Hoy al despertar me di cuenta de que la temporada luminosa nos ha dejado ya. Los rayos de sol ya no penetran por entre los resquicios que dejan las cortinas. Comienza el tiempo de la oscuridad. Los días se irán acortando, y gran parte de nuestra actividad, aquí en las latitudes nórdicas, transcurriran entre sombras y luces artificiales. Lo bueno de esta época es que lleva dos promesas; la navidad y tras ella la primavera y el regreso de la luz.
Toda época de oscuridad lleva en sí, como en germen, la promesa de la luz. No porque la penumbra sea amable ni porque deba celebrarse el sufrimiento, sino porque la historia humana, igual que la naturaleza, obedece a ciclos de invierno y primavera. La sombra que ahora se extiende anuncia, precisamente por su densidad, el contraste de un amanecer futuro.
Cuando las sociedades caen en el desencanto, cuando lo que era sólido se derrumba y las palabras parecen perder su sentido, es entonces cuando en lo profundo se abre el espacio de la renovación. El invierno, con sus árboles desnudos, no destruye la vida: la concentra, la protege en la raíz. Lo mismo ocurre en los tiempos de crisis: bajo la superficie de la desesperanza se guardan las semillas de nuevas formas de vida, de nuevos pensamientos, de otra claridad.
El “periodo de sombras” que se anuncia en nuestro horizonte no es el final del camino. Es un umbral. Nos obliga a interrogar lo que dábamos por seguro y a confrontar nuestros propios límites. Esa dureza prepara, sin que lo sepamos, una sensibilidad más fina hacia lo que vendrá. Cuando llegue la primavera, cuando los días se abran y el sol regrese, reconoceremos en cada brote el milagro que fue madurando en secreto durante el tiempo oscuro.
No hay luz sin sombra, ni primavera sin invierno. Y así como el ser humano, tras la noche, vuelve a abrir los ojos al día, también nuestras sociedades, después de la opresión y el desencanto, recobran el pulso de la esperanza. La oscuridad no es la negación de la luz, sino su condición previa: el telón contra el cual se revelará con más fuerza el resplandor del futuro.
Futuro, sí. Es lo que necesitamos, creo yo. Vivimos centrados en unos acontecimientos que nos desaniman. Tenemos la sensación de que hemos perdido algo que ya nunca recuperaremos. La sensación de haber pasado nuestra época dorada e ir camino de tiempos grises y tristes. Pienso en todas las generaciones jóvenes, en sus sueños, que me dejan ver en las conversaciones, que leo en sus escritos. Sueños parecidos a los que eran mis sueños, a su edad. Creo adivinar cierta nostalgia en sus preguntas; cuando quieren que les cuente cómo era la vida en los 60 y 70. Veo en sus ojos una añoranza que me entristece.
El futuro era algo que nosotros, lo boomers, como nos llaman ahora, teníamos mucho en cuenta. Nuestras sociedades vivían de cara al futuro, y nosotros pensabamos que, derribando ruinas, construiríamos algo mejor. En Suecia, la investigación sobre el futuro o “futurología” se desarrolló especialmente a partir de los años 1960 y 1970, en un contexto de fuerte fe en la planificación social y en la capacidad del Estado de Bienestar para anticipar y gestionar los cambios.
La idea central era que el futuro no debía dejarse al azar, sino que podía estudiarse, modelarse y orientarse mediante métodos científicos, análisis de tendencias y escenarios. Se trataba de observar los grandes procesos sociales, tecnológicos, económicos y medioambientales para ofrecer a los responsables políticos una base más sólida al tomar decisiones de largo plazo.
En 1973 se fundó “Sekretariatet för framtidsstudier” (Secretariado para el estudios del futuro) que en 1980 pasó a llamarse Delegationen för framtidsstudier (Delegación para estudios del futuro) y estuvo operando hasta 1987. Su objetivo principal fue, y sigue siendo, ahora bajo otra denominación, realizar investigación multidisciplinar de alta calidad sobre problemas sociales de largo plazo, para servir de base al debate público y a la formulación de políticas. En otras palabras, se creó para: explorar tendencias y escenarios futuros en áreas como democracia, desigualdad, globalización, sostenibilidad, tecnología y ética. Esto se trataba de conseguir Impulsando una investigación independiente y crítica, más allá de la lógica de los ciclos políticos cortos, conectando la academia con la sociedad, fomentando debates abiertos y accesibles sobre el porvenir de Suecia y del mundo.
Para el estado este instituto contribuía a fortalecer la planificación estratégica en un tiempo marcado por incertidumbre: la Guerra Fría, los desafíos medioambientales emergentes y la transformación del Estado de bienestar. Hoy en día, el instituto, ahora llamado Institutet för framtidsstudier (Instituto para estudios del futuro) es una fundación estatal independiente, con sede en Estocolmo, y sus proyectos combinan sociología, filosofía, economía, ciencias políticas y medioambientales para abordar las grandes cuestiones de futuro. Pero, y aquí está el problema, a nadie le parece importar. Bueno, quizás soy un poco exagerado; a mí me importa y a muchos otros, pero, los políticos actuales están más liados con la actualidad y no alcanzan a pensar en un futuro que empezará a partir de las elecciones de septiembre de 2026.
Y, pensar en el futuro, es lo que los jóvenes hacen. El problema es que ahora, piensan en el futuro con miedo, con desánimo y la culpa es nuestra. Sí, la culpa es de los políticos, los medios de comunicación, las generaciones anteriores, porque no hablamos de futuro, sino para pintarlo de negro a grandes brochazos. Vivimos un tiempo en el que los jóvenes miran hacia adelante con una mezcla de inquietud y esperanza herida. Para muchos de ellos, el futuro no es la promesa luminosa que fue para generaciones anteriores, como la mía, sino una sombra que se cierne sobre el presente. Temen al cambio climático, a la guerra que se muestra tan cercana en Europa y en otras regiones, al desempleo que la inteligencia artificial podría traer. Y más allá de esos grandes titulares que llenan las noticias, temen también a la soledad, a la imposibilidad de formar un hogar propio, a no encontrar un lugar digno en el mundo.
El desánimo se alimenta de la sensación de que todo se acelera y se escapa de las manos. Ven cómo los adultos hablan de sostenibilidad y paz mientras el planeta sigue ardiendo y las armas siguen multiplicándose. Se preguntan: ¿qué podemos hacer nosotros si ni siquiera los poderosos parecen capaces de corregir el rumbo? Y, sin embargo, ese mismo miedo es también una señal de vitalidad. Porque quien se preocupa por el futuro es quien todavía cree que puede ser diferente. El desánimo de hoy, si encuentra palabras y cauces, puede convertirse en fuerza transformadora mañana. El problema es que, los partidos políticos, no encuentran jóvenes que quieran participar. Pero eso no supone que no haya preocupación política entre las nuevas generaciones. Algunos se identifican como progresistas, preocupados por el clima, derechos humanos, igualdad y justicia social y actuan en redes, movimientos sociales y activismo cultural. Hay un segmento creciente de conservadores y reaccionarios que prioriza seguridad, identidad nacional, tradición, y valores familiares. Estos actuan a menudo dentro de asociaciones, partidos políticos en la derecha radical o plataformas digitales que refuerzan sus ideas. Otros, los más, no se alinean de forma clara con ninguna ideología, buscan pragmatismo o soluciones concretas a problemas locales o globales.
A un año de las elecciones, la sociedad sueca está en tensión, porque la inseguridad y la economía fragilizan al gobierno y alimentan el avance de SD (Demócratas Suecos), que, si las elecciones fuesen hoy, sería la segunda fuerza en el parlamento sueco con el 20% de los votos, sobrepasando al partido moderado de derechas (Moderaterna). En España vemos un escenario parecido, agravado naturalmente por la cuestión identitaria, que complica el tablero político. Allí el radical partido de derechas Vox alcanza ya los 17;3 % en intención de voto, y se aproxima al moderado PP.
Cuando hablo con jóvenes, lo que más me llama la atención es su sed de esperanza. No se conforman con discursos que solo prometen seguridad o defensa frente a los problemas; quieren proyectos, visiones y un futuro que valga la pena. Anhelan sentir que sus esfuerzos cuentan, que pueden contribuir a algo más grande que ellos mismos, y que su voz tiene peso en la construcción de la sociedad. Pero lo que encuentran son escenarios aterradores, políticos sin ideas de futuro y mensajes que solo transmiten desesperanza. Esta desconexión explica buena parte del desinterés por los partidos tradicionales: los jóvenes buscan inspiración y dirección, no solo gestión de crisis.
Por eso me atrevo a exclamar: ¡Reinventemos el futuro! Es hora de mirar más allá de los miedos y la desesperanza, y construir un mundo que merezca la pena para quienes vienen detrás de nosotros. Las próximas generaciones necesitan esperanza, proyectos y visiones que les inspiren a actuar, no solo advertencias sobre lo que podría salir mal. Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar: en nuestra vida diaria, en nuestra comunidad, en la política, en la cultura. No esperemos que otros hagan el trabajo por nosotros. Sumemos creatividad, coraje y compromiso, y levantemos juntos un futuro donde valga la pena vivir y trabajar, un futuro en el que nuestros hijos y nietos puedan mirar con orgullo. ¡Reinventemos el futuro, y hagámoslo juntos!
Leave a Reply