Escucho las noticias que vienen de Palestina. Leo todos los artículos que se escriben, incesantemente, sobre la situación de un pueblo acorralado. mientras el más que bien informado occidente vive su vida, entre banalidades y preocupaciones que los damnificados en Gaza considerarían con razón superfluas.
En el mundo moderno, donde el Estado-nación se ha convertido en la unidad política fundamental, carecer de uno propio es una condena. No se trata solo de no figurar en el mapa: significa no tener embajadas que reclamen por la suerte de tu pueblo, no tener un ejército que lo defienda, no disponer de leyes que se apliquen en tu favor. Significa, en suma, ser vulnerable a la persecución y a la arbitrariedad de otros.
Durante casi dos milenios, el pueblo judío conoció esa misma fragilidad. Tras la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70, vivieron en guetos, fueron objeto de pogromos y expulsiones. La Shoah, perpetrada por el nazismo, fue la culminación trágica de esa indefensión: seis millones asesinados sin que existiera un Estado judío que interviniera en su favor. Solo en 1948, con la creación de Israel, se quebró esa lógica. Desde entonces, el pueblo judío dejó de depender exclusivamente de la buena voluntad de los países anfitriones y contó con un Estado soberano que podía invocar el principio de autodeterminación.
El pueblo palestino vive hoy esa misma maldición. Tras la Nakba de 1948 y las sucesivas guerras árabe-israelíes, millones de palestinos quedaron en diáspora, repartidos entre campos de refugiados y una patria fragmentada. Carecen de un Estado reconocido, y su destino depende de la correlación de fuerzas en la región. La amenaza, esbozada incluso por líderes mundiales, de reducir Palestina a un territorio sin soberanía, un mero “parque temático” bajo control ajeno, haría de los palestinos un pueblo condenado a la diáspora permanente, sostenido solo por la memoria cultural y el anhelo de retorno.
El ejemplo más antiguo y persistente, aparte del judío, es el del pueblo rom. Originarios del norte de la India, iniciaron entre los siglos IX y XI un éxodo que los llevó a Persia, Bizancio, los Balcanes y finalmente a toda Europa. Allí nunca tuvieron un Estado propio, sino que vivieron como una minoría marginada. Esa condición los expuso a todas las formas de violencia: la esclavitud en Rumanía durante más de cuatro siglos, las expulsiones de la Europa moderna, el genocidio nazi. Su número actual, unos 10 a 12 millones, refleja resistencia cultural, pero también la paradoja de un pueblo que sobrevive disperso, sin representación política centralizada.
Hay muchos pueblos que viven desprotegidos de la misma manera, a merced de lo que decidan los políticos de los países poderosos. No intento dar una relación de todos, porque sería casi interminable, pero sí intentaré presentar alguno de los casos más conocidos de pueblos sin estado. Empezaré con los kurdos, porque mi antiguo compañero de doctorado Burhamedin Yassin me introdujo a su historia en muchos seminarios, de camino a la publicación de su tesis: “Vision or Reality? The Kurds in the Policy of the Great Powers, 1941–1947”. Con alrededor de 30 millones de personas, los kurdos son quizá el mayor pueblo del mundo sin Estado propio. Repartidos entre Turquía, Irak, Irán y Siria, han sufrido represiones, desplazamientos y masacres. Los acuerdos internacionales tras la Primera Guerra Mundial ignoraron su derecho a la autodeterminación, y desde entonces su historia ha estado marcada por la lucha y la represión. La ausencia de un Estado hace que su existencia política dependa siempre de la tolerancia o de la hostilidad de los Estados donde habitan. Muchos kurdos han encontrado asilo en Suecia y en la actualidad se cuenta con una población kurda de unos 100.000 miembros, contando también las segunda y tercera generación. Es una minoría bien arraigada que cuenta con personas de relieve en todos los campos, inclusive el político.
En África del Norte, el pueblo saharaui vive una situación similar. Tras la retirada española en 1975, el Sáhara Occidental quedó bajo control de Marruecos. Los saharauis, representados por el Frente Polisario, han intentado mantener una república en el exilio, pero carecen del reconocimiento pleno y del control efectivo de su territorio. Miles viven en campos de refugiados en Argelia, en una especie de limbo político que se prolonga ya por casi medio siglo. La ambigüedad de la posición del estado español durante estos años, las prioridades geopolíticas de las grandes potencias y la absoluta desconexión del mundo árabe en referencia con este problema, ha obligado a este pueblo a permanecer, ya por cincuenta años, en una situación límite.
Además de estos casos, hay varios pueblos menos visibles en el debate internacional, que también viven la condición de carecer de un Estado propio. Los uigures en China, por ejemplo. Un pueblo túrquico musulmán concentrado en Xinjiang. Oficialmente son una minoría reconocida dentro de China, pero sufren represión, internamientos y una política de asimilación forzada.
Los asírios o siriacos, pueblos cristianos de lengua aramea que habitan, o más bien habitaban, zonas de Irak, Siria, Turquía e Irán. Tras la Primera Guerra Mundial, al igual que los kurdos, no obtuvieron un Estado, a pesar de haber sido prometido por las potencias aliadas. Viven dispersos y perseguidos, especialmente tras las guerras en Irak y Siria. Las persecuciones en la Turquía moderna provocaron que la gran mayoría de los cristianos siríacos-ortodoxos emigrara hacia Europa y Estados Unidos. Hoy, en todo el mundo, hay apenas un par de millones de siriacos con raíces en Oriente Medio.La presencia siríaca en Suecia es notable y se consolidó principalmente gracias a un obispo siríaco-caldeo que llegó desde Turquía en los años 70. Su objetivo era trasladar a su comunidad de feligreses a un país seguro, donde pudieran practicar su fe sin persecución y tener oportunidades económicas. De ellos, unos 80.000 viven en Suecia, concentrándose principalmente en Södertälje, pero también en Västerås, Örebro, Jönköping, Linköping, Norrköping, Gotemburgo y Estocolmo. Södertälje se convirtió así en un núcleo central de esta diáspora, donde la identidad cultural y religiosa pudo preservarse en un territorio seguro, mientras que las demás ciudades actúan como satélites de una comunidad que busca mantener sus lazos y tradiciones frente a la dispersión histórica. La mayoría proviene de Turquía, de la región de Mardin y sus alrededores, donde los cristianos siríacos enfrentaban discriminación religiosa y social. Eran comunidades estrechamente unidas, con identidad étnica y religiosa propia.
En Japón encontramos los ainu, un pueblo indígena del norte del país (Hokkaido) y del extremo oriental de Rusia. Sin Estado ni autonomía reconocida durante siglos, han sufrido políticas de asimilación que pusieron en riesgo su lengua y cultura. No fue hasta 2008 que el parlamento japonés reconoció oficialmente a los ainu como un pueblo indígena.
En Oceanía tenemos el caso de los pueblos aborígenes de Australia, que vivieron en ese continente durante al menos 65.000 años, antes de la llegada europea. Eran sociedades con cientos de lenguas, con sistemas de parentesco y de relación espiritual con la tierra, con cosmologías que no separaban naturaleza y humanidad. Su mundo se quebró en 1788, cuando Gran Bretaña estableció en Sídney la primera colonia penal. Desde ese momento, comenzó la gran catástrofe, con pérdida de tierras, epidemias, masacres, esclavitud.
Durante el siglo XIX y buena parte del XX, los aborígenes fueron considerados población inferior, incapaz de integrarse en la sociedad blanca. Se les arrebató la tierra para entregarla a colonos europeos; se les prohibió hablar sus lenguas; se crearon misiones y reservas donde vivían bajo control estricto. Muchos fueron sometidos a trabajo forzado, una forma de esclavitud que apenas en tiempos recientes se ha reconocido públicamente: pastores, sirvientes domésticos, trabajadores en minas o en granjas, sin salario justo ni libertad de movimiento.
Un capítulo particularmente doloroso es el de las llamadas “Generaciones robadas” (Stolen Generations). Hasta los años 1970, miles de niños aborígenes fueron separados de sus familias y entregados a instituciones o familias blancas, bajo el argumento de que había que “civilizarlos”. Era un intento de borrar su cultura y absorberlos en la mayoría anglosajona.
El siglo XX avanzó y, con él, surgieron las luchas por el reconocimiento. En 1967 un referéndum histórico permitió incluir a los aborígenes en el censo nacional y otorgó al gobierno federal capacidad de legislar en su favor. Pero el camino hacia la igualdad ha sido lento. En 2008, el primer ministro Kevin Rudd pronunció la palabra largamente esperada: “Perdón”. Fue un discurso solemne en el Parlamento australiano pidiendo disculpas a las Generaciones robadas y a sus familias. Ese acto fue simbólicamente decisivo, pero no resolvió los problemas estructurales. Todavía recuerdo la imagen de Cathy Freeman con su mono aerodinámico verde, ganando los 400 metros lisos. Cathy, una representante del pueblo aboriginal, había inaugurado los juegos olímpicos de 2000, encendiendo la hoguera olímpica con su antorcha y ahora disfrutaba de una victoria que todos la deseábamos.
Hoy, los aborígenes representan alrededor del 3 % de la población de Australia. Sus indicadores sociales siguen siendo mucho peores que los del resto de la sociedad: menor esperanza de vida, más enfermedades, más desempleo, más alcoholismo y drogodependencia, más encarcelamientos. La exclusión persiste, aunque se reconozcan sus culturas como parte del patrimonio nacional.
La pregunta de fondo es la misma que atraviesa a tantos pueblos sin Estado o sin poder político propio: ¿cómo sobrevivir cuando el territorio fue usurpado, las estructuras tradicionales destruidas y la memoria colectiva quebrada? Los aborígenes de Australia sufren la herida colonial, que no se cierra con un perdón simbólico. Se necesitan derechos efectivos, instituciones que no solo preserven su cultura como folklore, sino que les devuelvan la posibilidad de decidir sobre sus vidas. Seguiré mañana recordando la historia de pueblos nómadas y como la suerte ha favorecido a algunos y abandonado a otros.
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