Como presidente de una comunidad de colonos, entre mis muchas funciones, está la de velar por la legalidad de las plantas que cultivamos. No me malentendáis, por favor, no se trata de plantas de cannabis sativa ni nada parecido, se trata de plantas prohibidas por haber sido catalogadas como invasoras. La comuna espera que la presidencia de la ciudad jardín recorra su perímetro en busca de plantas que hayan llegado a Suecia a partir del año 1800, por tanto, la patata y el tomate se salvan, pero otras 41 especies figuran en la lista elaborada por la Agencia Sueca de Protección del Medio Ambiente y la Autoridad de Agua y Mar: 13 terrestres y 28 acuáticas, según una ley del año pasado. Esta lista complementa la lista de especies exóticas invasoras de la UE, vigente desde 2015. La idea es incluir especies foráneas que resultan especialmente problemáticas en el contexto sueco.
Desde 2019, es un delito plantar, criar, vender, importar o de otro modo propagar las especies incluidas en la lista de la UE. La negligencia grave puede acarrear multas o hasta dos años de prisión, lo cual también se aplicará a la lista sueca. Por tanto, dependiendo de la zona del país en la que vivas, eso podría significar que tendrás que eliminar lupinos ornamentales, la vara de oro canadiense y algunas plantas más de tu jardín. La cosa va en serio.
Yo no voy a oponerme a la ciencia, en cuanto a la necesidad de controlar la flora y la Fauna, pero creo que deberíamos tener mucho cuidado con el idioma. A veces lo usamos de forma descuidada, sin pensar en las connotaciones que ciertas palabras pueden producir. Este es el caso de la definición de “especies invasoras”. Si nos remontamos a los años 50, este término era desconocido. Fue con el libro del ecologista Charles Elton ”The ecology of invasions by animals and plants” en 1958, cuando se empezó a hablar de este fenómeno[1].
En las últimas décadas, tanto en Suecia como en España, el término especies invasoras se ha vuelto habitual en informes científicos, reportajes y debates sobre biodiversidad. Se trata de plantas, animales o microorganismos que, introducidos, a menudo por acción humana, en ecosistemas que no les son propios, se adaptan, prosperan y en algunos casos desplazan a las especies autóctonas. No porque “quieran”, por supuesto, sino porque encuentran condiciones favorables y no tienen depredadores naturales que las frenen.
En Suecia, el visón americano (Neovison vison), escapado o liberado de granjas peleteras, es un ejemplo claro. Ha causado estragos entre aves acuáticas y pequeños mamíferos. En los lagos y ríos, el pez sol (Lepomis gibbosus), originario de Norteamérica, amenaza los frágiles equilibrios de las especies nativas. También preocupa la rosa rugosa (Rosa rugosa), que invade dunas costeras y desplaza a la flora local. El perejil gigante (Heracleum mantegazzianum) se trata de aniquilar, igual que últimamente la hierba japonesa y el lupino están en el punto de mira, junto a 2000 especies más.
En España, la cotorra argentina y la cotorra de Kramer chillan desde los parques urbanos, donde han creado colonias ruidosas y coloridas que despiertan tanto simpatía como preocupación. El mejillón cebra ha invadido ríos y embalses, obstruyendo canalizaciones y dañando infraestructuras hidráulicas. Y en los campos, el ailanto, un árbol asiático de rápido crecimiento, desplaza a especies forestales autóctonas con una eficacia que sorprende y asusta.
Sí, algunas de estas especies alteran ecosistemas, dañan cultivos o transmiten enfermedades. El problema es real. Pero conviene hacer una pausa. Porque no siempre es fácil trazar la línea entre lo que “pertenece” y lo que “invade”. Muchos de los ecosistemas que hoy defendemos como naturales son en realidad el resultado de siglos de cambio, movimiento y mestizaje. La vid, el olivo, el trigo, todos ellos llegaron a la península Ibérica desde otras partes del mundo. ¿Qué tan “propios” son?
Y más inquietante aún es cuando ese lenguaje de lo invasor se traslada, de forma explícita o soterrada, al terreno humano. Se empieza hablando del mejillón cebra o la cotorra, y se termina diciendo que hay personas que no deberían estar aquí, que “no encajan”, que vienen a “desplazar a los nuestros”. Como si los seres humanos pudieran dividirse en autóctonos y forasteros con la misma ligereza con la que se catalogan plantas o peces.
Existe una disputa más cargada de tensión en torno a la biología de las invasiones, que tiene que ver con la crítica de que sus ideas corren el riesgo de trasladarse a los seres humanos, según el investigador ambiental y geógrafo británico Charles Warren, quien expone las críticas internacionales a la biología de las invasiones en un artículo “ Beyond ‘Native V. Alien’: Critiques of the Native/alien Paradigm in the Anthropocene, and Their Implications” publicado en la revista científica Ethics, Policy and Environment en 2021[2]. En el artículo, Warren señala “paralelismos retóricos indiscutibles” y “entrelazamientos entre discursos” en los que la oposición a la inmigración y la oposición a las especies exóticas “se describen en ambos casos en términos de que una pureza original se ve amenazada o contaminada por recién llegados ilegítimos”.En el caso de Suecia, la polémica está servida, con un artículo publicado en la revista Fokus por la periodista Anna Nachman con el título explicito de “No toda diversidad enriquece: las especies invasoras amenazan lo autóctono” que lleva el subtítulo: “Mariquitas no europeas y perejil gigante desplazan nuestra flora y fauna sueca. De la misma manera, nuestra sociedad se ve amenazada por nuevas culturas violentas.”[3]
Nachman no duda en, tras una larga exposición de como lupines y mariquitas arlequín amenazan las especies autóctonas, arremeter contra “Algunas subculturas, como las bandas criminales y las armadas de niños y jóvenes que hacen sus recados y siembran el terror y la destrucción, son invasivas. Desplazan a los equivalentes humanos de la pacífica mariquita.”
En España se han oído pocas voces, que yo sepa, que problematicen el término, quizás con la excepción de Francisco Ponce Moreno que, en un artículo de opinión en El País, el 22 de mayo de 2016, bajo el título “Especies invasoras” plantea una paradoja inquietante: si hablamos de humanos como si fueran especies invasoras, según su definición técnica, ¿podría eso justificar considerar a ciertos seres humanos como “prescindibles”? “Y por lo que me toca, me gustaría que eso no sucediera al menos en los próximos mil años”[4]
Hay palabras que, sin que nos demos cuenta, arrastran tras de sí siglos de metáforas, miedos y fantasmas. Una de ellas, hoy en auge en los discursos medioambientales, es, como explico arriba, “especie invasora”. Se nos dice, y en muchos casos con razón, que ciertas plantas o animales, traídos de otras latitudes, ponen en peligro el equilibrio de nuestros ecosistemas: que el visón americano amenaza al europeo, que la cotorra argentina desplaza a las aves locales, que la planta del ailanto coloniza sin tregua los bordes de nuestros caminos. Es cierto. La biodiversidad es frágil, los equilibrios se rompen fácilmente y las especies introducidas pueden alterar ciclos milenarios. Nadie lo niega.
Pero hay algo en la manera en que hablamos de estos procesos que merece una pausa. Un malestar que no es sólo semántico, sino moral. ¿Qué imaginarios estamos reforzando cuando hablamos de “invasión”, de “extranjeras peligrosas”, de “especies que no pertenecen”? ¿Qué resonancias se despiertan en la conciencia colectiva cuando la idea de pureza —del hábitat, del paisaje, de lo autóctono, se convierte en ideal normativo?
La historia humana está llena de tragedias nacidas del culto a la pureza. Las ideas de sangre limpia, de linaje sin mezcla, de cultura sin contaminación, han nutrido las peores ideologías del siglo pasado y del presente. Y aunque nadie sensato sugeriría que haya una continuidad directa entre los discursos ecológicos y la xenofobia, hay paralelismos retóricos que deberían preocuparnos. Como ha señalado el geógrafo británico Charles Warren, las metáforas naturalistas pueden ser fácilmente transferidas al campo social: “una pureza originaria amenazada por recién llegados ilegítimos”. Suena inquietantemente familiar.
En Suecia, por ejemplo, han aparecido columnas de opinión en las que se compara sin tapujos la expansión de ciertas flores o insectos con la llegada de “culturas violentas” a la sociedad. Se habla de niños que se convierten en agentes de destrucción, del mismo modo que una planta invasora amenaza a la flora nativa. El salto conceptual es peligroso. El lenguaje prepara el terreno para la exclusión.
Porque en la naturaleza no hay fronteras. Las hay en nuestros mapas, en nuestros miedos, en nuestras construcciones culturales. Lo que hoy consideramos autóctono fue, muchas veces, forastero hace mil años. Las especies viajan, como viajan las semillas en el lomo del viento, como viajan los humanos, empujados por la necesidad, por la guerra, por la esperanza. ¿Dónde comienza la pertenencia? ¿Cuándo se convierte un huésped en habitante?
Debemos, por supuesto, cuidar nuestros ecosistemas. Pero debemos también cuidar nuestro lenguaje. No todas las metáforas sirven para todo. La lucha por la conservación del medio ambiente no puede prestarse como coartada para reproducir lógicas de exclusión humana. Porque la diferencia entre una especie y una persona no es sólo biológica: es ética, es política, es histórica.
Debemos, por supuesto, cuidar nuestros ecosistemas. Pero también debemos cuidar nuestras palabras, porque no hay política sin lenguaje, y no hay lenguaje inocente. El concepto de especie invasora puede ser útil en la biología, pero cuando se desliza sin vigilancia hacia el terreno social, comienza a dibujar mapas peligrosos en la conciencia colectiva.
Hay que estar atentos. Lo que en un principio era una advertencia ecológica puede transformarse, si no lo pensamos con rigor, en una justificación para jerarquizar vidas, culturas, pertenencias. Como si el lugar de nacimiento definiera derechos, como si la tierra tuviera propietarios legítimos y huéspedes sospechosos, como si la diversidad fuera un riesgo y no una condición fundamental de la vida.
No todo lo que llega de fuera es una amenaza. No todo lo nuevo es destructivo. La historia humana es una historia de desplazamientos, de encuentros, de mezclas. Lo verdaderamente peligroso no es la alteración del orden natural, sino la nostalgia de un orden puro que nunca existió. Por eso conviene recordar que la defensa de la naturaleza no debe confundirse con el miedo a lo diferente. Que proteger los ecosistemas no es lo mismo que trazar muros en nuestras sociedades. Y que el valor de lo autóctono no se construye negando el derecho a lo ajeno, sino entendiendo que también nosotros, en algún momento, fuimos recién llegados. El verdadero desafío no está en purificar el mundo, sino en aprender a habitarlo juntos. Con inteligencia, con justicia y con esa humildad que nace de saber que la tierra, al fin y al cabo, no nos pertenece. Nosotros le pertenecemos a ella. Y además, me encantan los lupines
[1] https://archive.org/details/ecologyofinvasio0000unse/page/n3/mode/2up
[2] https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/21550085.2021.1961200#abstract
[3] https://www.fokus.se/kronika/all-mangfald-berikar-inte-invasiva-arter-hotar-de-egna/
[4] https://elpais.com/elpais/2016/05/21/opinion/1463846399_057706.html?utm_source=chatgpt.com
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