Un día como hoy, magnífico día otoñal que aprovecho para plantar los bulbos de los tulipanes que alegrarán mi jardín en primavera, soy consciente de que estoy viviendo un momento histórico. Bueno, ya sé que eso se puede decir de cualquier momento, porque siempre está ocurriendo algo que, de una manera u otra, acabará algún día en los libros de historia, en alguna parte del mundo. Sí, de acuerdo, pero no me dirás que lo que está ocurriendo simultáneamente en Francia, Albania, Italia, Portugal y España es algo normal.

Desde una perspectiva histórica, las movilizaciones que estamos observando en esos países merecen atención. Quizá todavía sea pronto para saber qué consecuencias tendrán, pero la coincidencia en el tiempo de protestas tan diversas invita a preguntarse si estamos ante episodios aislados o ante síntomas de un malestar más profundo que recorre nuestras sociedades.No quiero caer en la tentación de presentar cualquier acontecimiento como el comienzo de una revolución, pues la historia está llena de movimientos que parecían anunciar grandes transformaciones y terminaron diluyéndose. Pero tampoco quisiera cometer el error contrario: contemplar lo que sucede como una sucesión de noticias sin relación entre sí, cuando quizá haya algo que las conecte.

En Francia, las movilizaciones del 17 de octubre han reunido a cientos de miles de personas en torno al encarecimiento de la vida, los recortes presupuestarios y el deterioro de los servicios públicos, con una participación importante de estudiantes y sindicatos. En Italia también se han producido manifestaciones contra el coste de la vida y la guerra, algunas de las cuales terminaron en enfrentamientos con la policía. Portugal ha visto miles de personas salir a la calle para reclamar salarios dignos, mejores pensiones y, sobre todo, una solución a la crisis de la vivienda. En Lisboa, algunos manifestantes han levantado tiendas de campaña para denunciar que el acceso a una vivienda se está convirtiendo en un privilegio, siguiendo, como ellos mismos admiten, el ejemplo de España con las acampadas en la Puerta del Sol, porque, como ya sabemos, en España, la vivienda lleva semanas ocupando un lugar central en las protestas. 

Para muchos jóvenes, emanciparse y disponer de un hogar propio se ha convertido en una aspiración cada vez más difícil de realizar. Y en Albania, donde las circunstancias políticas y económicas son diferentes, miles de jóvenes se han movilizado contra la corrupción, la falta de oportunidades laborales y las deficiencias educativas, hasta llegar a exigir la dimisión del primer ministro, Edi Rama.

Conviene de todos modos no confundir estos movimientos. No existe, por lo que sabemos, una organización común que los dirija, aunque hay quien lo denuncia, ni podemos afirmar que todos persigan los mismos objetivos. Albania tiene una historia política y unas instituciones diferentes de las de los países de la Unión Europea. Tampoco son idénticas las reivindicaciones de un estudiante que no puede pagar sus estudios, las de una familia que dedica una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler y las de un trabajador cuyo salario pierde poder adquisitivo. Sin embargo, hay una preocupación que parece atravesar todas estas protestas: la sensación de que el esfuerzo personal ya no garantiza unas condiciones de vida dignas ni la posibilidad de construir un futuro razonablemente seguro.

Y aquí es donde creo que merece la pena detenerse. Durante décadas, las sociedades europeas se acostumbraron a considerar que cada generación viviría mejor que la anterior. La educación permitiría ascender socialmente, el trabajo proporcionaría independencia y la vivienda ofrecería estabilidad. No todos disfrutaron de esas oportunidades por igual, por supuesto, y la historia del bienestar europeo está llena de desigualdades. Pero existía una expectativa de progreso que contribuía a legitimar nuestras instituciones. ¿Qué ocurre cuando esa expectativa se debilita? ¿Qué sucede cuando los jóvenes empiezan a sospechar que, por mucho que estudien y trabajen, difícilmente alcanzarán la seguridad material de sus padres?

La vivienda es quizá el ejemplo más visible de esa contradicción. En una sociedad que produce riqueza, construye edificios y dispone de medios técnicos y económicos extraordinarios, resulta paradójico que tantas personas, como en el caso de España,encuentren dificultades para acceder a un lugar donde vivir. La vivienda es un bien económico, pero también una condición de autonomía personal. Sin ella resulta más difícil formar una familia, cambiar de empleo, estudiar lejos del hogar paterno o simplemente organizar la propia vida. Cuando el precio de los alquileres aumenta mucho más deprisa que los ingresos, el problema adquiere una dimensión política.

Algo parecido sucede con la educación. Las protestas estudiantiles no se explican únicamente por el precio de las matrículas o por las condiciones de los centros. Detrás hay una inquietud profunda sobre el valor de los estudios, las posibilidades de encontrar empleo y la distancia entre las promesas que hace la sociedad y las oportunidades que realmente ofrece. Quien ha dedicado años a formarse espera que ese esfuerzo le permita vivir con dignidad. Si la recompensa parece alejarse cada vez más, la frustración se transforma en desconfianza hacia las instituciones y hacia quienes las gobiernan.

Con esto no quiero decir ni mucho menos que todo se debe a la economía. La política también tiene que ver con la confianza, la representación y la percepción de justicia. Las personas soportan dificultades cuando creen que los sacrificios se reparten de manera razonable y que sus representantes escuchan sus problemas. La indignación aumenta cuando sospechan que las decisiones favorecen siempre a los mismos, que determinados grupos disfrutan de privilegios o que los gobernantes viven alejados de las preocupaciones cotidianas de la mayoría.

Las redes sociales han cambiado, además, la manera en que se difunde el descontento. Una protesta local se puede convertir facilmente en referencia para jóvenes de otro país en cuestión de horas. Las imágenes, los testimonios y las consignas atraviesan las fronteras mucho más deprisa que antes. Eso facilita que personas que no se conocen y que viven bajo gobiernos de distintos signos reconozcan problemas parecidos y encuentren motivos para salir a la calle. Pero, compartir imágenes y emociones no equivale necesariamente a compartir un proyecto político. La indignación puede reunir a muchas personas durante una jornada, pero construir una alternativa exige acuerdos, organización y objetivos que sobrevivan al entusiasmo inicial.

La historia ofrece numerosos ejemplos de esa diferencia. Las revoluciones de 1848 se extendieron por buena parte de Europa, impulsadas por una combinación de reivindicaciones liberales, nacionales y sociales. En muchos lugares, las multitudes reclamaban constituciones, libertades y mejores condiciones de vida. Los movimientos compartían aspiraciones, pero también estaban divididos por intereses y objetivos diferentes. La oleada revolucionaria fue derrotada en numerosos países, aunque algunas de sus reivindicaciones reaparecieron más tarde y terminaron formando parte de la política europea. Una derrota inmediata no significa necesariamente que un movimiento carezca de consecuencias históricas; del mismo modo, una movilización multitudinaria no garantiza una transformación duradera.

También conviene recordar que las protestas no conducen siempre a sociedades más libres. El descontento puede alimentar movimientos democráticos, pero también puede ser aprovechado por dirigentes populistas que prometen soluciones sencillas, identifican culpables y presentan a sus adversarios como enemigos del pueblo. Cuando las instituciones pierden credibilidad, quienes ofrecen respuestas contundentes pueden ganar terreno, aunque sus propuestas terminen debilitando las libertades que dicen defender. La historia europea del siglo XX debería servirnos de advertencia.

Ya, más próximo a nuestros días, Baste recordar lo ocurrido en Francia en mayo de 1968, que me tocó vivir en primera persona. Lo que comenzó con las protestas de los estudiantes terminó convirtiéndose en una crisis social de dimensiones extraordinarias, cuando millones de trabajadores se sumaron a las movilizaciones y una huelga general paralizó buena parte del país. Durante unos días, parecia como si los cimientos de la sociedad francesa se tambaleasen. Se cuestionaba la autoridad, las jerarquías, las relaciones entre generaciones y el propio funcionamiento de las instituciones. Sin embargo, el desenlace inmediato no fue la revolución que algunos habían imaginado. Charles de Gaulle recuperó la iniciativa política y las elecciones legislativas de junio reforzaron a la derecha. A primera vista, el sistema había resistido.

Pero ¿significa eso que mayo del 68 fracasó? Pues, la verdad, creo que nofracasó, al menos a la larga..Aunque no se produjo la transformación política que algunos esperaban, aquellas jornadas contribuyeron a modificar las costumbres, las relaciones sociales, la educación y las actitudes ante la autoridad. Sus consecuencias no se manifestaron todas de inmediato ni pueden atribuirse exclusivamente a las barricadas de París, pero el movimiento quedó como símbolo de una generación que se negó a aceptar sin discusión el mundo heredado de sus mayores.

Mayo del 68 nos enseña, por tanto, algo que deberíamos recordar cuando observamos las protestas actuales, esto es que, el resultado de una movilización no se puede medir únicamente por lo que suceda al día siguiente. Porque, un movimiento puede perder en las urnas pero dejar una huella duradera en la sociedad. La cuestión es saber si las reivindicaciones expresadas en la calle encuentran continuidad, se convierten en cambios concretos o modifican, al menos, aquello que la sociedad considera aceptable.

Quizá dentro de unos años podamos mirar las movilizaciones que hoy recorren distintos países europeos con una perspectiva semejante. No sabemos si serán recordadas como el comienzo de una nueva etapa o como episodios de descontento que los gobiernos consiguieron encauzar. Lo que sí podemos hacer es observarlas con atención, estudiar sus causas y preguntarnos qué nos dicen sobre las expectativas de quienes salen a la calle. La historia no se repite como una representación teatral, pero nos proporciona ejemplos que ayudan a formular mejores preguntas sobre el presente.

Por eso, me interesa tanto observar quiénes salen a la calle como preguntarme qué sucede después. ¿Consiguen los manifestantes formular demandas concretas? ¿Encuentran interlocutores políticos capaces de negociar soluciones? ¿Se organizan de manera duradera o se dispersan cuando desaparece la atención de los medios? ¿Se incorporan a la vida democrática o acaban convencidos de que las instituciones son incapaces de responder a sus necesidades? Las respuestas a esas preguntas dirán mucho más sobre el alcance histórico de estas movilizaciones que las imágenes de una plaza abarrotada o de un enfrentamiento con la policía.

Hay algo más que me preocupa. Cuando las protestas terminan en violencia, como lo están haciendo en Francia, la discusión sobre sus causas corre el riesgo de quedar sepultada bajo las imágenes de escaparates rotos, incendios y cargas policiales. La violencia puede desfigurar las reivindicaciones de quienes se manifestaban pacíficamente y facilitar que los gobiernos reduzcan todo el movimiento a un problema de orden público. Pero tampoco debemos cometer el error de justificar cualquier acto violento por la legitimidad de una reivindicación. Defender el derecho a la protesta y exigir que se respeten las libertades de los demás son principios perfectamente compatibles.como liberal, considero que mi libertad acaba allí donde la libertad del otro comienza.

Mientras escribo estas líneas, pienso en los tulipanes que acabo de plantar. Dentro de unos meses, cuando llegue la primavera, no recordaré necesariamente las noticias de este día, pero quizá algunas de las cuestiones que hoy me planteo hayan encontrado ya una respuesta. O quizá no. La historia rara vez avanza con la claridad que retrospectivamente le atribuimos. Quienes viven un acontecimiento desconocen su desenlace, discuten sobre su significado y, muchas veces, solo comprenden su alcance cuando han transcurrido años.

Por eso me resisto a proclamar que estamos ante una nueva revolución europea. Sería prematuro. Pero tampoco quiero mirar hacia otro lado. La coincidencia de protestas en países tan distintos, con jóvenes que reclaman oportunidades, trabajadores que exigen salarios dignos y ciudadanos que denuncian la dificultad de acceder a una vivienda, merece una reflexión que vaya más allá de la crónica diaria.

Lo que estamos presenciando es sin duda una señal de que una parte importante de la población ha dejado de confiar en que las cosas mejorarán por sí solas. Si es así, el desafío de nuestras democracias consiste en comprender qué provoca las protestas y ofrecer respuestas convincentes. La libertad política pierde contenido cuando las personas sienten que no tienen capacidad real para decidir sobre sus propias vidas. Y una democracia no se sostiene únicamente mediante elecciones periódicas, sino también gracias a la confianza de los ciudadanos en que sus instituciones pueden responder a los problemas comunes.

En el jardín sé que no puedo apresurar el crecimiento de las flores; en política, en cambio, nunca estoy seguro de cuánto tiempo puede transcurrir entre el descontento y el cambio. Lo que sí sé es que, para comprender el presente, necesitamos levantar la mirada de la noticia inmediata y preguntarnos qué nos está diciendo la historia.