La mañana esta gris. No parece un día de agosto. Llueve intensamente, de una forma cansina y desalentadora. Es mañana de leer, al menos hasta que escampe. Leo en The Guardian[1] la presentación de un libro un tanto alarmista que pretende despertar en la sociedad la idea de que, nuestro problema es simplemente la desigualdad procedente de nuestras civilizaciones, un lapso de 5000 años, dice él que ha escrito el libro, Luke Kemp, un científico que estudia los riesgos globales con las tecnologías emergentes.

Para Kemp, las civilizaciones no son el pináculo de la evolución humana, sino una anomalía reciente. La mayor parte de la historia humana se vivió en sociedades pequeñas, igualitarias, sin gobiernos autoritarios ni élites. Lo que él llama “sociedades Goliat”, como el Imperio Romano, surgieron a través de la violencia, la desigualdad y la concentración de poder. Estas sociedades se impusieron sobre comunidades más libres e igualitarias mediante la guerra, la esclavitud y el control burocrático. La desigualdad extrema y el poder concentrado en estas sociedades conducen al colapso. Las élites protegen sus privilegios, la casta, que diría Iglesias, ignoran señales de crisis, como el cambio climático actual, y bloquean reformas, lo que acelera la caída.

Siguiendo el razonamiento de Kemp, el sistema actual está al borde del colapso global. La humanidad está atrapada en un sistema dominado por oligarquías económicas y políticas, con instituciones débiles y democracias capturadas por intereses corporativos. Pero, también siguiendo ese razonamiento confiesa que la mayoría de los colapsos históricos han sido beneficiosos para la gente común, porque, después del colapso, suele mejorar la salud, la alimentación, la igualdad y la libertad, al desaparecer las cargas fiscales y represivas del poder central.

Una nueva civilización más justa es posible, según Kemp, que propone avanzar hacia una sociedad igualitaria, ecológicamente sostenible y descentralizada, basada en la democracia directa, comunidad de bienes, límites a la riqueza, participación colectiva y cooperación global.

No he leído el libro todavía y mi opinión nace del artículo/presentación e interviú que leo hoy en The Guardian, firmado por Damian Carrington. No se por qué, pero este artículo con la teoría de Kemp me recuerda mucho la película “los juegos del hambre” que yo he empleado algunas veces en mis clases y que ha servido para entablar muchas e interesantes discusiones y hacer pensar a mis estudiantes. Como todas las teorías sobre el colapso de las civilizaciones, se asemeja mucho a la teoría que ya en el siglo XIV presentó Ibn Jaldún[2] en su Muqaddima. Según Ibn Jaldún, las civilizaciones prosperan con la solidaridad grupal pero, cuando las élites pierden contacto con la base, comienza la decadencia. Las dinastías duran, según el historiador egipcio, tres generaciones antes de ser reemplazadas.

Historiadores, como Arnold Toynbee, en su “Estudio de la Historia”[3], sostienen que las civilizaciones no mueren asesinadas, sino que se suicidan al fallar en responder creativamente a los desafíos. El colapso ocurre cuando las élites dejan de guiar a la sociedad y se aíslan. Toynbee introdujo los conceptos de minoría dominante y proletariado interno.

Partiendo de la cliodinámica, con modelos analíticos, Peter Turchin, modeliza matemáticamente la historia y afirma en que los imperios tienden a colapsar por ciclos de sobreproducción de élites en los que demasiadas personas compiten por pocas posiciones de poder. Desigualdad creciente que lleva a inestabilidad y por consiguiente a guerras civiles.[4] La cliodinámica es científica en método, pero a mí me cuesta aceptarla porque desconfío de la matematización de lo humano. Yo prefiero un enfoque narrativo y contextual, aunque la cliodinámica puede valer como una herramienta complementaria, no sustitutiva, de la historiografía clásica. A parte de eso, siempre es arriesgado predecir el futuro, aunque la historia sea lo único que tenemos a mano.

Ya lo intentó el matemático Oswald Spencer, metido a historiador, que, con el solucionario de la primera guerra mundial en la mano, se atreve con una morfohistoria en su obra, La decadencia de Occidente[5], en la que expone una búsqueda de las formas vitales que adoptan las culturas a lo largo del tiempo. Según su tesis, las civilizaciones no evolucionan hacia el progreso, sino que nacen, crecen, envejecen y mueren, como organismos. Y Occidente, esa criatura que él llama la “cultura fáustica”, está, desde hace tiempo, en la última fase. Como en la tragedia griega, el impulso que da vida es también el que lleva a la caída. El alma fáustica, creadora de las catedrales góticas, de la ciencia moderna, del individuo soberano y del estado racional, acaba por agotarse. La cultura se convierte en civilización, las formas se repiten, ya sin alma, la política se burocratiza, el arte se hace manierismo, la filosofía se convierte en erudición sin genio; y el pueblo en masa. La democracia degenera en plutocracia. La técnica sustituye a la ética. Los valores se relativizan. Quién quiera encontrar vestigios de estos achaques de nuestra vieja generación, lo puede hacer mirando a su alrededor. Pero, yo creo que corremos un gran peligro si aceptamos este tipo de relatos como confirmación de una posición fatalista. Si todo es predecible, si está predestinado: ¿porque luchar por un mundo mejor?

En ese estadio final, siguiendo a Spengler, la democracia liberal, a la que considera un momento de transición, no de culminación, da paso a una nueva forma de poder: el cesarismo. Es la hora de los hombres fuertes, de los líderes carismáticos que ya no necesitan justificar su poder con ideología alguna, sino con la pura eficacia. No importa el contenido del discurso, sino el control de los medios, la movilización de las pasiones, el espectáculo del poder. Roma, en su momento, conoció ese tránsito de la república a los emperadores. Occidente, en su forma moderna, camina por la misma senda. Y más de cien años después de la publicación de La decadencia de occidente, tenemos a Trump, Putin, Xi Jinpin, Orban, Milei…que parece que cuadran bien en ese perfil. Pero, si de verdad nos fijamos en la historia, veremos que el mundo no ha estado nunca libre de los cesarismos, ni siquiera en tiempos del mayor auge de las políticas liberales.

Creo que hay otra lectura posible de Spencer. Leer hoy a Spengler es sin duda mirarse en un espejo incómodo. ¿No vemos ya las señales de lo que anunciaba? La hipertrofia tecnológica sin dirección moral. La concentración del poder en estructuras impersonales. El arte que ya no conmueve. La política que entretiene, pero no transforma. El ciudadano que se convierte en consumidor de identidades. Y, sin embargo, yo prefiero ver La decadencia de Occidente como una llamada a la lucidez, no al derrotismo.

No deja de llover, pero parece que veo abrirse entre las nubes algún resquicio de cielo azul. Aprovechare para salir a dar mi paseo, a ver si se me aclaran las ideas. Leeré el libro de Kemp y os lo contaré. Ahora pienso en que nuestra ministra de Educación y presidenta de nuestro partido, nos ha convocado a los políticos locales y regionales con responsabilidades de educación, entre los que me encuentro, para dialogar y debatir en Estocolmo nuestra futura política de enseñanza. Creo que es ahí, en la política, donde podemos hacer algo por cambiar el destino de la humanidad en general y nuestra civilización en particular. La política es la fuerza que cambia el mundo.

La política erige catedrales y derriba imperios. Decide si una niña puede aprender a leer o debe casarse a los doce. Dibuja las fronteras del trigo, reparte o niega el pan, manda a los hombres a la guerra o los protege bajo la ley. No hay nada más concreto, más profundamente real, que esa red de decisiones que organizan la vida común. La política es lo que convierte las ideas en hospitales, las palabras en derechos, los sueños en instituciones o en cárceles.

Algunos se cansan de ella, la llaman sucia, corrupta, inútil. Lo ha sido, y lo será. Pero como el lenguaje, como el fuego, como la escritura, la política es una herramienta humana, que puede servir para la dominación o para la libertad. En ella se deciden los destinos colectivos. Si los bárbaros cruzan el Rin o si los ciudadanos fundan una república. Si el esclavo queda en la sombra o es reconocido como sujeto de derecho. Si el conocimiento se financia o se persigue. Todo eso, en última instancia, se llama política.

Detrás de cada descubrimiento científico, de cada revolución industrial, hay decisiones políticas: presupuestos, leyes, guerras, alianzas, tratados. Newton pudo observar la manzana caer porque la monarquía inglesa protegía a la Royal Society. Einstein pudo escribir sus ecuaciones en la calma suiza que otros no tuvieron. Y si mañana el mundo logra salvarse del desastre climático, no será por una revelación divina, sino por una voluntad política que, con sus manos torpes, logre encauzar la técnica, la economía y la cultura hacia un pacto nuevo.

Por eso es una ilusión peligrosa pensar que el mundo cambia por sí solo, que hay un destino impersonal que arregla o destruye las cosas. Es la política, con sus actores concretos, sus instituciones imperfectas, sus tensiones y sus errores, la que da forma al tiempo histórico. Quien la desprecia renuncia a comprender el presente. Quien la ignora, ya ha sido vencido. La política no es todo. Pero sin ella, lo demás es impotencia. Agradezco a The Guardian el haberme dado la oportunidad de leer el artículo de Damian Carrington con la presentación de la obra de Kemp, que me ha acompañado en esta mañana lluviosa y me ha hecho pensar en la importancia de la política.


[1] https://www.theguardian.com/environment/2025/aug/02/self-termination-history-and-future-of-societal-collapse

[2] https://archive.org/details/ibn-jaldun.-introduccion-a-la-historia-universal-epl-fs-1378-2021

[3] https://archive.org/details/studyofhistory0009unse/page/n5/mode/2up

[4] Turchin desarrolla sus ideas en varios trabajos como: Historical Dynamics: Why States Rise and Fall (2003), War and Peace and War: The Rise and Fall of Empires (2007), Secular Cycles (2009)

[5] https://ia600102.us.archive.org/23/items/la-decadencia-de-occidente-i-oswald-spengler-1/La%20decadencia%20de%20Occidente%20I%20-%20Oswald%20Spengler%20%281%29.pdf