Con la primavera vienen las guerras. Desde la Antigüedad se ha sabido que las campañas militares comienzan cuando el invierno cede. Con la primavera regresan los caminos transitables, la hierba para los caballos, las cosechas que podían requisarse y la posibilidad de mover ejércitos sin que el frío los diezmara antes de combatir. Era pura logística.
Hoy, en la era de la tecnología, la guerra ya no depende tanto de las estaciones. Los drones vuelan en invierno y los misiles no esperan a que florezcan los almendros. Sin embargo, algo persiste: los conflictos se intensifican cuando las condiciones materiales lo permiten y cuando los cálculos políticos maduran. A veces esa coincidencia se da en primavera.
Pero hay también una dimensión simbólica inquietante. La primavera es renovación, brote, promesa de vida. Que coincida con la reanudación de la violencia subraya una paradoja profundamente humana, mientras la naturaleza florece, el hombre puede elegir destruir.
Hay una lógica difícil de comprender para un ciudadano de a pie como yo; la lógica de la guerra como medio de alcanzar metas de todo tipo. Parece ser que las grandes potencias, por una extraña inercia, siempre están dispuestas a emplear las armas y siempre encuentran razones de sobra para hacerlo. Por esa inercia, la paz siempre queda reducida a una palabra vacía de contexto, una cáscara.
Alguien se inventó que decía Mafalda: – “Paren este mundo que me quiero bajar”- era falso, pero suena muy bien; si hubiera una parada, yo también lo querría hacer, ante tanta gilipollez. Estados Unidos tendría que ser extremadamente prudente ante una guerra con Irán por razones estratégicas, históricas y políticas.
Irán no es un actor aislado. Tiene influencia directa o indirecta en Irak, Siria, Líbano, a través de Hezbolá, Yemen y el Golfo Pérsico. Un conflicto puede extenderse rápidamente y desestabilizar toda la región. El estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del petróleo mundial, se puede convertir de nuevo en un punto crítico, con impacto inmediato en los precios energéticos y la economía global. Eso ya lo vivimos en el 1973, con racionamiento de carburantes etc.
Además, Irán no es Irak en 2003. Posee capacidad militar relevante, misiles de alcance medio, redes de aliados regionales y experiencia en guerra indirecta. Un conflicto no necesariamente será una invasión convencional clásica, sino una guerra híbrida: ataques indirectos, sabotajes, ciberataques, milicias aliadas. El riesgo es meterse en un conflicto largo, costoso y políticamente difícil de sostener, como ocurrió tras la invasión de Irak en 2003 o en la guerra de Afganistán. Parece mentira que no aprendan.
La sociedad estadounidense viene mostrando fatiga respecto a intervenciones prolongadas en Oriente Medio. Tras las experiencias de Irak y Afganistán, una nueva guerra puede generar fuerte división interna, más de la que ya hay, y desgaste político. Pero, puede ser que Trump y sus consejeros crean lo contrario, que una guerra unirá contra un enemigo exterior.
Irán está en el centro de las tensiones por su programa nuclear. Un ataque puede acelerar precisamente aquello que se quiere evitar: la decisión iraní de desarrollar un arma nuclear como garantía de supervivencia. Además, actores como Rusia o China pueden involucrarse indirectamente, y entonces, ya no sabemos a dónde podemos ir a parar con todo esto.
No se trata solo de la capacidad militar de Estados Unidos, que es enorme, sino de las consecuencias estratégicas. La historia reciente muestra que iniciar una guerra es relativamente sencillo, pero gestionarla y cerrarla con estabilidad duradera es lo verdaderamente difícil. El mundo esta lleno de hogueras mal apagadas y no hacemos más que encender nuevas.
Me he levantado esta mañana a una nueva crisis y no sé que pensar ya. Trato de ponerme en la piel de un americano normal. Tengo ganas de comunicarme con alguno y que me diga qué piensa de todo esto. El problema es que, la mayoría de los norteamericanos que conozco no son partidarios de la política actual de su país. Me gustaría saber cómo piensan los que apoyaron y apoyan a Trump.
Sobre Israel no puedo ni quiero opinar. Bueno, si quiero, pero sé perfectamente que me caerán palos por todos lados. Para Israel, Irán no es solo un rival geopolítico más, sino un Estado que ha cuestionado explícitamente su legitimidad y que, por tanto, percibe su capacidad nuclear como una amenaza existencial. Aquí entra un componente emocional y de seguridad nacional mucho más intenso que el que puede tener Washington.
Estados Unidos e Israel comparten preocupación por el programa nuclear iraní, pero no necesariamente comparten el mismo cálculo de riesgos. Washington pondera estabilidad regional, alianzas en el Golfo, relaciones con Europa y con potencias como Rusia y China. Israel, en cambio, prioriza la neutralización inmediata de la amenaza, incluso si eso aumenta, lo que es difícil, la tensión regional.
Entre Israel e Irán existe desde hace años una confrontación en la sombra con ataques selectivos, sabotajes, operaciones encubiertas y enfrentamientos a través de actores como Hezbolá. En Israel, la política interna y la percepción de seguridad influyen fuertemente en la toma de decisiones. Es un lío. Yo no compro la versión general de la izquierda europea, que demoniza a Israel, pero tampoco puedo apoyar una guerra que, de nuevo, significará sumir a un pueblo en los terrores de la guerra.
Esos terrores van más allá de la muerte inmediata de cuerpos jóvenes truncados, familias desgarradas, ciudades convertidas en escombros. El sufrimiento humano es siempre desproporcionado respecto a los objetivos políticos que lo justifican. A eso se añade el miedo constante, la pérdida de confianza básica en el mundo, el trauma que se instala en soldados y civiles. La guerra continúa en la memoria, en las pesadillas, en las generaciones que crecen entre ruinas materiales y morales.
Hay también un terror moral que implica la degradación de normas. En la guerra se normaliza lo que en tiempos de paz sería impensable. Se relativiza el valor de la vida del “otro”, se justifican excesos en nombre de la supervivencia, se diluye la frontera entre defensa y venganza. El lenguaje mismo se contamina: “daños colaterales”, “objetivos estratégicos”, “neutralización”. Y, como no, el empobrecimiento, el desplazamiento masivo, el hambre, la ruptura de contactos sociales. La guerra no solo mata; desorganiza el tejido que hace posible la vida común. Releamos a Kant, que creía que la paz eterna era posible.[1]
[1] https://archive.org/details/immanuel-kant-la-paz-perpetua-edicion-elejandria/page/n1/mode/2up
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