Pasado el ecuador de noviembre, el viento frío acompaña mis paseos. Recuerdo la sensación de sentir próxima la navidad, como una rara expectación ante un acontecimiento importante. Es el niño que aún habita en mí. Todo lo que acometo en estas fechas, lo hago con una mezcla de prisa y alteración, que hace que, mientras paseo, esté planificando lo que voy a escribir, como si fuera algo importante. Para mí, al menos, lo es.
Sigo pensando en la inmigración, los choques culturales, la ingeniería social y el incierto futuro. Volviendo al libro autobiográfico de Dilsa Demirbag, pienso en la Suecia que ella descubrió, que más o menos es la misma que yo descubrí ese día de abril de 1970, cuando llegué a Helsingborg, que, por cierto, entonces se escribía Hälsingborg, ya que en en 1971 cambió la ortografía al tiempo que se constituyó en municipio. Ahora no estoy en Helsingborg, sino en Lund, y para refrescar mi memoria voy a visitar hoy tres lugares que pueden ayudar a reconstruir la imagen de la Suecia que se podía encontrar en 1970, para aquel que, como yo, llegaba de fuera.
Lo que no sabíamos, era que, habíamos llegado en un momento en que la sociedad sueca se estaba redefiniendo y lo que era nuevo para los que llegaban de fuera, lo era también para los mismos suecos. Todo había empezado en las décadas de los 20 y 30 del pasado siglo. Trataré de contar el relato de forma cronológica, pero me temo que tendré que recular aún más de un siglo, para poder dar con las causas de la transformación que llevó a la Suecia de los 70. El pistoletazo de salida es la gran reforma agraria sueca conocida como Laga skifte, decidida en 1827, que no surgió de la nada ni fue un simple ajuste técnico de parcelas. Fue la culminación de un proceso económico y mental, en el que coincidieron factores internos suecos y fuerzas globales que estaban transformando el mundo. Si uno mira el mapa de Europa entre los siglos XVIII y XIX, el Laga skifte aparece como la respuesta sueca a una pregunta universal: ¿cómo alimentar a más población y cómo entrar en la economía moderna sin destruir el orden social existente?
Desde la Edad Media, los campesinos suecos poseían sus tierras en forma de parcelas divididas en tiras dispersas. Un agricultor podía tener seis, diez o veinte pedazos o tiras de tierra repartidas por todo el terreno que pertenecía a la aldea. Esto era funcional en un mundo de subsistencia, donde la comunidad rotaba cultivos en común, pero en el siglo XVIII se volvió un freno absoluto, porque impedía innovar, dificultaba la inversión, obligaba a trabajar en común, aunque la productividad variase, y hacía imposible introducir rotaciones modernas. La idea era que las tierras buenas, menos buenas y malas se repartieran equitativamente en esas tiras dispersas de 2 a 10 metros de ancho y de 100 a 300 metros de largo. Allí se sembraba y se cosechaba en comunidad, ayudándose todos según sus fuerzas. El individuo tenía que acoplarse a lo que la comunidad decidiera, qué y cuando sembrar, cuando cosechar etc.
A partir de fines del siglo XVIII, el Báltico se integra en un mercado europeo de cereales, hierro, madera y alquitrán y Suecia quería exportar más, competir con Polonia o Rusia y utilizar sus bosques como recurso estratégico, pero para competir, hacía falta productividad, no un mosaico medieval de tiras dispersas.
Las presiones del capitalismo mundial, los precios, la demanda, la especialización regional, empujaban hacia una propiedad más concentrada y una explotación más eficiente, con una producción orientada al mercado. El campesino debía transformarse en productor, no solo en subsistir y reproducir sino producir con ganancia.
Al mismo tiempo, Suecia duplicó su población entre 1750 y 1850 y la antigua estructura agraria sencillamente no podía producir para tantos. El campesinado veía cómo al mismo tiempo que crecía la población, disminuían las parcelas y aumentaba la presión sobre los bosques y pastos, lo que hacía que la pobreza rural creciera al mismo tiempo que el proletariado agrícola. El Estado temía una crisis alimentaria crónica. De aquí que el estado promoviera el Laga skifte, como un intento, entre otras cosas, de evitar el hambre y una posible revolución, visto lo que había ocurrido en Francia.
Suecia no vivía aislada. Las transformaciones agrícolas de Inglaterra, Holanda o Dinamarca actuaron como un espejo y una presión externa. La revolución agraria inglesa había demostrado que, reorganizando tierras, cercando parcelas, se podían introducir nuevas rotaciones y mejorar la cria de animales. Sin ir más lejos, Dinamarca, tras 1780, también había reformado sus aldeas, creando escuelas agrarias y modernizando su producción láctea y porcina.
Un efecto directo del Laga skifte fue la proletarización de todos aquellos que no tenían tierras de su propiedad. Un grupo creciente que ya no podía subsistir de los bienes comunes y tenía que buscarse la vida fuera de su aldea. Con el aumento de la producción agrícola se fueron creando industrias para la elaboración de productos derivados de ella, como industrias lácteas para la fabricación de mantequilla y queso, destilación y elaboración de bebidas, textiles, curtidos etc.; industrias todas que precisaban de mano de obra, mientras más barata mejor, que el campo proporcionaba. Esto hacía que las ciudades que eran centros de producción, por ejemplo Lund, y claro está, las mayores ciudades, fueran acogiendo a un gran número de habitantes en sus antiguos y delimitados núcleos urbanos.
Ya que voy caminando por Lund, y para ilustrar este gran proceso, podemos ver como ya en 1805–1807 la mayor parte de los bastiones de tierra coronados con empalizadas, que rodeaban la ciudad desde la edad media, fueron paulatinamente siendo derruidas y se fue rellenando y aplanando el terreno para ser vendidos como solares o transformados en calles y parques. En 1850 la mayor parte de los cinco kilómetros de bastiones de tierra y empalizadas habían desaparecido y hoy quedan solamente unos 300 metros en el parque de la ciudad (Stadsparken). Sabiendo que la población de Lund en 1803 era de 3000 habitantes, se comprende que fuera necesario planificar para un mayor territorio cuando en 1850 se había llegado a los 7000 habitantes, casi exclusivamente, edificando dentro de los actuales solares con casas interiores. A finales del siglo, con una población de más de 16000 habitantes, la extensión fuera dela antiguo trazado era inevitable.
El proceso de urbanización continuó con aun más fuerza en las décadas que siguieron al cambio de siglo, haciendo de la escasez de vivienda uno de los grandes problemas de la sociedad sueca. Las condiciones de salubridad eran tan precarias que ponían a Suecia en la cola de todos los países industrializados. Esta es la realidad con la que se encuentra la socialdemocracia cuando llega al poder en 1932, poder que conservaría hasta 1976. La remodelación de la sociedad hasta formar esa realidad que descubrimos los inmigrantes de los 70, es por tanto una obra de la socialdemocracia y de su ingeniería social, una socialdemocracia que perdería su posición hegemónica justo en 1976, el año en que Dilsa Demirbag llegó a Uppsala con su madre y sus hermanos.
El proyecto de ingeniería social de la socialdemocracia sueca, el gran experimento político que transformó Suecia entre las décadas de 1930 y 1970, tiene un punto de arranque simbólico muy claro: la Exposición de Estocolmo de 1930 (Stockholmsutställningen 1930), la gran muestra modernista organizada por el arquitecto Gunnar Asplund y el diseñador Gregor Paulsson. Este fue sin duda el espacio donde coincidieron las ideas estéticas, técnicas y políticas que luego la socialdemocracia convertiría en estrategia de Estado.
Durante los años veinte Suecia era un país industrializado, pero todavía marcado por fuertes desigualdades sociales, pobreza rural, condiciones de vida insalubres en las ciudades, vivienda urbana hacinada y escasa, recurrentes conflictos laborales entre trabajadores y patronos.
Al mismo tiempo surgía una nueva élite de arquitectos, urbanistas y sociólogos que miraba a la ciudad como un problema técnico que podía resolverse mediante planificación, luz, higiene y racionalidad. Es en este ambiente donde se fragua el ideal que el líder socialdemócrata Per Albin Hansson denominó “folkhemmet”, la casa del pueblo: la visión de una sociedad en la que el Estado actúa como un “hogar común” que cuida del bienestar de todos sus miembros.
La exposición fue un acontecimiento cultural monumental. Representó la entrada definitiva de Suecia en el modernismo europeo. Allí se presentó la arquitectura funcionalista (estilo funkis), con formas claras, vidrio, acero, ausencia de ornamentación, viviendas modelo diseñadas según principios higienistas con cocinas racionalizadas inspiradas en la Frankfurtküche; estudios sobre ergonomía y luz natural, muebles estandarizados y accesibles, como los que ya se habían presentado en la exposición universal de Barcelona un año antes. En Estocolmo se presento una visión del hogar como un espacio científicamente organizado y se popularizó el lema que marcó toda la época: “Belleza para la vida cotidiana” (vackrare vardagsvara). El mensaje era político: el buen diseño no debía ser privilegio de la élite, sino parte de la vida diaria del ciudadano de a pie.
Cuando el Partido Socialdemócrata accedió al poder en 1932, tras la Gran Depresión, encontró en el modernismo de la exposición un programa listo para usar. La exposición había demostrado que era posible diseñar viviendas funcionales, luminosas y baratas, inspirando los primeros programas públicos de vivienda, basados en los “estudios de la vida cotidiana” que derivaron en estándares nacionales de construcción, aunque no se concretarían del todo hasta décadas después durante el llamado ”Miljonprogrammet (el programa del millón de viviendas) que concebía el hogar como base del bienestar y la idea del hogar moderno como núcleo moral y social de la nación. Para lograrlo se implantaron subsidios familiares y se construyeron viviendas saludables, dando prioridad a la infancia “barnrikehus” (casas para familias numerosas).
El proyecto que nació en la exposición mostró que la planificación podía aplicarse al transporte, los servicios sanitarios, la educación, los espacios públicos. La socialdemocracia convirtió esta racionalidad en herramienta política: estadísticas, comisiones, estudios sociológicos y reformas progresivas basadas en datos concretos y predicciones estadísticas.
Fue una alianza entre diseñadores, ingenieros, arquitectos, economistas, médicos, administradores públicos y, claro está, el Estado, que transformó esta alianza en su aparato técnico permanente, llegando a conseguir un giro moral, del individuo al ciudadano moderno. La ingeniería social sueca no sólo reformó el mundo material, sino que logró, en unas décadas, reformar al ciudadano promoviendo la higiene y racionalizando hábitos de consumo. De esta manera se transformó y modernizó la visión de la familia, orientando comportamientos hacia el orden, la disciplina y la igualdad.
Esta dimensión moral, hoy discutida por los historiadores, está íntimamente ligada a los discursos de la exposición, que presentaban un modo “correcto” de habitar y vivir. Los socialdemócratas, que llevaban décadas buscando un proyecto nacional capaz de unir justicia social y progreso, entendieron el mensaje de la exposición mejor que nadie, y, cuando accedieron al poder en 1932, el plan ya estaba dibujado. No hacía falta inventarlo; bastaba con llevar a toda la nación aquello que la exposición había mostrado como un prototipo de futuro.
De esa alianza entre estética y política nació, o mejor dicho se concretizó el “folkhemmet”, (la casa del pueblo), que no era una metáfora amable sino un auténtico programa de ingeniería social. La vivienda, el hogar físico, se convirtió en el primer terreno de batalla. Las familias obreras, hasta entonces hacinadas en pequeños apartamentos insalubres, húmedos y oscuros, debían en el futuro habitar espacios que educaran a sus habitantes, con luz diurna, ventilación cruzada, cocinas diseñadas al milímetro, baños higiénicos, jardines escolares, lavanderías comunes. Cada ladrillo tenía una intención pedagógica.
El hogar era un punto de partida. De él derivaba la idea de que la sociedad misma podía organizarse como una casa bien llevada: con normas claras, con reparto equitativo, con espacios para el descanso y el desarrollo humano. La socialdemocracia convirtió esta visión en políticas, como el seguro de enfermedad, la asistencia maternal, la educación universal y gratuita incluyendo la universidad, urbanismo racional, cultura para el pueblo, estadísticas para guiar cada decisión. La administración pública empezó a funcionar como un laboratorio social permanente, apoyado en estadísticos, sociólogos, médicos, pedagogos y arquitectos. Era la época en la que todo podía, y debía, medirse.
La Exposición de 1930 fue, por tanto, vista desde hoy, un espejo del porvenir. En un país que aún solo imaginaba el Estado del Bienestar, allí se mostraban sus contornos: la fe en la técnica, el culto a la transparencia, la moral de la higiene, la igualdad como arquitectura común. Fue un acto de audacia, tomar un movimiento artístico, el funcionalismo. y convertirlo en política de Estado. Y también fue una apuesta ética el asumir que la dignidad humana se juega en los detalles cotidianos, en el tamaño de la ventana, en la calidad del aire, en el acceso a un médico, en la posibilidad de que un niño lea un libro sin que el frío le entumezca los dedos.
No podemos olvidar que este funcionalismo tuvo un referente en la alemana Bauhaus, cuyas teorías se practicaron a gran escala en Suecia, a partir de la exposición de Estocolmo 1930. Allí empezó el capítulo decisivo de la historia social de Suecia, el momento en que la nación dejó de esperar el futuro y decidió construirlo. Y quizá, en esa obstinación racional y profundamente humana, radique el secreto de por qué Suecia llegó a ser un modelo, porque antes que un programa político, hubo una visión moral del mundo, una estética que mostraba la belleza de lo cotidiano.
Tras una propuesta en el congreso del partido socialdemócrata en 1964 la decisión final de construir ese millón de viviendas según la teoría modernista y la ingeniería social recibió el apoyo de todos los partidos representados en el parlamento: socialdemócratas (S), liberales (Fp), centro agrario (C) y partido de la derecha (M). El único partido que votó en contra fue el partido comunista (Vpk). No se escribe explícitamente, pero, a la luz de la deriva política que surgió durante la siguiente década, parece como si los comunistas hubieran barruntado que “la clase obrera” propiamente dicha, desaparecería a la vez que la precariedad, el hacinamiento y la falta de higiene, porque eso es lo que ocurrió: implantado el Miljonprogrammet, el grueso de la sociedad sueca pasó de ser clase obrera y percibirse como tal, a formar parte de una muy amplia clase media. Curiosamente, la socialdemocracia perdió el poder y el control sobre el gobierno, que había tenido desde 1932, en 1976, como consecuencia de que la antigua clase obrera, al sentirse clase media, votó en gran medida a los partidos liberales y de derechas. Fue, por decirlo así, el “mal pago” que la sociedad sueca le dio al partido que había conseguido darle 1 00 6000 nuevos hogares, modernos, luminosos, higiénicos, asequibles, desde viviendas unifamiliares, casas adosadas o pisos. No hay peor pago que la ingratitud.
Bueno, pues ¿Qué veían esos inmigrantes que llegaban a Suecia en 1976? La respuesta es que, veían una sociedad perfecta en cuanto a vivienda, servicios, educación, transportes, higiene pública, democracia, ausencia de corrupción etc. Vamos, un paraíso. Un país capaz de ejercer un efecto llamada, que estos inmigrantes reproducían con sus cartas y llamadas telefónicas a sus lugares de origen.
Lo que estos inmigrantes no podían saber es que este perfecto sistema se estaba desmoronando por dentro, perjudicado por su propio éxito. Veamos: El estado de bienestar se había vuelto muy costoso, la educación pública, la sanidad universal, el sistema de pensiones, la seguridad social, las subvenciones a la vivienda (incluido el Miljonprogrammet), las políticas familiares. A principios de los 70 estas reformas alcanzaron su punto más alto: más servicios, más cobertura y más ambición. Pero esto tenía un coste extraordinario ya que el gasto público pasó de ser moderado en los 50 a uno de los más altos del mundo en 1975, al tiempo que el crecimiento del PIB, que hasta el 1970 había sido de 4-5 y hasta el 10% anual, se estancó.
La presión fiscal aumentó hasta niveles inéditos para financiar estos servicios. En los 60 la presión fiscal estaba en el 28%, para subir al 40% en 1970 y superar el 45% en 1975. Subieron los impuestos sobre la renta, las cotizaciones sociales, el IVA y los impuestos empresariales. El estado de bienestar dependía del crecimiento continuo, y este empezó a ralentizarse justo cuando el Estado gastaba más. Para mantenerlo, se hacía necesario subir los impuestos, porque la economía no crecía ya y, tras el primer shock del petróleo, en la crisis del 1973, se multiplicaron los precios de la energía y se hundieron las exportaciones europeas. Suecia, muy dependiente del comercio internacional, sintió el impacto en el empleo industrial, los costes de producción, la inflación, que subió con fuerza.
El modelo resistió, pero ya no era el mismo. Los años 70 fueron el preludio de las reformas de los 80 y especialmente de la gran reorganización de los 90 con privatizaciones limitadas, competencia en escuela y sanidad, recortes selectivos, reforma fiscal de 1991, cambios en las pensiones. Todo ello comenzó con la crisis de legitimidad y sostenibilidad que ya se vio ya a principios de los 70 y que le costó el poder a la socialdemocracia.
El “modelo sueco”, consolidado bajo hegemonía socialdemócrata entre 1950 y 1970, se basaba, como ya he explicado en otras entradas, en una alta intervención estatal, un amplio sistema de protección social y una tradición corporativista de negociación entre sindicatos, patronal y gobierno. Su viabilidad descansaba en una premisa fundamental: la existencia de un crecimiento económico sostenido capaz de financiar un gasto social creciente sin comprometer la competitividad industrial.
A principios de los años setenta, esta premisa comenzó a erosionarse. La combinación de factores internos y externos, como el incremento del coste del bienestar, las presiones fiscales, los cambios estructurales en la economía y crisis global, generaron un periodo de prueba para el modelo. El análisis de estos procesos permite comprender la transición hacia un Estado de bienestar más condicionado y pragmático en las décadas posteriores.
La financiación de este extensivo Estado de bienestar se sustentó en un aumento sostenido de la carga tributaria. Entre 1960 y 1975, la presión fiscal pasó de niveles moderados a cifras sin precedentes en Europa occidental. Se incrementaron tanto los impuestos sobre la renta como las cotizaciones sociales y los impuestos al consumo.
Este crecimiento impositivo abrió un debate estructural sobre la sostenibilidad del modelo. Sectores empresariales alertaron sobre la pérdida de competitividad y la reducción de incentivos para la inversión. Paralelamente, comenzó a emerger en la opinión pública una percepción de que la expansión fiscal tenía límites políticos y sociales. Por primera vez en décadas, la ampliación del bienestar dejaba de ser un consenso incuestionado.
Dilsa y su familia llegaron a un país que ya no era lo que parecía. En su piso del miljonprogrammet en Uppsala, no podían imaginarse que las premisas de esta sociedad tan ordenada se estaban esfumando. Pero, al mismo tiempo, los conflictos internacionales ejercían un efecto de empuje sobre las crecientes poblaciones de los países en desarrollo consistente en el desempleo o la falta de oportunidades laborales, los conflictos, la violencia o inseguridad, la crisis económica o pobreza. A esto se sumaban desastres naturales y deterioro ambiental y la falta de servicios básicos y la represión política y falta de libertades. Europa se veía como la tierra prometida. Continuará.
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