En medio de una urbe de 130 000 habitantes, una pequeña ciudad-jardín como la nuestra, es como un pueblo, con 78 casitas y otras tantas familias. Como si de un pueblo se tratara, nos organizamos en un régimen democrático, con asambleas, elecciones y un desarrollo de las funciones de la comunidad, dividido en diferentes sectores de responsabilidad. Todo está planificado de forma que, en el caso de alguno de estos sectores de responsabilidad no funcionase, se notaría en muy pocos días.

Como en todas las comunidades, no todos los habitantes de la ciudad-jardín se involucran en su funcionamiento, muchos se conforman con pagar sus cuotas, quizás porque se sienten bien representados y prefieren dedicarse a sus asuntos. Los que nos ocupamos de las funciones necesarias para la comunidad, hemos sido elegidos por los que participan de forma activa en la asamblea anual, que son los mismos que participan en los trabajos colectivos, reuniones y actividades varias, que organizamos durante todo el año.

Es interesante ver como la sociedad, en este caso la sueca, esta formada por cientos o miles de organizaciones como la nuestra, asociaciones de todo tipo, que forman el entramado democrático que es la base de nuestra sociedad. Se dice, un poco en broma, que donde hay dos suecos, hay una asociación; donde hay tres, una asociación con tesorero, y es que q Suecia ha sido durante mucho tiempo uno de los países con mayor participación en asociaciones voluntarias. Clubes deportivos, coros, asociaciones culturales, sindicatos, organizaciones de vecinos, movimientos juveniles, asociaciones de jubilados, cooperativas, sociedades de estudio o asociaciones de ciudad-jardín como la nuestra, forman parte de una tradición muy arraigada. No es casualidad que gran parte de la vida democrática sueca se haya construido a través de estas organizaciones.

El dicho tiene un tono humorístico, pero apunta a una realidad histórica, que cuando los suecos detectan un interés común, tienden a organizarse, redactar unos estatutos, elegir una junta directiva y celebrar una asamblea anual. Para muchos observadores extranjeros, resulta llamativa esa inclinación a institucionalizar incluso actividades que en otros países permanecerían informales.

Desde mi perspectiva, a caballo entre la península Ibérica y la escandinava, encuentro cierta similitud con la forma en que Cataluña también ha desarrollado esa tradición asociativa. En Cataluña, desde el siglo XIX el asociacionismo estaba vinculado a los ateneos, cooperativas, corales, sociedades excursionistas, casinos, mutualidades obreras y entidades culturales. Muchas de estas organizaciones nacieron de la iniciativa de la sociedad civil, a menudo con poca ayuda del Estado, y se convirtieron en espacios de educación, cultura, debate político y solidaridad. Instituciones como los ateneos populares o las asociaciones corales impulsadas por Josep Anselm Clavé son ejemplos clásicos de este fenómeno.

En Suecia, el movimiento asociativo también adquirió una enorme importancia, pero estuvo más ligado a los llamados folkrörelser (movimientos populares): sindicatos, iglesias libres, movimientos de reforma moral y lucha contra el alcoholismo, asociaciones deportivas, organizaciones de estudio y asociaciones locales, como las “byalag”, asociaciones de defensa del entorno local en interlocución con el municipio, parecidas a nuestra propia organización. Estas organizaciones desempeñaron un papel fundamental en la construcción de la democracia sueca y del Estado del bienestar. Formaron y siguen formando un tejido fuerte capaz de soportar por si sola la idea democrática de la nación.

En cifras, Suecia tiene aproximadamente 260 000 asociaciones de todo tipo para unos 10,7 millones de habitantes (24,3 asociaciones por 1.000 h), Cataluña tiene unas 75 000 asociaciones para 8 millones de habitantes (9,4 asociaciones por 1.000 h), España en su totalidad 250 000 asociaciones para 49 millones habitantes (5,1 asociaciones por 1.000 h). Todo según las cifras presentadas por, en el caso de Suecia SCB (Statistiska Centralbyrån), Cataluña (Registre d’Entitats Jurídiques) y España (Registro Nacional de Organizaciones, Ministerio del Interior). Las cifras son útiles para ver órdenes de magnitud, pero no permiten una comparación matemática perfecta. Lo que sí nos permiten es constatar que Suecia tiene un tejido asociativo más intensamente estructurado y mejor integrado estadísticamente, mientras España y Cataluña presentan una gran densidad asociativa, pero con mayor fragmentación administrativa.

Estas cifras, con todas sus limitaciones, apuntan a una idea que va mucho más allá de la estadística, y nos muestra que hay sociedades donde la vida colectiva se organiza de forma natural en asociaciones estables, y otras donde esa energía social se distribuye en una constelación más dispersa de iniciativas. Entre ambas formas no hay superioridad, sino distintas maneras de institucionalizar la confianza entre ciudadanos.

Y aquí aparece el vínculo con la cuestión de la verdad. Porque la verdad, en una sociedad moderna, rara vez se presenta de forma individual y aislada, sino que se construye, o se erosiona, en espacios intermedios, en asociaciones, periódicos, redes, ateneos, sindicatos, movimientos culturales. Es en esa trama donde una sociedad aprende a discutir, a discrepar y, en el mejor de los casos, a reconocerse en la diferencia.

Quizá por eso los medios de comunicación nunca han sido simples transmisores neutrales de información. Desde sus orígenes han funcionado como prolongaciones de esa esfera asociativa de la sociedad, lugares donde las ideas se ordenan, se confrontan y se convierten en corrientes reconocibles de opinión. En cierto sentido, el periodismo moderno no surge al margen de la vida asociativa, sino dentro de ella, como una de sus expresiones más influyentes.

Visto así, la pregunta por la verdad deja de ser abstracta. No se trata solo de distinguir entre lo verdadero y lo falso, sino de entender en qué estructuras sociales se produce lo que cada época reconoce como verdad. Y ahí, quizá, la densidad asociativa de una sociedad no sea un dato menor, ya que, allí donde los ciudadanos se organizan, debaten y se escuchan, la verdad no es una propiedad fija, sino un proceso compartido.