A todos nos preocupa cuando los jóvenes parecen haber olvidado las tragedias vividas en el siglo pasado. A diario, vemos muestras de odio, xenofobia y misoginia, en jóvenes y adolescentes que han tenido una educación, que creemos moderna. ¿Cómo puede ser que esa educación no haya dado resultados, en cuanto a formar a generaciones que no caigan en las mortales trampas culturales del pasado?
Con motivo del 30 de septiembre, se manifestaron en Estocolmo, sin autorización, pero con el tácito apoyo y protección de la policía, un centenar de jóvenes pronazis pertenecientes a una de esas muchas organizaciones que empiezan a florecer en las redes. Se manifiestan el día en que se conmemora la muerte del rey Carlos XII de Suecia, muerto durante el ataque de las fuerzas suecas a la monarquía noruego-danesa, momento que marcó el final de la época sueca de dominación báltica.[1] Hace ya muchos años que la ultraderecha pronazi eligió al rey guerrero como su ídolo preferido. Su estatua está en un lugar central de la capital sueca, con el brazo extendido y el índice apuntando al Este, hacia Rusia, la eterna enemiga desde que Pedro I deshiciera los planes de suecos de convertir su país en una gran potencia.
Esos jóvenes que se manifiestan en noviembre de 2025, llevan al menos nueve años de educación obligatoria en la mochila, pero parece como si esa educación no hubiera conseguido comunicar un mínimo de valores democráticos, ni siquiera, las más rudimentarias bases de la convivencia entre humanos. Gritaban “Suecia para los suecos”[2] y pedían la liberación de un grupo de pronazis[3] que habían apaleado a transeúntes que no parecían “del todo suecos”, con el brazo extendido en el saludo nazi, y llamaban a los agresores encarcelados “héroes suecos”, todo ante la presencia protectora de cientos de policías, que, según explicaron a los medios, no veían la necesidad de interrumpir la manifestación porque, “todo fue muy tranquilo”[4]. Y eso que era una manifestación ilegal y que los manifestantes iban en su mayoría enmascarados, en contra de lo que dice la ley, que, por cierto, se hizo valer ante las protestas propalestinas, aunque eso ya es otra discusión que dejo para más adelante.
Yo me pregunto, ¿cómo es posible que a esta altura haya jóvenes que estén dispuestos a abrazar una ideología tan deshumanizada como la ideología nazi? ¿Qué hemos hecho mal en los colegios, las escuelas, los institutos o la universidad? A la pedagogía no le han faltado modelos para aplicar. Basta con conocer la teoría de Lawrence Kohlberg, desarrollada en su trabajo Essays on Moral Development[5] que es su obra fundamental para comprender el valor de una educación adecuada, si queremos conseguir que las nuevas generaciones desarrollen valores morales que vacunen contra el odio, la misoginia y la xenofobia.
La teoría de Kohlberg describe el desarrollo moral humano como un proceso progresivo en el que las personas pasamos por distintos niveles y estadios de comprensión ética. Según Kohlberg, la moral no es innata ni fija, sino que se va construyendo a lo largo de la vida a través de la interacción entre la razón, la experiencia y el contexto social.
En esta teoría, el desarrollo moral avanza desde formas iniciales basadas en la obediencia y el interés propio hacia formas más complejas que toman en cuenta las normas sociales, la justicia y, finalmente, principios éticos universales. Cada estadio implica una manera distinta de entender por qué algo es correcto o incorrecto, y las personas tienden a pasar de un estadio a otro a medida que aumentan su capacidad cognitiva y su madurez moral.
El proceso es gradual, secuencial y no reversible ya que vamos ascendiendo a niveles más altos de juicio moral sobre la base de los anteriores. La teoría no describe conductas concretas, sino las estructuras de razonamiento que subyacen a las decisiones morales. Ahí está el modelo, que nos ayuda a comprender cuando, cómo y qué se debe enseñar durante los diferentes estadios del desarrollo del individuo. A mí me parece, que estos jóvenes se han quedado anclados en un nivel del desarrollo que Kohlberg lama el nivel I, que es cuando surgen nociones de intercambio y justicia instrumental, pero que la perspectiva emocional del otro se reconoce solo si beneficia al propio interés. Aquí hay una base para la misoginia incipiente o el desprecio del otro como “objeto”. No han llegado ni siquiera por completo al nivel II, que es donde se desarrolla la moral convencional, orientada a agradar, a ser aceptado, a pertenecer al grupo. Eso sí, pertenecer al grupo es esencial para ellos, es la etapa donde la presión del grupo es más fuerte, pero no ha crecido como debiera la empatía emocional, la capacidad de sentir con otros, aún menos la empatía crítica.
Aquí habría sido necesario enseñar pensamiento crítico: “que el grupo lo diga no lo hace correcto”. También habría que haber trabajado la autoestima para no depender tanto de validación externa. Es labor de los educadores fomentar diversidad de amistades y contacto con otros grupos, porque en este estadio, es fácil caer en la xenofobia, la misoginia o el bullying, si el grupo lo legitima. Es aquí donde aparecen los discursos de odio como herramienta de pertenencia. La labor de los pedagogos debería haber sido fomentar el desarrollo del individuo, permitiéndole pasar a estadios superiores, que se deben alcanzar en la adolescencia, cuando el joven empieza a valorar normas, reglas, instituciones, y desarrolla responsabilidad y sentido de deber. Aquí la empatía se vuelve más abstracta y se entienden el valor de los derechos y la convivencia.
El educador debe explicar el propósito ético de las normas, no solo su existencia. Hay que Introducir debates sobre dilemas morales, justicia, igualdad, derechos humanos. ¡Qué valiosa es la filosofía aquí! Y también la historia, para enseñar a identificar injusticias estructurales. La historia puede funcionar como una fuerza emancipatoria. Si hubiésemos podido llegar al nivel III según Kohlberg, algo que él explicaba, solamente un 10-15% conseguía alcanzar en la madurez, el individuo comprendería que las leyes deben ser justas, no solo obedecidas. La comprensión del espíritu de las leyes llevaría a defender los derechos de mujeres, las minorías, los migrantes, sin necesitar que el grupo lo apruebe. En este estadio, la empatía se vuelve estructural, y se entiende la desigualdad, poder y discriminación.
Si la educación ha logrado desarrollar al individuo hasta el nivel III, este sería capaz de analizar críticamente discursos de odio y exclusión y practicar pensamiento empático avanzado. Es una base necesaria para la participación social y política real en positivo. Si la educación no consigue elevar al individuo al tercer nivel, la moral queda atrapada en la conformidad y es vulnerable ante populismos y autoritarismo. Si hemos logrado inculcar en el individuo una educación a ese nivel, actuará según principios internos profundos, como la dignidad humana, la igualdad y la justicia. Este ciudadano bien educado será capaz de desobedecer leyes injustas, como un Gandhi o un Mandela, movido por una empatía ética, pues no se trata solamente de entender al otro, sino actuar en su defensa. Esto exige, expresamente que la educación implique reflexión filosófica, ética y política de alto nivel. Y, más aún, exige la capacidad de reconocer la humanidad incluso en quien piensa distinto, en un compromiso activo contra el odio y la discriminación.
Kohlberg muestra claramente que el odio se combate llevando al joven a etapas superiores del desarrollo moral, donde la diversidad deja de amenazar y empieza a ser un valor ético. Para eso, la educación debe ayudar a los jóvenes a avanzar del nivel convencional al postconvencional, del I al III, desarrollando la empatía crítica, no solo emocional, fomentando el pensamiento autónomo, no gregario y dotándoles de herramientas para cuestionar discursos que “el grupo” acepta. Con esos jóvenes que vociferan consignas nazis, la educación ha fracasado. Han fracasado los programas y han fracasado los educadores. Entre los que leen esta entrada habrá muchos que piensen que tanto este Kohlberg como el que esto escribe viven en un mundo “ideal” e inexistente. Me resisto a aceptar que sería imposible, aunque conozco de sobra, como docente, las dificultades ante las que nos encontramos en la vida real.
Suecia fue durante décadas un referente internacional en pedagogía progresista, educación democrática y formación socioemocional, y desde los años 70, el sistema escolar sueco enfatizó la cooperación, la resolución pacífica de conflictos y la autonomía moral del alumno. Pero en los últimos 20 años han ocurrido transformaciones que han debilitado esa tradición. La reforma educativa de 2011 reforzó las evaluaciones, los estándares y la competencia entre escuelas. Lo socioemocional quedó más implícito que explícito y perdió su lugar en el trabajo cotidiano. La combinación de escuelas privadas financiadas con fondos públicos (friskolor), que ya expliqué en otras entradas anteriores, el paulatino deterioro de zonas urbanas segregadas y desigualdades crecientes han hecho más difícil construir entornos empáticos y cooperativos.
Muchos profesores denuncian que deben priorizar supervivencia diaria, gestión del aula y burocracia frente al trabajo emocional. A eso se suma un clima político más duro, más identitario, más confrontativo, que se filtra inevitablemente en las aulas. Hoy en Suecia hay más jóvenes expuestos a discursos de odio, xenofobia u hostilidad digital que hace 20 años. Vamos para atrás, desgraciadamente. No es que la empatía esté ausente, pero sí desatendida, dispersa y debilitada en un contexto social que ha cambiado más rápido que la escuela.
España ha tenido tradicionalmente un sistema educativo más académico que socioemocional. Aunque en los últimos años han aumentado los programas de “convivencia escolar”, “educación emocional” o “competencias sociales”, no constituyen aún un pilar estable; decidme si me equivoco, Víctor, Adrián y todos los docentes que esto leéis. Que yo sepa, no existe una implementación sistemática y obligatoria en todo el país. Cada comunidad, cada escuela y a veces cada profesor decide hasta qué punto trabajar la empatía. La mayoría del profesorado, tanto en España como en Suecia, no ha recibido formación sólida en educación emocional, gestión del trauma, habilidades sociales o pedagogía del cuidado. El debate público español, como el sueco, se ha radicalizado con confrontación constante, redes sociales tóxicas y discursos excluyentes, y los jóvenes absorben ese clima.
Yo propondría que se implantase el trabajo emocional desde la preescolar, no desde los 14 años. Hay que enseñar a reconocer emociones propias y ajenas. Propongo además narrativas históricas que muestren el valor del pluralismo y la alfabetización digital en toda la educación, para comprender el daño del discurso de odio y la implantación de metodologías cooperativas reales. Nada de esto se puede alcanzar sin una formación psicológica, filosófica y social para docentes y, muy importante, políticas públicas que protejan a quienes representan la pluralidad, como la joven Sahad Lund. Si no logramos revertir el proceso de brutalización que ofrecen las redes a nuestros jóvenes, estamos condenados a revivir la angustia de los años 30 del pasado siglo y a ver todos los logros sociales conseguidos por la democracia liberal, barridos de un plumazo.
[1] La muerte de Carlos XII en 1718 suele considerarse el punto de inflexión definitivo que puso fin a la era de Suecia como gran potencia báltica “stormaktstiden”, pero no porque el disparo en Fredrikshald cambiara por sí solo el curso de la historia, sino porque clausuró un modelo político-militar que ya estaba exhausto. Su desaparición actuó como detonante de un proceso que llevaba años gestándose. Entre 1716-1718, Carlos XII vivió en Lund, como ya he explicado en otras entradas y también aquí ha habido manifestaciones ultranacionalistas recordando la fecha. De esas manifestaciones nación el partido ultra Demócratas de Suecia “Sverigedemokraterna”, que ahora, con sus 20% de votos, condiciona la política sueca.
[2] La consigna copiada de las organizaciones alemanas ultra, como la AfD, que por cierto, según las encuestas conseguiría más del 25% de los votos en unas elecciones hoy mismo. En los 80 y 90, gritaban: “Deutschland den Deutschen, Ausländer raus”, Alemania para los alemanes, extranjeros fuera.
[3] Aktivklubb Sverige (AKS) que es uno de los grupos que pertenecen al fenómeno internacional de los llamados “active clubs” de ideología de ultraderecha. Hace unas semanas, cuatro miembros de Aktivklubb fueron condenados por agresiones motivadas por odio racial en Estocolmo.
[4] La manifestación era ilegal, los participantes iban enmascarados, gritaban consignas nazis y xenófobas y hacían el saludo nazi, gritando: ¡Heil! Aunque le pareciese a la policía que todo sucedió en paz y tranquilidad, algo que contrasta, según muchos observadores, con la actitud que se mostró en contra de las manifestaciones propalestina.
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