Hoy salgo muy temprano a pasear. Sé el día que es, un día señalado, que todas las tiendas se esfuerzan en recordarnos. Hay días para todo y el de hoy no puede pasar desapercibido. El día del amor, ahí es nada. No lo podemos olvidar, porque podemos herir a quien menos querríamos defraudar. Valga esta pequeña reseña para decir que os amo a todos, a todos los míos, a todos mis amigos, a todos mis conocidos, a todos los humanos. Sí, no exagero, porque para mí, el amor debe ser una orientación del ser humano hacia el otro. No siempre domina, no siempre vence, pero cuando está presente, revela lo mejor de nuestra condición. También siento algo parecido al amor a todo a mi alrededor, los animales, la naturaleza, incluso los objetos y los momentos, es como vivir en un estado de atención plena y reconocimiento de la existencia. Es una forma de presencia que me conecta con el mundo de manera completa: cada cosa tiene su valor, cada instante su importancia. Me llamaran ingenuo.

¿Qué puedo yo decir del amor que no esté ya dicho? Baste con leer El Cantar de los Cantares[1], y ya se ha dicho todo, o no. Porque el amor es algo tan humano que no es preciso enseñarlo. Hay muchas formas de amor, y cada una cumple una función distinta en la vida humana: el amor de los padres que protege, el amor de la amistad que sostiene, el amor de pareja que vincula, el amor a los hijos que proyecta el futuro, el amor al conocimiento que nos impulsa a comprender, e incluso el amor a la comunidad que nos hace responsables unos de otros. Cada uno de ellos es una parte de la vida buena, porque el ser humano no está hecho para vivir aislado sino en relación.

El amor es como la salud, se echa en falta cuando no se tiene. Cuando falta el amor, la vida se vuelve fría, mecánica y frágil, porque el amor hace habitable la existencia. Es el elemento que transforma la mera coexistencia en convivencia, el que convierte la proximidad física en cercanía humana. Allí donde hay amor, en cualquiera de sus formas, aparece la confianza, y con la confianza surge la posibilidad de cooperar, de cuidar y de esperar algo del mañana.

Me remonto una vez más a los antiguos griegos que, cuando hablaban del amor, no utilizaban una sola palabra, como hacemos hoy, sino varias, porque sabían que el amor no es una experiencia uniforme. Hablaban de eros y ágape, dos formas de amar que representan dimensiones distintas de la existencia humana y que, sin embargo, se entrelazan constantemente en la vida real.

El eros no es únicamente deseo físico, como suele interpretarse hoy. Es, ante todo, impulso, falta, búsqueda. El eros nace de la conciencia de que algo nos falta y de la aspiración a alcanzarlo. Amamos porque deseamos aquello que creemos que nos hará más completos, la belleza, el conocimiento, la compañía, incluso la inmortalidad simbólica que buscamos en la obra creada o en los hijos. El eros es, movimiento; es el motor que empuja al ser humano hacia arriba, hacia aquello que considera más elevado.

El ágape, en cambio, representa el amor que no nace de la carencia, sino de la plenitud. Es el amor que da sin esperar retorno, el amor que se dirige al otro por el simple hecho de que el otro existe. Si el eros dice “te amo porque te necesito”, el ágape afirma “te amo porque quiero tu bien”. En esta forma de amor se disuelve el cálculo y aparece la gratuidad, una dimensión que la tradición espiritual y moral de Occidente colocó en el centro de su ética y que no deberíamos perder nunca.

El eros sin ágape puede convertirse en posesión, en ansiedad o en simple consumo emocional. El ágape sin eros corre el riesgo de convertirse en abstracción fría, en un deber moral que pierde la intensidad de la vida. La madurez afectiva consiste, precisamente, en permitir que el impulso del eros sea iluminado por la generosidad del ágape, y que la entrega del ágape conserve la vitalidad del eros.

El amar es una tarea. Amar significa aprender a transformar el deseo en cuidado, la atracción en responsabilidad y la necesidad en donación. En esa transformación, lenta, imperfecta y siempre inacabada, el ser humano no solo descubre cómo amar mejor a los otros, sino también cómo convertirse, poco a poco, en alguien más plenamente humano. Os deseo a todos un feliz día de San Valentín.


[1] https://archive.org/details/luisalonsoschokelelcantardeloscantares/page/n25/mode/2up