Aunque se supone que Suecia esté entre los países más democráticos del mundo, sus mecanismos para proteger a políticos locales, mujeres y minorías no son suficientes. La democracia, toda democracia, siempre tiene un punto flaco, pues depende de que la gente decente no se canse. Si gente decente que se atreva a luchar por principios positivos, la democracia se muere.

Pero no, afortunadamente, no ganan siempre, ni a corto plazo ni la larga. Si ganaran, no habría mujeres políticas en Suecia. No habría inmigrantes en cargos públicos. No habría pluralidad. Y, sin embargo, pese al ruido, siguen ahí. Cada mujer que permanece, cada extranjero que participa, cada persona que no se calla, es una derrota para los cobardes.

La historia es clarísima: Los que amenazan intentaron callar a las socialdemócratas de los años 20, intentaron expulsar a los refugiados de los 90, intentaron intimidar a las feministas de los 2000. Pero, afortunadamente, aquí estamos: más derechos, con más voz y más presencia. Pero el precio es muy alto, tan alto que muchos políticos se preguntan si vale la pena.

Un reciente informe sobre seguridad de los políticos revela que en 2024 aproximadamente 26.8 % de las mujeres electas reportaron haber sido víctimas de amenazas, acoso o violencia debido a su cargo. [1] El mismo estudio indica que uno de cada cuatro de los representantes electos que fueron acosados ha considerado dejar su cargo. También hay evidencia de que las mujeres, especialmente las que ocupan cargos destacados (liderazgo de partidos, alcaldías, parlamentos), sufren con más frecuencia amenazas y acoso sexual o de odio que sus colegas varones.

Como ejemplo concreto reciente, en 2025 la política Anna‑Karin Hatt renunció al liderazgo de su partido citando amenazas y violencia como una de las razones. Las encuestas miden victimización y cuántas han considerado dejar el cargo, pero no registran cuántas efectivamente lo dejaron por ese motivo. Muchas renuncias no indican públicamente la causa principal por miedo, por privacidad, o por consideraciones políticas: pueden atribuirse a “razones personales” o “cansancio”, y no al acoso.

Las amenazas y el acoso vienen por múltiples razones, género, etnia, ideología, orientación sexual, y se multiplican con la exposición mediática, lo que dificulta identificar cuántas renuncias se deben específicamente al odio y al racismo. Pero podemos estar seguros que en el caso de una joven política del partido verde (Miljöpartiet); Sahad Lund, que considero como amiga, ya que durante un tiempo estuvimos en el Consejo Técnico de Lund y en la actualidad representamos nuestros partidos en el Consejo de Integración, se han juntado muchas de esas “razones” para al fin, conseguir obligarla a tirar la toalla.

La salida de Shahad Lund[2] de la política local es la señal de un fracaso colectivo. Fracaso de la política, de las instituciones, pero sobre todo de la capacidad social para proteger lo mejor que tenemos, las personas que se comprometen por convicción y no por beneficio. Con ella, Lund pierde la fuerza positiva de alguien que trabajó movida por un sentido ético, que creyó en la política como servicio público, y que ahora se marcha porque el precio humano se ha vuelto intolerable.

Shahad Lund encarnaba un tipo de política que la democracia necesita. No es casualidad que entrara en política por convicción ecologista y feminista, ni que su impulso inicial fuese la ilusión de contribuir, no de triunfar. personas así son el oxígeno silencioso de la democracia local porque trabajan más que hablan, estudian los temas, saben escuchar, representan experiencias que no abundan en los ayuntamientos y traen una sensibilidad distinta, imprescindible, para ampliar el horizonte político. Lund pierde esa sensibilidad y eso empobrece el debate público.

El testimonio de Shahad es verdaderamente contundente. Ella ha sido víctima de amenazas a la puerta de su casa, insultos racistas y sexistas enviados a su correo personal, campañas de acoso cada vez que aparece en los diarios o en televisión. Por si fuera poco, Sahad ha sufrido machismo institucional en los propios órganos de la política local y la doble penalización de ser mujer y no pertenecer a lo que algunos consideran “etnia sueca”. Los cobardes, no quieren participar en la democracia, quieren reducir a quién tiene derecho a participar en ella. Cuando una mujer decide callar sus opiniones públicas para no sufrir insultos sobre su cuerpo u origen, la democracia retrocede un siglo. Cuando una mujer deja la política para poder vivir sin miedo, los que odian ya han ganado terreno, aunque ella no quiera concederles esa victoria.

Lo que Lund pierde es representación, diversidad y valentía cívica, porque una democracia local saludable se construye sobre pluralidad de voces. Pero cuando el miedo selecciona quién puede participar, la política se vuelve monocroma y pobre. La salida de Shahad es la salida de una voz joven en un espacio que aún protege demasiado a los hombres, una persona racializada en una ciudad que presume de cosmopolitismo. Lund pierde a alguien que encarnaba el futuro al que dice aspirar. Ese es el drama más profundo.


[1] https://bra.se/english/publications/archive/2025-11-06-the-politicians-safety-survey-2025?utm_source=chatgpt.com

[2]https://www.sydsvenskan.se/opinion/shahad-lund-darfor-kommer-jag-att-lamna-politiken/