Lo que ocurrió en algunas de las manifestaciones francesas del 17 de octubre me ha hecho pensar en un artículo que acabo de leer sobre una nueva forma de violencia que se extiende por internet y que los investigadores denominan extremismo violento nihilista. https://better-internet-for-kids.europa.eu/sites/default/files/2026-07/Rapport-NEV_2026_FR.pdf

Entiendase que no pretendo establecer una relación directa entre ambos fenómenos, pues no tenemos pruebas de que los protagonistas de los disturbios franceses pertenezcan a esas comunidades digitales, pero sí creo que hay motivos para reflexionar sobre ciertos puntos en común. 

En Francia, como tantas veces en la turvulenta historia de este país, miles de personas salieron a la calle para expresar su descontento con la situación social y política. La protesta es una forma legítima de participación democrática y, en ocasiones, constituye el único medio que encuentran quienes no se sienten escuchados. Sin embargo, junto a los manifestantes pacíficos, algunos individuos aprovecharon la ocasión para enfrentarse a la policía, destruir bienes y provocar el caos. 

¿Qué les mueve a hacerlo? Naturalmente, no toda violencia colectiva tiene las mismas causas. Puede responder a una reivindicación política radical, al enfrentamiento con las autoridades, al contagio emocional de la multitud o al simple oportunismo. Pero hay también una violencia que parece haber perdido cualquier relación reconocible con un objetivo político o social, una violencia que se justifica a sí misma y que encuentra en la destrucción su propia recompensa. 

Es precisamente esta última la que me ha recordado el artículo sobre el extremismo violento nihilista, un fenómeno que se desarrolla sobre todo en internet y que atrae a adolescentes fascinados por la crueldad, la transgresión y el caos. En determinadas comunidades digitales, la violencia se convierte en espectáculo, los actos más brutales circulan como objetos de admiración y quien los protagoniza puede obtener reconocimiento dentro del grupo. La destrucción deja entonces de ser un instrumento para alcanzar un fin y se transforma en un fin en sí misma. 

No sabemos hasta qué punto esta cultura digital influye en quienes participan en los episodios violentos de estas manifestaciones, pero sería imprudente ignorar la posibilidad de que las redes estén contribuyendo a modificar nuestra relación con la violencia. Las imágenes se difunden, se repiten y se consumen como entretenimiento, mientras los límites entre la protesta, la provocación y la agresión parecen desdibujarse. 

Pienso en la responsabilidad de la sociedad y, especialmente, de la escuela. Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en ayudar a los jóvenes a comprender el mundo, a convivir con quienes piensan de otra manera y a canalizar sus frustraciones sin recurrir a la violencia. Una democracia necesita ciudadanos capaces de rebelarse contra la injusticia, pero también de distinguir entre la rebeldía y la destrucción gratuita. 

Las revueltas populares han acompañado toda nuestra historia y no pocas veces han contribuido a conquistar derechos y libertades. Por eso conviene no confundir a quienes protestan con quienes aprovechan la protesta para sembrar el caos. Pero no podemos dejar de preguntarnos qué sucede cuando la violencia se emancipa de cualquier reivindicación y se convierte en una forma de afirmación personal, de pertenencia a un grupo o, sencillamente, en una manera de hacerse visible. Hay, además, quienes aprovechan el caos para cometer delitos, saquear comercios o ajustar cuentas. En estos casos, la movilización colectiva proporciona una oportunidad, no necesariamente una causa política. 

En lo político, quienes desean desacreditar una reivindicación social también pueden beneficiarse de que la atención pública se concentre en los actos violentos y no en las razones por las que la gente salió a la calle. Una protesta contra el precio de la vivienda, los salarios o el deterioro de los servicios públicos puede acabar siendo recordada por los incendios, los saqueos  y los enfrentamientos, en lugar de por las demandas de los manifestantes. 

Yo creo que Marine Le Pen y su partido, el Rassemblement National, parecen estar entre los beneficiarios políticos más claros de la violencia del 17 de octubre, porque pueden utilizar sus consecuencias para presentarse como defensores del orden y la seguridad frente a un Gobierno al que consideran incapaz de mantenerlos. La prensa francesa ha señalado expresamente esa oportunidad política. 

Le Pen ha condenado la violencia y ha prometido recuperar la autoridad del Estado. Su mensaje consiste en contraponer la inseguridad actual a la seguridad que, según ella, garantizaría su llegada al poder. RN intenta consolidarse como el “partido del orden”, frente a la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon. Aunque no se haya demostrado que La France insoumise organizó los actos violentos, la presencia de Mélenchon en las manifestaciones y sus críticas a la actuación policial permiten al RN asociar políticamente a la izquierda radical con el desorden.