Leo esta mañana en algunos periódicos que USA debería apoyar las revueltas populares en Irán con una operación militar. Me sorprende que ninguno de esos periódicos se preocupe en recordar la historia, porque creo que aún debe estar presente en muchos americanos lo que ocurrió en 1980, cuando el gobierno de Carter decidió intervenir en el país de los ayatolas.

Durante décadas Irán había sido el principal aliado de Estados Unidos en Oriente Medio. Tras el golpe de 1953 que derribó al primer ministro Mossadegh, con el apoyo de la CIA y el MI6 británico, el sha Mohammad Reza Pahlavi, padre del que ahora se presenta como el posible unificador de la oposición, consolidó un régimen monárquico modernizador, fuertemente armado y alineado con Washington en plena Guerra Fría. La modernización acelerada, la represión política a manos de la policía secreta SAVAK y la creciente percepción de dependencia respecto a Estados Unidos alimentaron la oposición interna. En 1978 estalló una ola creciente de protestas y huelgas que paralizó al país y forzó al sha a abandonar Irán en enero de 1979. Poco después, el ayatolá Ruhollah Jomeini regresó del exilio y la monarquía colapsó, instaurándose la República Islámica.

La Revolución de 1979 trastocó el tablero geopolítico en Oriente Medio y destruyó el papel de Irán como “pilar gemelo” de la estrategia estadounidense en la región. Para el régimen revolucionario, USA encarnaba décadas de humillación, injerencia y apoyo a la dictadura del sha, y el antiamericanismo se convirtió en una fuente de legitimidad interna. El punto de ruptura llegó el 4 de noviembre de 1979, cuando estudiantes islamistas asaltaron la embajada estadounidense en Teherán y tomaron como rehenes a 52 diplomáticos y funcionarios. Los revolucionarios en Teherán presentaron la acción como un acto de soberanía y justicia revolucionaria. Washington la interpretó como una afrenta intolerable y estos hechos dieron comienzo a una crisis que duró más de un año y se convirtió en una obsesión en la política interna de Estados Unidos.

Tras meses de sanciones, presiones diplomáticas y negociaciones fallidas, la administración del presidente Carter decidió que, si el método político no funcionaba, habría que considerar una operación militar. Fue entonces cuando se diseñó la misión secreta Operation Eagle Claw, una de las operaciones más complejas y ambiciosas de las fuerzas especiales estadounidenses hasta entonces. El plan consistía en enviar helicópteros y aviones de transporte hasta un punto remoto del desierto iraní, y trasladar desde allí a un comando de élite hasta las inmediaciones de Teherán, asaltar la embajada para liberar a los rehenes y sacarlos del país en aviones capturados en un aeropuerto local. Todo parecía muy fácil, al menos sobre el papel. Los planificadores de la operación habían determinado que los ocho helicópteros RH-53D despegarían desde un portaaviones de la Marina de Estados Unidos, el USS Nimitz, que estaba en misión en el mar Arábigo. En principio, igual que la reciente operación en Venezuela.

La operación se puso finalmente en marcha el 24 de abril de 1980, pero desde el inicio todo se complicó. Las condiciones climatológicas se mostraron adversas y una tormenta de arena dañó varios helicópteros. De los ocho aparatos que habían despegado del Nimitz solo cinco alcanzaron la primera base de reunión en el desierto iraní, conocida como “Desert One”. La operación exigía un mínimo de seis helicópteros para continuar; al no alcanzarse el número, el mando decidió abortar la operación. Cuando las fuerzas estadounidenses comenzaron a retirarse, uno de los helicópteros chocó accidentalmente con un avión de transporte C-130 en la pista. La explosión mató a ocho militares estadounidenses, destruyó varios aparatos y dejó restos esparcidos en el desierto. Las imágenes de los cuerpos carbonizados junto a los restos del material estadounidense difundidas por Irán supusieron un golpe simbólico devastador para la reputación de Estados Unidos.

La operación Eagle Claw se convirtió en un fracaso político, militar y psicológico. Por un lado, mostró las dificultades de coordinar distintos cuerpos militares en un entorno hostil y puso de manifiesto deficiencias en la capacidad de operaciones especiales estadounidenses, lo que más tarde llevaría a la creación del Mando de Operaciones Especiales (SOCOM). Por otro lado, reforzó la narrativa del régimen iraní, que presentó el episodio como una victoria providencial frente a la “arrogancia imperial”. En Estados Unidos, la crisis contribuyó al desgaste del presidente Carter y a su derrota en las elecciones de noviembre de 1980.

Paradójicamente, los rehenes no fueron liberados mediante una acción militar, sino tras negociaciones intensas mediadas por Argelia. La liberación se produjo finalmente el 20 de enero de 1981, el mismo día en que Ronald Reagan asumió la presidencia, marcando el fin de uno de los episodios diplomáticos más tensos de la Guerra Fría en Oriente Medio. La crisis dejó una cicatriz duradera en las relaciones entre Estados Unidos e Irán y contribuyó a la estructura de desconfianza y antagonismo que, en gran medida, persiste hasta hoy.

Este no era el primer fracaso de operaciones militares estadounidenses ni sería tampoco el último.  Estados Unidos volvió a enfrentarse a un fracaso significativo en una operación militar urbana durante una misión en Mogadiscio, Somalia, en 1993, donde USA había  intervenido inicialmente bajo mandato de Naciones Unidas para asegurar el envío de ayuda humanitaria en medio de una guerra civil devastadora, pero con el tiempo la misión derivó hacia un intento de capturar a los líderes del señor de la guerra Mohamed Farrah Aidid, considerado responsable de ataques contra fuerzas internacionales.

El 3 de octubre de 1993, comandos de élite estadounidenses, principalmente Rangers y Delta Force, lanzaron una operación destinada a capturar a varios jefes de Aidid en pleno centro de Mogadiscio. La incursión, planificada para durar apenas una hora, se prolongó dramáticamente cuando dos helicópteros Black Hawk fueron derribados por milicianos somalíes armados con lanzagranadas RPG. A partir de ese momento, las tropas estadounidenses quedaron atrapadas en una batalla urbana intensa, rodeadas por miles de combatientes y civiles armados que conocían perfectamente el terreno, mientras la ciudad se transformaba en un laberinto hostil. Durante toda la noche se libraron combates callejeros para rescatar a los tripulantes de los helicópteros derribados, y las fuerzas estadounidenses sufrieron bajas crecientes y dificultades logísticas. A la mañana siguiente pudieron replegarse con apoyo blindado de fuerzas pakistaníes y malasias de la ONU, dejando atrás un escenario de destrucción y un número elevado de muertos y heridos.

La operación, que pasó a conocerse popularmente como Black Hawk Down, provocó 18 soldados estadounidenses muertos y más de 70 heridos, además de un número estimado mucho mayor de bajas somalíes. El episodio tuvo un profundo impacto político en Washington, donde la opinión pública reaccionó con indignación ante las escenas televisadas de cuerpos de soldados arrastrados por las calles, lo que provocó que poco después Estados Unidos se retirara de Somalia. El fracaso se convirtió en un símbolo de los límites de la intervención militar estadounidense en entornos urbanos y complejos, y marcó la manera en que Washington consideraría futuras operaciones exteriores durante toda la década de 1990.

Puedo imaginar que las condiciones actuales son diferentes, para ese tipo de operaciones puntuales. Ataques quirúrgicos, rescates de rehenes, neutralizaciones de objetivos específicos, son mucho más factibles para los estados que dominan la información de los satélites y las cadenas de inteligencia asociadas. En los años 80 o 90 las fuerzas especiales se movían a comparación prácticamente a ciegas, con información parcial obtenida por espionaje humano, fotografías aéreas limitadas y mapas incompletos. Cualquier cambio en el terreno, la aparición de un convoy, un despliegue inesperado, una tormenta de arena, podía volver la operación inviable en minutos, como ocurrió en la misión fallida de Eagle Claw en Irán o en la batalla de Mogadiscio en Somalia, la inteligencia era insuficiente o llegaba tarde.

Hoy la situación es distinta porque el dominio de la información se ha vuelto un arma estratégica. Los satélites militares, combinados con satélites comerciales de alta resolución, radares orbitales, sensores infrarrojos, drones ISR y vigilancia cibernética, permiten observar un objetivo casi en tiempo real, seguir patrones de movimiento, distinguir unidades y anticipar cambios. La información fluye directamente desde el espacio al nivel táctico: un operador puede ver en pantalla la ubicación de un edificio, la ruta de escape, la presencia de vehículos o incluso si hay señales de vida dentro.

Esta capacidad reduce la incertidumbre y comprime el ciclo “detectar-decidir-actuar”. Antes podían pasar días o semanas entre inteligencia y acción; ahora basta con minutos. A esto se suman municiones guiadas que permiten destruir una habitación sin derribar el edificio, drones que pueden vigilar sin exponer pilotos y comunicaciones que conectan mandos y fuerzas en tres continentes. El resultado es que operaciones que antes podían pender de la suerte o, al menos, debían contar con ciertos imprevistos, hoy pueden planificarse mucho más en detalle.

Para los países que dominan estos sistemas, como Estados Unidos, Israel y en escala creciente China, el espacio se ha convertido en una combinación de ojos, oídos y cerebro militar. Para los demás, el costo de operar sin esa inteligencia es elevar de forma exponencial los riesgos. Por eso la rivalidad actual ya no consiste solo en quién tiene más tropas o aviones, sino en quién puede ver antes, decidir antes y golpear solo lo necesario, y ahí los satélites son la pieza central.

La guerra en Ucrania es el ejemplo contemporáneo de que quien domina la información satelital domina la precisión, reduce la incertidumbre y transforma el campo de batalla en un tablero visible. Esto no significa que garantice la victoria, pero sí que redefine quién puede moverse, quién puede golpear y quién puede esconderse. Y eso es una revolución estratégica.

Desde los primeros días de la invasión rusa, Ucrania pudo anticipar movimientos rusos gracias a imágenes satelitales proporcionadas no solo por Estados Unidos y la OTAN, sino también por empresas privadas como Maxar o Planet Labs. Esa información permitió identificar columnas blindadas antes de que llegaran al frente, localizar depósitos de munición, puentes, nodos logísticos y sistemas de defensa. La famosa columna rusa rumbo a Kiev, una columna de decenas de kilómetros, fue detectada casi en tiempo real desde el espacio y seguida públicamente, algo impensable en conflictos previos. A partir de esa inteligencia se pudieron organizar emboscadas, ataques con artillería guiada y sabotajes, impidiendo un cerco rápido de la capital.

En la segunda etapa de la guerra, cuando Ucrania recibió sistemas HIMARS, la clave fue precisamente la integración entre satélite, inteligencia occidental y precisión balística. Con información satelital, Ucrania comenzó a golpear a gran distancia almacenes de munición, centros de mando y logística rusa, debilitando su capacidad ofensiva sin necesidad de grandes concentraciones de tropas. Prácticamente se vio en directo el desplazamiento de la guerra desde el terreno al mapa.

A medida que el conflicto ha ido avanzando, Rusia también va adaptando sus capacidades: satélites propios, drones de reconocimiento, guerra electrónica y sensores terrestres. Un fenómeno nuevo se ha contemplado, la “transparencia del campo de batalla”, que hace extremadamente difícil ocultar grandes movimientos. La artillería y los drones impulsados por inteligencia satelital sustituyen el avance clásico de infantería y blindados. Esto explica por qué los frentes se han vuelto tan estáticos: cada movimiento se puede observar, catalogar y castigar.

La guerra en Ucrania también ha demostrado que el monopolio ya no lo tienen solo los Estados, porque la inteligencia comercial permite que medios, analistas y gobiernos tengan acceso a información que en otro tiempo habría sido estrictamente secreta. Por primera vez, un conflicto mayor se desarrolla ante millones de ojos orbitando la Tierra, y esa transparencia altera tanto la diplomacia como la logística militar. Estamos ante un panorama bélico completamente diferente a lo que estamos acostumbrados a ver, pero, al fin y al cabo la guerra sigue siendo una empresa de destrucción y muerte.

Las hazañas de audacia, golpes estratégicos o quirúrgicos como ahora se llaman, se han dado frecuentemente en la historia, desde el caballo de Troya a la operación Gunnerside. A veces, pueden decidir una guerra o cambiar el rumbo de la historia, otras veces, cuando fracasan, pueden arrastrar al precipicio a regímenes enteros, como le ocurrió a la junta argentina cuando ocuparon las Malvinas.