Salió el sol, como a despedirse de nosotros y dejar paso a las nubes del otoño, Volverá seguro, diáfano y templado a acompañar los cortos días del invierno. Mientras tanto, yo sigo escribiendo desde mi atalaya, vertiendo palabras e ideas a los cuatro vientos. Sigo con el relato de la voz femenina en la historia, según yo la llego a percibir. 

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la presencia femenina en la sociedad empezó a transformarse de manera que siglos antes habría parecido imposible. La revolución industrial había llevado a muchas mujeres fuera del hogar. Ese invento bendito o maldito, según se vea, del vapor, que sustituía la fuerza muscular por máquinas, había puesto boca arriba toda la realidad social, y, claro está, también el orden del género. Las mujeres  trabajaban en fábricas, enseñaban en escuelas, ayudaban en oficinas. Ese simple hecho de estar presentes en la vida productiva demostró que podían asumir responsabilidades complejas, y poco a poco fue socavando la idea de que la mujer estaba destinada únicamente a la esfera doméstica. La educación, hasta entonces reservada casi en exclusiva a los hombres, comenzó a abrirse a las niñas y jóvenes; pudieron estudiar latín, matemáticas, ciencias, filosofía. Y con ese conocimiento vino la posibilidad de argumentar, de escribir, de organizarse, de participar en debates públicos que antes les eran vetados.

En Suecia, la educación obligatoria para niños y niñas se instauró bastante antes que en muchos otros países europeos, aunque también de forma gradual. La primera ley de educación obligatoria se aprobó en 1842 (Folkskolestadgan), estableciendo que todos los niños debían asistir a la escuela elemental, tanto niños como niñas, generalmente desde los 7 hasta los 13 años. Esta escuela elemental, llamada folkskola (escuela popular), proporcionaba una educación básica en lectura, escritura, aritmética y religión y, en realidad, solo era obligatoria para los municipios, no para los súbditos.  

En España, la escuela obligatoria para niños y niñas se fue implantando de manera gradual a lo largo del siglo XX. La primera ley que estableció la enseñanza primaria obligatoria fue la Ley de Instrucción Pública de 1857, conocida como Ley Moyano, que fijaba la educación primaria obligatoria para los niños, aunque en la práctica no se cumplía de manera estricta y la asistencia femenina era limitada.

Al mismo tiempo, los movimientos sufragistas y feministas, que surgieron con fuerza en distintas partes de Europa y del mundo, dieron voz a las demandas femeninas. Mujeres organizadas, decididas, empezaron a cuestionar leyes y costumbres, a demostrar que eran ciudadanas de pleno derecho y que sus capacidades intelectuales y profesionales no eran inferiores a las de los hombres. La literatura, la prensa y la filosofía de la época contribuyeron a cambiar la percepción social: se empezó a valorar la razón, el talento y la independencia de la mujer. Figuras como Emilia Pardo Bazán o, más allá de nuestras fronteras, Mary Wollstonecraft, sirvieron de ejemplo para quienes querían demostrar que el género no debía determinar el acceso al conocimiento o al poder.

No menos importante fue la experiencia de crisis, como guerras, epidemias y cambios económicos mostraron que las mujeres podían asumir tareas hasta entonces exclusivas de los hombres, desde cuidar enfermos hasta gestionar empresas o instituciones. Cada gesto, cada responsabilidad asumida, minaba la resistencia a su participación plena en la vida pública.

En conjunto, la confluencia de trabajo, educación, movilización social y participación activa en momentos críticos generó un terreno propicio para la conquista de derechos. Fue entonces cuando España y Suecia, que hasta ese momento podían considerarse periféricas respecto al progreso científico y cultural europeo, empezaron a ver a mujeres abrirse paso en la ciencia, la medicina, la enseñanza y la política, construyendo así un legado que todavía hoy podemos rastrear y admirar.

Si seguimos la historia, el movimiento por la igualdad de la mujer y sus derechos políticos comenzó a tomar forma a finales del siglo XVIII, en paralelo con los grandes cambios sociales y políticos que marcaron la modernidad. Aunque hay antecedentes dispersos, se pueden señalar varios hitos clave, comenzando en el siglo XVIII que vio el surgimiento del feminismo ilustrado en Europa. Filósofas y escritoras como Mary Wollstonecraft en Inglaterra con su Vindication of the Rights of Woman (1792) exigían educación para las mujeres y reivindicaban su participación en la vida pública y política, criticando la subordinación impuesta por la sociedad patriarcal. En Francia, durante la Revolución, Olympe de Gouges escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), demandando igualdad legal y derechos políticos, aunque esto fue contestado violentamente y muchas feministas de la época fueron perseguidas. La propia Olympe fue guillotinada por su atrevimiento, por aquellos que habían declarado Los Derechos del Hombre.

En el siglo XIX, el movimiento se consolidó en varios países europeos y en Estados Unidos. Surgieron asociaciones y clubes de mujeres, periódicos feministas y campañas por el derecho al voto. En Inglaterra, Emmeline Pankhurst y las sufragistas del movimiento sufragista lucharon a comienzos del siglo XX por el sufragio femenino, alcanzando sus objetivos parciales en 1918 y completo en 1928. En Estados Unidos, el movimiento culminó con la aprobación de la 19ª enmienda en 1920, garantizando el voto femenino.En los países nórdicos, como Suecia, el movimiento se manifestó con cierta demora pero con fuerza: a finales del siglo XIX se crearon asociaciones de mujeres para la educación y participación política, y el derecho al voto femenino llegó en 1921. El voto femenino llegó a España en 1931, con la aprobación de la Constitución de la Segunda República, que reconocía el derecho de las mujeres a votar y a ser elegidas. Este logro fue resultado de décadas de reivindicación por parte de feministas y educadoras que lucharon por la igualdad de derechos políticos. Sin embargo, su implementación encontró oposición tanto en sectores conservadores como en algunos partidos políticos tradicionales.

Victoria Kent, abogada y política socialista, se convirtió en la voz más destacada contra la concesión inmediata del voto a las mujeres en España durante la Segunda República. Su preocupación no era doctrinal, sino estratégica y profundamente realista: temía que la mayoría de las mujeres, fuertemente influenciadas por la Iglesia y la educación tradicional, votarían mayoritariamente a favor de fuerzas conservadoras y clericales, consolidando un poder que la izquierda luchaba por reformar. Kent sostenía que darles el voto sin antes asegurar educación cívica suficiente y autonomía de pensamiento sería jugar en contra de los ideales republicanos y progresistas. Esta postura provocó tensiones incluso con otras feministas de la izquierda, como Clara Campoamor, que defendía el derecho de la mujer a votar como conquista democrática esencial. La crítica de Kent refleja un momento complejo: la lucha por la igualdad de género chocaba con la urgencia política de transformar la sociedad española, mostrando que la historia de los derechos femeninos nunca fue lineal ni homogénea, sino atravesada por debates internos y conflictos de estrategia entre mujeres.

En Suecia, como en España, la lucha por el sufragio femenino no fue sencilla ni unánime, y sorprendentemente también encontró oposición entre mujeres influyentes. Un ejemplo destacado es Ellen Key, escritora y pedagoga de renombre, que expresó reservas sobre la extensión inmediata del voto a las mujeres. Key temía que la participación política sin preparación suficiente podría generar resultados poco favorables para la sociedad, y sostenía que la educación cívica y cultural de las mujeres debía preceder a la conquista política. Mientras tanto, los liberales suecos apoyaban abiertamente la introducción del voto femenino y fueron ellos quienes impulsaron las primeras iniciativas legislativas para su reconocimiento, convencidos de que la igualdad política era un paso inevitable hacia una democracia moderna. Por el contrario, muchos socialistas se mostraron más cautelosos, dudando sobre el impacto que tendría la incorporación de mujeres al electorado, dado que podrían alinearse con fuerzas conservadoras o eclesiásticas. Este debate interno entre progresistas y socialistas, entre partidarios de la acción inmediata y defensores de la prudencia, marcó el ritmo del movimiento sufragista en Suecia, mostrando que el camino hacia la igualdad política femenina fue tanto ideológico como estratégico. En principio, las mismas razones que las voces contrarias españolas.

Tanto en Suecia como en España, quienes dudaban, como Ellen Key o Victoria Kent y otras mujeres ilustradas, ciertos socialistas o políticos conservadores, temían que un cambio abrupto en el electorado sin preparación suficiente pudiera generar resultados inesperados o incluso favorecer a fuerzas reaccionarias. Es comprensible dentro de un contexto donde la educación cívica, la alfabetización y la participación política de la mujer eran todavía incipientes, al menos en España, así como la falta de conocimientos políticos. Sin embargo, la historia muestra que sus temores no justificaban bloquear la igualdad de derechos. Con el tiempo, las mujeres demostraron capacidad política, criterio propio y compromiso social, y su participación transformó la vida pública, la política y la educación. Los críticos reflejaban más un miedo a lo nuevo y al cambio social que una verdadera limitación de la capacidad femenina. En otras palabras, sus objeciones tenían sentido como advertencia pragmática, pero no como argumento válido para negar derechos.

La Primera Guerra Mundial fue un terremoto social que sacudió viejas estructuras y, paradójicamente, abrió camino para los derechos de la mujer. Mientras los hombres marchaban al frente, las mujeres ocuparon sus puestos en fábricas, oficinas, hospitales y transportes. No era solo trabajo físico, sino también responsabilidad, gestión y decisión, tareas que hasta entonces se consideraban “inapropiadas” para ellas. En muchos países, esto mostró de manera evidente que las mujeres eran capaces de asumir roles públicos y productivos, y que su contribución no era subsidiaria ni decorativa. La guerra, con su brutal pérdida de vidas masculinas y la necesidad de mantener la economía y los servicios, convirtió a la mujer en pieza central de la supervivencia de las naciones. Este protagonismo fue imposible de ignorar.

Tras la guerra, se aceleraron reformas educativas y laborales, se abrió la puerta a profesiones antes vedadas y, finalmente, se avanzó en el reconocimiento político: el sufragio femenino en varios países europeos y en Estados Unidos se consolidó poco después de 1918. El conflicto, con todo su horror, sirvió de espejo y de empujón: mostró que la sociedad podía funcionar gracias a las mujeres, y que negarles derechos era, además de injusto, absurdo.

Las mujeres, como decíamos antes, muestran su valor especialmente en momentos de guerras y crisis. La Segunda Guerra Mundial, con su magnitud inédita, obligó a que las mujeres ocuparan espacios que antes se consideraban exclusivamente masculinos. Fábricas de armamento, transporte público, servicios de salud, oficinas de administración, labores técnicas y científicas: todo quedó en manos femeninas mientras los hombres estaban en los frentes. El resultado fue claro: la percepción social de la mujer cambió, porque demostraron con hechos que podían sostener la economía, organizar trabajos complejos y contribuir decisivamente al esfuerzo colectivo. Este escenario fue el verdadero catalizador para la legislación que amplió derechos civiles, educativos y laborales a las mujeres, y sentó las bases del sufragio universal en los países europeos, consolidando lo que antes solo había sido una promesa formal.

En España, la experiencia fue más fragmentada y dramática, pero no menos transformadora. La Guerra Civil (1936–1939) obligó a las mujeres a intervenir activamente en todos los frentes posibles: no solo en hospitales, asistencia social y comedores, sino también en la industria bélica, la educación y la propaganda, y hasta en el mismo frente. La República había aprobado en 1931 el voto femenino y la participación política, pero la guerra forzó a que las mujeres fueran protagonistas visibles, organizando milicias, cooperativas y redes de apoyo, y reclamando espacios hasta entonces negados. A pesar de la derrota republicana y la represión posterior, la experiencia de autonomía y responsabilidad colectiva dejó una impronta duradera: la idea de que la mujer podía y debía participar activamente en la vida pública ya estaba sembrada, y ningún régimen podría borrarla del todo. Ahora, una pequeña pausa para recapacitar. Bueno, a lo que vamos.

Si observamos la historia europea, uno de los grandes impulsores del acceso femenino al saber y a la vida pública fue la Ilustración. Durante los siglos XVII y XVIII, filósofos, científicos y reformadores sociales cuestionaron la autoridad absoluta, la tradición y los límites impuestos a la mujer, defendiendo la educación y la participación en el discurso público. Gracias a esto, las mujeres pudieron comenzar a estudiar, a publicar, a escribir, a enseñar y a intervenir en debates políticos y científicos, aunque con obstáculos constantes. 

Si giramos la vista hacia el mundo islámico, encontramos una historia distinta. Durante la Edad de Oro islámica, entre los siglos VIII y XIII, se desarrollaron matemáticas, astronomía, medicina y filosofía, y algunas mujeres pudieron acceder al saber en ciertos círculos, aunque siempre como excepciones. Sin embargo, a diferencia de Europa, no se produjo un movimiento comparable a la Ilustración que cuestionara sistemáticamente la autoridad, promoviera la educación universal y defendiera derechos civiles y políticos para todos, incluyendo a las mujeres. La tradición se sostuvo en gran parte sobre estructuras patriarcales y religiosas muy rígidas, que restringen la autonomía femenina y la participación pública de las mujeres en la cultura, la ciencia o la política. 

El caso de los talibanes en Afganistán es una manifestación extrema de esta realidad: la prohibición de que las mujeres escriban, publiquen, estudien en igualdad o hablen en público refleja un control social que sigue atado a concepciones de autoridad absolutas y normas tradicionales. No se trata simplemente de religión, sino de cómo la sociedad ha decidido gestionar el saber, la educación y la voz femenina. Mientras Europa abrió espacios para que la mujer pudiera estudiar y participar, aunque lentamente y con resistencias, en regiones bajo control talibán se ha negado históricamente esa posibilidad, consolidando un atraso estructural. Así, cuando vemos la brecha entre mujeres científicas europeas de los siglos XVII y XIX y la casi total invisibilidad femenina en muchos países islámicos contemporáneos, podemos entender que no se trata de carencias individuales, sino de contextos históricos, culturales y educativos que delimitan lo posible. Las mujeres que hoy luchan por educarse, escribir o publicar en estos entornos están, en muchos sentidos, desafiando un atraso secular que Europa comenzó a superar hace siglos.

Pero, al final todo cambia, porque, como decía Heráclito de Éfeso: “todo fluye , nada permanece”, el cambio es la esencia de la realidad y llegará el día en que también las mujeres afganas alcancen su libertad. Esperemos que sea más pronto que tarde. 

A Vindication of the Rights of Woman | Online Library of Liberty 

Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne – Olympe de Gouges