Hoy se está hablando mucho de Extremadura porque estamos en tiempos de elecciones que si no fuera por eso se hablaría y se escribiría mucho menos. Que de Extremadura no se hable casi nunca, y cuando se hace no sea para algo bueno, es el resultado de una larga historia de desvalorización acumulada. Una desvalorización que tiene dos responsables principales, íntimamente ligados entre sí, el Estado español y, en parte, los propios extremeños. Los segundos, no por incapacidad moral, sino por desgaste histórico.

La percepción de Extremadura como una región atrasada no nace de la realidad de su territorio, sino de una construcción histórica, económica y cultural muy persistente. Es un buen ejemplo de cómo el relato puede pesar más que los hechos. La imagen actual de Extremadura tiene profundas raíces históricas que van desde la Edad Media, cuando Extremadura quedó atrapada en una estructura latifundista muy rígida. Grandes extensiones de tierra en pocas manos, nobleza, órdenes militares, Iglesia, y una población campesina sin acceso real a la propiedad.

La repoblación de Extremadura en la Edad Media fue un proceso clave para configurar la región tal como la conocemos hoy. Tras la retirada del poder musulmán en gran parte de la península, Extremadura quedó como un territorio fronterizo entre los reinos cristianos del norte y las tierras aún bajo dominio musulmán al sur y al oeste. Este espacio, estratégicamente importante pero escasamente poblado, necesitaba habitantes que cultivaran la tierra y defendieran sus fronteras. Para lograrlo, los reyes cristianos recurrieron a diversas estrategias. Se fundaron aldeas y villas mediante cartas de población, que otorgaban derechos y exenciones fiscales a los colonos para atraerlos desde otras regiones, principalmente León, Castilla, Galicia y Portugal. Muchas tierras fueron entregadas a la nobleza o a órdenes militares, como la de Alcántara o Santiago, que tenían la misión de organizar la repoblación y garantizar la defensa del territorio.

El proceso de repoblación configuró una estructura social marcada por la desigualdad. Los colonos recibían parcelas para trabajar, pero grandes extensiones quedaban en manos de la nobleza o de la Iglesia, sentando las bases de un latifundismo que perduraría siglos. La economía era principalmente agraria y de subsistencia, con la ganadería extensiva ocupando un papel central, especialmente en las dehesas. La mezcla de colonos provenientes de distintas regiones dio lugar a una identidad regional compleja, con variaciones dialectales y tradiciones diversas.

La repoblación dejó también un paisaje humano y físico duradero. Surgieron pueblos y villas que aún existen, se consolidaron rutas y núcleos estratégicos, y la frontera quedó marcada por castillos y torres que hoy forman parte del patrimonio histórico de Extremadura. Al mismo tiempo, la concentración de la tierra y la subordinación de los campesinos a los señoríos establecieron patrones de desigualdad que influirían en la historia económica y social de la región durante siglos. En definitiva, la repoblación medieval no solo llenó de habitantes la Extremadura vacía, sino que moldeó su territorio, su economía y su estructura social, preparando el escenario para su papel estratégico en la expansión americana y, al mismo tiempo, dejando una huella de dependencia y marginación que todavía condiciona la percepción histórica de la región.

No fue una tierra pobre en recursos, sino una tierra pobremente repartida. Esto generó dependencia, jornalerismo y una economía poco diversificada. Paradójicamente, de Extremadura salieron muchos de los protagonistas de la expansión americana (Pizarro, Cortés, Orellana), pero la riqueza no regresó al territorio, se concentró en Sevilla, en la Corte o en manos privadas.

Extremadura quedó durante siglos mal comunicada, lejos de los grandes ejes comerciales e industriales. La falta de infraestructuras no fue casual, sino consecuencia de una lógica centralista con poca o ninguna inversión estatal, escasa industrialización y alta dependencia del sector primario. Ese aislamiento físico se convirtió con el tiempo en aislamiento simbólico, una tierra de paso, vacía, olvidada.

Durante el siglo XX, especialmente entre los años 50 y 70, Extremadura fue una de las grandes regiones emisoras de emigrantes hacia Madrid, Cataluña, País Vasco, Alemania o Suiza, y esa emigración masiva tuvo dos efectos devastadores que fueron la pérdida de población joven y cualificada y la creación de un estereotipo social: el extremeño pobre, rural, atrasado

Ese estigma se fijó en el imaginario colectivo español y nunca se revisó seriamente, aunque las condiciones materiales hayan cambiado, porque España ha construido su idea de modernidad desde la ciudad, la industria y el turismo masivo. Extremadura ofrece lo contrario, que en la actualidad es algo que para mi y para muchos otros significa el más alto grado de bienestar, paisajes intactos, baja densidad de población y ritmos lentos, todo esto con una economía agraria y unos servicios sostenibles. Lo que hoy llamaríamos “calidad de vida”, “reserva ecológica” o “territorio resiliente”, durante décadas se leyó como signo de atraso. El desprecio no es tanto hacia Extremadura como hacia una forma distinta de habitar el mundo.

Extremadura no tiene grandes iconos mediáticos ni una marca turística agresiva. No es “exótica” como Andalucía ni “industrial” como el norte ni “cosmopolita” como Madrid o Barcelona. Su grandeza es silenciosa: dehesas, agua, cielo, patrimonio romano, medieval y moderno, gastronomía sobria y sabia. Y lo silencioso, en una cultura del ruido, se confunde con inexistente.

En el siglo XXI, Extremadura tiene ventajas estratégicas enormes: Agua y suelo fértil en un contexto de cambio climático, energías renovables, biodiversidad, baja presión urbanística y un patrimonio histórico excepcional. Pero el viejo prejuicio sigue funcionando como una profecía: si se la cree atrasada, se invierte menos; si se invierte menos, parece atrasada.

Gane quien gane las elecciones en Extremadura, será imprescindible empezar a planificar de manera seria el futuro de la región. Y ese futuro, a mi juicio, no depende solo de programas políticos o inversiones puntuales, sino de un cambio profundo en la forma en que los extremeños y la sociedad en general apreciamos lo que se tiene. Extremadura no es un territorio de segunda, es un paraíso de clima benigno, tierras fértiles, dehesas, ríos y patrimonio histórico, que solo necesita ser reconocido y cuidado. Para que esa riqueza se traduzca en verdadero desarrollo, es necesario que todos los extremeños se sientan partícipes y que comprendan que cada decisión local, cada iniciativa cultural, económica o educativa, contribuye a un proyecto colectivo. La región debe dejar de verse como un lugar de paso o de recursos a explotar y empezar a construirse como un espacio donde la ciudadanía tenga voz, poder de decisión y orgullo por su tierra. Solo así Extremadura podrá abandonar la resignación histórica y asumir su papel como territorio estratégico, sostenible y digno de admiración, sin esperar a que otros definan su valor.

Y los que hoy valoran más el “desarrollo” de otras regiones, con sus ciudades saturadas, precios de la vivienda exorbitantes, aglomeraciones y presión turística asfixiante, que sigan a lo suyo y “con su pan se lo coman”. Extremadura ofrece otra cosa: espacio, tranquilidad, aire limpio, patrimonio natural e histórico, calidad de vida. Y lo seguirá haciendo, mucho mejor, cuando los extremeños empiecen de verdad a apreciar lo que tienen y a trabajar juntos para desarrollar la región no para otros, sino para sí mismos. Porque el verdadero progreso no consiste en imitar modelos ajenos, sino en reconocer y potenciar las fortalezas propias, haciendo que la tierra, la cultura y la gente de Extremadura sean protagonistas de su propio futuro.