Siento como si la primavera fuera reversible. Apenas hemos cruzado el equinoccio y el tiempo ha dado un paso atrás, como si dudara. El sol se esconde tras una espesa capa de nubes amenazantes y el viento sopla con tal fuerza que uno se ve obligado a sujetarse la gorra con la mano, pequeño gesto que revela hasta qué punto la estación es todavía incierta. Hay en este retroceso algo más que meteorología: una lección silenciosa sobre lo inestable, sobre lo que creíamos ya ganado.
En el recinto de la Feria de Malmö, sigue el Festival Senior. Desde nuestro estand, donde informamos de nuestra política, vemos pasar gente de nuestra generación, porque la mayoría de los que representamos al partido aquí somos seniors con creces, excepto Leakim, joven secretario político, que por cierto habla estupendamente el español. Pienso en la generación que pasa revista ante nuestro estand. Pienso que podríamos llamar a quienes nacimos entre los años treinta y cincuenta la generación del tránsito, porque nos ha tocado vivir entre dos mundos casi irreconocibles entre sí: nacimos en una época todavía marcada por la escasez, por la memoria cercana de la guerra y por formas de vida que hoy parecen remotas, y hemos llegado a otra dominada por la abundancia, la velocidad y la tecnología.
Somos, en cierto modo, la generación de la reconstrucción y del esfuerzo, aquella que aprendió pronto el valor del trabajo, de la educación y de la constancia, y que participó, con mayor o menor conciencia, en la construcción del bienestar que hoy muchos dan por supuesto. Nos formamos en un mundo analógico, de ritmos más lentos y certezas más firmes, y hemos tenido que adaptarnos, ya en la madurez, a transformaciones profundas que han cambiado no solo la manera de vivir, sino también la forma de pensar y de relacionarnos.
Tal vez por eso compartimos una cierta sobriedad, una confianza trabajada en el progreso y, al mismo tiempo, una mirada crítica que nace de haber conocido la fragilidad de las cosas. Si hubiera que resumirlo en una expresión, podríamos decir que somos, como me gusta llamarlo, ricos en años: no solo por el tiempo vivido, sino por la experiencia acumulada de haber cruzado, paso a paso, ese largo puente entre el ayer y el hoy.
Sabemos discutir sin ofender, razonar sin parodiar ni ridiculizar al otro; es una forma de respeto que no se aprende en los libros, sino que se va sedimentando con los años, con las experiencias vividas y también con los errores cometidos. Hemos tenido tiempo de comprobar que las certezas absolutas suelen ser frágiles y que, detrás de cada opinión, hay casi siempre una biografía, una historia personal que merece ser escuchada antes que juzgada. Por eso, el diálogo político nos resulta más fácil, incluso, o quizá, sobre todo, entre quienes sostenemos ideologías opuestas. No porque hayamos renunciado a nuestras convicciones, sino porque hemos aprendido a situarlas en su justa medida, sin necesidad de convertirlas en armas.
Hay en ello una forma de cortesía antigua, pero no por ello superada: la de conceder al otro la dignidad de interlocutor. Sabemos que la razón no se impone elevando la voz ni caricaturizando al adversario, sino argumentando con paciencia, escuchando con atención y, en ocasiones, aceptando que el desacuerdo forma parte inevitable de la vida en común. Tal vez por eso nuestras conversaciones son menos estridentes, menos urgentes, y, en cierto modo, más fecundas.
No se trata de idealizar nuestra generación, pero sí de reconocer una cualidad que el tiempo ha ido puliendo: la capacidad de convivir con la diferencia sin sentirla como una amenaza. Hemos visto suficientes cambios, suficientes giros de la historia, como para saber que ninguna posición es definitiva y que el respeto mutuo es, en última instancia, la única base sólida sobre la que puede sostenerse cualquier diálogo que aspire a ser verdaderamente humano.
Hay escritores que no solo pertenecen a una generación, sino que crecen con ella, la acompañan y, en cierto modo, la interpretan. En Suecia, nombres como Björn Ranelid, Jan Guillou y Ulf Lundell han sabido recoger, cada uno a su manera, las tensiones, esperanzas y contradicciones de ese tránsito que nos ha tocado vivir. En España, pienso en Arturo Pérez-Reverte, Antonio Gala y Eduardo Mendoza, autores que también han narrado, desde registros muy distintos, ese mismo camino vital que va de la memoria de un mundo más austero a la complejidad del presente.
Los elijo porque en sus obras, más allá de estilos, ideologías o temperamentos, se percibe una experiencia compartida: la de haber vivido el paso del tiempo como una transformación concreta de la sociedad y de uno mismo. En ellos hay una conciencia del cambio, a veces celebrada, a veces cuestionada, pero casi siempre observada con una mezcla de lucidez y escepticismo que reconocemos como propia.
Leyéndolos, uno tiene la sensación de que han puesto palabras a algo que nosotros mismos hemos vivido sin nombrarlo del todo. Han sido, en cierto modo, cronistas de una época que no se deja encerrar fácilmente en categorías, pero que sí puede intuirse en la suma de sus relatos, de sus personajes, de sus dudas. Por eso no es extraño que nos reconozcamos en sus páginas: porque, al escribir sobre su tiempo, han terminado escribiendo también sobre nosotros.
Hoy he tenido la posibilidad de hablar con uno de ellos, Björn Ranelid, que bien podría ser el Antonio Gala sueco. En su manera de expresarse hay algo más que literatura: una cadencia casi oratoria, una voluntad de elevar la palabra por encima de lo cotidiano, como si cada frase aspirara a ser recordada. Como Gala, Ranelid no se limita a narrar, sino que interpreta la vida, la envuelve en una cierta solemnidad que, lejos de resultar artificiosa, acaba por revelar una profunda fe en el lenguaje como forma de dignidad.
Al escucharlo, uno tiene la impresión de estar ante alguien que no ha separado nunca la vida de la escritura, que ha hecho de ambas una misma cosa. Hay en él una conciencia muy clara de pertenecer a una tradición, pero también una voluntad de afirmarse como individuo, con una voz propia, inconfundible. Y quizás por eso el diálogo con él resulta tan natural: porque, más allá de estilos o matices, compartimos ese mismo fondo generacional en el que la palabra aún conserva peso, y donde decir algo implica, de alguna manera, hacerse responsable de ello.
Hablamos de su libro “El pecado” (Synden), un libro que el escribió hace más de 30 años y que leí en su día, una obra profundamente representativa de su manera de entender la literatura, más cercana a una reflexión moral y existencial que a una narración tradicional. En sus páginas, el pecado no aparece tanto como una falta en sentido religioso, sino como una condición humana ligada a la culpa, al deseo, a la vergüenza y, sobre todo, a la necesidad de comprensión.
Ranelid no juzga a sus personajes, sino que los observa con una mezcla de compasión y lucidez, como si en cada uno de ellos se reflejara una parte de nosotros mismos. El amor ocupa un lugar central, pero no como ideal perfecto, sino como territorio frágil donde se producen tanto los mayores vínculos como las heridas más profundas.
A través de un lenguaje intensamente poético, casi oratorio, convierte la palabra en una forma de redención: narrar, recordar, decir, se transforma en un intento de dar sentido a lo vivido y, tal vez, de reconciliarse con ello. Así, Synden se revela como una meditación sobre la imperfección humana, sobre ese peso invisible que todos llevamos y que, con el paso del tiempo, aprendemos no tanto a borrar como a comprender.
El Pecado puede leerse también como una novela generacional porque encarna una sensibilidad compartida por quienes crecimos en esa misma época. En ella aparece una forma de entender la vida marcada por la seriedad moral, por la conciencia del bien y del mal, y por una relación con la culpa que hoy resulta menos frecuente. Esa intensidad ética, esa necesidad de dar peso a los actos y a las palabras, es muy propia de una generación que no vivimos la existencia como algo ligero o provisional, sino como algo que exigía responsabilidad.
Los personajes de la novela parecen moverse en un mundo donde las decisiones tienen consecuencias duraderas, donde el pasado no se disuelve fácilmente y donde la memoria actúa como una presencia constante. Esa forma de habitar el tiempo, más lenta, más reflexiva, conecta con una generación que creció sin la fugacidad actual, en la que los errores no se olvidaban con rapidez ni se relativizaban con facilidad. Hay también una cierta sobriedad emocional: incluso cuando aparecen el deseo o la pasión, están atravesados por una conciencia de límite, por una especie de pudor que evita la exhibición.
Además, el lugar central que ocupa el lenguaje en Ranelid, esa confianza en que la palabra puede esclarecer, ordenar o incluso redimir, refleja una época en la que todavía se creía en el poder formativo de la cultura y de la literatura. En ese sentido, Synden no describe tanto una generación desde fuera como la expresa desde dentro: transmite su ritmo, sus tensiones, su manera de sentir la culpa, el amor y la dignidad. Por eso puede leerse como una novela generacional por el modo en que piensa y siente el mundo.
De eso hablamos, Björn Ranelid y yo, durante unos momentos, en el Festival Senior de la gente grande. El asentía cuando yo trataba de expresar como me impactó su novela y, con sus ojos siempre sonrientes, como los de un simpático adolescente me espetó: “Y me dieron el August por ella” – Porque Björn Ranelid no oculta el orgullo que le provocan los premios y la admiración del público, es otra de sus características que le hacen tan humano.
En el caso de Björn Ranelid, el orgullo por sus propios logros no se percibe como arrogancia en el sentido habitual, sino como una forma de afirmación personal profundamente coherente con su manera de estar en el mundo. Ranelid no disimula lo que ha conseguido, no recurre a la falsa modestia tan común en ciertos entornos culturales, sino que habla de sí mismo con una franqueza que puede resultar sorprendente, incluso provocadora. Sin embargo, esa actitud no nace de un deseo de imponerse sobre los demás, sino de una convicción: la de que la vida y la obra de una persona merecen ser reconocidas también por uno mismo.

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