El odio va cohibiendo a los políticos, especialmente a las mujeres que se atreven a ser políticas. Las acorrala, las asusta, las va empujando fuera de la vida pública. No es nuevo, porque la violencia política ha existido siempre, pero hoy adopta formas nuevas, más invisibles y más cobardes. Los nuevos medios de comunicación, con su mezcla de inmediatez y anonimato, amplifican el insulto, deforman la crítica y convierten la discrepancia en hostilidad. Así, la democracia, que debería nutrirse de la pluralidad de voces, se empobrece, porque cada mujer que se calla o se retira por miedo deja un vacío en el espacio común.
Ayer volvió a suceder. En Suecia, Anna Karin Hatt, líder del Partido del Centro, anunció entre lágrimas que abandonaba la política. No lo hacía por falta de convicción ni por cansancio del trabajo público, sino porque ya no podía soportar más el odio que la rodeaba: los insultos diarios, las amenazas anónimas, los ataques dirigidos incluso contra su familia. Se marchó con la voz quebrada y la mirada de quien sabe que ha dado todo, mientras sus colegas la rodeaban en un corro silencioso. Pero nadie, nadie, hizo nada por descubrir, desenmascarar y procesar a los culpables.
Así, el miedo va ocupando el lugar del diálogo. El insulto suplanta al argumento. Y la cobardía digital, esa que se esconde tras nombres falsos y rostros invisibles, acaba expulsando a quienes se atreven a servir públicamente. Si la política se convierte en una trinchera de odio, la democracia pierde su alma.
Esto ya ha ocurrido antes. En los años veinte y treinta del siglo pasado, tan lejanos y, sin embargo, tan próximos, los partidos de extrema derecha y extrema izquierda convirtieron la intimidación en práctica política. Su método consistía en asustar a los adversarios: interrumpir sus reuniones, destrozar sus actos, amenazar a sus simpatizantes, agredir e incluso asesinar a quienes se atrevían a oponérseles. La palabra dejó de tener valor frente al grito, y la razón frente al miedo. Hoy, el escenario es distinto, pero la lógica es la misma. Donde antes se usaban porras y pistolas, ahora se emplean cuentas falsas, campañas de odio y ejércitos digitales dispuestos a destruir reputaciones. El objetivo no ha cambiado: hacer callar al otro.
En julio de 2022, durante la semana política de Almedalen, en Visby, Gotland, una mujer llamada Ing-Marie Wieselgren, alto cargo de sanidad, fue asesinada en plena calle. El asesino, no solo cometió el homicidio de Wieselgren sino que además estaba planeando asesinar a Annie Lööf, la líder del Centro. Había evidencias de que Engström había “mapeado” la agenda de Lööf durante la semana de Almedalen, tenía conocimiento de dónde iba a estar ella, compró armas, y se preparaba para cometer ese crimen. El tribunal consideró que este plan era “preparación de crimen terrorista” en lo que respecta al plan contra Lööf, que dejó la política unos meses después. En una rueda de prensa al anunciar su salida como líder del Centerpartiet, Lööf dijo que “el odio y las amenazas en redes sociales y medios alternativos durante muchos años” habían jugado un papel importante en su decisión.
En la política internacional tenemos casos relativamente recientes, como el de Gabby Giffords, miembro del Congreso por Arizona del partido Demócrata, que sobrevivió a un intento de asesinato, cuando recibió un disparo de un extremista en la cabeza en un acto público. Giffords sobrevivió, pero el atentado dejó secuelas tan graves que tuvo que dejar la política. En Gran Bretaña, Jo Cox, miembro del Parlamento por el Partido Laborista, fue asesinada a tiros y apuñalada por un extremista de derecha mientras realizaba actividades de campaña y comunitarias en 2016. Su asesino dijo actuar por razones ideológicas, opuesto a la política de inmigración y pro-europea de Cox.
Aquí en Suecia, hemos vivido un cambio brutal, en cuanto a la política en la vida pública. En 1971, la vida política sueca tenía un aire de tranquilidad y cercanía con la ciudadanía que hoy parece casi inimaginable. Recuerdo aquel viaje en metro desde Västerhaninge hasta la estación central de Estocolmo, sentado junto a Gunnar Sträng, entonces ministro de Finanzas, que viajaba como un ciudadano más y hablaba cordialmente con los demás pasajeros. Otros ministros y parlamentarios recorrían la ciudad en bicicleta o caminando por las calles del centro, sin escoltas, sin temor. La política parecía un espacio abierto, cotidiano y confiable, donde la cercanía con la sociedad era la norma y no la excepción.
Todo cambió con el asesinato de Olof Palme en 1986. La brutalidad de aquel crimen, cometido en plena calle y sin motivo aparente más que la violencia política, generó un trauma colectivo. La seguridad de los líderes políticos dejó de ser un asunto de confianza pública y pasó a ser un tema urgente y permanente. Lo que antes eran ministros caminando libremente, después se convirtió en protocolos de protección, escoltas discretas y una percepción constante de riesgo. La sociedad y la política sueca entraron en un clima de cautela y desconfianza, donde la vulnerabilidad de los políticos se hizo tangible. Las reuniones públicas comenzaron a cuidarse más, los actos políticos a planificarse con medidas de seguridad, y los debates se volvieron más medidos, conscientes de que las palabras podían generar reacciones extremas. Ese endurecimiento de la vida política, aunque no siempre visible, sigue marcando a Suecia hoy, y explica, en parte, los desafíos actuales, desde amenazas en redes sociales hasta casos recientes de políticos que abandonan la política por miedo o acoso.
Me pregunto si no ha llegado el momento de replantear la absoluta libertad del anonimato en internet. Tal vez si cada insulto, cada amenaza, cada difamación llevara un nombre real, muchos se pensarían dos veces antes de atacar. No se trata de silenciar denuncias legítimas ni de poner en jaque la libertad de expresión, sino de recuperar la responsabilidad personal y la civilidad que se han perdido. Limitar el anonimato podría ser un paso para que la política vuelva a ser un espacio donde las ideas se enfrenten con argumentos, y no con odio.
Si seguimos permitiendo que la impunidad digital se convierta en norma, corremos el riesgo de que más personas valientes se retiren, dejando un vacío en la democracia que nadie debería tolerar. La vida política sueca puede volver a ser cercana y abierta, pero solo si recuperamos la idea de que detrás de cada palabra, en la calle o en la pantalla, hay un ser humano responsable de lo que dice.
Leave a Reply