Desde el día en que decidí entregarme de cuerpo y alma a la educación, aun siendo yo joven con mucha lectura por delante y con más ganas que herramientas, pensé que lo más importante que yo podía aportar a mis alumnos era la conciencia de encontrarse en medio de un proceso civilizatorio, del que ellos formaban parte como agentes. Para esto me basaba yo en los estudios de Norbert Elias, historiador y sociólogo, que estudió el proceso de civilización. Su obra más conocida, El proceso de la civilización[1], publicada originalmente en 1939, analiza cómo, a lo largo de siglos, las sociedades europeas fueron desarrollando normas de comportamiento cada vez más contenidas: autocontrol, modales, regulación de la violencia, vergüenza, pudor, etc.
La idea central de Elias es que la civilización no es solo progreso técnico, sino que resulta en un mayor autocontrol individual, monopolio de la violencia por el Estado, refinamiento de las costumbres, interiorización de normas sociales. Estudia por ejemplo cómo se empezó a usar el tenedor, cómo cambiaron las normas sobre escupir, cómo se consiguió el control de los impulsos agresivos y la regulación del cuerpo y la sexualidad.
Según Elias, todo esto forma parte de un proceso largo de civilización, en el que la sociedad exige a los individuos un mayor control de sí mismos. Pero, constataba Elias, ese proceso no era irreversible. Las sociedades podían retroceder, entrar en lo que él llamó procesos de descivilización. Según Elias, la civilización implica autocontrol y reducción de la violencia, pero ese equilibrio puede romperse de muchas maneras. Por ejemplo, el Estado puede perder el monopolio de la violencia, las normas sociales pueden debilitarse, la agresividad puede volver a aparecer públicamente.
El ponía como ejemplo el ascenso del nazismo, la violencia política del siglo XX, las guerras civiles, colapsos institucionales. Su idea central era muy clara: la civilización no es una línea ascendente garantizada, sino un equilibrio frágil. Cuando ese equilibrio se rompe, aumenta la violencia verbal y física, se degradan las normas de convivencia, se polariza la sociedad, aparece el miedo, se debilita el autocontrol colectivo. Eso es lo que él llamaba recesión del proceso civilizatorio o descivilización. El proceso de civilización puede avanzar durante siglos y retroceder en pocas décadas. Y yo, releo su obra y constato la actual polarización política, la brutalización del lenguaje público, las guerras prolongadas y las crisis de instituciones democráticas y veo venir un proceso de descivilización con todos sus signos.
Se pueden señalar ejemplos actuales en varios ámbitos, como síntomas posibles de ese proceso. Empezando por la polarización política, en Estados Unidos, la política se ha convertido en un enfrentamiento identitario muy duro desde la presidencia de Donald Trump, con desconfianza mutua entre bloques y dificultad para aceptar resultados electorales. En varios países europeos entre los que se encuentran tanto España como Suecia, el crecimiento simultáneo de fuerzas muy enfrentadas ideológicamente ha reducido el espacio de consenso parlamentario.
En redes sociales, los adversarios políticos se convierten en “enemigos” más que en interlocutores. El que se detenga a analizar los programas más populares de televisión, puede constatar que, tanto los programas de carácter político como los llamados reality, se construyen deliberadamente sobre tensiones, alianzas y conflictos entre participantes. Estos programas funcionan con una lógica muy concreta, que se basa en simplificar posiciones, exagerar diferencias, constantes interrupciones, premiar las frases contundentes y dramatizar el conflicto. Desde la perspectiva del “proceso de descivilización” de Norbert Elias, este tipo de formatos contribuyen a normalizar el lenguaje agresivo, la descalificación personal, la política como enfrentamiento y la imposibilidad de matices.
La popularidad política de Donald Trump se construyó mucho antes de su entrada formal en política, gracias al programa de televisión The Apprentice, emitido desde 2004. En ese programa, Trump aparecía como un empresario poderoso que evaluaba a los participantes y decidía quién seguía y quién era expulsado con su famosa frase: “You’re fired”. Esa imagen televisiva tuvo varios efectos que luego se trasladaron a su carrera política. El formato mostraba a Trump tomando decisiones rápidas, castigando errores y premiando la lealtad. Eso creó la percepción de un líder fuerte, directo y eficaz, algo que luego se convirtió en eje de su discurso político.
El formato mostraba a Trump tomando decisiones rápidas, castigando errores y premiando la lealtad. Se creaba la imagen de un líder fuerte, directo y eficaz, algo que luego se convirtió en eje de su discurso político. Millones de espectadores lo conocieron como una figura televisiva familiar. Cuando se presentó a las elecciones, ya era un personaje conocido, con una identidad clara. Y, el programa en sí, promovía rivalidades entre participantes que llevaban a humillaciones televisadas y dramatización del conflicto. El mismo estilo que Trump trasladó a la política con apodos para adversarios, descalificaciones directas, confrontación constante y simplificación de debates complejos
Muchos espectadores asumieron que el Trump televisivo era el Trump real, un gestor eficaz que “despedía incompetentes”. Esa narrativa funcionó políticamente: “dirigir el país como una empresa”. Parece que en gran parte Trump sigue metido en el personaje, echando a la calle a sus colaboradores, poniendo motes a líderes internacionales que no sean de su agrado y ridiculizando a todo al que pueda. Recordemos las escenas de humillación en público vividas con Selensky.
Y, volviendo a mi temprana intención de contribuir con mi esfuerzo al proceso civilizatorio que proporciona la escuela, leo hoy en el periódico local[2] que un joven político moderado, que a su vez es doctorando en historia, propone que la escuela sueca debería integrar en su currículo una asignatura de la empatía. Aquí tengo que decir que yo, desde hace ya más de 40 años llevo enseñando empatía, sin llamarle así, porque me parece que la empatía se debe enseñar en todas las asignaturas.
Este joven político Rasmus Törnblom pone como ejemplo la escuela danesa, y aprovecha para darnos a los liberales una patadita bajo la mesa: “En Dinamarca la empatía está en el horario escolar. También debería estarlo en Lund. La política educativa que con frecuencia han impulsado los gobiernos burgueses con ministros de educación del Partido Liberal no pocas veces se ha caracterizado por mano dura y disciplina. La convicción de los Moderados es que eso no basta. Los niños necesitan aprender más sobre valores, y la sociedad necesita más empatía, comunidad y responsabilidad.”
Busco en la red y encuentro esto: “En Dinamarca, los niños de entre 6 y 16 años participan en una clase semanal única llamada «la hora de la clase». A diferencia de la enseñanza tradicional, que se centra en exámenes y calificaciones, esta hora está dedicada a fomentar la amabilidad, la empatía y una comprensión más profunda de los demás. Los niños se sientan juntos en un espacio seguro donde pueden hablar abiertamente sobre sus sentimientos, escucharse unos a otros y discutir cómo pueden resolver pequeños problemas antes de que se conviertan en mayores. Esta iniciativa anima a los niños a reflexionar sobre sus acciones y a aprender cómo afectan a los demás, lo que contribuye a crear una comunidad más inclusiva y compasiva.”[3] – Sí, bueno, ¿y qué? No hay nada nuevo en eso, de verdad. El mismo Rasmus ha crecido en una escuela en donde “klassens timme” (la hora de la clase) o “mentors tiden” (la hora del mentor) era algo obligatorio, sin contenido, que había que llenar con algo, muy variado y casi siempre superfluo por no decir innecesario.
La empatía, creo yo, hay que entrenarla en todas las asignaturas, porque la empatía es la capacidad de comprender y, en cierta medida, compartir lo que otra persona siente o piensa. No significa necesariamente estar de acuerdo con el otro, sino ser capaz de ponerse en su lugar y reconocer su experiencia emocional o su perspectiva. En un sentido más completo, la empatía tiene tres dimensiones: la empatía cognitiva, que nos permite entender lo que otra persona puede estar pensando o sintiendo; la empatía emocional, que nos hace percibir o resonar con las emociones del otro y, finalmente, la empatía social o compasiva, que nos lleva a actuar de forma que tenga en cuenta el bienestar del otro.
Enseñar empatía no es ni debe de ser una asignatura aislada con definiciones, sino una práctica que atraviesa toda la vida escolar: la forma en que se habla, se escucha y se convive. En clase, la empatía la enseñaba yo mediante la escucha activa de los estudiantes. Yo tuve que aprender a escuchar sin interrumpir, sin ridiculizar y tratando de comprender el punto de vista del otro. Esta práctica requiere ejercicios de diálogo donde el alumno debe repetir o resumir lo que ha entendido del compañero. Esto estaba siempre presente.
Pero no basta con dialogar, hay que ayudar a los estudiantes a identificar emociones propias y ajenas: tristeza, alegría, frustración, miedo, y se trabaja con historias, situaciones cotidianas o literatura, mucha literatura. Con suerte, se consigue que el estudiante pueda ver una situación desde otro punto de vista: por ejemplo, cómo se siente alguien que es excluido, o cómo interpreta un conflicto otra persona implicada. Hay que enseñar a dialogar, negociar y buscar soluciones que tengan en cuenta a todas las partes, creando un entorno donde la diferencia no sea motivo de burla o exclusión, sino de aprendizaje. Esto incluye el lenguaje que se usa en el aula y la forma en que el profesor interviene.
Si conseguimos ser constantes y consecuentes en nuestra labor educativa, conseguiremos mostrar que las acciones propias tienen consecuencias en otros, desde lo cotidiano en el aula hasta la vida en comunidad. Eso deja huella para siempre, eso no se olvida. Por tanto, le digo a Rasmus que no necesitamos una asignatura, que ya se da, aunque con otros nombres y que lo que verdaderamente sería necesario, sería el que todos los profesores fueran conscientes que la empatía se enseña en la práctica, en el día a día del trabajo en la escuela, en el liceo, en la universidad.
Creo que este político moderado, quizás por su juventud, no tiene una perspectiva generacional lo suficientemente desarrollada como para hacer un buen análisis de la llamada generación Z, que es la que tenemos enfrente. La generación Z ha vivido desde muy temprano en un mundo totalmente digital, donde la identidad, la opinión y la vida social están mediadas por pantallas. Tienen una nueva forma de relacionarse, de informarse y también de discutir, que nada tiene que ver con la de mi generación, ni si quiera con la de Rasmus Törnblom, nacido en 1990 y por tanto pertenece a los Millenials o Gen Y, una generación “bisagra” que creció con la transición digital y que en parte recuerdan un mundo sin internet móvil y vivieron el paso de los SMS, los foros y los primeros smartphones.
La conversación en la generación Z ya no ocurre solo en el aula, la familia o el trabajo, sino en espacios abiertos, rápidos y muy expuestos como las redes sociales. Allí todo se acelera y se simplifica, y eso influye en cómo se forman las ideas.
También es una generación que ha crecido en un contexto de crisis encadenadas: crisis económica, incertidumbre laboral, pandemia, cambio climático como horizonte constante. Esa sensación de inestabilidad genera, en muchos casos, tanto compromiso como escepticismo. Compromiso en forma de sensibilidad hacia ciertos temas sociales, pero también escepticismo hacia instituciones, partidos o discursos tradicionales.
A la vez, es una generación más diversa internamente que las anteriores. Conviven con naturalidad posiciones muy progresistas con otras claramente críticas del progresismo cultural dominante de la última década. Por eso a veces se percibe contradicción: en realidad es pluralidad, y también reacción.
Lo que está pasando en muchos países y que a veces nos lleva a pensar que esta generación a salido reaccionaria, a pesar de todos los esfuerzos realizados para hacerla progresista es que, una parte de la generación Z mantiene posiciones progresistas clásicas, como la igualdad de género, derechos LGTB, clima, etc., mientras otra parte está reaccionando contra lo que percibe como excesos del “woke”, y lo que considera un lenguaje demasiado regulado, corrección política, identidades muy fragmentadas o moralización constante de la vida pública. Esa segunda parte a veces se describe como “post-woke”, “crítica con el progresismo” o incluso “culturalmente conservadora”, aunque no siempre lo sea en economía u otros temas. Todo esto nos crea una impresión de cambio generacional, pero en realidad es más bien un conflicto cultural dentro de la misma generación y también un reflejo de debates más amplios en toda la sociedad.
Así que, volviendo a Elias, yo diría que, tenemos muestras y pruebas de que estamos en un momento de descivilización liderado por actores relevantes de la política internacional. Podría citar tantas frases esperpénticas dichas ante micrófonos que no acabaría nunca, pero, no es un problema global, ni generacional, es un problema puntual.
La idea de “descivilización” suele aparecer cuando se pierde la perspectiva histórica y se confunde el conflicto visible con un colapso global. Pero la civilización es un proceso irregular, lleno de tensiones, avances y retrocesos parciales. En ese sentido, puede haber momentos políticos inquietantes sin que eso implique un derrumbe civilizatorio, y al mismo tiempo puede haber transformaciones profundas, a menudo silenciosas, que sí están reconfigurando el futuro de forma más duradera que cualquier discurso coyuntural.
También es cierto que las épocas de tensión política, polarización o lenguaje extremo tienden a generar la sensación de crisis total. Pero esa sensación suele ser engañosa. Convive con avances tecnológicos, con mejoras en salud, con mayor acceso a educación y con nuevas formas de conciencia social que, en muchos casos, son impulsadas precisamente por las generaciones más jóvenes.
Por eso mi confianza en las nuevas generaciones tiene un fundamento razonable. Cada generación ha sido criticada por la anterior, falta de valores, superficialidad, exceso de individualismo etc. y, sin embargo, la continuidad histórica ha dependido siempre de que los jóvenes reinterpreten el mundo, no de que lo repitan. No hay que cargarles con soflamas, hay simplemente que educarles en autentica empatía.
[1] https://archive.org/details/norbert-elias-el-proceso-de-la-civilizacion/page/12/mode/2up
[2] https://www.sydsvenskan.se/opinion/moderaterna-i-lund-tuffa-tag-och-disciplin-racker-inte/
[3] https://indepnews.org/nb/danmark-far-ukentlig-undervisning-i-empati/
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