Empezaré por contestar a una de tus preguntas sobre la demografía de Suecia. Elijo el 1917 porque así puedo contestar también a otra de tus preguntas, la que se refiere al miedo a la revolución, pregunta esta muy pertinente. En 1917, Suecia seguía siendo un país predominantemente rural, aunque la industrialización ya avanzaba rápidamente. Aproximadamente del 50 % de la población sueca vivía en el campo o dependía directamente de la agricultura. En este tiempo ocurrieron importantes transformaciones sociales y políticas, como la crisis alimentaria de la primera guerra mundial, las huelgas, el crecimiento de las ciudades industriales como Malmö, Göteborg y Estocolmo, y la democratización del sistema político. En 1917, Lund tenía aproximadamente 17 000 habitantes. Cuando te refieres al partido del Centro, este partido tiene sus raíces en el Bondeförbundet (Liga de los campesinos) fundado en 1902, en plena era del dominio agrario, como reacción a la creciente influencia de los intereses urbanos, industriales y socialdemócratas. Su propósito inicial era defender los derechos y la economía de los agricultores, quienes todavía representaban, como dije antes, cerca de la mitad de la población sueca. Es en realidad una autentica reacción contra la socialdemocracia.
Como tal, el partido Socialdemócrata Sueco de los Trabajadores (Sveriges socialdemokratiska arbetareparti) se fundó el 23 de abril de 1889 en Estocolmo. Fue creado por representantes de asociaciones obreras, sindicatos y clubes socialistas locales que buscaban una herramienta política capaz de defender los derechos de los trabajadores en una Suecia que, por entonces, estaba empezando a industrializarse con rapidez y donde las desigualdades sociales eran muy marcadas. Por ejemplo, los trabajadores del Metal en Lund, se organizaron en 1888 (he escrito su historia: Metall avdelning 7) y antes de ellos, ya se habían organizado, a partir de la década de 1840, asociaciones locales de ayuda mutua, inspiradas en modelos británicos. No eran sindicatos en el sentido moderno, sino grupos de trabajadores que se ayudaban en caso de enfermedad, accidente o desempleo. Estas asociaciones no eran socialistas y su objetivo era la educación de los trabajadores, el ahorro, la lectura y el apoyo mutuo. Estaban inspiradas en el liberalismo reformista y en el ideal de la autoayuda, influido por pensadores como Samuel Smiles y por los movimientos obreros británicos. Muchos líderes de estas asociaciones admiraban a figuras liberales suecas como Lars Johan Hierta, defensor de la prensa libre.
En la década de 1860 comenzaron a surgir asociaciones profesionales en las ciudades, sobre todo entre tipógrafos, albañiles, carpinteros y zapateros. En 1869 se formó en Estocolmo el Svenska Typografförbundet (Sindicato Sueco de Tipógrafos), que se puede considerar como el primer sindicato moderno del país. En este contexto, obreros y tipógrafos viajaban a Alemania y Dinamarca, donde entran en contacto con las ideas del socialismo democrático de Ferdinand Lassalle y, más tarde, con el marxismo. En 1881 se funda en Malmö la Federación Socialista Escandinava (Skandinaviska Socialistiska Föreningen), primer grupo con orientación abiertamente socialista.
El periódico Social-Demokraten, fundado en 1885 por August Palm, fue decisivo. Palm, un sastre itinerante, había conocido el socialismo en Alemania y lo difundió en Suecia a través de mítines y panfletos. En un famoso discurso de 1881 en Malmö, “Vad vilja socialisterna?” (“¿Qué quieren los socialistas?”), Palm presentó por primera vez el socialismo como una vía de emancipación obrera en Suecia. Aquí en Scania, se fundó el periódico socialdemócrata Arbetet (El trabajo)en 1887 en Malmö.creado por Axel Danielsson, uno de los primeros y más influyentes socialdemócratas suecos, junto con August Palm. El periódico se convirtió en el órgano principal del Partido Socialdemócrata en el sur del país y desempeñó un papel crucial en la difusión de las ideas socialistas y en la organización del movimiento obrero sueco a finales del siglo XIX y comienzos del XX. El diario dejó de publicarse en su forma original en 2000 y, curiosamente, para el último número me hicieron una entrevista sobre el papel de la Historia como asignatura obligatoria.
El crecimiento de la industria urbana (madera, minas, metalurgia, transporte, textiles) impulsó la organización de los trabajadores. En 1881 nació el primer sindicato nacional: el Svenska Järn- och Metallarbetareförbundet (Sindicato Sueco de Trabajadores del Hierro y del Metal) y, como antes mencioné, siete años más tarde, en 1888, el de Lund. El proceso culminó con la fundación en 1898 de la LO — Landsorganisationen i Sverige (Confederación de Sindicatos Suecos), que aún hoy es la gran central sindical del país. Quedaron entonces formados los núcleos más importantes de la organización política y sindical de los trabajadores. Imagínate si serían liberales, que como himno cantaban la Marsellesa. Las ideas de libertad y justicia eran todavía un símbolo para estas primeras organizaciones obreras.
Durante los años precedentes a la Primera Guerra Mundial, el Partido Socialdemócrata Sueco vivió un conflicto interno profundo. Por un lado, estaban los reformistas, encabezados por Hjalmar Branting, que defendían una vía parlamentaria, pacífica y gradual hacia el socialismo. Por otro lado, estaban los jóvenes radicales, la corriente llamada ungsocialisterna (“los jóvenes socialistas”) y otros militantes más próximos al marxismo revolucionario, que consideraban que el partido se había aburguesado y había abandonado la lucha de clases. En 1908, perpetraron miembros de ese partido radical un atentado con explosivos en el puerto de Malmö contra un barco en el que moraban trabajadores traídos de Gran Bretaña (el Amaltea) para sustituir a los que seguían la huelga general, muriendo uno de los trabajadores y resultando heridos una docena de ellos. Los que cometieron el atentado, fueron capturados, juzgados y condenados a muerte, aunque, tras la llegada del gobierno liberal-socialdemócrata en 1917, fueron amnistiados.[1]
El año 1917 fue decisivo por dos razones, La Revolución Rusa, que inspiró a la izquierda más radical en toda Europa y la crisis social y política sueca con huelgas, hambre, inflación y la confrontación entre el rey Gustavo V y el parlamento. En ese clima, el ala izquierda del SAP, liderada por Zeth Höglund, Ture Nerman y Carl Lindhagen, se separó del partido y fundó una nueva organización: Sveriges socialdemokratiska vänsterparti (SSV) – el Partido Socialdemócrata de Izquierda de Suecia, en mayo de 1917. Este nuevo partido defendía la revolución proletaria y la solidaridad con la Internacional Comunista, inspirada por Lenin. En 1921, el SSV cambió oficialmente de nombre aSveriges kommunistiska parti (SKP), Partido Comunista de Suecia. De esa rama proviene el actual Vänsterpartiet (Partido de Izquierda), que sigue existiendo hoy, aunque desde los años 1960 abandonó toda referencia comunista y se definió como un partido socialista democrático, aunque todavía hay algunos de sus líderes que se consideran a si mismos como comunistas.
Volviendo al miedo de las clases dominantes ate la revolución, que se había visto triunfar en Rusia, recomiendo el libro de mi amigo, el ya fallecido Per T Ohlsson “1918 – året då Sverige blev Sverige”. Cito íntegramente lo que escribe Ohlsson sobre los acontecimientos que, en noviembre de 1918 originaron e l nacimiento de la democracia sueca.
“En noviembre de 1918, Suecia estuvo a un paso de la revolución. Había escasez de alimentos, la gripe española hacía estragos y la lucha por el derecho al voto llegaba a su punto culminante. Con motivo del centenario, el escritor Per T. Ohlsson relata aquellos días turbulentos en que nació la democracia sueca.
El viernes 15 de noviembre de 1918 fue un día otoñal bastante típico en Estocolmo: gris, húmedo y con algunos grados sobre cero, según el boletín meteorológico de Dagens Nyheter. Pero la temperatura política rara vez —o nunca— había estado tan elevada. El aire vibraba de esperanza y temor, pero sobre todo de cambio. Una democracia estaba a punto de nacer.
Cuatro días antes, a las once de la mañana del 11 de noviembre, se había declarado el armisticio en el frente occidental; en Alemania había estallado la revolución y, bajo la presión de esos acontecimientos enormes, el gobierno de izquierda sueco —una frágil coalición de liberales y socialdemócratas— había tomado una decisión. Había llegado el momento: la derecha sería confrontada con el hecho consumado del sufragio universal e igualitario, la gran cuestión que dominaba la política sueca. El primer ministro liberal Nils Edén, normalmente un hombre prudente, utilizó él mismo la expresión francesa fait accompli.
No se podía esperar más. Tras varios años de bloqueos, escasez de alimentos, inflación galopante y racionamientos cada vez más duros, las tensiones sociales y políticas habían crecido. A eso se sumaba ahora una epidemia mortal: la gripe española, cuya guadaña segaba vidas por todo el país. Solo en octubre, esta pandemia había causado la muerte de casi 10 000 suecos. No distinguía entre ricos y pobres, entre palacios y chozas: golpeaba tanto en aldeas pobres del norte como en Drottningholm, donde murió el príncipe Erik.
El jueves 14 de noviembre, el gobierno publicó un comunicado especial sobre la cuestión del sufragio sin esperar la respuesta de la derecha, que controlaba la primera cámara del parlamento. El texto, fruto de intensas deliberaciones, se redactó tarde, cuando ya el personal de la cancillería se había ido a casa; los propios ministros tuvieron que escribir a máquina varios ejemplares.
El contenido era revolucionario: derecho de voto para las mujeres en la segunda cámara, “en las mismas condiciones que los hombres”, y eliminación del voto graduado por ingresos en las asambleas municipales que elegían la primera cámara.
“El gobierno está firmemente decidido —decía el comunicado— a emplear todas sus fuerzas para llevar a cabo este programa constitucional de manera rápida y completa.”
El profesor de historia Nils Edén, primer ministro en 1918, fue el principal arquitecto de esta hábil maniobra, pero su aliado Hjalmar Branting, líder del Partido Socialdemócrata, desempeñó un papel igualmente decisivo.
Esa misma noche, tras la publicación del comunicado, Branting habló ante la comuna obrera de Estocolmo, reunida en el Folkets hus (Casa del Pueblo) para votar una resolución que no solo exigía sufragio universal, sino también la inmediata instauración de la república. Branting quedó consternado al leer el texto: semejante demanda podía hacer caer la frágil coalición liberal-socialista. Además, el rey Gustavo V, antiguo opositor acérrimo a la reforma del sufragio, había comenzado a cambiar de actitud por miedo a que la resistencia de la derecha provocara una revolución. El monarca estaba casi en un estado de colapso, y ni siquiera el ministro de Finanzas, el socialdemócrata F. V. Thorsson, zapatero de Ystad, consiguió tranquilizarlo del todo al decirle:
“Majestad, no se preocupe; nosotros controlamos esta situación.”
Ante un Folkets hus lleno hasta los topes, Branting jugó con astucia la carta del rey asustado pero repentinamente reformista contra los líderes de la derecha: “¿Por qué habríamos de desperdiciar justamente ahora una oportunidad así?”
Funcionó. La asamblea decidió que cualquier transición a la república debía ser precedida por un referéndum. La bomba quedó desactivada. En ese momento, Branting tal vez salvó tanto la monarquía como el gobierno de Edén.
Aquellos días de mediados de noviembre de 1918 figuran entre los más dramáticos de la historia sueca. Todo pudo haberse derrumbado: disturbios, revolución, golpe reaccionario o —como en Finlandia— guerra civil. Los altos oficiales y la mayor parte de la clase alta simpatizaban abiertamente con la derecha. En el extremo opuesto, entre los socialistas de izquierda expulsados del partido en 1917, se hablaba de una “acción revolucionaria” al estilo soviético.
Los cerrojos de los fusiles de los reclutas habían sido retirados, y un acorazado con tripulación leal estaba anclado en el río de Estocolmo, preparado para intervenir. “¡Qué situaciones! La inquietud es general; la gente nos sigue por las calles buscando palabras tranquilizadoras”, escribió en su diario el ministro de Defensa, Erik Palmstierna.
Pero todo se resolvió sin derramamiento de sangre. El 17 de diciembre de 1918, un parlamento casi unánime aprobó el sufragio universal e igualitario para hombres y mujeres, aunque la reforma solo se completaría tras dos votaciones parlamentarias ordinarias. El primer voto democrático se celebró en septiembre de 1921, pero con la decisión de 1918 la derecha ya había capitulado. Por todo ello, 1918 debe considerarse con justicia el año del nacimiento de la democracia sueca.”
Para terminar explicaré un poco sobre la Liga de campesinos y como evolucionaron hasta llegar al partid de Centro actual. El partido defendía una política de autonomía rural, propiedad familiar de la tierra, economía cooperativa y una profunda desconfianza hacia los grandes capitales y el poder estatal centralizado. Era, por tanto, un partido populista en el sentido original del término: la voz del campo frente a la ciudad. En el Parlamento (Riksdagen), el Bondeförbundet empezó siendo pequeño, pero su papel fue decisivo en los equilibrios políticos. Defendía una Suecia basada en el trabajo propio, la sobriedad moral y la descentralización.
Durante el periodo entre guerras, la liga de campesinos consolidó su posición como tercera fuerza política en Suecia, después de los socialdemócratas y los conservadores. Mantuvo alianzas tácticas, a veces con la derecha o con los liberales, dependiendo de intereses agrarios y fiscales. Se perfiló como un partido pragmático, más preocupado por resultados concretos que por ideología abstracta.
Con la modernización de Suecia, la agricultura dejó de ser central en la economía. Bondeförbundet empezó a ampliar su base, incorporando temas medioambientales y de descentralización, además de preocupaciones rurales tradicionales. Se transformó de un partido rural exclusivo a un partido de intereses regionales y desarrollo local. En 1957 adoptó oficialmente el nombre de Centerpartiet (Partido de Centro). Este cambio reflejaba un nuevo enfoque político, que incluía desarrollo sostenible, política medioambiental, descentralización administrativa y liberalismo económico moderado. Empezó a atraer votantes urbanos y jóvenes preocupados por el medio ambiente, antes de que se formara el partido de los verdes, y la democracia local. El partido se posiciona hoy como centro-liberal y ecologista, combinando liberalismo social, política ambiental y descentralización. Ya no es un partido exclusivamente agrario; su electorado incluye ciudadanos urbanos, profesionales y jóvenes interesados en sostenibilidad. Participa en coaliciones con partidos de centro-derecha, al menos en el pasado, y mantiene una identidad flexible, pragmática y reformista, que por el momento le acerca a la socialdemocracia, aunque pierde muchos de sus votantes habituales que no quieren aproximarse al bloque de izquierdas.
El liberalismo fue el motor inicial y esencial de la democratización en Suecia. Sin él, las reformas habrían sido mucho más lentas y fragmentadas. Su papel puede resumirse en varios puntos clave como la defensa de la libertad de prensa y de opinión: Liberales como Lars Johan Hierta impulsaron la prensa libre como instrumento de control público y de conciencia política. La libertad de expresión se convirtió en pilar de la participación ciudadana. También la educación pública y laica, porque promovieron escuelas gratuitas que formaran ciudadanos capaces de ejercer sus derechos políticos. Centrales fueron además las reformas electorales, impulsando el sufragio masculino en 1909 y, más adelante, junto a las feministas y el movimiento obrero, el sufragio femenino en 1921, consolidando el sufragio universal.
Los liberales, junto con los socialdemócratas, garantizaron que el gobierno dependiera del Parlamento y no del rey, estableciendo la práctica del parlamentarismo. En lugar de redactar una nueva constitución, reinterpretaron la de 1809, mostrando pragmatismo y habilidad política. En síntesis, el liberalismo estableció las bases institucionales y culturales de la democracia sueca: libertad, educación cívica y gobierno parlamentario. Pero no hay que negar que la socialdemocracia también jugó un papel importante, desde su fundación como aliado para consolidar la democracia. Como fuerza política de masas representó al movimiento obrero y garantizó que la democracia fuera participativa y socialmente inclusiva, no solo formal. Durante la crisis de 1917, Hjalmar Branting colaboró con Nils Edén para asegurar la implementación del parlamentarismo y la igualdad de voto. Más allá del sufragio, la socialdemocracia promovió políticas que hacían efectiva la ciudadanía, asegurando acceso a educación, salud y seguridad social.
El papel de la liga de campesinos fue ser la voz del campo, garantizando que los intereses rurales fueran considerados en la política nacional, evitando que la democracia fuera solo urbana o industrial. Su política fue generalmente conservadora y pragmática, manteniendo el equilibrio entre las reformas liberales-socialdemócratas y los sectores más tradicionales. Con el tiempo, pasó de una simple defensa del campesinado a un partido de centro que participa activamente en la democracia parlamentaria, actuando como puente entre la tradición rural y la modernidad política.
Sin duda, tanto el liberalismo, la socialdemocracia y la Liga de campesinos han contribuido de una forma decisiva a formar la Suecia que hemos conocido, amenazada hoy por nuevos retos que, seguramente, lograremos superar con nuestros comunes esfuerzos, cada uno desde su perspectiva, con la democracia y la libertad como nuestra principal meta. No se trata de conservar esta democracia, sino de desarrollarla y hacerla aún más completa, para el bien de todos.
[1] El cabecilla de esta cuadrilla de terroristas se llamaba Anton Nilson. Yo llegué a conocerle en una reunión en la facultad de historia, donde le invitamos a una charla sobre su experiencia política. Al salir de la cárcel, Nilson logró sacar el certificado de aviador, Viajó a Rusia por cuenta propia y se puso a las órdenes de Trotski como piloto en el ejército rojo. En 1921, en medio de los disturbios de la revolución y la guerra civil, ayudó a miembros de la familia Nobel a abandonar Bakú, después de que ellos mismos no hubieran logrado salir del país. Anton Nilson dejó la Unión Soviética en 1926, tras la consolidación del régimen estalinista. Decidió regresar a Suecia porque consideraba que Stalin había traicionado los ideales revolucionarios y transformado el aparato represivo del Estado en una herramienta contra los socialistas. Su salida de la URSS probablemente le salvó de las purgas estalinistas de los años 30. Años más tarde, tras la muerte de Stalin en 1953, Nilson expresó su apoyo a la nueva dirección liderada por Nikita Jrushchov, interpretando su ascenso como una mejora respecto al periodo anterior. Yo le conocí a principios de los 80, tenía entonces 93 años. Nos contaba que al poco de llegar a Suecia se convirtió en un ferviente socialdemócrata. Anton Nilson murió en 1989 a los 102 años.
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