Al caer la tarde, cuando la oscuridad empieza a cubrir el cementerio, aparecen pequeñas luces sobre las tumbas. La gente camina despacio, casi en silencio. Algunos buscan un lugar concreto; otros se detienen ante una luz, dejan una flor o permanecen unos instantes ensimismados. Hay algo íntimo en esos movimientos, una especie de ceremonia colectiva que no necesita palabras.

Lo que más me llama la atención no es la tristeza, sino una cierta alegría contenida. Es como si, en medio de la oscuridad, volviéramos a encontrarnos con familiares y amigos a los que hacía tiempo que no veíamos. Personas que ya no están, pero que estuvieron aquí, que caminaron por estas mismas calles, que trabajaron, amaron, discutieron, tuvieron hijos y nietos y formaron parte de nuestra comunidad.

Lo que recordamos cuando encendemos una luz, no es solamente a una persona que ya no está, sino también las experiencias que compartimos con ella. Una comunidad está formada tanto por quienes la habitan hoy como por quienes la construyeron antes que nosotros.

Vamos caminando despacio. Hemos depositado una lamparita sobre la tumba de Åke, mi suegro, aquel teólogo que fue un gran estudioso de la Trisvabhāva, una de las doctrinas fundamentales del budismo Mahāyāna, desarrollada por la escuela Yogācāra. Dedicó mucho tiempo a estudiar aquellas tres naturalezas que, según esta tradición, permiten comprender nuestra percepción de la realidad: la realidad imaginada, la realidad dependiente de sus condiciones y la realidad última, libre de las construcciones de nuestra mente.

Pienso en él mientras observo la pequeña llama. Me pregunto qué habría pensado de este momento, de esta reunión silenciosa de vivos y muertos, de nuestra necesidad de mantener algún tipo de vínculo con quienes se han marchado. Quizá también habría encontrado aquí materia para alguna reflexión teológica o filosófica. Yo, que no tengo sus conocimientos, me conformo con algo bastante más sencillo: poner una luz sobre su tumba y recordarlo.