Me atrevo a decir que entre el 20 y el 30% de los europeos tienen simpatías xenófobas. Muchos lo negarán y me preguntarán de dónde saco yo esas conclusiones. Yo admito que esa xenofobia no es uniforme y depende mucho del país y de cómo se mida esa supuesta xenofobia, que no es otra cosa que el rechazo, miedo u hostilidad hacia personas consideradas extranjeras o diferentes por su origen nacional, cultural, étnico o religioso. No se limita al odio abierto, sino que también puede manifestarse como desconfianza, prejuicios o deseo de excluir. Puede aparecer cuando se cree que los extranjeros son una amenaza para el trabajo o la cultura, cuando se rechaza que vivan en el mismo barrio o país, cuando se trata peor a alguien por su origen o cuando se hacen generalizaciones negativas sobre grupos enteros. La xenofobia no siempre es violenta; a menudo se expresa como actitudes y estereotipos, rechazo social a convivir, apoyo a políticas de exclusión o la idea de que otras culturas son inferiores. Tampoco es exactamente lo mismo que el racismo, que suele basarse en rasgos físicos, ni que el nacionalismo, que no siempre implica rechazo al extranjero, ni que la crítica a políticas migratorias, que puede existir sin xenofobia.

Hay que aclarar que la xenofobia, entendida como actitud social de rechazo cultural y emocional hacia el extranjero, se dirige sobre todo hacia el extranjero pobre o vulnerable, porque es el que se percibe como cercano, competitivo y visible en la vida diaria. No es que no se encuentre rechazo al extranjero rico, pero es algo completamente distinto, que puede depender de interés económico, competencia entre élites, regulaciones de inversión o incluso tensiones políticas, pero no el mismo tipo de rechazo social basado en miedo, estigmatización o disminución del otro.

 Muchas investigaciones coinciden en que existe una minoría significativa con actitudes claramente negativas, que suele situarse aproximadamente entre una quinta y un tercio de la población. Por ejemplo, análisis basados en la European Social Survey y recopilados por la OECD[1] muestran que las opiniones europeas se distribuyen normalmente en tres grupos: una minoría con posturas restrictivas hacia la inmigración, un grupo intermedio ambivalente y otro claramente favorable, con grandes diferencias entre países y periodos.

Además, un estudio comparativo publicado en la revista académica Comparative Migration Studies[2] que analiza datos entre 1990 y 2017 encuentra que las actitudes negativas hacia inmigrantes y musulmanes existen en prácticamente todos los países europeos, pero con variaciones importantes: en Europa occidental han disminuido en promedio, mientras que en Europa oriental han aumentado de forma significativa.

Otros trabajos basados en 15 países europeos también muestran que las “actitudes desfavorables hacia inmigrantes” constituyen un bloque claro de opinión dentro de la población, y que su tamaño varía según el país y el momento, lo que refuerza la idea de una minoría relevante pero no mayoritaria[3].

Un dato interesante es que las investigaciones muestran que Europa no está simplemente dividida entre “xenófobos” y “no xenófobos”, sino que la mayoría se sitúa en posiciones intermedias y ambivalentes; además, las actitudes cambian con el tiempo y pueden incluso moverse en direcciones opuestas entre Europa occidental y oriental. Pero, ¿podríamos decir que la xenofobia es algo natural, a lo que deberíamos acostumbrarnos y tener en cuenta, cuando planificamos cualquier tipo de inmigración? ¿Deberíamos pensar que la inmigración es importante que se mantenga en cifras asumibles, para no despertar la xenofobia?

Mi amigo Torsten Malmberg, desgraciadamente ya fallecido, escribía sobre estas cuestiones en su libro “Territoriality”, 1980. Malmberg sostenía que la territorialidad es una necesidad humana básica, comparable a la de muchos animales, y que influye profundamente en la identidad, la seguridad y la organización social. Malmberg explica que las personas no solo habitan espacios físicos, sino que desarrollan vínculos emocionales con la vivienda, el barrio, la ciudad o el país, y que estos territorios proporcionan estabilidad psicológica y sentido de pertenencia. Cuando esos espacios se pierden o cambian rápidamente, por migraciones, urbanización acelerada o transformaciones sociales, surgen inseguridades que pueden traducirse en conflictos sociales, segregación o actitudes defensivas frente a quienes llegan de fuera. Malmberg subrayaba que muchos fenómenos políticos, como el nacionalismo, los conflictos urbanos o la xenofobia, tienen una dimensión territorial ligada al miedo a perder control sobre el propio espacio.

Al mismo tiempo, advertía Torsten Malmberg que es importante saber que la sociedad moderna debilita las territorialidades tradicionales mediante la movilidad y la mezcla cultural, lo que obliga a construir nuevas formas de pertenencia más abiertas. Su conclusión era que la convivencia en sociedades complejas depende de equilibrar la necesidad humana de arraigo con espacios compartidos que eviten guetos y favorezcan la integración, de modo que la territorialidad no se convierta en exclusión sino en una base para una comunidad más amplia. Una buena forma de conseguirlo, le dije yo una vez, es por el deporte, concretamente el fútbol, y yo ponía el Barcelona como ejemplo. La identidad culé suplía y suple a veces la integración lingüística. Nos queda mucho que hacer, pero debemos contribuir todos como podamos, para conseguir un mundo más justo para todos, sean de donde sean.

Lo del deporte no es tan sencillo, tampoco, porque, a la vez que puede funcionar como crisol, canaliza la expresión de racismo y rechazo. De eso último tenemos pruebas en casi todos los partidos de fútbol en los que aparecen jugadores de otras etnias. En la actualidad se está despertando una de las más odiosas formas de xenofobia, el antisemitismo. Es una nueva forma de antisemitismo que parece como si quisiera mostrar una tendencia “light”, aunque en realidad me recuerda mucho antiguas formas de odio a lo judío. El antisemitismo histórico y el moderno se diferencian naturalmente sobre todo en sus formas, su lenguaje y el contexto en el que aparece, aunque ambos comparten la misma base de prejuicio y hostilidad hacia los judíos como grupo.

Históricamente, el antisemitismo en Europa fue principalmente religioso en la Edad Media, donde los judíos eran acusados de rechazar a Cristo o de ser responsables de distintos males sociales, y más tarde se transformó en un antisemitismo racial en los siglos XIX y XX, especialmente con el nazismo, que lo convirtió en una ideología pseudocientífica de “raza” y culminó en el Holocausto. Este antisemitismo clásico fue abierto, institucionalizado en muchos casos por el Estado, en Suecia por ejemplo, y acompañado de segregación legal, expulsiones y violencia sistemática.

En cambio, el antisemitismo moderno, tal como lo describen organismos como la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA) o estudios del European Union Agency for Fundamental Rights, no ha desaparecido, sino que ha tendido a adaptarse a un entorno donde el rechazo explícito es socialmente inaceptable en muchos países. Por ello, suele expresarse de forma más indirecta o codificada: a través de estereotipos sobre “élites globales”, “poder financiero” o teorías de conspiración, o en algunos casos mediante la deslegitimación sistemática de los judíos como colectivo bajo el lenguaje del debate político. Informes de la Anti-Defamation League y del European Monitoring Centre on Racism and Xenophobia (y su sucesor FRA) han documentado también un aumento de incidentes antisemitas en determinados contextos de tensión social o política en las últimas décadas.

La diferencia clave, según estos estudios, no es la desaparición del fenómeno sino su transformación: el antisemitismo histórico era más explícito, religioso o racial y a menudo respaldado por el Estado, mientras que el antisemitismo moderno tiende a ser más implícito, simbólico o disfrazado de discurso político o conspirativo, aunque sus efectos sociales pueden seguir siendo igualmente dañinos. La actual guerra en la que se enfrenta Israel a palestinos y libaneses, en su lucha contra las organizaciones que tratan de destruir su estado, está llevando a muchos grupos, que no se habían declarado antes como xenófobos, a ser abiertamente antisemitas. Esto es sin duda un gran problema, que trataré de seguir analizando en próximas entradas.  


[1] https://www.oecd.org/en/publications/how-do-europeans-differ-in-their-attitudes-to-immigration_0adf9e55-en.html?utm_source=chatgpt.com

[2] https://link.springer.com/article/10.1186/s40878-021-00266-w?utm_source=chatgpt.com

[3] https://academic.oup.com/eurpub/article/32/2/220/6489388?utm_source=chatgpt.com&login=false