Ayer celebramos el cumpleaños de mi nieta. Ella cumplió nueve años y está en esa edad tan positiva en que los niños están abiertos a todo y viven en lo que Piaget llamaba etapa de las operaciones concretas, porque pueden pensar de manera lógica sobre cosas concretas, pueden entender relaciones de causa y efecto más complejas y también que comienzan a organizar información de manera más sistemática. A esa maravillosa edad la amistad y el juego cooperativo cobran mucha importancia.Todavía están libres de preocupaciones por la apariencia, la competencia o el futuro. Pueden simplemente disfrutar del presente, concentrarse en el juego y aprender sin miedo al juicio de otros. A esa edad quieren saber, preguntan y preguntan y a veces es difícil encontrar respuestas.

Las conversaciones de los mayores, este día, se fueron encaminando, casi inevitablemente hacía la situación política del momento. Tres  ingenieros, una médico, un historiador, una socióloga, una jurista y una escenógrafa, comentaban, discutían y trataban de adivinar el futuro, desde la historia, mientras la cumpleañera miraba con una expresión seria a unos y a otros, según iban hablando, a la vez que abría paquetes, comisqueando algún chuche. En esta discusión participabamos todos, al calor de la barbacoa Cuando advertimos el interés de la niña por la conversación, cambiamos de tema y la miramos todos con una sonrisa un poco tonta dibujada en nuestros labios, como avergonzados de haber hecho algo inconveniente. 

Y es que, el tema que estábamos discutiendo no era el mejor para un cumpleaños. Traíamos todos un bagaje de preocupación por los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor y por los cambios sustanciales que estamos observando en nuestro entorno. Es bastante difícil no sentir un extraño vacío emocional, tras años de amenazas de guerra. Hablábamos de cómo nos estamos preparando para la catástrofe que, según algunos de nosotros, se cierne sobre nuestras cabezas. Yo escribí ayer, que en la tienda donde suelo ir a comprar tenían un stand con información sobre cómo prepararse para una guerra o una crisis. Hablábamos de tener siempre agua almacenada, una cocinilla de gas transportable, conservas, botiquín de urgencias, dinero en billetes, ropa ligera de abrigo, el depósito del coche siempre lleno de gasolina etc. También hay que saber adónde ir, lugares seguros, refugios organizados, privados, rutas seguras por el bosque. 

Más tarde, ya dentro de la casa, jugando con mi nieta y mi hijo a construir una torre, me preguntó ella con cara muy seria, si es que alguien nos iba a atacar, y yo me sonrojé y la dije que todo era una especie de juego, un deporte, simplemente estar preparado para cualquier eventualidad, una lluvia torrencial, un terremoto, un incendio forestal, cualquier cosa, pero que ella no tenía que preocuparse, porque todo eso es muy poco probable. Ella no me preguntó más, pero seguramente le quedó un poso de duda, como un borrón en la memoria de su cumpleaños. 

En el camino a casa, seguimos discutiendo, ahora ya con mi compañera y mi hijo, estudiante de bachiller, sobre la necesidad o no, de un rearme. En mi familia, casi todos creen, como la mayoría de los suecos, que es preciso armarse hasta los dientes para prevenir la guerra. Piensan, los que así opinan, que el hecho de armarse detendrá el impulso de atacar a nuestros enemigos en teoría. En teoría digo, porque en la práctica solo hay uno que pudiera hacerlo. Yo opino que se equivocan, que el rearme solo nos llevará a una espiral de armamentos que, como suele ocurrir, al final, resulte en guerra. Las posiciones están bastante enrocadas. Por suerte, sabemos separar las convenciones políticas o las posiciones filosóficas del cariño familiar y, al llegar a casa, nos dedicamos a otras cosas más divertidas y menos serias. 

En concreto, hay dos teorías que se pueden aplicar a la contención de conflictos que amenazan la paz. La primera, y la que parece tener la máxima aceptación por el momento, es la idea de que la paz sólo puede asegurarse con la fuerza. Si un Estado o un bloque de Estados se arma lo suficiente, el adversario lo pensará dos veces antes de atacar. Es la lógica de la disuasión: “si yo tengo más cañones, más tanques o más misiles, tú no te atreves”. Durante la Guerra Fría, esta idea alcanzó su máxima expresión con el arsenal nuclear: la destrucción mutua asegurada. Esta teoría tiene antecedentes en el siglo XIX, cuando los imperios europeos competían en armamentos navales y coloniales bajo el supuesto de que el equilibrio militar evitaría la guerra, lo que en 1914 se demostró falso.

En teoría, esta lógica podría frenar agresiones inmediatas pero en realidad, alimenta una espiral de armamentos que multiplica el riesgo y los costos.

Yo, por mi parte, siempre preferiría lo contrario, la teoría de la paz con desarme, donde la lógica es la opuesta: a menos armas, más seguridad. Esta teoría se basa en la confianza de que la guerra no estalla por “debilidad” sino por exceso de armas y por la tentación de usarlas. Tras la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones impulsó conferencias de desarme en Washington, 1921-22 y Ginebra, 1932-34, aunque con poco éxito.En los años 50 y 60, Bertrand Russell y movimientos pacifistas exigían el desarme nuclear como única garantía real de supervivencia. El desarme reduce el peligro de accidentes y escaladas militares, además de liberar recursos para fines civiles. En principio, esta ha sido la política que los gobiernos europeos han seguido, y que ha permitido reformas sociales, para el bien de la sociedad. Trump echa en cara a la Unión Europea, que ese desarrollo económico y social, se ha hecho a costa de los Estados Unidos, y la protección que estos han ofrecido. El punto débil de la teoría de la paz con desarme es que depende de la confianza mutua, algo difícil de garantizar cuando hay rivalidades políticas o ideológicas.

La teoría de la paz a través del miedo y la fuerza, preferida por el momento, por una mayoría, es la paz militar, a través del miedo y la fuerza, yo diría que es solo una tregua en una guerra eterna. La paz  a través de la confianza y la cooperación es una paz política y moral. Ambas teorías han convivido en el siglo XX,  mientras los estados acumulaban armas por temor, al mismo tiempo existían voces,que clamaban por el desarme como único camino seguro.

Los partidarios del desarme sostenemos que, si eliminamos las armas, quitamos también la posibilidad de usarlas; apuestan por la lógica cooperativa, la confianza en acuerdos, instituciones y diplomacia. Es la esperanza de que el hombre, al ver el desastre de la guerra, aprenda de sus errores. Los defensores del rearme responden con una visión más pesimista: los líderes y los pueblos no son siempre racionales, están movidos por pasiones, ideologías o intereses económicos. En ese escenario, solo el miedo a la represalia, la disuasión, puede frenar la agresión.

Yo, como partidario que soy del desarme, me apoyo en la historia y en lo que otros ya pensaron y demostraron, aunque no hayan tenido en su mano cambiar la historia. En este caso, creo que hay que releer a Richard Cobden y su “Russia and the Eastern question”, escrito 1853 en plena guerra de Crimea, porque Cobden explica que el “peligro” que supone Rusia para occidente es una exageración propagandística. Según él, la clase dirigente británica había creado una imagen distorsionada de Rusia como potencia amenazante e imparable. Cobden mostraba con datos que el Imperio ruso era atrasado en economía, mal administrado y con recursos militares sobrevalorados.

Con argumentos de peso, reiteraba que el comercio, no la guerra, debería regir las relaciones internacionales. Para Cobden, la verdadera fortaleza de Inglaterra no residía en su flota ni en su ejército, sino en su liderazgo comercial e industrial. Las guerras, decía Cobden,  son un negocio de las élites políticas y militares y criticaba que las campañas bélicas arruinaban a la nación con impuestos y deuda pública, beneficiando únicamente a contratistas, banqueros y clases dirigentes.


Cobden proponía que Inglaterra debía abandonar la política exterior agresiva y dejar que los pueblos resolvieran sus propios conflictos, salvo casos de amenaza directa a la seguridad nacional y sostiene que la política exterior británica estaba secuestrada por el miedo, la ambición y los intereses de minorías que se enriquecían con la guerra.

Me suena tan actual, la crítica de Cobden. Lo extraño es que no tengamos un Cobden en la actualidad, que yo sepa. Claro, que, ¿quién se atrevería? Al que lo hiciera, le acusarían, con toda seguridad, de ser un agente ruso. 

En los días de la Guerra de Crimea, Richard Cobden levantó la voz contra la histeria bélica que arrastraba a Inglaterra hacia un conflicto inútil. Desmontó el mito del “oso ruso” y mostró que la verdadera fortaleza de su país no estaba en los cañones ni en los arsenales, sino en el comercio, en la cooperación, en la inteligencia de los pueblos. Fue un apóstol del desarme en tiempos en que la mayoría repetía el credo del rearme.

Si miramos nuestro presente, uno se pregunta: ¿existe hoy un Cobden? La respuesta más sencilla es un “no”. No hay una figura única que, desde la política, represente con la misma claridad esa fe en el comercio y en el entendimiento como antídotos contra la guerra. Pero sí hay voces dispersas, críticas, que recogen algo de su legado.

Lo que si tenemos en economistas como Amartya Sen o Joseph Stiglitz, que nos recuerdan que el gasto militar devora recursos que deberían ir a la salud, la educación y el desarrollo. Noam Chomsky, desde otro ángulo, insiste en que la guerra es el negocio de minorías que manipulan a la opinión pública con miedos fabricados. Y las campañas internacionales por el desarme nuclear, como ICAN, premiada con el Nobel de la Paz en 2017, nos muestran que la lógica de Cobden sigue viva, la seguridad no nace de las armas, sino de la confianza, los tratados y la cooperación. La diferencia es que Cobden creía que el comercio, por sí solo, bastaría para asegurar la paz. La historia del siglo XX nos enseñó que no era así. Hoy hablamos más de instituciones internacionales, de derechos humanos, de control democrático del gasto en armas. Y sin embargo, el dilema es el mismo: rearme o desarme, miedo o confianza. Quizá no tengamos un Cobden individual, pero tenemos un coro de voces que, en medio del estruendo de la maquinaria militar, siguen repitiendo lo mismo, que la paz no se compra con pólvora, sino con inteligencia, justicia y cooperación entre los pueblos. Espero que mi nieta no piense demasiado en la conversación de los mayores alrededor de la barbacoa, el día de su cumpleaños.

Russia and the Eastern question, | Library of Congress

ICAN – International Campaign to Abolish Nuclear Weapons