Yo, que durante más de cincuenta años, he estado divulgando los textos sagrados de las religiones, leyéndolos y releyéndolos con las preguntas persistentes de cómo tratan la paz y la guerra, la dignidad humana, el amor y el odio, y cómo esa tensión atraviesa la historia de los pueblos. Yo, que con el paso del tiempo he comprendido que casi todas las grandes tradiciones espirituales hablan con dos lenguas: una que nace de la experiencia concreta de sociedades en conflicto, donde la guerra aparece regulada, justificada o narrada como destino inevitable, y otra que se eleva por encima del momento histórico y formula un horizonte ético más alto, donde la violencia es superada.

En ese largo recorrido, uno de los textos que considero más poderosos como llamada a la paz histórica entre pueblos es el pasaje del libro de Isaías, en el Tanaj, que proclama: “Forjarán sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. Este versículo habla explícitamente de naciones, de estructuras, de aprendizaje militar que debe cesar, de transformación económica y cultural. No propone la victoria de un imperio sobre otro, sino la conversión de la tecnología para la muerte en instrumento de vida.

Esa imagen de armas convertidas en herramientas agrícolas contiene una revolución silenciosa, porque la paz significaría una reorganización del mundo. Tras décadas estudiando y explicando estos textos, he llegado a pensar que su grandeza no reside en negar la existencia de la guerra, pues casi todos esos textos nacieron en épocas violentas, sino en atreverse a imaginar un orden distinto, donde la dignidad humana no dependa de la fuerza y donde el amor tenga más peso histórico que el odio.

Shalom, dice el judío; as-salāmu ʿalaykum, dice el musulmán; “la paz de Dios”, dice el cristiano. Pero ¿qué están diciendo realmente? En el judaísmo, la palabra shalom no significa solo ausencia de guerra, no. En el horizonte del Tanaj, shalom es plenitud, integridad, armonía con Dios, con los otros y con uno mismo. Cuando alguien te dice “shalom”, está deseando que tu vida esté completa, que nada esencial esté roto. Es una palabra que contiene justicia, bienestar y reconciliación. No es un simple saludo; es un deseo de un mundo restaurado.

En el islam, el saludo as-salāmu ʿalaykum , “la paz sea contigo”, comparte la misma raíz semítica que shalom. Hermanos condenados parece a enfrentarse eternamente. En el Corán, la paz es uno de los nombres de Dios (As-Salām). Desear la paz al otro es invocar sobre él una cualidad divina y reconocer que el otro es digno de seguridad, de protección, de respeto. En su sentido más profundo, es decir: no vengo como amenaza, te traigo la paz.

En el cristianismo, cuando se dice “la paz de Dios” o “la paz sea con vosotros”, expresión que aparece repetidamente en la Biblia, especialmente en los relatos de las apariciones de Jesús resucitado, se trata de reconciliación. Es la paz que sigue al conflicto, la que restablece la relación rota. En la tradición cristiana, esa paz tiene un matiz de gracia, un don de Dios.

Lo fascinante es que las tres fórmulas nacen en pueblos que conocieron la guerra, el exilio y la violencia. No son ingenuas. Por eso, cuando pronuncian “paz”, no ignoran la historia. Están afirmando que, frente al odio y la fractura, el primer gesto entre dos seres humanos debe ser el de la mano desnuda, abierta en signo de paz.

Después de tantos años entre textos antiguos, he llegado a pensar que estos saludos funcionan como pequeños pactos cotidianos: cada vez que se dicen, el mundo podría volver a empezar sin violencia. La paz es posible, pero es difícil. La paz es tarea eterna porque no es un regalo, sino más bien un arte que exige coraje y ternura. La paz nace cuando transformamos el odio en comprensión, la codicia en justicia, el miedo en confianza.

La paz requiere que seamos capaces de reconciliar la historia con el presente, que aprendamos a escuchar al otro sin querer anularlo, que construyamos puentes donde antes hubo muros. La paz es frágil porque depende de la virtud humana: de la paciencia frente a la ira, de la prudencia frente a la ambición, del amor frente al rencor. La guerra es fácil, inmediata, clara; la paz es lenta, compleja y silenciosa. Pero solo ella nos permite que la vida florezca, que la humanidad respire y que los pueblos, finalmente, puedan mirarse sin miedo.

Y esto lo escribo hoy, un día en que muchos celebran la muerte del ayatola y otros lloran la destrucción de sus vidas. No hay muchas voces que se alcen por la paz. Parece como si pensáramos que la paz vendrá después, cuando las aguas lleguen a su cauce y todo alcance un equilibrio natural, aunque sea a golpe de misil. Yo ya no me siento capaz de salir a gritar que callen los cañones, no me quedan fuerzas para hacerlo. Echo de menos el movimiento universal para la paz, un movimiento con raíces muy profundas que se hunden profundamente en la historia de la humanidad pero que hoy no parece florecer, esta primavera de plomo.