Hoy toca biblioteca. En principio estoy obligado a ir hoy, porque me han reclamado un libro, The Fine Line, de Eviatar Zerubavel. The Fine Line: Making Distinctions in Everyday Life, que es título completo, es un libro interesante, de esos que hay que releer varias veces, porque para mí trata de contestar la pregunta de ¿cómo construimos orden dentro de una realidad que, en sí misma, es mucho más ambigua y desordenada? Ese orden que parece que siempre estoy buscando.Tomé prestado el libro para mi compañera, pero nopude resistir la tentación de leerlo yo, y por eso se me pasó la fecha límite.
Para Zerubavel, una de las operaciones más fundamentales de la mente humana es trazar fronteras. No percibimos simplemente un mundo dividido en categorías. Somos nosotros quienes constantemente decidimos dónde termina una cosa y empieza otra: lo normal y lo extraño, lo importante y lo trivial, lo público y lo privado, el pasado y el presente, nosotros y los demás. Siempre estamos catalogando.
Y lo interesante es que muchas de esas fronteras no existen objetivamente. Una línea puede parecer evidente una vez dibujada, pero antes de dibujarla había continuidad. Ese es, para mí, el núcleo filosófico de The Fine Line: la realidad es mucho más continua de lo que nuestras categorías nos permiten percibir. Necesitamos distinguir, eso sí, porque sin distinciones, el mundo sería prácticamente ilegible. No podríamos organizar nuestros recuerdos, nuestras relaciones, nuestro conocimiento ni nuestra propia identidad. Pero al mismo tiempo, cada distinción que hacemos simplifica algo.
Cuando decimos esto soy yo y esto no soy yo, estamos creando una frontera. Cuando decimos esto pertenece a mi pasado, estamos separándolo de nuestro presente. Cuando clasificamos a alguien como amigo, extraño, conocido, familiar o enemigo, estamos convirtiendo una continuidad de relaciones en categorías reconocibles. La frontera nos permite comprender, pero también puede engañarnos.
Una vez que la frontera existe, empezamos a olvidar que fuimos nosotros quienes la trazamos. Si aplicamos la idea de Zerubavel al individuo, descubrimos que nuestra identidad también es una especie de cartografía. Decimos: “Yo soy esto”. Y al decirlo, inevitablemente decimos también: “Yo no soy aquello”. Pero ¿dónde está exactamente esa línea?
¿En qué momento dejamos de ser quienes fuimos? Yo me pregunto qué pensaría yo hoy, de aquel joven que fui hace cincuenta años si me lo encontrase por la calle y nos pusiéramos a dialogar, pongamos por caso, de política.
¿En qué instante una experiencia deja de pertenecernos y se convierte simplemente en un recuerdo? Leía yo el otro día una versión distinta de la que yo recordaba, de un acontecimiento que tuvo lugar en Salamanca hace casi sesenta años, en el que él y yo habíamos participado. Él explicaba su experiencia y era bastante diferente de la mía.
¿Dónde termina una versión de nosotros y empieza otra? Yo tengo una versión de mí que supongo que es la correcta, pero miles de personas tienen otra impresión y por tanto otra versión muy distinta de la mía.
El niño que fuimos no desapareció completamente para convertirse en el adulto que somos. El miedo que sentimos hace diez años puede seguir determinando una decisión actual. Una conversación que hemos olvidado conscientemente puede continuar formando parte de nuestra manera de relacionarnos con los demás. La frontera entre quien fuimos y quien somos es, entonces, una fine line.
Pienso todo esto con el libro en la mano. La facultad de sociología está desierta, o al menos me lo parece. en la biblioteca no veo a nadie y salgo afuera a buscar al bibliotecario. No tengo prisa, así que decido pasear por entre las estanterias mientras espero al bibliotecario, porque necesito que haga constar la devolución. Y, ahora que estoy en la biblioteca veo que funciona como metáfora del ser humano, porque una biblioteca necesita clasificar. Necesita estanterías, secciones, categorías, números. Cada libro en su estantería, por materias, por orden abecedario, todo en su sitio, lineas visibles.
Pero ningún libro pertenece perfectamente a una sola categoría. Un libro puede ser filosofía y literatura. Historia y memoria. Ciencia y política. Ficción y autobiografía. Puede atravesar varias fronteras simultáneamente. y siempre hay alguna forma de arbitrariedad. Lo mismo ocurre con nosotros.
Queremos clasificarnos porque las categorías nos proporcionan estabilidad. Pero una persona tampoco cabe perfectamente en una categoría, porque somos contradictorios. Somos diferentes dependiendo de quién nos mira.
Somos una persona para nuestros padres, otra para nuestros amigos, otra para un desconocido y otra cuando estamos completamente solos. Y es posible que ninguna de esas versiones sea la verdadera. O quizá todas lo sean.
Llevado hasta el extremo, The Fine Line puede convertirse en una pregunta sobre qué significa ser alguien. Nuestra identidad es una frontera que mantenemos. Me doy cuenta de que yo, en mi blog, cada día selecciono los recuerdos que considero importantes, qué experiencias voy a incorporar a la historia que quiero contar, qué contradicciones ignorar y qué aspectos de mi mismo quiero presentar ante los demás.
Yo voy construyendo una versión coherente de mí mismo a partir de una experiencia que, en realidad, puede ser mucho menos coherente. Yo soy el bibliotecario de mi propia biblioteca. Elijo qué libros permanecen visibles, cuáles escondo al fondo de una estantería y cuáles finjo no haber leído nunca. Pero todos siguen formando parte del archivo. La madurez consiste precisamente en reconocer que las fronteras que nos definen también nos limitan. Que somos necesarios para el orden que hemos construido, pero que no somos ese orden.
Aquí en la biblioteca pienso que cada libro que descansa en una estantería contiene una voz que alguna vez quiso atravesar el silencio. Algunas voces son antiguas, otras todavía están naciendo; unas contradicen a las demás, otras las continúan a sabiendas o sin saberlo. La biblioteca las reúne sin exigirles que lleguen a un acuerdo. La biblioteca se parece tanto al ser humano.
En nosotros se acumulan voces que hemos leído, escuchado, amado y olvidado. Hay frases que ya no recordamos de dónde vienen y, sin embargo, continúan hablando dentro de nosotros. Pensamientos que creemos propios quizá fueron primero pronunciados por alguien que vivió mucho antes. Recuerdos que han perdido su origen y opiniones que hemos adoptado hasta olvidar que alguna vez fueron ajenas.Nihil ex nihilo, nada sale de la nada,
Somos, en cierta medida, aquello que hemos decidido conservar. Pero una biblioteca también está hecha de contradicciones. En una misma estantería pueden convivir dos libros que se niegan mutuamente, dos formas de entender el mundo que no pueden ser verdaderas al mismo tiempo. Y, sin embargo, la biblioteca no necesita destruir una para conservar la otra.
El ser humano funciona de la misma manera. Dentro de nosotros pueden existir versiones incompatibles de nosotros mismos: quien fuimos y quien creemos ser; quien queremos ser y quien tememos llegar a ser; aquello que defendemos frente a los demás y aquello que, cuando estamos solos, secretamente cuestionamos. No somos una historia perfectamente ordenada, sino una colección de capítulos que a veces se contradicen.
Madurar no consiste en eliminar esas contradicciones, sino en aprender a vivir entre ellas. Hay, además, algo profundamente humano en el hecho de que una biblioteca tenga libros que nadie está leyendo. Permanecen allí, aparentemente inútiles, esperando una mirada que quizá nunca llegue. Algo parecido ocurre con nuestros recuerdos. Guardamos conversaciones, lugares, nombres y pequeños acontecimientos que durante años parecen no significar nada. Y después, inesperadamente, una palabra, un olor o una canción abre uno de esos compartimentos y descubrimos que seguía allí.
Olvidar no es borrar. Es quizas simplemente como dejar un libro en una estantería a la que ya no sabemos llegar. Me pasa a menudo. Un libro que no encuentro cuando quiero recordar algo que leí, que he olvidado, pero quiero encontrarlo y no puedo, porque alguién, seguramente yo mismo, lo cambió de sitio con algún propósito que ahora no recuerdo. Pero el libro está ahí y alguna vez aparecerá.
La biblioteca también habla de nuestra relación con el tiempo. Los libros permanecen mientras nosotros cambiamos. Lo que ayer significaba una cosa puede significar otra diez años después. El libro no ha cambiado; quien lo lee sí. Me pasa a menudo con autores como Foucault o Derirda. Creemos que buscamos respuestas en los libros, cuando muchas veces lo que buscamos es a la persona que seremos después de haberlos leído. Entrar en una biblioteca es, tambien, entrar en un lugar lleno de vidas que no hemos vivido.
Cada libro representa una posibilidad de haber sido otro. Haber pensado de otra manera. Haber amado de otra forma. Haber nacido en otro siglo, en otro lugar, bajo otras circunstancias. Leer es acercarse momentáneamente a una vida ajena y permitir que algo de ella modifique la nuestra. Por eso una biblioteca está llena de posibilidades y el ser humano también está lleno de posibilidades, de voces que todavía no sabe cuál escuchar, de recuerdos que no sabe si conservar y de versiones de sí mismo que todavía no sabe si abandonar.
Una biblioteca puede estar silenciosa, como lo está esta de la facultad de sociología, pero ese silencio no está vacío. Al contrario: está habitado por todo aquello que alguna vez fue dicho. Tal vez nosotros seamos igualmente eso, un silencio habitado. Al fin aparece el bibliotecario, sonríe, nos saludamos, le entrego el libro y él lo pasa por el escáner y, tras comprobar en su ordenador, la ficha que lo identifica, lo aparta hacia un rincón, donde descansan otros libros devueltos. Yo echo una última mirada hacia las estanterias y dejo ese mundo de voces que esperan en silencio a ser escuchadas por alguien como tú.
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