En el Génesis, antes de la caída, al ser humano se le había dado ya una tarea, muy placentera, por cierto, pues se trataba de cultivar y cuidar el jardín del Edén. Luego, ya sabemos que la curiosidad de la compañera de Adán, o su espíritu investigador, según lo veamos, los llevó a cometer aquel pecado que les costó el destierro y aquellas terribles palabras condenatorias, que para siempre atarían a los humanos al trabajo:

“Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra…” (Génesis 3:19).

El efecto del relato ha sido enorme, al menos en la tradición judeocristiana, donde el trabajo físico quedó asociado al sacrificio, al esfuerzo y, en cierto modo, a la expiación. Aunque esta no es la única interpretación posible del texto, ha contribuido a consolidar una imagen del trabajo como una carga inevitable. Y, no es raro por tanto que, con el tiempo, aparecieran otras interpretaciones, como la de Martín Lutero, que defendía que toda profesión honesta podía ser una vocación al servicio de Dios, o la de Juan Calvino, que reforzó la idea de que el trabajo disciplinado era una señal de responsabilidad moral.

Max Weber sostuvo en La ética protestante y el espíritu del capitalismo[1] que esa ética favoreció el desarrollo del capitalismo moderno al convertir el trabajo constante, el ahorro y la disciplina en virtudes. Desde una perspectiva más amplia, podría decirse que Occidente ha heredado dos concepciones muy distintas del trabajo, por una parte, la tradición grecorromana, donde el ideal de la vida buena estaba asociado al ocio creativo, la filosofía, la política y las artes, mientras que el trabajo manual recaía principalmente en esclavos y artesanos, y por otra parte, la tradición bíblica, donde el trabajo adquiere un profundo significado moral, aunque esté marcado por el esfuerzo tras la expulsión del paraíso.

En la actualidad, estamos entrando en una época en la que, la automatización y la inteligencia artificial nos obligan a preguntarnos si el trabajo debería seguir siendo el eje de la identidad humana o si habría que recuperar una concepción más cercana a la de los antiguos griegos, la vida buena no definida por la cantidad de trabajo realizado, sino por el tiempo dedicado al conocimiento, la creación, el cuidado de los demás y la contemplación.

Estaréis pensando que, a qué viene esta perorata sobre la Biblia, el trabajo y los antiguos griegos, y tenéis toda la razón, debería yo haber empezado por relatar una experiencia que tuve ayer, en Estocolmo, llevado por la sed y el apetitito que despertó mi visita al famoso salón de exposiciones Liljevalchs, un lugar, que, dicho sea de paso, recomiendo a todo aquel que alguna vez visite la capital de Suecia.

Había yo pasado unas magnificas horas contemplando la sugerente instalación de Ylva Snöfrid, acompañado de la más joven de mis hijas, escenógrafa y artista, navegando por el abrumador espacio de “La casa de las musas”[2]. La exposición, que, con un ritmo vertiginoso y una dinámica y caleidoscópica, nos lleva de una sala a otra, pendientes del striptease físico y mental de la joven artista, un poco abrumados, tímidos, casi con la impresión de estar contemplando algo tan íntimo que debería estar oculto, pero que nos atrae tanto que, ruborizados, seguimos mirando… Bueno, pues, sedientos y hambrientos, salimos buscando algún sitio donde descansar, comentar la exposición y comer algo, para aguantar lo que nos quedaba por ver en esta magnifica Venecia del Norte.

Encontramos un lugar acogedor, con buenos sillones donde descansar nuestros cuerpos y, lo que parecía, buena y variada oferta culinaria, para dos vegetarianos. Sobre la mesa, una pegatina con un numero de mesa y un código QR, hasta aquí, todo normal. El código nos lleva a la página web del local, elegimos nuestras consumiciones, pagamos online y, ¡taraaaaa! Aparece un robot, vagamente antropomorfo, que se va deslizando a buena velocidad hasta nuestra mesa y, con una elegante pirueta, casi una reverencia, nos ofrece su carga, que es lo que hemos solicitado unos minutos antes por la web. El robot espera pacientemente a que recojamos nuestras consumiciones, correctamente presentadas en sendas bandejas, y nos pide por favor, que, si estamos conformes, pulsemos “finish” en su frente, lo que hacemos solícitamente, nos lo agradece y, sin decir más, se marcha por donde ha venido, canturreando una cancioncilla. En nuestra mesa quedan las aceitunas, los pimientos de Padrón y unas cervecitas, y, en nuestras caras, pura perplejidad.

A continuación, y casi de inmediato, comparto mi experiencia en mis grupos de WhatsApp y comienzan a llegar reacciones de muchas clases. Mi amiga Vicky, medio en serio, medio en broma, comenta que, “para los camareros que no encuentran trabajo, es una putadilla” y tiene razón, visto de esa manera, pero, le contesto yo: “sí, pero hay dueños de bares que no encuentran camareros”. Y, creo yo, que los dos llevamos razón, los robots pueden solucionar problemas en cuanto a solucionar la falta de mano de obra, pero también amenazan la actividad de muchos trabajadores. Aunque, en profundidad, la cuestión es bastante más existencial de lo que parece. Vayamos por partes:

La palabra “robot” fue introducida por el escritor checo Karel Čapek. En 1920, Karel Čapek estaba escribiendo la obra de teatro Rossum. Quería un nombre para unos seres artificiales creados para trabajar al servicio de los humanos. Pensó primero en llamarlos laboři, derivado del latín labor, trabajo, pero no le convencía. Fue entonces cuando su hermano Josef le sugirió la palabra “robot”, procedente del checo robota, que significa trabajo obligatorio, servidumbre o trabajo forzado. En la Europa medieval, la robota era el trabajo que los campesinos debían realizar gratuitamente para su señor feudal. Es significativo que el primer “robot” no naciera asociado a la inteligencia, sino al trabajo impuesto. En la obra de Čapek, los robots son trabajadores artificiales creados para liberar a los seres humanos del trabajo físico, pero acaban rebelándose contra sus creadores. La obra terminó llamándose R.U.R. Rossum’s Universal Robots.[3]

Permitidme, aclarada la definición del concepto “robot”, que desarrolle un poco los pensamientos que me sugirió nuestro encuentro con este camarero automático. Hoy, con el desarrollo de la inteligencia artificial y la robótica, vuelve a plantearse la pregunta de si debería el ser humano seguir definiéndose por el trabajo, o precisamente utilizar la tecnología para liberarse de las tareas repetitivas y dedicar más tiempo a aquello que nos hace verdaderamente humanos.

Durante siglos hemos identificado el progreso con una mayor capacidad para producir. Cada avance tecnológico nos prometía ahorrar esfuerzo, pero, paradójicamente, casi siempre terminaba generando nuevas ocupaciones, nuevas exigencias y nuevas formas de competir. Trabajamos menos con los músculos que nuestros antepasados, pero muchas veces más con la mente. La jornada laboral se ha acortado en muchos países, pero los teléfonos móviles, el correo electrónico y la conexión permanente han difuminado las fronteras entre el trabajo y el descanso. La tecnología que debía regalarnos tiempo parece haber conseguido, con frecuencia, exactamente lo contrario.

Sin embargo, la inteligencia artificial introduce una novedad de enorme alcance. Por primera vez en la historia no solo las máquinas pueden sustituir parte del esfuerzo físico, sino también una parte creciente del trabajo intelectual. Redactan informes, traducen idiomas, analizan datos, diagnostican enfermedades, programan ordenadores o diseñan imágenes. No significa que vayan a reemplazar al ser humano en todo, pero sí que muchas actividades que hasta ahora requerían formación y experiencia podrán realizarse con una rapidez y un coste muy inferiores.

Esto nos obliga a revisar una de las ideas más profundamente arraigadas en nuestra cultura, la idea de que el trabajo constituye el centro de la identidad humana. Durante generaciones hemos considerado que la profesión definía nuestro lugar en la sociedad, nuestro prestigio y, en buena medida, nuestra autoestima. Pero ¿qué ocurrirá si una parte importante de ese trabajo deja de ser necesaria? A algunos, esa posibilidad les aterroriza, mientras a otros, les ilusiona.

Es posible que hoy estemos ante la oportunidad de recuperar una concepción de la vida que no gire exclusivamente alrededor de la producción. Los antiguos griegos distinguían entre el trabajo necesario para sobrevivir y la “scholé”, el tiempo libre dedicado al estudio, la conversación, la filosofía, la música o la contemplación. De esa palabra procede precisamente nuestro término “escuela”. El ideal no consistía en trabajar sin descanso, sino en disponer del tiempo suficiente para cultivar la inteligencia, el carácter y la amistad, pero, durante muchos siglos ese ideal fue un privilegio reservado a unos pocos. La mayoría de la población debía dedicar casi toda su existencia a garantizar la supervivencia. Hoy, por primera vez, la tecnología podría hacer posible que una parte creciente de ese tiempo fuera compartido por todos. La cuestión ya no sería únicamente cómo producir más riqueza, sino cómo distribuir el tiempo liberado por las máquinas y cómo dar sentido a una vida en la que el empleo dejara de ocupar el lugar central.

Naturalmente, ese futuro no está garantizado. La misma tecnología nos puede conducir a una sociedad más libre o a otra más desigual. Si los beneficios de la automatización quedan concentrados en unas pocas manos, el resultado podría ser una mayor precariedad y una mayor concentración de riqueza. Pero si somos capaces de organizar nuestras instituciones pensando en el bienestar colectivo, la inteligencia artificial y la robotización, podrían convertirse en las herramientas más emancipadoras que haya conocido la humanidad.

Quién sabe, a lo mejor entonces descubramos que el objetivo último del progreso nunca fue trabajar cada vez más deprisa, sino vivir cada vez mejor. Que la riqueza de una sociedad no debería medirse únicamente por lo que produce, sino también por el tiempo que sus ciudadanos pueden dedicar al conocimiento, al arte, a la naturaleza, al cuidado de quienes aman y a ese ocio creador del que nacieron tantas de las mejores obras de la civilización. Tal vez el auténtico paraíso perdido no fuera un jardín sin trabajo, sino una existencia en la que el trabajo ocupaba el lugar que le correspondía, el de servir a la vida, y no el de convertirse en su razón de ser.  El incombustible Raphael lo cantaba así:

Arrastrar la dura cadena,

trabajar sin tregua y sin fin,

es lo mismo que una condena

que ninguno puede eludir.

El trabajo nace con la persona,

va grabado sobre su piel,

y ya siempre le acompaña

como el amigo más fiel.

Trabajar con nieve y con frío,

con la fe del que ha de triunfar,

porque el agua que lleva el río,

no regresa nunca del mar.

Vale más tener confianza,

y luchar por algo mejor,

trabajar con fe y esperanza,

por lograr un mundo de amor.


[1] https://archive.org/details/la-etica-protestante-y-el-espiritu-del-capitalismo/page/n1/mode/2up

[2] https://liljevalchs.se/kalender/ylva-snofrid/

[3] https://archive.org/details/rurrossumsuniver00apek_0/page/n1/mode/2up