Me he levantado esta mañana vacunado contra todas las malas noticias que me traen los periódicos. Es como si hubiera tenido acceso a la trastienda de la actualidad y hubiese podido comprobar que tantos malos augurios que se difunden a diario no son más que exageraciones sin fundamento. Por una vez, las noticias no consiguen contagiarme su pesimismo. Las miro con cierta distancia, casi con ironía, como quien conoce los trucos del oficio y ya no se deja impresionar por los efectos especiales.
Todo empezó cuando mi amigo Mårten, director desde hace quince años de un instituto de enseñanza secundaria superior, me preguntó si estaría dispuesto a dar clases de historia en su centro. Se trata de un instituto peculiar, donde estudian jóvenes de ciencias y de letras que comparten una pasión: la música. Para acceder a una plaza, todos deben demostrar un alto grado de virtuosismo en, al menos, un instrumento musical.
La propuesta me pilló desprevenido, pero, como sabéis, la enseñanza es para mí una forma de vida, y la idea de volver a ejercerla me impulsó a aceptar sin titubeos. De pronto, el ritmo de mis días cambia por completo. Abandoné sin el menor problema la rutina de jubilado como un reptil que se desprende de su vieja piel entre los matorrales y se lanza de nuevo al mundo, renovado, como si fuera el primer día que empecé a dar clases, hace ya más de cincuenta años.
El motivo de mi optimismo mañanero es el encuentro con estos jóvenes alumnos, aplicados en sus estudios y apasionados por sus instrumentos y por la música. Su entusiasmo me hace comprender que, si el mundo sigue adelante a pesar de tantos problemas, calamidades y desgracias, es porque todavía hay una gran cantidad de jóvenes que creen en la vida, que aman la belleza y que apuestan por el futuro. Y contemplándolos, uno no puede evitar pensar que quizá haya más motivos para la esperanza de los que nos cuentan cada mañana los periódicos.
Ahora tendré que dedicar menos tiempo a escribir, porque preparar mis clases me ocupará buena parte de la jornada. Así que saldréis ganando vosotros, lectores, porque mis entradas serán más cortas. Seguiré, eso sí, con mis paseos, pues voy a pie al instituto y, entre la ida y la vuelta, supero los diez kilómetros diarios. Es curioso, pero hasta la sensación que experimento mientras camino ha cambiado. Veo las cosas de una manera más positiva, como si el simple hecho de encontrarme con estos jóvenes, con sus ilusiones y su entusiasmo, me ayudara a reconciliarme un poco con el mundo. Seguro que también camino más deprisa, aunque siempre salgo con tiempo de sobra. Nunca me ha gustado vivir pendiente del reloj ni llegar a un sitio con la angustia de quien siente que el tiempo se le escapa. Prefiero caminar, mirar a mi alrededor y dejar que el día comience a su ritmo.
El viernes tendré ocasión de conocer otra faceta de mis alumnos, su talento musical. Asistiré a la puesta en escena de Un dios disfrazado (Förklädd gud), una de las obras más conocidas de la música clásica sueca, compuesta en 1940 por Lars-Erik Larsson sobre un poema de Hjalmar Gullberg. No deja de ser significativo que esta obra haya dado nombre al instituto donde estudian estos jóvenes. Será una oportunidad para descubrirlos fuera del aula de historia y comprobar cómo se expresa, a través de la música, esa sensibilidad que tanto me ha impresionado desde que los conozco.
Un dios disfrazado es mucho más que una obra musical hermosa. Es una reflexión sobre la dignidad humana, la compasión y nuestra capacidad para reconocer el valor de las personas que nos rodean, incluso cuando las apariencias nos impiden verlo.
La historia está inspirada en la mitología griega. Apolo, dios de la música, la poesía y la luz, es condenado a vivir durante un año entre los mortales y a trabajar como un simple sirviente del rey Admeto, en Tesalia. El dios, acostumbrado al Olimpo, debe cuidar los animales y compartir la vida humilde de los trabajadores. Oculta su identidad bajo la apariencia de un hombre corriente. Nadie parece reconocerlo. Sin embargo, allí donde pasa, su presencia transforma el mundo. La naturaleza florece, los animales encuentran paz y la música convierte la vida cotidiana en algo extraordinario.
El poeta sueco Hjalmar Gullberg tomó esta antigua leyenda y la convirtió en una reflexión profundamente humana. En 1940, Lars-Erik Larsson puso música al poema, en una Europa amenazada por el nazismo y la persecución de los judíos.La obra comienza con una declaración que expresa su sentido moral:
No para los poderosos del mundo, sino para los débiles. No para los guerreros, sino para los campesinos…
Ya os contaré mi impresión en mi próxima entrada. Os deseo un buen día.
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