranies y he tenido también muchos estudiantes de ese país.

Lo que está ocurriendo ahora en Irán atrae, por tanto, nuestra atención aquí en Suecia de una manera especial. Lo poco que podemos ver en los medios es inquietante, porque las convulsiones en ese entorno estratégico pueden tener serias consecuencias para toda la región. Desde finales de diciembre de 2025, Irán vive una ola de protestas masivas sin precedentes que comenzaron por la grave crisis económica, la caída del rial, la inflación desbocada y el encarecimiento de productos básicos, y que rápidamente se han convertido en un desafío directo al régimen de la República Islámica. Las protestas parecen haber sido iniciadas y lideradas por comerciantes del Gran Bazar de Teherán, y se han extendido a estudiantes, jóvenes, trabajadores y sectores urbanos, con consignas que van desde demandas económicas hasta llamamientos políticos como “Muerte al dictador” y el fin del sistema teocrático. Como siempre, no se trata de una oposición monolítica y tiene ante sí un régimen que todavía parece fuerte.

La crisis tiene raíces en un colapso económico, producido por las sanciones internacionales, políticas fallidas, corrupción y falta de oportunidades, lo que ha generado un descontento social acumulado y una crisis de legitimidad política. Por su parte, el régimen, encabezado por el Líder Supremo Ali Khamenei, el presidente Masoud Pezeshkian y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, ha respondido con represión, fuerza letal, arrestos masivos y cortes de internet y telefonía para aislar a los manifestantes y bloquear la información hacia el exterior.

En el exilio, figuras como Reza Pahlavi, el heredero al trono, han mostrado apoyo a las protestas y llamado a una transición pacífica, mientras que el gobierno iraní acusa a Estados Unidos e Israel de instigar los disturbios y arresta sospechosos de espionaje. La comunidad internacional ha condenado la represión, criticado el apagón digital y exige respeto a los derechos humanos, con Estados Unidos declarando su respaldo a los manifestantes y amenazando con consecuencias ante la violencia.

La movilización, aunque desorganizada y sin liderazgo unificado formal, refleja la convergencia de demandas económicas y políticas de amplias capas de la sociedad y constituye el desafío interno más serio para el régimen desde las protestas por la muerte de Mahsa Amini en 2022. El futuro es incierto y nos hallamos ante la posibilidad de muchas salidas. El régimen podría intensificar la represión, negociar concesiones económicas o verse presionado hacia una transformación política más amplia, dependiendo de la evolución de las movilizaciones y la intervención de factores externos, pero no debemos olvidar el hecho de que estamos ante un conflicto que puede derivar en una tragedia a gran escala.

Este año empieza muy complicado. Para 2026, el escenario de riesgos geopolíticos está marcado por la inestabilidad estructural de Oriente Medio, el auge de potencias militares regionales y el debilitamiento de los organismos internacionales. En Irán, su poder militar consolidado, su probable capacidad nuclear y su influencia sobre grupos regionales crean un tablero donde cualquier acción externa puede generar reacciones desproporcionadas. Estados como Israel, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos mantienen vigilancia máxima, y podrían realizar ataques preventivos u operaciones encubiertas, provocando escaladas locales que rápidamente podían extenderse.

Rusia y China, con intereses estratégicos en la región y globalmente, podrían intervenir indirectamente, ya sea a través de apoyo diplomático, económico o militar, complicando aún más cualquier intento de resolución multilateral. Mientras tanto, Estados Unidos es por el momento impredecible. La debilidad de la ONU y otros organismos multilaterales implica que resoluciones, sanciones o mediaciones pierdan fuerza, por lo que los conflictos podrían resolverse más por la lógica del poder que por acuerdos diplomáticos. Esto también afecta la economía global y la seguridad energética, dado que cualquier conflicto en el Golfo o en rutas estratégicas de transporte de petróleo y gas puede disparar precios y tensiones internacionales.

Además, las crisis migratorias pueden intensificarse, con exiliados, refugiados y desplazados por conflictos directos o indirectos que podrían moverse hacia Europa y Asia, presionando sistemas de acogida y generando fricciones políticas internas. En conjunto, el mundo se enfrenta a un escenario de “conflictos rápidos y descentralizados”, donde los estados buscan maximizar su poder regional y global sin confiar en mecanismos multilaterales. La gran incógnita es si los actores internacionales desarrollarán algún nuevo esquema de cooperación pragmática o si la lógica del realismo puro, poder, fuerza y disuasión, dominará durante los próximos años. Me cuesta ser optimista.


[1] https://encyclopedia.ushmm.org/content/en/article/iran-during-world-war-ii