Ordenando los papeles antiguos, encuentro el D.N.I. de mi madre. Me fijo en lo referente a la profesión: “sus labores”, pone. Me pongo a pensar en lo que significaba para una mujer ser ama de casa y veo que seguramente era la profesión más dura a la que se podía dedicar una mujer. Digo mujer porque no creo que exista ningún carnet antiguo, la profesión no se indica en los nuevos, en el que ponga amo de casa. Voy a intentar hacer un recuento de sus actividades un día cualquiera entre semana. Elijo un día del mes de enero, pasadas las navidades, quizás cerca de mi cumpleaños, en medio de la cuesta de enero.

Ella se levantaba muy temprano, seguro antes de las siete, porque tenía que encender el fogón de la cocina de carbón y antes de todo, arreglarse rápidamente, y cobrar ese aire de pulcritud que siempre mostraba, con una franca sonrisa que iluminaba su rostro, como yo la recuerdo. Para encender el fogón, tenía primero que sacar las cenizas frías que quedaban del día anterior, y después sacar unas palitas de carbón de la carbonera, introducirlas en el espacio bajo las placas superiores que incluían aros de diferentes tamaños, para abrir y cerrar el tiro, según se quisiera regular el calor. Estas cocinas, de hierro fundido, se llamaban “cocinas económicas” y se instalaron en las casas a finales del siglo XIX, que es cuando se construyó la nuestra. Hecho ya el relleno, había que hacer fuego, trabajo que podía ser bastante pesado, si el carbón había cogido algo de humedad o si la chimenea, por alguna razón, no tiraba bien. Encendido el fogón había que calentar el agua. Siempre había agua calentándose: para el café, para fregar los platos, para lavarse o, algunas veces, para “bañarse” en el gran barreño de zinc y, claro está, para lavar la ropa.

La preparación del desayuno, comenzaba moliendo los granos de café en el molinillo de mano, y colándolo en el colador de tela, que siempre estaba colgado de un clavo, secándose. Al tiempo que el café se filtraba, tostaba en una sartén rebanadas del pan de ayer, que preparaba con ajo y tomate. Al olor del café y del pan tostado nos levantábamos, mi padre y yo y, después de asearnos, nos sentábamos a la mesa a desayunar, mientras ella iba y venía con los platos y las tazas. La ropa del día, nos esperaba a mi padre y a mí, limpia y planchada, mis libros ordenados en la mochila, el bocadillo de mi padre en una tartera metida en la cartera de cuero con hebillas que siempre llevaba al trabajo. Mientras desayunábamos, mi madre, repasaba incansable, con voz templada y sin prisas, las obligaciones del día, para que no las olvidáramos. Hacía las veces de doncella y secretaria, como la cosa más natural.

Se iba mi padre a su trabajo de probo funcionario y yo me quedaba hasta que ella me repasaba bien, me peinaba, inspeccionaba por última vez mi mochila, para ver que no me dejaba nada importante, ni plumier, ni libros ni cuadernos, me cogía de la mano y me llevaba al colegio, no sin antes restregar un trapo por mis botas marrones de Segarra, para que reluciesen como nuevas. Desde la puerta de mi escuela, en la Plaza del Dos de Mayo, ella se iba a seguir con “sus labores”. Lo primero era ir a hacer la compra, con el capacho de cuero y la bolsa de mallas que ya llevaba de casa, al dejarme en la escuela. De allí haría su peregrinación diaria: primero al Mercado de Barceló, para comprar la carne o el pescado. Iba al mercado, porque una de sus funciones era la de economista administradora de la paga de mi padre, que tenía que estirarse hasta fin de mes, sin que nos faltase nada, y eso conllevaba hacer cálculos muy ajustados sobre los precios y ajustar el menú a lo que más conviniese, tenía por necesidad que ser flexible y adaptarse a la oferta que fuese más conveniente, para que en nuestra mesa no faltase de nada durante todo el mes. Ella pasaba muchas tardes haciendo cuentas, como si se tratase de contabilizar una gran empresa.

Después del mercado iba, ya cargada con la compra del mercado, camino de casa, en una ruta que la llevaba a la frutería, la panadería, la bodega, para llenar la botella de cuarto y mitad de vino blanco que ella utilizaba en las comidas y mi padre bebía en el almuerzo y la cena. Ella y yo bebíamos agua fresca del Lozoya. En cada parada, cambiaba algunas frases con los tenderos y tenderas. Ya en casa, ordenaba todo, cada cosa en su sitio, hacía las camas, lavaba la ropa, tras poner agua a calentar, un procedimiento duro y que llevaba tiempo, sumergiendo la ropa blanca en añil, frotando en la tabla de lavar con el jabón Lagarto, escurriendo con fuerza, tanta fuerza como algunos hacen en los gimnasios, pagando por ello.

Ella se mantenía fuerte con “sus labores”. Limpiar la casa, fregar los suelos a mano (era antes del invento de la “fregona”), limpiar el polvo, y a continuación, casi sin descansar más que para tomar un café con un par de magdalenas, ponerse a cocinar, para que la comida estuviese lista a su hora, que era cuando mi padre y yo llegábamos a casa. Primero yo, claro, de la mano de mi madre, que me iba a buscar, cuando ya todo estaba listo y me traía a casa, preguntándome por el camino cómo me había ido en clase. Subiendo las escaleras, ya sabía yo que tocaba de comer ese día, por el olor que venía de nuestro piso. La radio la acompañaba en sus tareas, como una buena amiga.

Durante las comidas, ella, como en el desayuno, iba y venía de la cocina al comedor, se sentaba con nosotros, pero estaba siempre pendiente de que no faltase nada. Al final recogía los platos, ponía el café, y ordenaba la cocina, para tenerla lista para la tarde noche. Le quedaba un pequeño respiro hasta que me llevaba de vuelta al colegio, que ella aprovechaba para leer. Siempre tenía un libro nuevo para leer, revistas no compraba nunca, pero mi padre traía el periódico todas las tardes y lo leíamos los tres.

Me recogía del colegio a eso de las siete. Ella había usado su tarde para coser, planchar, zurcir, almidonar y todas esas pequeñas cosas que ocupan tanto tiempo y que, si no se hacen, se nota muchísimo. Ya en la oscuridad de la tarde noche y desde el colegio me llevaba al taller de un zapatero remendón, antiguo sargento músico de la guardia civil, depurado tras la guerra, que me daba clases de solfeo. Su taller era tan pequeño que todo estaba al alcance de la mano, los zapatos desgastados en pequeñas estanterías, las viejas herramientas, todo envuelto en un olor de cuero viejo, cola de pegar y goma, y allí cantaba yo las notas bajo la mirada de este hombre gigante, embutidos los tres, él, mi madre y yo en su cuchitril.

Ya en casa, con la cena preparada, mi madre me preguntaba por las tareas y se sentaba a ayudarme, si era preciso. Nadie sabía más de historia, geografía y matemáticas, que mi madre, ni siquiera mi profesor, don Agapito. Y cenábamos, y la rutina del almuerzo se repetía y, al fin, ella les echaba agua caliente a dos bolsas de goma de color rojo, las metía entre las sábanas de la cama de matrimonio y la mía y nos íbamos a dormir, cada uno con nuestros sueños. Algunas noches, mi padre llegaba después de la cena y yo me iba a acostar, pero permanecía despierto hasta que oía, en el silencio de la noche, sus pasos firmes en la escalera de madera, y entonces me dormía. Ella le esperaba para ponerle la cena. Telón.

Pero, pensaréis, ella, ¿es que no tenía ningún oficio? Pues, sí. Ella era sastra de oficio y hasta que se casó en los años 40, ejercía su profesión como oficiala jefa de un taller en la calle Carretas. Y, gracias a ello, pudo contribuir cuando se necesitaba a la economía familiar, cosiendo pantalones para una tienda de confección, a parte de su “profesión” como ama de casa.

Bueno, y ¿a cuento de qué, saco yo todo esto una mañana de sábado, un dos de agosto? Todo tiene su explicación. Es que ayer, fui a escuchar una conferencia sobre la mujer como ama de casa, dentro del congreso mundial de historia económica que ha tenido lugar aquí en Lund durante la semana pasada. La ponente, Malin Nilsson, habló sobre Hechos y ficción sobre el trabajo de las mujeres en la historia. Una ponencia interesante sobre el trabajo y los medios de subsistencia de las mujeres a lo largo del tiempo. La conferenciante, que dirige un importante proyecto de investigación sobre hilado en el siglo XVIII, desmiente, entre otras cosas, el mito de las “tradwifes” (esposas tradicionales): históricamente, las mujeres siempre han trabajado. Este es un tema de gran actualidad, sobre todo después de que el Premio de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel fuera otorgado en 2023 a la historiadora económica Claudia Goldin, quien investiga precisamente esta cuestión.

Se puede decir que las mujeres siempre han trabajado y contribuido a la economía familiar por varias razones históricas, económicas y sociales. La idea de la “ama de casa” dedicada exclusivamente al hogar, sin participar en actividades productivas externas, es en realidad un fenómeno muy reciente, geográficamente limitado y socialmente restringido.

En las sociedades preindustriales, el trabajo femenino era indispensable. En la agricultura tradicional, que dominó la mayor parte de la historia humana, todas las manos contaban. Las mujeres sembraban, cosechaban, cuidaban animales, transformaban productos, moler grano, hacer queso, hilar lana. Además, hacían trabajo doméstico productivo: cosían ropa, conservaban alimentos, cuidaban a los niños y a los ancianos, tareas esenciales para la supervivencia del hogar. Muchas también participaban en el comercio informal, como la venta de alimentos caseros o tejidos.

En la Edad Media y Moderna, trabajaban en gremios, talleres, campos y mercados. Las mujeres trabajaban como artesanas, vendedoras, curanderas, sirvientas, nodrizas, lavanderas, parteras, tejedoras, etc. En familias artesanas y campesinas, las tareas estaban divididas, pero interdependientes: si el hombre era zapatero, la mujer cortaba cuero o llevaba cuentas. También en el siglo XVIII, como lo estudia Malin Nilsson, muchas mujeres trabajaban en la protoindustria del hilado y tejido desde sus casas.

Con la Revolución Industrial y la urbanización, surge la familia nuclear burguesa, donde el hombre trabaja en la fábrica u oficina y la mujer se queda en casa. Pero este modelo solo era viable para clases medias-altas. Las mujeres obreras y campesinas seguían trabajando (en fábricas, como sirvientas, lavando ropa, vendiendo comida etc. La imagen de la “ama de casa feliz” se convirtió en un ideal normativo, reforzado por la religión, la medicina y los medios, especialmente a partir de la posguerra.

En tiempos de guerra (Primera y Segunda Guerra Mundial), las mujeres ocuparon masivamente empleos masculinos en fábricas, transporte, administración. Después, muchas fueron empujadas de vuelta al hogar, pero ya no era posible contener esa transformación.

A lo largo del siglo XX, con la expansión del trabajo asalariado femenino, se hizo evidente lo que ya era cierto: que las mujeres siempre habían trabajado, solo que a menudo sin remuneración o reconocimiento formal. l mito de las “tradwives” es una idealización nostálgica Hoy, algunas corrientes conservadoras promueven el modelo de la “esposa tradicional” como si fuera una constante histórica. No lo es. La historia muestra que las mujeres siempre han contribuido a la economía, ya sea como trabajadoras autónomas, asalariadas, colaboradoras familiares o comerciantes informales. Lo que ha cambiado es cómo se ha valorado y visibilizado su trabajo.

El ama de casa que se dedicaba exclusivamente a “sus labores” era fruto de la Revolución Industrial y separación de las esferas de producción y reproducción. En tiempos anteriores, el hogar era también un lugar de producción. Con la Revolución Industrial, el trabajo se trasladó a fábricas, oficinas y talleres: nace la distinción entre “esfera pública” masculina y “esfera privada” femenina.

El hombre se convierte en el sostén de la familia, y la mujer es recluida al hogar, a las “labores del cuidado”. Aparentemente, puede parecer que la mujer se `libera” de la producción, para entregarse en cuerpo y alma a la reproducción. Con el ascenso de la burguesía se manifiestan nuevos valores de clase. El modelo de “ama de casa” nace en la burguesía del siglo XIX, como símbolo de estatus: que una mujer no tenga que trabajar es un signo de prosperidad. La mujer se convierte en guardiana de la moral, la educación de los hijos y el orden del hogar.

Se fomenta una visión de la mujer como más pura, emocional y abnegada, frente al hombre racional y competitivo. En todo esto influye naturalmente la urbanización y nueva organización del hogar, en que las familias se mudan del campo a las ciudades, a viviendas más pequeñas y separadas de los lugares de trabajo. La casa deja de ser un centro de producción para convertirse en un espacio exclusivamente doméstico, de consumo, cuidado y moralización. Se impone el modelo de familia nuclear, ideal para la clase media urbana.

La medicina del siglo XIX refuerza la idea de que la mujer es biológicamente apta para el cuidado y el hogar, pero frágil para el mundo laboral. La religión, especialmente en el protestantismo, pero también en el catolicismo, eleva el papel de la mujer como ángel del hogar, sumisa, devota y maternal. La pedagogía pone el énfasis en la educación infantil dentro del hogar, tarea reservada a la madre. El hogar se vuelve una especie de “empresa privada” donde la mujer es gerente, enfermera, maestra, cocinera y decoradora. Todo esto hizo posible que, por unas décadas, y solo en ciertos sectores (clase media de países industrializados), surgiera ese modelo de “ama de casa a tiempo completo” como norma deseable. Pero fue un paréntesis histórico. La mayoría de las mujeres del mundo, antes, durante y después de ese paréntesis, han trabajado dentro y fuera del hogar para sostener a sus familias.

Aparecen electrodomésticos, ropa hecha “prêt à porter”, alimentos procesados etc. pero, paradójicamente, se intensifica la idealización del hogar perfecto. La publicidad y los manuales de economía doméstica convierten el rol de ama de casa en una profesión técnica y moralmente elevada. Aquí en Suecia se funda el “Hemmets Forskningsinstitut”, Instituto de Investigación del Hogar en 1944 con el propósito de racionalizar el trabajo doméstico y del hogar. A mediados de la década de 1940, cuando la sociedad industrial ya se había establecido, se buscaba mejorar y racionalizar las condiciones de trabajo de las amas de casa. La Asociación de Profesoras de Cocina Escolar de Suecia fue uno de los grupos de presión más importantes para impulsar la investigación y la información sobre cuestiones de consumo, y tuvo un papel decisivo en la creación del Instituto de Investigación del Hogar en 1944, que fue la primera institución organizada por el Estado para supervisar los temas relacionados con el consumo.  En 1957, el HFI fue reorganizado y pasó a llamarse Instituto Estatal para Asuntos del Consumidor. En 1973, el Instituto Estatal para Asuntos del Consumidor se fusionó con el Consejo Estatal del Consumidor y la Junta de Declaraciones de Productos (Varudeklarationsnämnden), formando una nueva institución llamada Agencia del Consumidor (Konsumentverket).

Volviendo a mi madre, cuyo ejemplo utilizo para ilustrar este proceso, ella comienza su “carrera” como ama de casa de profesión sus labores, en los años 40. Su trabajo en la casa es necesario para conseguir que tres personas se sustenten de forma digna con el salario de mi padre. Su trabajo, que yo explico arriba, va siendo más llevadero gracias a las máquinas y aparatos de toda clase que van introduciéndose. El molinillo de café se vió sustituido por uno eléctrico que yo gané en una tómbola, la tabla de lavar se sustituyó por una lavadora eléctrica cilíndrica, el fogón de carbón pasó a ser de gas, la nevera de hielo deja paso a un refrigerador, la radio se vio arrinconada por la televisión. Todo esto en 15 años, desde 1955 a 1970.

Mi madre fue sintiendo que la presión aflojaba, con todos los “adelantos” pero ya era tarde para regresar a una profesión que había dejado tres décadas atrás. Ni que decir tiene, que ella nunca recibió ninguna pensión por su trabajo como “ama de casa” pero sí todo el cariño que la pudimos dar, como pobre compensación por todas las labores que, para nuestro provecho llegó a desarrollar.

Ahora parece que resurge la imagen de la tradwife, esa esposa tradicional que se dedica con amor y entrega a su marido, a sus hijos, al orden impoluto del hogar, al pan recién horneado, a la sonrisa siempre lista y al silencio obediente. En las redes sociales aparece como una figura cuidada, a menudo con vestido de flores, peinado de otros tiempos y una mezcla de orgullo y nostalgia que pretende devolverle al mundo un supuesto equilibrio perdido. Sin embargo, esa imagen idílica y pulida no es otra cosa que una ficción ideológica, un invento moderno que intenta revestirse de legitimidad histórica. El término tradwife, abreviación inglesa de traditional wife, (esposa tradicional) encierra una trampa: sugiere que ese rol ha sido la norma, la constante femenina a lo largo del tiempo. Pero basta asomarse con un poco de rigor a la historia para descubrir que esa mujer “de antaño”, exclusivamente dedicada al hogar, fue más bien una excepción que una regla, y una excepción privilegiada, breve, y localizada en contextos muy específicos.

Hoy, el renacimiento digital de la tradwife responde a otros miedos y otras nostalgias. En un mundo incierto, desigual, veloz y brutal, hay quienes buscan consuelo en estructuras rígidas, en supuestos roles naturales, en la fantasía de un pasado sin conflictos. Pero detrás de esa vuelta al hogar como refugio, se esconde una renuncia disfrazada de elección, una sumisión presentada como vocación. Y, sobre todo, una mentira histórica. No hay nada malo en elegir el cuidado del hogar como proyecto vital, si esa elección es libre, consciente y respetada. Lo peligroso es convertir esa elección en norma, en destino o en mandato disfrazado de tradición. Porque entonces dejamos de hablar de libertad y comenzamos a hablar, de nuevo, de control.  Mi madre, que no llegó a vivir la proliferación de los nuevos medios, se habría reído mucho viendo a las jóvenes que quieren convertirse en tradwife, de profesión sus labores.