El día comienza para mí en una ciudad costera del oeste de Suecia. Falkenberg es una de esas pequeñas y tranquilas ciudades suecas cuya historia resume buena parte de la evolución de Escandinavia. Está situada en la provincia histórica de Halland, en la costa occidental de Suecia, a orillas del río Ätran, que desemboca en el estrecho de Kattegat. A finales del siglo XIII los reyes daneses construyeron una fortaleza junto al río Ätran para controlar la frontera septentrional de su reino. Esa fortaleza recibió el nombre de Falkenberg (montaña del halcón), nombre que terminó adoptando también la población que creció a su alrededor, que hoy cuenta con aproximadamente 25 000 habitantes. Durante toda la Edad Media, Halland perteneció al reino de Dinamarca, pero paso a la corona sueca tras la paz de Roskilde, al igual que Lund i toda Escania, en 1658.  

Vivo en un hotel junto a la playa de Skrea, considerada una de las mejores de Suecia. Desde comienzos del siglo XX Falkenberg se convirtió en un importante destino de baños de mar. Se pensaba que el aire marino y los baños tenían propiedades casi terapéuticas, y yo estoy aquí para relajarme en el spa de Falkenberg strandbad. Ya desde lejos, adivino casi, la brisa marina.

Llego al hotel convencido de que necesito relajarme por completo. No porque haya ocurrido nada extraordinario, sino precisamente porque la vida cotidiana va acumulando pequeñas tensiones que apenas percibimos. El cuerpo las guarda en los hombros, en la espalda, en la mandíbula. La mente las guarda en forma de pensamientos que no dejan de girar. Uno cree que está descansando, pero descubre que sigue acelerado por dentro.

Subo a la habitación, dejo la maleta junto a la puerta y comienzo un pequeño ritual. Me desnudo, me doy una ducha y me pongo el albornoz color café del hotel. Me calzo las sandalias y salgo al pasillo. Allí me encuentro con otras personas que, envueltas en el mismo uniforme de algodón, caminan despacio hacia el spa. Nadie tiene prisa. Nadie habla en voz alta. Es curioso cómo un simple cambio de ropa parece desprendernos también de una parte de las preocupaciones que traíamos de fuera.

Entro en la primera piscina de agua tibia. El cuerpo tarda apenas unos segundos en comprender que ya no tiene que estar en tensión. Después paso a otra algo más caliente. Siento cómo los músculos dejan de resistirse, cómo la espalda se afloja y las articulaciones parecen perder peso. El agua sostiene el cuerpo con una delicadeza imposible fuera de ella. Pienso que durante millones de años nuestro cerebro aprendió a reconocer estas señales como una invitación al descanso. Hay calor, hay agua abundante, no existen amenazas y, por primera vez en mucho tiempo, no hay nada urgente que hacer. El organismo desconecta poco a poco el sistema de alarma y activa el que gobierna el descanso, la recuperación y la calma.

Levanto la mano y una de las jóvenes que atienden el spa, siempre amables y sonrientes, se acerca. Le pido una copa de vino blanco bien frío. Mientras espero, observo el silencio que me rodea. No es un silencio absoluto, sino el rumor del agua, alguna conversación en voz baja y el sonido amortiguado de unas sandalias sobre el suelo de piedra. Son sonidos que no exigen nada de nosotros. El cerebro, acostumbrado al ruido de los teléfonos, del tráfico, de las noticias y de las obligaciones, parece agradecer esa tregua. No veo un móvil por ningún lado.

Cuando llega la copa, el cristal está cubierto de pequeñas gotas de condensación. Tomo el primer sorbo despacio. El contraste entre el vino frío y el agua caliente produce un placer difícil de explicar y la sensación de que, por un momento, el tiempo ha dejado de perseguirme. Mira que yo, en realidad, ya no tendría que preocuparme por nada, jubilado desde hace siete años, pero parece que los cargos y las responsabilidades me persiguen hasta en la jubilación. Debo de admitir que es por mi culpa y que me lo tengo bien merecido, por no saber decir que no a algunas propuestas, pero, en fin, es difícil estar todo el día mano sobre mano, ya sabéis.

Empiezo a comprender por qué un spa resulta tan profundamente relajante, aparte del agua caliente o de los masajes. Es que aquí todo está pensado para transmitir al cerebro la idea de que estamos vivos y a salvo. La luz tenue, el calor constante pero nunca molesto,  el silencio, la lentitud con la que todos nos movemos, la ausencia de relojes y de prisas… Todo invita a abandonar ese estado de vigilancia permanente en el que vivimos sin darnos cuenta.

Es posible que nuestros antepasados solo podían experimentar una sensación semejante cuando encontraban un lugar protegido junto a una fuente de agua, después de una jornada de esfuerzo, sin depredadores cerca y con alimento suficiente. Nuestro cerebro sigue siendo, en lo esencial, el mismo. Por eso responde de una manera tan inmediata cuando recibe esas señales de seguridad.

Pienso entonces que la verdadera relajación consiste en recuperar, aunque solo sea durante unas horas, un ritmo antiguo y más humano. Un ritmo en el que el cuerpo vuelve a ocupar el lugar que le corresponde y la mente deja de correr detrás del siguiente problema. Tal vez por eso se sale siempre de un spa con la sensación de haber descansado mucho más profundamente que después de un día entero sin hacer nada. Porque descansar no significa vaciar el tiempo, sino habitarlo de otra manera.

Hay algo que me llama la atención en un spa y que dice mucho sobre la condición humana. Hombres y mujeres compartimos un mismo espacio prácticamente desnudos, y, sin embargo, el ambiente está presidido por el respeto, la discreción y el silencio. Nadie parece sentirse observado ni obligado a exhibirse. Las diferencias de edad, de belleza o de condición física dejan de tener importancia. Allí desaparecen muchas de las máscaras con las que solemos presentarnos ante los demás.

Fuera del spa, el cuerpo suele ser objeto de comparación, de juicio o incluso de ansiedad. La publicidad, las redes sociales y la moda nos empujan constantemente a perseguir un ideal de belleza casi inalcanzable. En cambio, en un spa el cuerpo recupera su función más elemental y deja de ser un objeto que mostrar para convertirse simplemente en el lugar donde vivimos. Cuerpos jóvenes y ancianos, atléticos y sedentarios, conviven con una naturalidad sorprendente. Todos hemos ido allí por la misma razón, relajarnos y descansar.

Estoy casi seguro que el agua tiene algo que ver con esa transformación. Cuando nos sumergimos en una piscina de agua caliente, las diferencias externas parecen perder relevancia. El calor relaja los músculos, disminuye la tensión y, al mismo tiempo, rebaja muchas de las barreras sociales que levantamos sin darnos cuenta. El silencio también ayuda. Al hablar poco, dejamos de interpretar un papel. Cada uno permanece acompañado por sus propios pensamientos, pero compartiendo con los demás un mismo estado de serenidad. Es una pequeña lección de convivencia. Decenas de desconocidos compartimos piscinas, saunas y salas de descanso sin apenas dirigirnos la palabra, pero con una cortesía casi instintiva. Se respetan los espacios, se baja la voz, se evita cualquier gesto que pueda incomodar a los demás. Es como si todos hubiéramos firmado, sin necesidad de hacerlo por escrito, un pacto de confianza y de consideración mutua.

Aquí no solo descansa el cuerpo, también descansa la relación con los otros. Durante unas horas dejamos de competir, de aparentar, de demostrar quiénes somos o qué poseemos. Somos simplemente personas vulnerables, con un cuerpo parecido al de cualquier otro, buscando un poco de calor, de agua y de silencio. No deja de ser paradójico que sea precisamente cuando mostramos menos de nosotros, al desprendernos de la ropa y de tantos símbolos externos de identidad, cuando más iguales nos sentimos. Debe ser porque, bajo los trajes, los uniformes y las modas, todos compartimos la misma fragilidad. Y reconocer esa fragilidad común suele ser el primer paso hacia el respeto.

En la cena, miro a mi alrededor y veo que estaremos unos 300 comensales o más, pero el nivel acústico, el sonido ambiente, es bajísimo. No es que estemos todos callados, porque puedo ver cómo, en las mesas, hablan entre sí, pero el sonido que producen no alcanza siquiera a competir con la música de fondo, que casi no se nota. Es un silencio que yo llamaría, silencio activo.

Mi habitación da al mar y yo me siento en una tombona en el balcón a contemplar las olas. Puedo pasar un buen rato mirándolas, siguiendo ese movimiento constante que no tiene principio ni final. Cada ola es diferente, pero todas forman parte del mismo ritmo, como si el mar respirara lentamente delante de mí. Mientras permanezco allí, en silencio, me viene a la cabeza un poema. Tengo todos los elementos que se encuentran en el poema, la yedra, la playa, las gaviotas, el mar, y el amor por mi compañera.

Para que tú me oigas

mis palabras

se adelgazan a veces

como las huellas de las gaviotas en las playas.

Collar, cascabel ebrio

para tus manos suaves como las uvas.

Y las miro lejanas mis palabras.

Más que mías son tuyas.

Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Ellas trepan así por las paredes húmedas.

Eres tú la culpable de este juego sangriento.

Ellas están huyendo de mi guarida oscura.

Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,

y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte

para que tú las oigas como quiero que me oigas.

El viento de la angustia aún las suele arrastrar.

Huracanes de sueños aún a veces las tumban.

Escuchas otras voces en mi voz dolorida.

Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.

Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.

Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.

Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

Voy haciendo de todas un collar infinito

para tus blancas manos, suaves como las uvas.

Seguro que lo has reconocido, querido lector o lectora. Es el poema V de Pablo Neruda y yo me lo aprendí de carrerilla, como todo lo de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, uno de mis libros más queridos, libro de bolsillo de mis años mozos.

Y mi viejo cuerpo, después de una buena sesión de spa y de un anochecer junto al mar, se relaja lentamente. Siento cómo han desaparecido las tensiones, cómo cada músculo encuentra de nuevo su lugar y cómo el silencio de la noche me envuelve. El rumor lejano de las olas acompaña mis últimos pensamientos. Ya no necesito buscar nada, ni comprender nada. Basta con estar allí, agradecido por ese instante sencillo con la luz que se apaga sobre el horizonte, la calma que llega después del cansancio. Y entonces mi viejo cuerpo, que ha vivido, trabajado, corrido, sufrido y disfrutado, se entrega al descanso. Cierro los ojos y me dejo llevar hacia el más dulce de los sueños, como si el mar siguiera respirando junto a mí mientras la noche avanza.