.La próxima semana los líderes de la OTAN se darán cita en Copenhague. Allí hablarán de un “escudo antidrones”, una muralla del siglo XXI contra máquinas que vuelan solas y que hoy ocupan titulares desde Ucrania hasta Oriente Medio. Pero antes de ese debate global, yo mismo tropecé ayer con un recordatorio inquietante en el lugar más humilde: la tienda de ultramarinos en la que suelo comprar, además, justo cuando María Luisa me hacia una pregunta por WhatsApp sobre este nuevo foro.
Una mesa improvisada, papeles y bocetos esparcidos, y dos mujeres uniformadas de la Cruz Roja. Con calma me preguntaron si sabía qué hacer en caso de guerra. No era una pregunta retórica, era un cuestionario práctico. Sentí que las líneas que separan lo cotidiano de la guerra, lo local de lo global, se han vuelto demasiado finas.
Y pensé entonces que la historia de los drones no comienza con satélites ni con microchips, sino mucho antes. En la Antigüedad se llegaron a amarrar brasas a las patas de palomas, que al regresar a su palomar encendían fuego tras las murallas enemigas. En el Mediterráneo, barcos vacíos en llamas eran lanzados contra las flotas rivales. En China, textos antiguos describen carros incendiarios empujados hacia las ciudades. Siempre la misma lógica: hacer que otro, sea animal, objeto, máquina o lo que sea, lleve el fuego y muerte al enemigo.
Hoy los drones patrullan desde miles de kilómetros, guiados por pantallas en habitaciones seguras. Un operador pulsa un botón en Moscú y un misil impacta en Kiev. El combate se deshumaniza aún más: ni siquiera ves al enemigo, solo un punto de calor en una cámara infrarroja.
El aspecto ético de todo esto es abrumador. Por un lado, se argumenta que los drones reducen las bajas propias, que permiten precisión quirúrgica, que evitan guerras abiertas. Pero ¿qué sucede cuando la guerra se convierte en rutina, cuando el costo humano queda invisible tras una interfaz digital? ¿Qué significa la responsabilidad en un mundo donde matar se asemeja a pilotar un simulador? ¿Dónde se coloca el peso de la culpa: en el soldado que aprieta el botón, en el ingeniero que diseñó el dron, o en el político que firmó la orden?
Quizás la pregunta de aquellas mujeres de la Cruz Roja era más amplia de lo que parecía. No se trataba solo de saber dónde está el refugio o cuánta agua almacenar en casa. Era, en el fondo, un recordatorio: ¿sabemos qué hacer cuando la guerra se convierte en un zumbido lejano, cuando la destrucción llega sin rostro, sin presencia, sin contacto humano?
La guerra ya no es lo que era. No hay tambores ni trompetas que anuncien su llegada, ni ejércitos que marchen sobre caminos polvorientos bajo el sol del mediodía. Hoy, la guerra se desliza silenciosa, invisible, como un zumbido que cruza el aire y llega a través de pantallas, satélites y coordenadas frías. La distancia, que antaño significaba estrategia y táctica, se ha convertido en un velo que oculta el rostro del enemigo y amortigua la conciencia del agresor.
En tiempos antiguos, la guerra tenía cuerpo: los hombres se enfrentaban, los ejércitos colisionaban, la sangre corría entre los pies de quienes luchaban. Incluso la astucia de los generales y los artificios de la pólvora tenían un contacto humano, tangible, reconocible. Hoy, basta con un botón: un misil parte desde un cuarto seguro y encuentra su blanco a cientos de kilómetros, mientras el operador, lejos de cualquier peligro, contempla el impacto en una pantalla iluminada por píxeles.
Pero no es solo la tecnología lo que ha transformado la guerra: es la percepción misma de la violencia. Lo que antes nos sobrecogía por su proximidad ahora se nos presenta como un dato abstracto, un número que pasa de un informe a otro. La muerte, cuando llega en silencio, se despoja de su drama; el dolor de quienes lo sufren queda oculto detrás de interfaces y gráficos. La guerra se convierte así en una abstracción, un instrumento de control más que una experiencia humana.
Y sin embargo, sigue siendo guerra, con su poder de desarraigar, de cambiar vidas, de deshacer ciudades y corazones. Solo que hoy nos enfrenta a dilemas éticos más complejos, donde la distancia física provoca un desfase moral: ¿quién es responsable cuando matar se parece a pilotar un simulador? ¿Dónde termina la culpa del operador y comienza la del político, del ingeniero, de toda sociedad que permite esta forma de violencia?
La guerra ya no es lo que era, pero su esencia sigue siendo la misma: la capacidad de destruir. Solo que ahora la destrucción es limpia, precisa y silenciosa, y nos obliga a mirar más allá del humo y la pólvora, hacia el vacío ético que deja a su paso.
No es que yo eche de menos la heroicidad de los antiguos guerreros, con sus espadas, estandartes y campamentos bajo el sol; aquel tipo de guerra, brutal y cercana, tenía rostro y nombre. Lo que me da escalofríos es la destrucción anónima, impersonal, la que llega sin aviso, sin contacto, llevada por máquinas o por decisiones que apenas rozamos con la conciencia.
Fue Ronald Reagan quien abrió un futuro desconocido con su llamada “Guerra de las Galaxias”. El programa de defensa estratégica prometía escudos y satélites capaces de interceptar misiles a miles de kilómetros, pero también inauguraba una nueva era: la de la amenaza perpetua, tecnológica y difusa, donde la destrucción podía decidirse desde un despacho confortable sin que nadie viera el fuego que se desataba. Lo que antes estaba limitado por logística, por hombres cansados y caballos exhaustos, ahora se encuentra a un par de decisiones de distancia: un código, un botón, una orden, y la destrucción golpea, implacable, en cualquier punto del planeta.
Hoy, mientras discutimos escudos antidrones en foros internacionales, la sombra de aquel futuro imaginado por Reagan sigue presente. No es ciencia ficción: cada misil, cada dron, cada sistema de interceptación nos recuerda que estamos a un par de decisiones del Armagedón, y que la lejanía tecnológica no nos protege de la responsabilidad ni del miedo. La guerra ya no es un espectáculo de hombres contra hombres, sino un riesgo colectivo, un zumbido invisible que amenaza a todos, incluso a quienes creen vivir ajenos a él.
En ese escenario, la pregunta de las mujeres de la Cruz Roja en mi tienda de ultramarinos resuena con fuerza: no es solo saber dónde buscar refugio; es preguntarse si comprendemos hasta qué punto el mundo puede desmoronarse, y si estamos dispuestos a mirar la distancia, la frialdad y el anonimato de la destrucción cara a cara.
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