Mi ciudad se transforma completamente, cuando la temperatura rebasa los treinta grados. Ese cambio es más tangible cuando las altas temperaturas y la falta de lluvia dura semanas, como esta ocurriendo estas últimas semanas. Llovió por última vez el 11 de junio y hoy escribimos como fecha el 26, más de dos semanas sin llover. Vosotros que me leéis desde España, Italia, Turquía y otros países meridionales, pensaréis que esto es normal y que este tema que elijo hoy no tiene mucho recorrido. Además, pensaréis, fenómenos atmosféricos más estrambóticos hemos vivido todos, como para alarmarse por un periodo de buenas temperaturas en el sur de Suecia.
Ayer estuve de visita en otra ciudad jardín, felicitando a una colega y amiga que recientemente ha pasado a la clase privilegiada a la que yo pertenezco, hace ya siete años. No es que ni ella ni yo, ni mi suegra que me acompañaba, ni su marido, hubiéramos elegido voluntariamente el obligatorio paso a las clases pasivas, pero así es la vida. Docentes los cuatro, felices por la elección de nuestra actividad vital, nos vemos aquí, medio atolondrados por un ocio que no hemos reclamado. En fin, esos es otra entrada, ahora voy a escribir un poco sobre este calor que invade nuestra cotidianidad.
Hemos dormido con las ventanas y el balcón abiertos, casi de par en par, y escribo con las persianas bajadas, y tengo la camisa pegada al cuerpo. Le Monde esta lleno de artículos y noticias que consideran esta ola de calor como una gran catástrofe nacional. El País no tiene la canícula como portada, pero lleva un artículo de Manuel Planelles con un título muy radical: “No es el calor de siempre, es el cambio climático: la ola que achicharra Europa habría sido imposible hace solo 50 años” – The Guardian se basa en estudios de la World Wether Attribution, para constatar que esta ola de calor es debida al cambio climático, y resalta la decisión del gobierno francés de prohibir la venta de bebidas alcohólicas, que ya es remarcable, para evitar males mayores.
Bajo el parasol, intentábamos ayer recordar algo parecido y encontrábamos similitudes, pero, Giuseppe, el marido de mi amiga Lissi, recordaba que, aunque hiciese mucho calor en Sicilia, uno podía viajar al norte y siempre encontraba clima más fresco. Yo, contaba como nosotros en España usábamos el escape del Cantábrico para huir del calor. Ahora ya no es posible escapar, ni siquiera Bilbao se libra de un calor infernal, que ahuyenta a sus habitantes y visitantes a permanecer encerrados en recintos refrigerados, calles desiertas, césped amarillento.
El inframundo de Hades era para los antiguos griegos un reino sombrío, frío en el sentido de la ausencia de vida y luz, donde habitaban las sombras de los muertos. Dentro de ese reino existía el Tártaro, donde algunos grandes criminales sufrían castigos eternos, y allí aparecen imágenes de ríos de fuego y tormentos. Esa asociación entre infierno y fuego se hizo mucho más fuerte en el cristianismo, influida también por la imagen de la Gehenna hebrea, un lugar relacionado simbólicamente con el fuego y el castigo, que pasó a identificarse con el infernum en la tradición cristiana, desarrollando la imagen del infierno como un lugar de fuego eterno.
No es de extrañar, porque la canícula puede considerarse torturadora. El calor excesivo se ha considerado como dañino y las culturas mediterráneas muestran una arquitectura y unas costumbres que tratan de alejarlo de los hogares, con barreras arquitectónicas de agua y sombra. Lo poco agrada y lo mucho enfada.
De la misma manera, entre los pueblos inuit, encontramos relatos en los que el castigo después de la muerte consiste en habitar un mundo de hielo, oscuridad y frío insoportable. Para quienes vivían en el Ártico, el frío extremo era una amenaza mucho más real y aterradora que el calor. Cada uno tiene una imagen del infierno, según sus propios miedos.
Ya, un poco más en serio, estoy pensando en que llevamos ya muchos años sabiendo a ciencia cierta, con la ayuda de toda la investigación que se ha puesto en nuestras manos, y que nadie que tenga dos dedos de frente puede negar, que vamos directo y a marchas forzadas hacia una catástrofe de una magnitud insólita, si no nos ponemos todos a evitarla.
Se puede vivir durante el invierno como si no pasase nada, pero, al llegar el calor, todos se asombran y claman por medidas rápidas y contundentes. Pero esas medidas no existen. Ningún estado, por muy poderoso que sea, puede bajar la temperatura media, ni siquiera un grado.
Yo no me explico cómo se puede prohibir el alcohol, pero no se puede legislar para limitar la combustión de gases de efecto invernadero. Sabemos que, para limitar el calentamiento a 1,5 °C sobre los niveles preindustriales, las emisiones mundiales de dióxido de carbono deberían reducirse alrededor de un 48 % para 2030, respecto a 2019, y alcanzar cero emisiones netas hacia 2050. Pero no se hace nada, o se hace muy poco. Es como si se nos estuviera quemando la casa y dijéramos que no hacíamos nada porque ya pronto iba a llover. Dios proveerá, decían los que antaño expresaban una confianza profunda en que las cosas se resolverían por una voluntad superior o por un orden último del mundo, y así nos han ido las cosas.
Señores y señoras: nos están atacando. No son extraterrestres que vienen de lejanas galaxias, sino idiotas que no creen en lo que todos vemos. Dejamos que ciegos nos guíen al abismo, y vamos como corderos o como los niños que seguían la flauta del embaucador de Hamelín, directo a nuestra perdición. A los que osan reclamar seriamente que se haga algo, se les llama alarmistas y se les acusa de proponer reformas costosas e innecesarias.
No, si a mí me encanta el calor. Hoy me voy a la playa de Malmö, que estará llena de gente y me bañaré pensando que la vida es bella. Nadando, olvidaré todo lo que he leído y también esto que he escrito. Mi amiga Vicky me acaba de mandar un muñequito por WhatsApp que representa un jovencito de esos que vendían periódicos antiguamente que va exclamando: ¡Extra, Extra! ¡Hoy será otro hermoso día! – Pues, ya está, a pasarlo bien, que Dios proveerá.
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