Hoy es Valborg, una de esas fechas en las que el calendario abre una ventana hacia algo muy antiguo. En Lund, ciudad de estudiantes y de tradiciones largas, el día adquiere un pulso especial, ancestral, casi ritual. Y si, como hoy, el sol nos acompaña, la imagen es bella y el pulso se acelera hasta en los más veteranos, esos que lucimos gorras amarillentas por los años, como símbolo de nuestra condición de estudiantes. Y yo, busco mi gorra y no la encuentro; ¡qué fatalidad! Tendré que ir sin ella y me sentiré extraño. Pero, ¡qué va! Yo no tengo gorra, porque en España no tenemos esas tradiciones, pero un poco de envidia sí que me da. Perdonad la broma, pero, en serio, me siento un poco “fuera” sin gorra, en este mar blanco y uniforme.

Desde temprano, las calles comienzan a llenarse de jóvenes que, con sus gorras blancas que simbolizan el tránsito hacia la vida adulta, celebran no solo la llegada de la primavera, sino también una forma de pertenencia. No es únicamente una fiesta: es un gesto colectivo, una afirmación de comunidad en una ciudad que vive al ritmo de su universidad, la Universidad de Lund.

En los parques, especialmente en Stadsparken, se extienden mantas, se comparten comidas sencillas, risas, canciones. Hay algo profundamente humano en esta ocupación del espacio público, en esta manera de hacer del césped un lugar de encuentro. No todo es orden, por supuesto; la celebración tiene también su lado caótico, a veces excesivo, cercano a la bacanal, pero incluso en ello se percibe una energía vital que difícilmente puede reprimirse sin perder algo esencial.

Por la tarde, cuando las hogueras se encienden, el simbolismo se hace más evidente. El fuego, que en otros tiempos servía para ahuyentar los espíritus del invierno, sigue convocando a la gente. No importa que ya no creamos en esos espíritus: seguimos necesitando marcar el paso de las estaciones, recordar que la luz regresa, que el frío cede, que la vida insiste.

Para los estudiantes, Valborg es también un umbral. Muchos están a punto de terminar sus estudios; otros apenas comienzan su camino. En ese sentido, la celebración contiene una doble dimensión: es despedida y bienvenida, fin y comienzo. Quizá por eso se vive con tanta intensidad. Y para quien observa, como uno lo hace con los años, hay algo conmovedor en este ritual repetido. Las generaciones cambian, los rostros son otros, pero la escena permanece: jóvenes celebrando la primavera en una ciudad que, por unas horas, parece pertenecerles por completo.