En mi primer viaje a Bruselas, llegue a media tarde al centro y me dirigí directamente a un restaurante próximo a la Grand Place para comerme un buen plato de mejillones con patatas fritas (moules-frites) y beberme una botella de Cantillon una gueuze artesanal, ácida y fermentada en botella, verdaderamente deliciosa.
Ya que no tenía nada que hacer hasta el día siguiente, que tenía una reunión en la sede del parlamento, decidí darme una vuelta por el centro, ya sabéis que a mí me gusta andar y aprovecho cualquier visita a una ciudad, para mí desconocida, para caminar kilómetros, dejando mis cinco sentidos acostumbrarse a las nuevas sensaciones. No llevo precisamente una lista de lugares para visitar, pero había un lugar en especial que yo quería conocer. Sí, una pequeña figurita de menos de medio metro, pero uno de los símbolos más conocidos de Bruselas, el famoso Manneken Pis. Lo encontré a unos 300 metros de La Grand Place, en un chaflán entre la Rue de l’Étuve (Stoofstraat en flamenco) y la Rue du Chêne (Eikstraat).
Aunque es raro, no encontrar el lugar lleno de turistas cámara en mano, no había casi nadie, cuando llegué, y pude mirar la estatua y los alrededores con tranquilidad, pensando un poco en las leyendas que se le atribuyen. La estatua es parte de una pequeña fuente, y apenas medio metro, que representa a un niño orinando despreocupadamente. Fue esculpida en 1619 por Jérôme Duquesnoy el Viejo y fundida en bronce, sustituyendo a otra más antigua y rústica en piedra, que había en el mismo lugar, y aunque en origen era simplemente una fuente pública, muy pronto se convirtió en emblema de la ciudad. Se cuentan muchas leyendas de su significado, quizás la más conocida es la de que durante un asedio a Bruselas, un niño orinó sobre la mecha encendida de un explosivo colocado por los enemigos, evitando así que la ciudad fuese destruida. Pero hay muchas más. Y, cuando yo estaba allí, viendo al niño despacharse a su gusto, sentí que las dos Cantillon empezaban a hacer efecto y tuve que apresurarme a encontrar un lugar donde satisfacer mi necesidad.
Puede parecer una anécdota pobre, poco original y sin nada de contenido, pero no lo es, para quien como yo acaba de pasar por algo tan terrible, como mi experiencia de este último mes. Imaginaos el dolor intenso y constante de no poder orinar. Es un sufrimiento físico que no se puede ignorar, un tipo de presión que crece y crece dentro del abdomen y la vejiga, hasta volverse casi insoportable. Cada minuto es una batalla con el cuerpo, una sensación de urgencia que no tiene salida. Dormir, moverse, concentrarse, todo se vuelve imposible.
Cuando la situación alcanza ese límite, la única opción es llamar a la ambulancia y acudir a urgencias. Allí, rodeado de desconocidos y personal médico, se siente una mezcla de alivio y miedo: alivio porque por fin alguien puede intervenir, miedo porque no sabes cuánto dolor te queda por soportar ni cuál será el procedimiento. La colocación de un catéter se convierte en la primera pequeña liberación: una sensación extraña, incómoda y dolorosa, pero que finalmente permite que la orina salga, que el cuerpo empiece a recuperar un poco de normalidad. El hecho de pasar casi un mes llevando catéter implica no solo el dolor inicial, sino la molestia constante, la limitación en los movimientos y la dependencia de cuidados médicos continuos. Cada día es un recordatorio de lo vulnerable que puede ser el cuerpo y de la paciencia que requiere el proceso de recuperación.
Y finalmente, cuando llega el momento de liberarse del maldito/bendito catéter, se siente una mezcla de alivio físico, gratitud y cierta incredulidad: después de semanas de sufrimiento, la vejiga vuelve a funcionar, y con ello, se recupera una pequeña parte de la autonomía perdida. Es un proceso que deja huella, porque recordamos lo frágil y a la vez resistente que puede ser el cuerpo humano. Ahí estoy yo hoy: esperando a ver si todo empieza a funcionar bien y sintiéndome agraciado por no haber corrido la misma suerte que el noble y conocido astrónomo danés Tycho Brahe, que como sabéis murió al parecer por una infección urinaria y retención de orina, que derivó en una infección de la vejiga y los riñones. La leyenda popular dice que murió porque no quiso levantarse durante una recepción en la corte de Praga en presencia del emperador Rodolfo II, por respeto al protocolo.
Sí, a veces es difícil dejar la mesa, aunque pueden pasar horas y horas, en una cena más o menos protocolaria. A mí me ocurrió algo parecido en 1990, en la institución de historia en Lund. Una vez al mes, invitábamos a alguna persona conocida que estuviera de paso por nuestra ciudad, casi siempre un historiador. Esta vez era, nada más y nada menos que el famoso Eric Hobsbawm, miembro destacado del grupo de historiadores marxistas de Cambridge en los años 30, un núcleo altamente influyente de historiadores británicos, que desarrolló la historia social, que se popularizó en la década de los 60 con el enfoque de la “historia desde abajo” descrito por E. P. Thompson. Durante la época de esplendor del Grupo de Historiadores, desde 1946 hasta 1956, sus miembros más destacados incluyeron a Thompson, Christopher Hill, Eric Hobsbawm, Raphael Samuel. La mayoría de ellos miembros del partido comunista, al menos hasta 1956, cuando muchos lo abandonaron a consecuencia de la brutalidad con la que la Unión Soviética aplastó la revuelta húngara.
Yo había leído muchos de los trabajos de Hobsbawm. Empecé a leerle con su libro Bandits, a principios de los 70, seguí con Revolutionaries : contemporary essays y The invention of tradition. Cuando le recibimos en Lund, acababa de leer Nations and Nationalism since 1780: programme, myth, reality. Me dejo muchos trabajos suyos en el tintero, aunque me bastaría mirar entre mis libros para encontrar, al menos, media docena más. Comprenderéis que para mí la presencia de Hobsbawm era algo comparable a encontrarme en la corte de Rodolfo II. Tengo la impresión de que pasé todo el día alrededor de este simpático personaje, historiador histórico y gran orador. Primero le recibimos, con todas las presentaciones, una copa de cava y un aperitivo antes de la conferencia, que, entre unas cosas y otras demoró unas dos horas, después vino para celebrar y vamos juntos a la mesa, donde la comida ya está puesta, y hablamos, hablamos, hablamos. Pasaban las horas y nadie quería levantarse. No sé que hubiera pasado si alguno de nosotros hubiéramos estado en una situación tan precaria como el bueno de Tycho Brahe. ¿Habríamos dejado la conversación y la compañía para ir al servicio? No creo. Lo raro es que tampoco Hobsbawm, que entonces tenía 73 años, abandonó la mesa, hasta que lo hicimos todos. Eso sí, había cola en los servicios.
Hombre, tampoco quiero comparar mi experiencia con la de Tycho Brahe, pero admito que es todo un fenómeno poder ir al servicio cuando la necesidad aprieta. Más de una vez la cortesía, ese empeño en no interrumpir, en esperar el momento adecuado, se convierte en una trampa: uno acaba postergando lo impostergable por pura educación, como si el cuerpo pudiera ajustarse al protocolo social. Y ahí es cuando la cortesía deja de ser virtud y se vuelve un inconveniente.
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