Hello darkness, my old friend,
I’ve come to talk with you again…
Nunca se ha hablado tanto como ahora y, sin embargo, nunca ha resultado tan difícil escuchar. Simon & Garfunkel lo entendieron hace más de medio siglo al hablar del “sonido del silencio”, ese mutismo invisible que nace cuando las personas dejan de comunicarse de verdad.
People talking without speaking,
People hearing without listening.
No hablan del silencio como ausencia de sonido, sino del silencio de la incomunicación. Hablamos, pero no escuchamos, vivimos rodeados de ruido, pero falta el diálogo auténtico. Es una crítica a una sociedad en la que la comunicación superficial sustituye al encuentro entre las personas. No es nada nuevo, pasaba ya hace mucho, mucho tiempo.
Vivimos rodeados de ruido. Nunca la humanidad había producido tantos sonidos ni había hablado tanto. El teléfono nos reclama, la radio opina, la televisión sentencia, las redes sociales no descansan y hasta las máquinas parecen empeñadas en recordarnos que existen. Sin embargo, cuanto más aumenta el ruido, más escasea el silencio. Y quizá por eso lo echamos tanto de menos, aunque yo, a veces, tengo demasiado a mi alrededor.
Hay veces que paso tanto tiempo sin decir una sola palabra que, cuando quiero hablar, no me sale la voz. Tengo que hacer un esfuerzo para hacerme oír, traspasando una especie de ronquera que ronda la afasia. Me he acostumbrado al silencio y parece que es mi estado normal. Pero el silencio no es una sola cosa. Hay silencios que reconfortan y silencios que atormentan. El silencio de una biblioteca invita al pensamiento, el de una iglesia, a la oración, el de un bosque nevado, a la contemplación. Pero también existe el silencio del abandono, el del miedo, el del cómplice que calla para proteger al culpable o el de quien ya no encuentra palabras para expresar su dolor. No todos los silencios son iguales.
Entre dos personas puede haber un silencio lleno de paz o un silencio insoportable. Existe el silencio de quienes no necesitan hablar porque ya se comprenden. Dos amigos que contemplan un paisaje, dos ancianos que han compartido una vida, una pareja que viaja en tren mirando por la ventanilla. Nadie siente la obligación de llenar el aire de palabras. Ese silencio no separa, une.
Está también el silencio del enamoramiento. Antes del primer beso, una pausa puede decir más que un largo discurso. Una mirada sostenida contiene a veces todas las palabras que nadie se atreve todavía a pronunciar. Muy distinto es el silencio del enfado. Dos personas permanecen juntas, pero el silencio se convierte en un muro. Cada uno espera que sea el otro quien dé el primer paso. Es un silencio que pesa, que acusa, que hiere.
Hay un silencio que no nace de la serenidad ni del respeto, sino del cansancio. Es el silencio del hastío. Llega cuando las palabras han perdido su eficacia. Después de repetir una y otra vez los mismos argumentos, de escuchar las mismas promesas incumplidas, de mantener discusiones que siempre conducen al mismo lugar, uno termina callando, porque ha dejado de esperar que exista una respuesta.
Ese silencio aparece en los matrimonios que han agotado su conversación, en los parlamentos donde los discursos se confunden unos con otros, en las oficinas donde nadie cree ya en los eslóganes de la empresa, en los pueblos que han visto marcharse a sus jóvenes y hasta en los ciudadanos que dejan de interesarse por la política porque sienten que nada cambiará.
El lenguaje del hastío es el encogimiento de hombros y la mirada perdida. Es un silencio que no busca convencer a nadie. Ha renunciado incluso a la esperanza de ser escuchado. El silencio del enfado puede romperse con una palabra, pero, el del hastío solo se rompe cuando vuelve a nacer la ilusión.
Existe también el silencio del respeto. Callamos para escuchar, para no interrumpir un dolor ajeno, para no añadir una palabra innecesaria. Es quizá una de las formas más delicadas de la educación.
Y está, finalmente, el silencio definitivo, el que llega cuando uno de los dos ya no está. Entonces comprendemos que el silencio tiene memoria. Durante años seguimos imaginando una conversación que nunca volverá a producirse. Descubrimos que la ausencia tiene sonido, y ese sonido es el silencio.
También la política conoce el silencio. Hay silencios impuestos por las dictaduras y silencios voluntarios de quienes prefieren no comprometerse. Hay un silencio prudente, que evita una discusión inútil, y otro cobarde, que permite prosperar la injusticia. “El que se mueve, no sale en la foto”, como al parecer dijo Javier Solana, que refleja una forma de entender la política como disciplina interna, donde la cohesión del grupo se impone sobre el debate abierto, lo vemos hoy en las resoluciones del comité Federal del PSOE. Hay dos refranes españoles que resumen una parte de esta sabiduría popular: “En boca cerrada no entran moscas”, aunque otro le responde: “Quien calla, otorga”.
Con la edad se aprende a apreciar el silencio. Los niños necesitan llenar el mundo de preguntas, los ancianos, con frecuencia, descubrimos que no todo merece una respuesta. Quizá porque el silencio no siempre significa ausencia de palabras. Muchas veces es una forma distinta de hablar. Tal vez el silencio sea el último lujo de nuestra época. No porque sea caro, sino porque resulta extraordinariamente difícil encontrarlo. Vivimos rodeados de voces que nos dicen qué debemos pensar, comprar, votar o sentir. Encontrar unos minutos de silencio empieza a parecer un acto de resistencia. Y, sin embargo, es precisamente en el silencio donde nacen las mejores ideas, donde se ordenan los recuerdos, donde se cicatrizan muchas heridas y donde uno termina encontrándose consigo mismo.
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