Me gustan los comics, y me gusta el humor. Desde que era muy pequeño, he disfrutado leyendo tebeos, algo que estoy seguro, comparto con muchos de vosotros. También creo que el humor se ha utilizado como arma y válvula de desahogo de los débiles, desde hace cientos, e incluso miles, de años. Reírse del adversario, ridiculizar al poderoso, desacralizar las instituciones o poner en evidencia las contradicciones de una sociedad ha sido una forma de combate mucho antes de que existieran los medios de comunicación modernos, aunque ahora, se exagera el uso del meme hasta llegar a aburrir.
La sátira, la ironía y la caricatura han servido para expresar críticas que, formuladas de manera directa, habrían sido perseguidas o censuradas. Desde las comedias de la antigua Grecia, pasando por los bufones medievales y los escritores satíricos de la Ilustración, hasta los humoristas y viñetistas de nuestros días, el humor ha desempeñado un papel político y social de primer orden. A veces ha sido un instrumento de libertad; otras, un arma de propaganda o de desprestigio. En cualquier caso, pocas herramientas han resultado tan eficaces para influir en la opinión pública como una buena broma o una sátira bien dirigida.
Un ejemplo clásico es el de Aristófanes, cuyas comedias ridiculizaban a políticos y filósofos de su tiempo, demostrando que el humor como arma política tiene una historia milenaria. En la Atenas del siglo V antes de Cristo, el teatro era un espacio donde se discutían los grandes asuntos de la ciudad y donde el poder podía ser sometido al juicio de la risa. Aristófanes llegó a caricaturizar a personajes tan influyentes como Cleón, convencido de que una sátira bien construida podía resultar más demoledora que un largo discurso.
Tampoco hay que exagerar el poder de la sátira, porque rara vez a conseguido derribar a un político por sí sola. Pensándolo bien, me viene solo a la cabeza la imagen de la caída de Manuel Godoy, porque la propaganda contra él fue extraordinariamente intensa, pero también tenía a la aristocracia y la iglesia en su contra. Grabados, poemas y panfletos lo presentaban como corrupto, ambicioso y enemigo de España. La imagen del favorito real quedó asociada al abuso del poder. Cuando llegó la crisis política que desembocó en el Motín de Aranjuez, Godoy ya había perdido la legitimidad ante una parte importante de la población, por culpa de la sátira.
Godoy es un personaje que nunca se ha querido tratar con el rigor necesario, para colmo, la más recurrente acusación en las sátiras contra él, la de ser amante de la reina, no ha podido ser confirmada por fuentes fidedignas, como constata su biógrafo, Emilio La Parra, que no ha encontrado ninguna evidencia documental que pruebe esta relación. Se trata posiblemente de un bulo que caló hondamente entre la sociedad española y que se ha mantenido durante dos siglos.
A mí, que me gusta comparar e intentar de descubrir similitudes de momentos y hechos históricos con nuestra actualidad, me parece haber encontrado hoy algo comparable, partiendo de la sátira. Me atrevo a comparar a establecer comparaciones entre Cleón y Donald Trump, como un ejercicio de historia política. Cleón fue un político ateniense del siglo V anterior a nuestra era, protagonista de la democracia durante la Guerra del Peloponeso. Cleón era de origen no aristocrático y alcanzó una enorme influencia apelando directamente al pueblo. El historiador Tucídides lo presenta como un orador vehemente, agresivo con sus adversarios y partidario de medidas duras contra los enemigos de Atenas. Donald Trump, por su parte, es un empresario y político estadounidense del siglo XXI que ha construido buena parte de su liderazgo mediante una comunicación directa con sus seguidores, un estilo confrontacional y una crítica constante a las élites políticas y mediáticas.
A mí me parece interesante compararles, porque su relación con la democracia, muestra muchas características que, aun no siendo completamente iguales, son comparables. Veamos como Menéndez Pidal nos presenta la debilidad del sistema democrático frente a los ataques del populismo. Esto lo podemos leer en la presentación de la obra de Aristófanes Los Caballeros:
“Al establecer Solón el principio de la soberanía nacional, dando al pueblo reunido en asamblea amplias facultades legisladoras y administrativas, no dejó de comprender el grave peligro que la nave del Estado correría si de su dirección se encargaba una multitud ligera, frívola, olvidadiza, fácilmente impresionable, apasionada en sus decisiones, ignorante y perpetuamente inexperta como la ateniense. Entre los infinitos escollos que el sabio legislador debió prever, presentábasele indudablemente como uno de los más formidables el de los nombramientos para las altas magistraturas encargadas de importantísimas funciones. Pues si privaba a la asamblea del derecho electoral, exponíase a hacer ilusorios todos los otros, dejándola a merced de sus enemigos declarados; y si no limitaba de algún modo el ejercicio de esta prerrogativa, ¿cómo impedir que, captándose el aura popular mediante halagos y promesas, escalasen los más de 122 altos puestos hombres sin ilustración ni patriotismo, ávidos, rapaces y predispuestos al soborno y la venalidad? Sabido es que Solón resolvió el conflicto dejando a la asamblea general la facultad de nombrar los magistrados y de exigirles cuenta de su administración, más prescribiendo que la designación para altos cargos únicamente pudiera recaer sobre los ricos. Al efecto, adoptando como base la riqueza y prescindiendo de la aristocracia de la sangre, dividió a los atenienses en cuatro clases, a saber: Pentacosiomedimnos, que tenían una renta anual de 500 medimnas; Caballeros, cuya cosecha era de 300 a 500; Zeugitas, que recogían de 200 a 300; y Tetas, todos los demás. Estos últimos, con arreglo a la constitución de Solón, no tenían más derechos políticos que el de emitir su voto en la Asamblea y formar parte de los tribunales de justicia, mientras las tres clases primeras constituían, por decirlo así, el cuerpo de electores-elegibles.”
Me quedo con “…una multitud ligera, frívola, olvidadiza, fácilmente impresionable, apasionada en sus decisiones, ignorante y perpetuamente inexperta como la ateniense.” Y añado de propia tinta: ¿Cómo la ateniense, solo? Porque, a decir verdad, parece que gran parte de la población de los estados modernos, aun de esos que se jactan de ser los “más democráticos” son igualmente susceptibles a los mismos trucos de que se valía Cleón en su tiempo. ¿tengo o no tengo razón?
Cuando Los caballeros fue representada en el año 424 anterior a nuestra era, Atenas vivía uno de los momentos más tensos de su historia. La ciudad se consideraba una democracia orgullosa de sí misma, pero al mismo tiempo estaba inmersa en una guerra larga y agotadora contra Esparta y sus aliados, la Guerra del Peloponeso. El teatro era un espacio de debate y miles de ciudadanos asistían a representaciones que podían criticar a los gobernantes, los generales, los intelectuales y las instituciones de la ciudad.
En Los Caballeros, se criticaba a Cleón, que representaba un nuevo tipo de político. el dirigente que no pertenecía necesariamente a las antiguas familias aristocráticas, sino que ascendía gracias a su capacidad de hablar ante la Asamblea y movilizar a la población. Era un orador poderoso, defensor de una política exterior agresiva y partidario de continuar la guerra contra Esparta. Para sus enemigos, entre los que sin duda se encontraba Aristófanes, Cleón encarnaba los peligros de la democracia radical, siendo un político que utilizaba la emoción popular, los discursos contundentes y la promesa de beneficios inmediatos para conseguir apoyo.
Aristófanes lo convierte en el personaje del Paflagonio, un esclavo manipulador que domina a su viejo amo, Demos, símbolo del pueblo ateniense. El mensaje estaba muy claro para el que quisiera entenderlo: el pueblo tiene poder, pero puede ser engañado por demagogos que saben halagar sus deseos. Hasta aquí, me parece que la similitud es obvia. Demos, el pueblo, aparece como un anciano fácilmente manipulable. Sus servidores compiten por darle regalos, prometerle ventajas y adularlo. La sátira plantea una pregunta incómoda para la democracia: ¿el problema está únicamente en los políticos que engañan o también en los ciudadanos que desean ser engañados? En Los caballeros, Cleón no es derrotado por un ejército ni por una conspiración política. Es derrotado en un concurso de insultos y promesas absurdas. Un vendedor de salchichas[1], considerado el más vulgar de los personajes, consigue superar al gran político porque es todavía más hábil en la manipulación.
Aquí dejo la sátira, porque no me da para más, y me voy al humor. Antiguo también, como la sátira, fácil de confeccionar con pocos recursos y bastante efectivo. A mi entender, el humor político funciona mejor en las dictaduras que en las democracias. Lo digo, porque en las democracias se supone que todo está permitido y el humor se hace repetitivo y pierde su nervio. En las dictaduras, por razones de seguridad, el humor debe ser sutil y está forzado a construir una especie de alfabeto simbólico que solo los iniciados comprenden, pero cuya interpretación se va generalizando poco a poco, hasta llegar a ser comprendida por la mayoría de los ciudadanos. Tenemos ejemplos en el humor que se desarrolló tras el telón de acero.
Un buen ejemplo es el humor sutil de la oposición rusa, que usaba la risa como forma de resistencia. En una sociedad como la rusa, donde la crítica directa al poder puede tener consecuencias graves, el humor adquiere una importancia especial y cambia de forma. Se vuelve más inteligente, más indirecto, más dependiente de la complicidad entre quienes lo comparten. En la Rusia soviética y también en la Rusia contemporánea, el humor político ha sido muchas veces una forma de decir lo que no podía decirse abiertamente.
Una de las expresiones más características del humor ruso es el anekdoty (chistes) soviéticos: relatos breves, aparentemente inocentes, que circulaban de boca en boca. El poder de estos chistes estaba precisamente en su carácter privado. No aparecían en periódicos, se pasaban entre amigos, compañeros de trabajo y familiares. Eran una especie de prensa oral alternativa.
Un buen anekdot tenía varias cualidades: debía ser corto, fácil de recordar y contener una verdad escondida detrás de la ironía. Muchas veces el chiste no decía que el sistema era absurdo, simplemente mostraba una situación absurda y dejaba que el oyente sacara la conclusión. Un ejemplo:
“¿Existe libertad de expresión en la Unión Soviética? Por supuesto. Puedes decir todo lo que quieras. Otra cosa es lo que ocurra después.”
Esta tradición sigue existiendo en la Rusia de Putin, pero ahora utiliza los nuevos medios, aunque a mi parecer, pierde interés y fuerza, al hacerse tan repetitivos y explícitos. Al menos, a mí me lo parece. La característica principal del humor en la Rusia de antaño es la insinuación. Un humor que pretende provocar un instante de reconocimiento con una frase, una imagen o una comparación que permite al ciudadano pensar: “todos sabemos de qué estamos hablando”. Esto no tengo que explicárselo a mis lectores españoles de más de 70 años, porque sabemos de lo que se trata. ¡Cuántos chistes habré yo escuchado contra el régimen de Franco! Valga que ponga uno que he encontrado en el Diario: “Un español vuelve a España al cabo del tiempo y charla con un familiar. ‘¿Y por aquí cómo estáis?’, pregunta. ‘Bah, no nos podemos quejar’, le responden. ‘Ah, entonces bien, ¿no?’. ‘No, no, que no nos podemos quejar’”[2]
En Polonia también se usaba el chiste para criticar el sistema. La cultura polaca posee una larga tradición de sátira política y de resistencia mediante la palabra. La experiencia histórica de un país que durante largos períodos perdió su independencia, fue dividido entre potencias extranjeras y tuvo que sobrevivir entre vecinos poderosos favoreció una cultura donde la ironía era una forma de inteligencia defensiva. La literatura polaca desarrolló una relación especial con el absurdo y la paradoja. Escritores como Witold Gombrowicz utilizaron la ironía para mostrar cómo las ideologías y las instituciones podían convertir al individuo en una máscara.
Cuando llegó el régimen comunista después de la Segunda Guerra Mundial, esa tradición encontró un nuevo enemigo, la retórica oficial que prometía una sociedad perfecta mientras la vida cotidiana mostraba contradicciones evidentes. Como en otros países comunistas, en Polonia circulaba una enorme cantidad de chistes políticos privados. Eran conocidos como una forma de comunicación popular que escapaba al control de la censura. Un ejemplo típico de la época decía: “¿Qué es un socialista optimista? Alguien que lee el periódico oficial antes que el periódico extranjero.”
Muchos chistes se centraban en la diferencia entre la propaganda y la realidad, las promesas de abundancia frente a las colas en las tiendas, la supuesta igualdad frente a los privilegios de la élite, o la fraternidad internacional frente al dominio soviético. Una de las formas más profundas de resistencia cultural polaca fue el humor absurdo. En lugar de atacar directamente al régimen, muchos artistas mostraban un mundo donde las palabras habían perdido su significado y las instituciones funcionaban de manera irracional.
El escritor y dramaturgo Sławomir Mrożek fue uno de los grandes maestros de esta forma de sátira. Sus obras presentaban situaciones aparentemente absurdas que revelaban mecanismos reales del poder: la obediencia ciega, el conformismo y la manipulación del lenguaje. El absurdo tenía una ventaja política, era difícil de censurar. Una obra podía parecer una simple fantasía, pero el público entendía perfectamente la referencia. En los últimos años del régimen, especialmente durante la década de 1980, la sociedad polaca experimentó un cambio fundamental, cuando la gente empezó a perder el miedo. Las huelgas, la oposición política, la influencia de la Iglesia católica y la cultura alternativa se combinaron para debilitar al sistema. No es que el humor consiguiera derribar el comunismo polaco, como tampoco la sátira derribó por sí sola otros regímenes. Pero tuvo un papel esencial, ayudando a crear una sociedad que ya no veía al poder como algo sagrado.
El humor podía también ser usado por el régimen. Un ejemplo es Krokodil, la revista satírica más famosa de la Unión Soviética, fundada en 1922, pocos años después de la Revolución rusa. Durante décadas, Krokodil fue una de las publicaciones humorísticas más leídas del país. Sus caricaturas, relatos y viñetas acompañaron la vida soviética y llegaron a millones de ciudadanos. A primera vista parecía una revista dedicada simplemente al humor, pero en realidad cumplía una función política muy definida: enseñar a la población de qué podía reírse y de qué no. La sátira de Krokodil tenía una frontera clara. Podía atacar al funcionario incompetente, al burócrata ineficaz, al trabajador perezoso, al borracho, al especulador o al ciudadano que no cumplía con los ideales socialistas. Podía denunciar defectos individuales, o problemas más estructurales como la burocracia, los jefes autoritarios, la mala educación, las obras interminables y las protestas ineficaces, pero no el sistema ni el partido. La próxima entrada la dedicaré a las revistas de humor, empezando por la francesa Le Charivari, la primera de todas, la inglesa Punch, las francesas Le Canard Enchaîné y Charlie Hebdo y las españolas La Codorniz, El Jueves y alguna más.
[1] Un “choricero”
[2] https://www.eldiario.es/cultura/chistes-franco-humor-herramienta-memoria-historica-venganza-oculta_1_13337267.html Para más chistes recomiendo el libro: Los chistes de Franco, editado por P. García en 1977.
Leave a Reply