Mirando la pantalla de mi ordenador, el documento aún vacío, me doy cuenta de que lo que escribo lo hago siempre mirando atrás, con la perspectiva que me dan mis 74 vueltas alrededor del astro rey, algo que comparto con un millón y pico de suecos y unos seis millones de españoles. Con todo ellos comparto algunos recuerdos comunes, sonidos, música, canciones, lecturas, en fin, sensaciones varias. El resto, la mayoría, no tiene recursos propios para comprender lo que escribo, es así.

Cuando visito mercadillos y casas de antigüedades, veo como algunos objetos me hablan a mí directamente, porque reconozco la función que tuvieron en algún momento de mi vida. A veces, un artefacto cualquiera me puede transportar al pasado, como ayer, cuando vi en un mercadillo una bicicleta antigua, robusta y negra, hierro, madera y cuero antiguo, hecha para ser eterna o casi.

De pronto, me vi transportado a una pequeña fiesta en un pueblo cercano a Madrid, por donde pasa el río Jarama. Tendría yo diez años. Yo no conocía a nadie allí, los que nos habían invitado a esa fiesta eran paisanos de mi padre recién llegados del pueblo para trabajar en la fábrica de Pegaso. Había otros niños, pero yo era el mayor. Los mayores hablaban, reían comían con buen apetito y bebían vino, y los niños pequeños se acercaban a mí, como pensando que yo, como mayor, iba a imaginar algún juego.

Recuerdo que la fiesta tuvo lugar en un jardín, donde habían puesto una larga mesa cubierta con un mantel, creo de cuadros, y que nadie parecía interesarse por lo que nosotros hiciésemos. A la puerta de la casa había una bicicleta sin candado, que el padre de dos de aquellos niños, supe después, utilizaba a diario para ir a la fábrica. Recuerdo que el mayor de ellos, que tendría seis años, me dijo que no la podíamos tocar, pero yo me monté en ella y empecé a dar vueltas alrededor de la mesa, sin que nadie me dijese nada, paré junto a los niños y les dije que se subieran, uno en el manillar y otro en la parrilla, y lo hicieron, porque me apoyé en la pared de una casa, para que pudieran subir.

Yo no podía sentarme en el sillín porque este estaba muy alto, acoplado para la estatura de un hombre. Pero, de alguna manera, gracias a la inercia, íbamos avanzando, aunque yo no podía controlar exactamente nuestra dirección y, por tanto, íbamos dando bandazos en un inquietante zigzag por el camino de tierra. Ya no se oían las voces de los grandes y los pocos mayores que nos veían avanzar nos miraban con una mezcla de sorpresa de desaprobación, alguno gritó: “¡Niños, parad ya, que os vais a lastimar!”, pero yo seguía, dando de vez en cuando a los pedales, por la cuesta abajo que llevaba al río. Los niños iban riendo ruidosamente a carcajadas como si estuviesen montando en la montaña rusa.

La cuesta era tan empinada que yo no podía ya controlar la velocidad y tenía miedo de que, al frenar, nos cayésemos, así que seguimos bajando embalados, para su deleite y mi preocupación, hasta que la rueda delantera chocó con una piedra y los tres volamos por los aires mientras la bicicleta caía estruendosamente al río. Yo sentí como mi rodilla y mi antebrazo derecho se restregaban por la tierra seca. Hubo un momento de absoluto silencio, roto por el llanto del más pequeño de los hermanos y los gritos del mayor. Yo me incorporé y miré a mi alrededor. Parecía una imagen de guerra con dos heridos y el manillar de la bicicleta sobresaliendo a unos metros de la orilla.

Sobre mí cayeron entonces todas amonestaciones venideras, todas las maldiciones, los castigos, las broncas. Podía ver la ira en los ojos de todos los invitados, el gesto serio de mi padre, la preocupación de los padres de los niños, que aun yacían en el suelo entre sollozos. Lo peor no eran mis heridas, sino el saber que, de ahora en adelante, me tocaría ser el niño malo, el malintencionado, el desobediente, el causante del dolor de otros. Y, además, la bicicleta. El medio de transporte de un obrero que yo, niño mimado y maleducado había utilizado para cometer un acto de gamberrismo. Pensaba yo.

Me acerqué primero al pequeño y le pregunté cómo estaba, pero el solo decía “ay, ay” y se tocaba la oreja, roja como la mejilla y sucia de sangre y tierra. Se levantó y pude ver con mucho alivio, que podía andar. El mayor ya estaba de pie y se sujetaba el antebrazo derecho con la mano izquierda y en toda su cara se reflejaba el dolor, aunque no lloraba ni gemía. Me miraba como atónito, cómo esperando que yo pudiera solucionar su problema. Yo me apresuré a tratar de sacar la bicicleta del río.

Pensaba que no iba a poder, porque la corriente hacía que mis esfuerzos no bastasen para arrastrarla a la orilla. Entré al río con mis zapatos nuevos y los calcetines largos. Me llegaba el agua a la ingle. Oía al pequeño gritar: “¡mamá, mamá!” y eso no me ayudaba nada en mis esfuerzos. Al fin, tras unos minutos que parecieron eternos, pude sacar con muchos esfuerzos la bicicleta. Ya fuera del agua, constaté que la cadena se había salido y uno de los pedales parecía esta doblado, así como el manillar.

Pregunté a mis acompañantes que si podían andar. El pequeño ya corría cuesta arriba gritando a viva voz, llamando a su madre. El grande venía conmigo y me miraba de una forma que a mí me resultaba acusadora, con su antebrazo pegado al cuerpo, un poco encorvado, con lágrimas en los ojos. A mí ya me dolían las raspaduras, pero era lo que menos me importaba, mientras chapoteaba con mis zapatos y calcetines encharcados, subiendo lentamente la cuesta, tratando que el camino durase una eternidad, hasta llegar a el lugar de la fiesta.

Cuando entramos a la plazoleta donde estaban reunidos, reinaba un silencio que los clamores de la madre de los niños rompían con exclamaciones: “¡Díos mío, mi hijo ¿Qué os ha pasado?” – “¡Mira la carita, ¡cómo la trae el pobre, toda ensangrentada!” – Ya llegábamos rezagados, el mayor y yo. Todos los ojos iban del pequeño, al que miraban con atención, mientras se acercaban a ver su brazo, y a mí, que me miraban con desaprobación, moviendo las cabezas como diciendo. “Este niño… ¡qué malo es!”.  Algún hombre me miraba de una manera como nunca me habían mirado, no como a un niño, sino como a un enemigo, como a alguien que se le debía dar un buen tortazo. Y, mi padre se había levantado de la silla y venía hacia mí. Las rodillas me flaqueaban, sentía un calor intenso en la cara, como si estuviese ardiendo, comprendo porque se dice “caérsele a uno la cara de vergüenza”. A mí, no se me cayó la cara, pero me ardía.

El dueño de la bicicleta, que era el anfitrión, se acercó a nosotros, primero a su hijo, le miró el brazo, le acarició la cabeza y le dijo: “! eso no es nada, hombre!”, y se volvió a mí con un gesto que era a la vez amable y a la vez de ligero reproche y me dijo: “Martín, qué cosas se te ocurren” – “No ha pasado nada, ya está,  esta bici es indestructible”.

A mí, me lavaron las heridas y me pusieron alcohol, que dolía un montón, y mercromina.  Al pequeño se lo llevó su abuela al interior de la casa. Un médico que vivía cerca miró el brazo del niño grande y dijo que era solo un golpe sin importancia. Mi padre no me dijo nada en toda la tarde y yo pasé de ser el centro de las preguntas y las atenciones de los mayores, a ser un mueble invisible, hasta que llegó el momento de regresar a casa. Ya en el autobús, mi padre me dijo: “Bueno, hijo. ¿Has aprendido algo hoy? Y yo le miré, pensando en el miedo que había pasado, la vergüenza y el arrepentimiento y eso es lo que recordé ayer, viendo esa antigua bicicleta indestructible.