De Dinamarca pasamos a Noruega, la tierra de los fiordos. Noruega fue, durante la Edad Media, durante largos periodos, un reino soberano. En el siglo XI, bajo los reyes Olaf Tryggvason y Olaf Olaf Haraldsson, llamado el Santo, se consolidó el cristianismo y se tejió la red de leyes y asambleas locales, los ting, que aún hoy simbolizan su tradición democrática. La monarquía noruega alcanzó su apogeo en el siglo XIII, con el rey Håkon Håkonsson y el imperio del Atlántico Norte, que consistía, aparte de la propia Noruega, en Islandia, las Islas Feroe, las Orcadas y Groenlandia. Era un reino marítimo, abierto al comercio, a los viajes y a la poesía de los skalds.
Pero todo comenzó a quebrarse con la Peste Negra de 1349, que diezmó a más de la mitad de la población. Con los campos vacíos y el poder real debilitado, Noruega cayó en manos de su vecina del sur. En 1380, la unión dinástica con Dinamarca, a través del matrimonio entre Olaf II y Margarita, unió las coronas. Poco después, en 1397, se formalizó la Unión de Kalmar, que reunió a los tres reinos escandinavos, Dinamarca, Suecia y Noruega bajo un solo monarca.
Para Noruega, fue el comienzo de una larga subordinación. Mientras Suecia conservaba su aristocracia y su ejército, Noruega quedó relegada a ser un territorio periférico administrado desde Copenhague. Durante cuatro siglos, el idioma danés fue la lengua del Estado, de la Iglesia y de la educación. Los obispos, jueces y funcionarios eran daneses. En la práctica, Noruega se convirtió en una colonia dentro del reino danés, aunque formalmente conservaba su nombre y algunas leyes propias. Respecto a la lengua, el noruego de hoy es muy parecido de forma escrita al danés, aunque varía la pronunciación.
Aun así, la geografía mantuvo viva la independencia del espíritu. El campesinado libre (bønder), que en Noruega nunca conoció plenamente el régimen feudal, preservó una cierta autonomía local. En los fiordos y los valles, lejos del control de Copenhague, se conservaron dialectos, tradiciones orales y formas de autogobierno que serían, siglos después, el núcleo de la identidad nacional.
La ruptura llegó con las guerras napoleónicas. Dinamarca, aliada de Francia, fue derrotada, y en 1814, por el Tratado de Kiel, debió ceder Noruega a Suecia. Pero los noruegos no aceptaron el traspaso como si fueran mera mercancía y, reunidos en Eidsvoll, redactaron una Constitución liberal, inspirada en la estadounidense y la francesa, proclamando a Noruega un Estado libre. El intento de independencia fue breve porque las tropas suecas intervinieron, pero el rey Carlos XIII aceptó un compromiso. Noruega mantendría su Constitución y su Parlamento (Stortinget), aunque compartiría monarca y política exterior con Suecia.
Durante el siglo XIX, la Constitución se convirtió en el corazón de la identidad noruega. La unión con Suecia era formal, pero la vida política, económica y cultural se desarrolló con creciente autonomía. La alfabetización general impulsada por el luteranismo y las escuelas parroquiales creó un pueblo culto, capaz de leer sus propias sagas y sus propias leyes.
La independencia espiritual vino, sobre todo, de las letras y del paisaje. Henrik Wergeland y Johan Sebastian Welhaven discutían sobre la forma del alma nacional; Ivar Aasen y Knut Knudsen recogían los dialectos rurales para reconstruir una lengua propia, el nynorsk[1], alternativa al danés oficial,; y Bjørnstjerne Bjørnson y Henrik Ibsen retrataban el carácter noruego entre la montaña y el mar, entre la moral y la libertad. La literatura se convirtió en política, y la política en literatura.
En el terreno político, el partido campesino (Bondevennerne) y los liberales de Venstre, dirigidos por Johan Sverdrup, lucharon por ampliar el poder del Parlamento frente al rey sueco. En 1884, tras una larga crisis constitucional, Noruega se convirtió en una monarquía parlamentaria, con gobierno responsable ante el Stortinget. Fue un paso decisivo hacia la independencia.
El último conflicto fue simbólico pero decisivo, la cuestión de los consulados. Noruega quería tener su propio cuerpo diplomático para defender sus intereses comerciales, especialmente en la navegación. Suecia se negó. En 1905, el Parlamento noruego declaró disuelta la unión. El rey Óscar II abdicó, y los noruegos ofrecieron la corona a un príncipe danés, Carl de Dinamarca, que aceptó el trono como Haakon VII.
Noruega había recuperado su soberanía sin derramar sangre. Su identidad, forjada lentamente durante siglos de dependencia, se alzó entonces como una de las más sólidas de Europa: basada en el derecho, en la lengua, en la tierra y en la memoria.
Tras la disolución pacífica de la unión con Suecia en 1905, Noruega se convirtió en un estado soberano, pero económicamente y políticamente seguía a la sombra de su vecina. Suecia tenía industria, universidades, comercio internacional y una élite consolidada; Noruega, en cambio, era un país de pescadores, campesinos y emigrantes, con una población dispersa y escasa infraestructura.
Al independizarse, Noruega eligió como rey a Haakon VII, un príncipe danés, una muestra de que aún buscaba legitimidad en sus lazos escandinavos. Su economía se basaba casi exclusivamente en la exportación de pescado, el famoso bacalao, madera y minerales, con algunos astilleros en crecimiento. La neutralidad durante la Primera Guerra Mundial benefició al país y su flota mercante se modernizó y creció rápidamente, convirtiéndose en una de las más importantes de Europa.
El período de entreguerras mostró las debilidades estructurales de Noruega, ya que no tenía grandes industrias ni capital nacional. Sufrió duramente la crisis de 1929, con desempleo y emigración, sobre todo a Estados Unidos. La política era fragmentaria, con tensiones entre conservadores urbanos y socialdemócratas rurales. Aun así, el país empezó a construir su modelo democrático, con el Partido Laborista (Arbeiderpartiet) ganando fuerza y defendiendo la justicia social, el cooperativismo y el control público de los recursos naturales.
La Segunda Guerra Mundial fue un trauma nacional. En abril de 1940, Noruega fue invadida por Alemania pese a haberse declarado neutral. El rey Haakon VII se negó a capitular y se exilió en Londres, mientras Vidkun Quisling, cuyo apellido se volvió sinónimo de “traidor”, encabezó un gobierno colaboracionista. La resistencia noruega fue notable, y al finalizar la guerra el país salió devastado, pero con una conciencia nacional reforzada.
Tras la guerra, Noruega fue beneficiada con el Plan Marshall en 1948 y se orientó decididamente hacia Occidente. En 1949, entró en la OTAN, rompiendo con la neutralidad tradicional escandinava. Durante las tres posteriores décadas el Partido Laborista dominó la política, liderado por figuras como Einar Gerhardsen, quien impulsó un modelo de socialdemocracia pragmática, nacionalizando los sectores estratégicos, la energía, y el transporte. Se construyó un sistema de educación, salud y vivienda pública de inspiración sueca. Con una planificación económica estatal se trató de compensar la falta de capital privado.
Noruega seguía siendo más pobre que Suecia o Dinamarca. La industria era limitada, los sueldos bajos, y la emigración rural continuaba. Suecia era el hermano rico, con Volvo, SKF y Nobel; Noruega, el hermano modesto que vivía del bacalao, la pesca del arenque y el transporte marítimo.
Pero, todo cambió con un acontecimiento que nadie había previsto: el descubrimiento del petróleo en el Mar del Norte, en el campo de Ekofisk, en 1969.
En pocos años, el país pasó de ser una economía periférica a una potencia energética. El gobierno, fiel a su tradición socialdemócrata, decidió que los recursos naturales serían del Estado, no de las corporaciones privadas. Así nació Statoil, hoy Equinor, y el fondo soberano noruego, que gestiona hoy billones de coronas.
A partir de entonces, la “hermana menor” superó a Suecia en renta per cápita, reservas, y estabilidad económica, conservando además su sistema social igualitario. Paradójicamente, la pobreza anterior la había hecho prudente y la riqueza petrolera se ha ido administrando con sentido ético y colectivo, sin crear los desajustes sociales que se ven en otros países productores. Estuve en Noruega en febrero y allí todo funciona muy bien, aunque todo es carísimo, visto desde Suecia.
Noruega ha sabido conjugar lo antiguo y lo nuevo como pocos países del mundo. Su prosperidad actual no ha borrado el alma campesina ni la ética del trabajo; al contrario, parece haberlas reforzado. Las casas siguen siendo de madera, las banderas ondean en los días claros y los trenes llegan puntuales incluso entre montañas nevadas. Todo está limpio, ordenado, sobrio, casi silencioso. Estuve allí en febrero, como ya dije, y tuve la impresión de que todo funciona demasiado bien, como si el país hubiera alcanzado una especie de equilibrio moral y material que los demás solo soñamos. Sí, es carísimo visto desde Suecia, pero uno comprende que detrás de cada precio hay un principio: que el bienestar no se improvisa, se construye. Noruega, la hermana menor, se ha hecho gigante sin perder su humildad.
[1] En Noruega, existen dos formas oficiales del idioma noruego escrito: el bokmål y el nynorsk. Ambas son reconocidas legalmente, ambas se enseñan en la escuela, y todos los noruegos aprenden a leer y escribir en las dos, aunque usan una como principal. Bokmål, la forma más cercana al danés, es usada por alrededor del 85–90 % de la población como su forma principal escrita. Predomina en las ciudades, en el este y sur del país, incluyendo Oslo, Bergen y Tromsø y es la lengua de la mayoría de los periódicos, libros y medios nacionales. Nynorsk, la forma basada en los dialectos rurales del oeste, es usada por alrededor del 10–15 % de la población como forma principal escrita. Tiene una fuerte carga identitaria y cultural y se asocia con la Noruega campesina, democrática y resistente a la centralización danesa.
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