Pocas veces he estado yo tan pegado a la televisión como lo hice el 23 de febrero de 1981. Venía yo de regreso a casa en Lund, de un viaje de trabajo a Estocolmo. Había conducido desde las primeras horas de la mañana y venía escuchando música en mi coche. Fue al llegar a casa y poner la televisión para ver las noticias de las 18:00, cuando vi las impactantes imágenes de la entrada del teniente coronel Tejero en el anfiteatro del Congreso. Me quedé tan estupefacto que ni siquiera pensé en grabar las imágenes en mi nuevo video.
Ayer, 45 años después, y coincidiendo casualmente con la muerte del protagonista, se publicaron los “papeles” del 23F, en todos los medios españoles[1]. Busco referencias sobre cómo pudieron emitirse esas imágenes que me llegaron hasta Suecia en tiempo real y encuentro una entrevista en la Sexta[2] en la que el operador de cámara Ángel Flores, que ese día trabajaba en el Congreso de los Diputados, y captó las imágenes icónicas de uno de los episodios clave de la historia reciente de España.
En la entrevista, Ángel Flores recuerda como Antonio Tejero entró solo al Hemiciclo y el silencio que siguió después de pronunciar su frase de “¡Quieto todo el mundo!”. El cámara se dio cuenta de que era un golpe de estado en el momento que gritan ‘¡al suelo todo el mundo!’ y, poco después, aparece alguien que le dice que apague la cámara.
“Ese instante se produce el tiro al aire de Tejero y la ráfaga de los guardias civiles, lo que permitió a Ángel mantener ese plano que ya es historia justo antes de que le dijeran “apaga la cámara o te mato”. Aun así, aguantó un poco más hasta que le rompieron el visor con la punta de la metralleta.”
“A pesar de ello, hubo otras cámaras que siguieron grabando en silencio durante varios minutos más, hasta que entró el capitán Muñecas y dijo: “Señores, no va a pasar nada, vendrá la autoridad competente y a esperar”.
Hoy, que hay cámaras por todos los sitios, tendríamos miles de secuencias, seguramente tantas, que estaríamos cansados de verlas. En ese instante, la grabación de este suceso fue sin duda algo único. Y, lo que veíamos no era otra cosa que lo que temíamos que pudiera pasar en cualquier momento, porque, la transición, que hoy se considera imperfecta y mejorable, era algo demasiado bueno para creérnoslo, nosotros, que sabíamos lo que era una dictadura, porque la habíamos vivido en nuestras carnes y sabíamos de sobra cuánta gente mamaba de sus ubres.
Ayer ley todo lo que se ha publicado, hasta que me escocían los ojos de mirar la pantalla del ordenador. La conversaciones grabadas y transcritas revelan un tratamiento amistoso y un tanto campechano, que denotan una falta de conciencia de lo que están haciendo. Rezuman las conversaciones una ingenuidad plasmante. No sé por qué, pero me recuerdan los diálogos de Gila desde la trinchera.
Como lo mío es la historia, vamos a rebuscar un poco en el pasado, sin irnos demasiado lejos, para ver que ha pasado en España en cuanto a esto de los pronunciamientos militares, algo que es tan español como el jamón serrano. En 1820, cuando parecía que el absolutismo de Fernando VII había sellado definitivamente el destino de la España surgida de la Guerra de la Independencia, el pronunciamiento de Rafael del Riego surge como un levantamiento militar que se “pronuncia” en nombre de la nación y de una legalidad superior.
El 1 de enero de 1820, en Cabezas de San Juan, tropas destinadas a embarcar hacia América, para sofocar las independencias coloniales, se sublevaron. El ejército, agotado, mal pagado y maltratado por la improvisación del gobierno, se convirtió en instrumento de una reivindicación política: la restauración de la Constitución de 1812, la “Pepa”, símbolo de la soberanía nacional frente al poder absoluto del monarca.
Riego lanzó una proclama. Ahí reside la esencia del pronunciamiento: no se trata de tomar el poder por la fuerza bruta, sino de provocar una reacción en cadena, una adhesión sucesiva de guarniciones y autoridades hasta que el rey quede aislado. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Durante semanas el movimiento pareció incierto, casi condenado al fracaso, pero la idea prendió. Las guarniciones comenzaron a sumarse. El régimen absoluto empezó a resquebrajarse.
En marzo, Fernando VII, sin fuerzas para resistir y temeroso de una guerra civil, juró la Constitución de 1812. Lo hizo con aquella célebre frase ambigua: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, que encerraba más cálculo que convicción. Así comenzó el llamado Trienio Liberal (1820-1823), tres años intensos en los que España intentó articular un Estado constitucional bajo la presión simultánea del radicalismo interno y de la hostilidad de las potencias absolutistas europeas.
El pronunciamiento de Riego se convirtió en modelo. No sólo por su éxito inicial, sino porque fijó una pauta: el ejército como árbitro de la vida política, la apelación a la nación como legitimidad superior y la Constitución como bandera. Durante décadas, España viviría bajo esa sombra: militares que, invocando la salvación del país, intervendrían en la política. Riego abrió una puerta que ya no volvería a cerrarse del todo en el siglo XIX. Ni profundizamos aquí en las consecuencias de este pronunciamiento y tampoco queremos exponer toda la complicada historia de España a partir de 1823, sino que pasamos, de pronunciamiento a pronunciamiento para tratar de analizar lo que estos han representado para España.
En 1843, la España isabelina volvió a demostrar hasta qué punto el ejército se había convertido en árbitro supremo de la política. El protagonista esta vez no fue un rey absoluto, sino un regente liberal: Baldomero Espartero, héroe de la Primera Guerra Carlista y figura central del progresismo.
Tras la caída de María Cristina en 1840, Espartero había asumido la regencia durante la minoría de edad de Isabel II. Llegó al poder apoyado por los progresistas y por su prestigio militar, pero pronto su gobierno mostró un sesgo autoritario que le granjeó enemigos tanto entre los moderados como entre antiguos aliados. Su decisión de bombardear Barcelona en 1842 para sofocar una insurrección contra su política librecambista dañó gravemente su imagen. El regente, que se presentaba como garante del orden constitucional, parecía gobernar apoyado más en el ejército que en el consenso político.
En ese clima de desgaste surgió el pronunciamiento, una conjura militar cuidadosamente articulada. Generales como Ramón María Narváez y Francisco Serrano encabezaron el movimiento contra el regente. Las guarniciones comenzaron a pronunciarse, siguiendo el modelo ya consolidado desde 1820: adhesiones sucesivas que iban dejando al gobernante aislado. La presión se hizo insostenible.
En julio de 1843, Espartero optó por el exilio en Inglaterra. No hubo una gran batalla decisiva ni una revolución ideológica profunda; hubo, más bien, una sustitución de poder dentro del mismo marco liberal. La consecuencia inmediata fue la declaración anticipada de mayoría de edad de Isabel II, que contaba apenas trece años, para cerrar el periodo de regencia y dar estabilidad formal al sistema. En la práctica, comenzaba la llamada Década Moderada.
Este episodio consolidó un patrón que marcó todo el reinado de Isabel II: el ejército no sólo defendía el orden establecido, sino que intervenía activamente para modelarlo. Generales convertidos en políticos, gobiernos nacidos de cuarteladas, cambios de rumbo decididos en los cuarteles más que en las urnas. La caída de Espartero confirmó que en la España del siglo XIX la legitimidad residía en la capacidad de los militares para inclinar la balanza. Fue una pieza más en la larga tradición del pronunciamiento como mecanismo de corrección, o de imposición, del poder.
En 1854, el sistema político de la monarquía de Isabel II volvió a sufrir un pronunciamiento militar. El episodio pasó a la historia como la Vicalvarada, nombre tomado del enfrentamiento inicial ocurrido en Vicálvaro, a las afueras de Madrid.
El movimiento fue encabezado por el general Leopoldo O’Donnell, un militar de perfil moderado que, sin embargo, se levantó contra el gobierno también moderado que dominaba la llamada Década Moderada, que lo entienda el que pueda. El régimen se encontraba desgastado por el autoritarismo, la corrupción administrativa y el cierre del sistema político a otras corrientes liberales. Como en ocasiones anteriores, el conflicto no era una ruptura con el liberalismo, sino una lucha por el control del mismo. Para explicarlo medianamente claro: a ver quien decidía lo que era el liberalismo.
El 28 de junio de 1854, las tropas sublevadas se enfrentaron a fuerzas gubernamentales en Vicálvaro. El combate fue indeciso. La clave no estuvo en la victoria militar inmediata, sino en la dimensión política que adquirió el movimiento. Para ampliar apoyos, los sublevados difundieron poco después el llamado Manifiesto de Manzanares, redactado por un joven Antonio Cánovas del Castillo, en el que se prometían reformas: reducción de impuestos, limpieza administrativa y una mayor apertura política. El pronunciamiento dejaba de ser una simple disputa entre generales y se presentaba como una regeneración del sistema.
La reina Isabel II trató de atajar la sublevación con un manifiesto a las tropas: “Soldados: he sabido esta mañana el alto crimen de traición cometido por el general Dulce, a quien me había dignado confiar la Dirección de la caballería, y con ella el honor de sus estandartes. Con él han alzado su pendón rebelde otros generales; bien los conocéis, son aquellos a quienes más he colmado de distinciones y favores, y mejor los conoceréis hoy por lo indignos de mi real aprecio. Atentan contra mi persona, contra mi trono y el de mi augusta hija, faltando a su juramento y hollando las leyes más sagradas; lo sé, y vengo por eso apresurada a recorrer vuestras filas de lealtad, como son todas las del ejército, que recuerdan mi niñez. Así presenciaré mejor vuestro triunfo”
La agitación se extendió por distintas ciudades, donde estallaron juntas revolucionarias y disturbios urbanos. En Madrid murieron unas 100 personas en La Puerta del Sol. Ante la presión combinada de militares y movilización civil, el gobierno cayó. Isabel II llamó nuevamente a Baldomero Espartero, símbolo del progresismo, para formar gobierno junto a O’Donnell. Desde fuera, Karl Marx observaba los acontecimientos:
“… España no es sorprendente; España jamás ha adoptado la moderna moda francesa, tan extendida en 1848, consistente en comenzar y realizar una revolución en tres días. Sus esfuerzos en este terreno son complejos y más prolongados. Tres años parecen ser el límite más corto al que se atiene, y en ciertos casos su ciclo revolucionario se extiende hasta nueve…”. Así veía Karl Marx a la España revolucionaria de mediados del siglo XIX en un artículo publicado en 1854 en el New York Daily Tribune.[3]
Así comenzó el Bienio Progresista (1854-1856), un periodo de reformas que intentó modernizar el país mediante desamortizaciones, impulso a las infraestructuras y un nuevo proyecto constitucional que, sin embargo, no llegó a promulgarse. Como tantas veces en el siglo XIX español, el cambio político no nació de un proceso parlamentario estable, sino de la presión de los cuarteles combinada con el descontento urbano.
La Vicalvarada fue, en esencia, un ejemplo típico del mecanismo decimonónico: un levantamiento militar que no busca abolir el sistema, sino forzar un cambio de gobierno y reorientar el poder. Confirmó que, en la España isabelina, el ejército era uno de los principales actores de la vida política.
En septiembre de 1868, la monarquía de Isabel II se derrumbó por un nuevo pronunciamiento militar cuidadosamente preparado y políticamente articulado. La historia lo ha bautizado como “La Gloriosa”, nombre que revela el tono épico con el que sus protagonistas quisieron revestir lo que, en esencia, fue la culminación de años de desgaste del régimen isabelino.
El movimiento estuvo encabezado por dos figuras clave del ejército liberal: el general Juan Prim y el general Francisco Serrano. A ellos se sumó el almirante Juan Bautista Topete, cuya escuadra en Cádiz dio la señal inicial del levantamiento el 18 de septiembre. Como en los pronunciamientos clásicos del siglo XIX, se trataba de una declaración política: el régimen estaba agotado por la corrupción, el exclusivismo de los moderados y la incapacidad para integrar a progresistas y demócratas en el sistema.
El manifiesto difundido en Cádiz denunciaba el descrédito de la monarquía y llamaba a la nación a pronunciarse. Las adhesiones militares y civiles se extendieron con rapidez. La confrontación decisiva tuvo lugar en la batalla del puente sobre el Guadalquivir, de la barriada cordobesa de Alcolea, donde las fuerzas leales a la reina fueron derrotadas. Sin apoyos suficientes y consciente de la imposibilidad de sostener el trono, Isabel II partió al exilio en Francia.
La caída de la reina no significó inmediatamente la instauración de una república, sino la apertura de un periodo de experimentación política conocido como el Sexenio Democrático (1868-1874). Fue un intento ambicioso de modernizar el Estado: se convocaron Cortes constituyentes, se aprobó la Constitución de 1869, la más avanzada hasta entonces en materia de derechos y libertades, y se buscó un nuevo monarca que aceptara un marco verdaderamente constitucional. Esa búsqueda culminó en el breve reinado de Amadeo I y, tras su abdicación, en la Primera República, que nació tan raquítica, que ya en enero de 1874, recibió el golpe definitivo no desde los cuarteles. El protagonista fue esta vez el general Manuel Pavía, cuya intervención puso fin abrupto a la experiencia republicana parlamentaria iniciada apenas un año antes.
La República había nacido en febrero de 1873 tras la abdicación de Amadeo I, en un clima de inestabilidad extrema: guerra carlista en el norte, insurrección cantonal en el sur y el este, crisis económica y una profunda división entre republicanos federales y unitarios. En apenas once meses se sucedieron cuatro presidentes del Poder Ejecutivo. La debilidad del poder central y las tensiones internas erosionaban día a día la autoridad del régimen.
El 3 de enero de 1874, mientras las Cortes debatían la formación de un nuevo gobierno tras la dimisión de Emilio Castelar, el general Pavía, capitán general de Castilla la Nueva, decidió intervenir. Tropas bajo su mando rodearon el edificio del Congreso en Madrid y, mediante la amenaza de la fuerza, sin una gran batalla ni derramamiento significativo de sangre, obligaron a los diputados a desalojar el hemiciclo. La soberanía parlamentaria quedó suspendida por la presión militar.
El golpe no proclamó de inmediato la restauración monárquica. En su lugar, se formó un gobierno presidido por el general Serrano, que gobernó de manera autoritaria, sin Cortes, intentando estabilizar el país. Pero la experiencia republicana parlamentaria había fracasado. La intervención de Pavía evidenció que, una vez más, el ejército actuaba como árbitro supremo en momentos de crisis institucional.
Apenas un año después, en diciembre de 1874, otro pronunciamiento, el de Martínez Campos, restauraría la monarquía borbónica en la persona de Alfonso XII. El golpe de Pavía fue, por tanto, el acto que clausuró el intento republicano nacido en 1873 y confirmó que en la España del siglo XIX la continuidad o ruptura de los regímenes dependía todavía, en última instancia, del poder militar.
Y así, pasando los años y ya en el siglo XX, el 13 de septiembre de 1923, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, encabezó un golpe de Estado que inauguró una dictadura militar en sentido pleno. A diferencia de los levantamientos del siglo XIX, que buscaban forzar un cambio de gobierno dentro del marco constitucional, esta vez el objetivo fue suspender el propio sistema.
Primo de Rivera justificó su acción alegando el descrédito del parlamentarismo de la Restauración, la corrupción política (¡siempre la corrupción!), el desorden social y el problema marroquí tras el desastre de Annual. Presentó su intervención como una solución temporal, casi quirúrgica, para, como el decía, “regenerar” el país. Sin embargo, desde el primer momento suspendió la Constitución de 1876, disolvió las Cortes y prohibió la actividad de los partidos políticos. El poder quedó concentrado en un Directorio Militar compuesto exclusivamente por generales.
Lo decisivo fue el respaldo del monarca, Alfonso XIII, que no solo no se opuso al golpe, sino que lo legitimó al encargar a Primo de Rivera la formación de gobierno. Ese apoyo real convirtió la ruptura constitucional en un nuevo régimen. La monarquía quedó así estrechamente vinculada a la dictadura, algo que tendría consecuencias irreversibles cuando esta fracasó.
Con el tiempo, el Directorio Militar dio paso a un Directorio Civil, pero el sistema siguió siendo autoritario: censura de prensa, limitación de libertades, corporativismo inspirado en modelos europeos contemporáneos y ausencia de verdadera representación parlamentaria. No era ya el viejo pronunciamiento liberal que pretendía corregir el rumbo del sistema; era la sustitución del sistema por un régimen personalista y centralizado.
La dictadura de Primo de Rivera marcó, por tanto, el tránsito del pronunciamiento clásico al autoritarismo moderno en España. El ejército dejaba de ser un árbitro ocasional para convertirse en soporte directo de un poder dictatorial prolongado. Cuando el régimen cayó en 1930, la monarquía arrastró su descrédito, y el país entró en una nueva etapa de profundas transformaciones que desembocarían en la proclamación de la Segunda República.
Me permito una pequeña pausa para preguntarme por qué ese protagonismo del ejército, aparte, claro, de que está en posición de las armas y puede ejercer la fuerza. En primer lugar, hay que considerar que el ejército era la institución más organizada, jerarquizada y cohesionada del Estado. En una sociedad donde las instituciones civiles eran frágiles con parlamentos inestables, partidos personalistas, administraciones débiles, los militares representaban continuidad, disciplina y capacidad operativa. Tenían mando, tropas y logística; es decir, poder efectivo. Cuando el orden se percibía amenazado, ellos estaban en condiciones materiales de imponer una solución.
En segundo lugar, tanto en la España del siglo XIX como en las jóvenes repúblicas latinoamericanas, el ejército no era solo una institución técnica: era un actor político fundacional. En España, la Guerra de la Independencia y las guerras carlistas consolidaron el prestigio militar. En América Latina, las guerras de independencia hicieron que los generales libertadores se convirtieran en figuras nacionales y, a menudo, en presidentes. El poder nació armado y la política, en muchos casos, también.
Me salto porque quiero la guerra civil española, que considero que es harina de otro costal y que no se puede incluir en esta tradición de pronunciamientos, por muchas razones que habría que profundizar para explicar y que quizás lo haga algún día. Y, además, recorriendo la historia reciente, los militares españoles tenían ejemplos a seguir y a evitar. Para no cansar pondré los casos de Portugal, Chile y Argentina.
Empecemos por Portugal, porque allí, el 25 de abril de 1974, un movimiento militar organizado por oficiales de rango medio, el Movimento das Forças Armadas, derrocó al régimen autoritario heredero de António de Oliveira Salazar, que tras su retirada por enfermedad había continuado bajo el liderazgo de Marcelo Caetano.
El Estado Novo, instaurado en la década de 1930, era un régimen corporativo, conservador y represivo, apoyado en la censura, la policía política y la ausencia de libertades democráticas. A comienzos de los años setenta, Portugal se encontraba además atrapado en largas y costosas guerras coloniales en Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu. Estas guerras agotaban recursos y, sobre todo, minaban la moral de una generación de oficiales jóvenes que combatían en África sin una perspectiva clara de victoria ni de reforma política. Recuerdo muchos desertores portugueses que conocí en Salamanca en los 60.
El 25 de abril, tras señales codificadas emitidas por la radio, entre ellas la canción “Grândola, Vila Morena”, las tropas ocuparon puntos estratégicos en Lisboa y otras ciudades. El movimiento fue rápido y, de manera notable, casi incruento. La población salió a la calle para apoyar a los militares sublevados. Una florista comenzó a repartir claveles rojos que los soldados colocaron en los cañones de sus fusiles, de ahí el nombre con el que la revolución pasó a la historia.
Marcelo Caetano se rindió y fue enviado al exilio. En pocas horas se desmoronó un régimen que parecía sólido. Sin embargo, la caída del gobierno fue solo el inicio de un proceso complejo. Entre 1974 y 1976 Portugal vivió un intenso periodo de transformación política y social, con nacionalizaciones, ocupaciones de tierras, tensiones entre corrientes moderadas y revolucionarias, y una fuerte movilización popular. Finalmente, se aprobó una nueva Constitución en 1976 y se consolidó un sistema democrático pluralista.
Pero la Revolución de los Claveles fue singular y difícil de emular por los golpistas españoles, por varias razones: nació desde el ejército, pero no para instaurar una dictadura militar, sino para desmontar una; contó con un respaldo popular inmediato; y logró, pese a las tensiones iniciales, encauzar la transición hacia un régimen constitucional estable. En el contexto ibérico, anticipó en un año la muerte de Francisco Franco y mostró que incluso los regímenes autoritarios más prolongados podían desmoronarse de forma relativamente pacífica cuando convergían crisis interna, desgaste colonial y voluntad de cambio dentro de las propias fuerzas armadas.
Miremos al ejemplo de Chile: El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas chilenas derrocaron al presidente constitucional Salvador Allende, elegido democráticamente en 1970 al frente de la coalición de izquierda Unidad Popular. El país vivía una profunda polarización política, crisis económica, huelgas empresariales y enfrentamientos entre partidarios y opositores del gobierno. En ese clima, los mandos militares, con apoyo de sectores civiles conservadores y respaldo indirecto de Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría, (aquí hay mucho todavía que sacar a la luz) prepararon la intervención.
La mañana del 11 de septiembre, tropas y tanques ocuparon puntos estratégicos de Santiago. La Marina ya se había sublevado en Valparaíso. El Palacio de La Moneda fue bombardeado por la Fuerza Aérea. Allende permaneció en el edificio y murió durante el asalto, en circunstancias que hoy se consideran un suicidio en medio del ataque. El poder quedó en manos de una junta militar encabezada por el comandante en jefe del Ejército, Augusto Pinochet.
Se instauró una dictadura que duró hasta 1990. El régimen suspendió el Congreso, prohibió los partidos políticos y aplicó una represión sistemática contra opositores: miles de personas fueron detenidas, torturadas, ejecutadas o desaparecidas. Al mismo tiempo, el gobierno impulsó profundas reformas económicas de orientación neoliberal. La transición comenzó tras el plebiscito de 1988, en el que la opción de continuidad de Pinochet fue derrotada, y culminó con elecciones democráticas en 1989. Me imagino que en febrero de 1981, algunos militares españoles podrían tener el ejemplo chileno en la memoria.
El ejemplo argentino venía del 24 de marzo de 1976, día en que las Fuerzas Armadas depusieron a la presidenta constitucional Isabel Martínez de Perón, en un contexto de grave inestabilidad política, crisis económica y violencia armada entre organizaciones guerrilleras y grupos parapoliciales. El golpe fue presentado como una “reorganización nacional” destinada a restaurar el orden. Algo parecido a lo que expusieron los golpistas españoles como explicación a sus actos.
El poder pasó a una junta integrada por los comandantes de las tres armas, bajo la figura dominante del general Jorge Rafael Videla. Se disolvió el Congreso, se prohibieron los partidos y se instauró un régimen de facto. A diferencia de otros pronunciamientos más breves en la historia latinoamericana, este fue un proyecto sistemático de transformación política y social mediante el control autoritario.
La dictadura argentina desplegó lo que luego se conocería como la “guerra sucia”: un sistema clandestino de represión que incluyó secuestros, torturas, centros de detención ilegales y desapariciones forzadas. Se estima que alrededor de 30.000 personas fueron desaparecidas, según organismos de derechos humanos. En el plano económico se aplicaron políticas de liberalización financiera y endeudamiento externo. El régimen parecía solido en febrero de 1981, pero comenzó a debilitarse tras la derrota en la Guerra de las Malvinas en 1982 frente al Reino Unido. El descrédito militar aceleró la apertura política y en 1983 se celebraron elecciones democráticas que llevaron a la presidencia a Raúl Alfonsín.
Así que, puede ser que Tejero, Milán del Bosch y los que estaban detrás del fallido “pronunciamiento” creyesen que podían seguir los ejemplos chilenos, argentinos o portugueses. El problema es que, la revolución portuguesa tenía adhesión popular y estaba organizada por mandos cercanos a las tropas, mientras que en España las tropas estaban engañadas y muy pocos mandos intermedios conocían la operación. El ejemplo chileno era impensable porque los militares españoles no contaban con el apoyo de Estados Unidos ni tampoco tenían ninguna base social que les apoyara. De forma muy parecida, el ejemplo argentino no les servía, porque los mandos españoles no estaban cohesionados de la misma forma, la revuelta española era muy superficial.
Leyendo los todos los papeles que ahora nos dejan leer, veo lo cutre de la organización y me parece altamente inexplicable como un puñado de militares pudieron urdir algo tan burdo. A Juan Carlos no le salpica nada, ni a los políticos. Ni siquiera a Blas Piñar o Fraga, este último condenó públicamente el intento de golpe y apoyó la actuación del rey Juan Carlos I y del gobierno democrático mientras Blas Piñar no dijo ni pío, que yo sepa. Si tenéis tiempo, leed las conversaciones pinchadas, que, esa es otra: planean un golpe y utilizan los teléfonos abiertamente. ¡Qué chapuza!
Cronología del intento de golpe el 23F
23 de febrero de 1981
• 18:23 horas: El Teniente Coronel Antonio Tejero Molina irrumpe en el Congreso de los Diputados con 200 guardias armados y toma el control de la sede parlamentaria.
• 19:30-20:00 horas. Tres escuadrones con blindados, procedentes del acuartelamiento de Retamares, ocupan las instalaciones de RTVE en Prado del Rey. Televisión Española continúa la programación sin información y Radio Nacional sólo emite música.
• 20:00-20:30 horas. Tejero ordena la salida y reclusión en diversas dependencias del Congreso de Suárez, Gutiérrez Mellado, Rodríguez Sahagún, Felipe González, Santiago Carrillo y Alfonso Guerra.
• 21:00 horas. Las fuerzas militares instaladas en RTVE se retiran.
• 21:30-22:30 horas. La Junta de Jefes de Estado Mayor señalan en un comunicado que han tomado medidas para reprimir todo atentado a la Constitución.
• En Valencia, el capitán general Milans del Bosch saca los tanques a la calle con 1.800 hombres de la división Maestrazgo.
• 23:50 horas. Entran en el Congreso los generales Alfonso Armada y Aramburu Topete para entrevistarse con Tejero. Aramburu abandona las Cortes mientras Armada permanece en su interior.
24 de febrero de 1981:
• 01:14 horas. El Rey dirige un mensaje a los españoles a través de radio y televisión con uniforme de capitán general en el que ordena el mantenimiento del orden constitucional.
• 01:18-01:30 horas. Armada abandona el Congreso.
• 01:30-02:30 horas. Una columna de vehículos de la Policía Militar a las órdenes del comandante Pardo Zancada acude al Congreso.
• Seguidamente, Milans del Bosch ordena la retirada de las tropas en Valencia.
• 05:30 horas. El ex dirigente sindical y ultraderechista Juan García Carrés es detenido en su domicilio implicado en la trama civil del golpe.
• 10:30-11:30 horas. Una decena de guardias civiles se entrega a la Policía Militar.
• 11:50 horas. El Gobierno, los diputados y los periodistas encerrados comienzan a salir del Congreso.
• 12:27 horas. Tejero se entrega a Aramburu Topete y abandona el Congreso junto a los guardias civiles implicados en el asalto.
[1] https://www.lamoncloa.gob.es/consejodeministros/paginas/desclasificacion-documentos-23F.aspx
[2] https://www.lasexta.com/programas/mas-vale-tarde/angel-flores-recuerda-como-grabo-directo-golpe-estado-23f-decian-apaga-camara-mato_2025102368fa7703abed5e585bcc0509.html
[3] https://www.marxists.org/archive/marx/works/1854/revolutionary-spain/index.htm
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